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Relatos Ardientes

La confesión que me dejó sin volver atrás

No supe en qué momento empecé a llamarla Muñeca, pero el nombre se me quedó pegado a la lengua desde que éramos demasiado jóvenes para entender lo que hacíamos con la vida y con el cuerpo. Lo que sí puedo decir con certeza es que nunca la olvidé. Ni cuando dejó el pueblo, ni cuando nuestras llamadas se fueron apagando, ni cuando me enteré de que se había casado con otro y sentí que me arrancaban algo que nunca había llegado a ser mío.

Durante años me repetí que lo nuestro había sido una ilusión estirada por la nostalgia. Una amistad de infancia adornada por mi cabeza, una historia que yo solo seguía escribiendo porque me daba miedo aceptar que ya estaba terminada. Pero cuando la vi otra vez, de frente, en la misma calle donde antes corríamos para llegar al parque, entendí que no había pasado nada de eso. Seguía viva en mí. Y por la forma en que me miró, supe que yo tampoco había desaparecido del todo en ella.

No iba sola. Empujaba un cochecito con una mano y con la otra sostenía la correa de un bolso. A su lado caminaba el hombre con el que se había casado, un tipo ancho de hombros, bien vestido, de esos que tienen cara de resolverlo todo sin levantar la voz. Yo habría seguido de largo, quizá por cobardía, quizá por dignidad, pero ella frenó en seco.

—¿Eres tú? —preguntó, con una media sonrisa incrédula.

Sentí una punzada absurda en el pecho. Habían pasado demasiados años y, aun así, su voz seguía golpeándome por dentro como antes.

—Soy yo —le dije—. Y tú sigues igual.

Se rio bajito. No seguía igual. Era evidente. Tenía la cara más madura, la mirada más firme, el cuerpo más lleno en las caderas y en el pecho, otra manera de moverse. Ya no era la chica del colegio. Era una mujer hecha y derecha, una de esas mujeres adultas que saben perfectamente cuándo un hombre les está mirando demasiado y no hacen nada por impedirlo.

Me presentó a su marido. Le cambié el nombre en mi cabeza en cuanto lo escuché, como si eso pudiera volverlo menos real. Hablamos un par de minutos, lo suficiente para que la educación nos mantuviera a salvo de lo que estaba ocurriendo debajo de la superficie. Entonces ella me dijo que se quedaría unos días en el pueblo, ayudando a su madre con unas cosas, y que si quería podíamos tomar un café «para ponernos al día».

Ese «si quería» fue una mentira tan torpe que casi me hizo sonreír. Claro que quería.

Quedamos para la tarde siguiente en un bar cerca del parque. No dormí bien esa noche. Volví a abrir una caja donde guardaba papeles viejos y encontré un trozo arrugado con unos versos ridículos que le había escrito cuando todavía creía que el amor se resolvía escribiendo bonito. Lo leí, me avergoncé, y aun así me lo guardé en el bolsillo como un imbécil sentimental.

Al día siguiente llegué antes. Ella apareció veinte minutos más tarde, sin el marido, sin el cochecito, con un vestido sencillo que le marcaba la cintura y unas sandalias bajas. Nada exagerado. Nada escandaloso. Pero había algo en su forma de llevar la ropa que me desarmó por completo: ya no era la inocencia lo que llamaba la atención, sino la seguridad.

Nos sentamos frente a frente y hablamos de todo lo esperable. Del tiempo, del pueblo, de la gente que seguía viviendo ahí, de los que ya se habían ido, de trabajos, de rutinas, de enfermedades familiares, de cansancios adultos. Y debajo de toda esa basura necesaria, los dos estábamos evitando el centro.

—Te vi muchas veces en mi cabeza —soltó ella al fin, sin mirar la taza—. Más de las que debería.

Yo noté cómo se me tensaba la mandíbula.

—Yo no dejé de pensar en ti casi nunca.

Levantó los ojos despacio. Ahí estaba otra vez la chica que conocí, pero mezclada con algo mucho más peligroso: una mujer que sabía el efecto que causaba.

—No me lo digas así —murmuró.

—¿Así cómo?

—Como si todavía pudiera importarme.

—¿Y no te importa?

Se quedó callada un segundo demasiado largo. Luego se humedeció los labios y desvió la vista hacia la ventana.

—Si no me importara, no estaría aquí sola.

Sentí un latigazo limpio en la espalda. Después de tantos años imaginando conversaciones, por fin tenía una verdadera enfrente, y era peor de lo que había fantaseado. Porque ahora sí podía perder algo real.

Hablamos durante otra hora, quizá más. Me contó que había dejado la carrera por decisión propia, que se había enamorado rápido, que había construido una vida estable, correcta, ordenada. También me confesó que esa vida no la hacía infeliz, pero tampoco la encendía. No usó esa palabra, claro. La usé yo por dentro cuando la vi apretar los muslos al decir que hacía mucho tiempo que no sentía «nada que la sacara de sitio».

—¿Y yo te saco de sitio? —pregunté.

Me sostuvo la mirada.

—Siempre lo hiciste.

Podría haberme ido ahí mismo y quedarme con una frase para el resto de la vida. Habría sido lo sensato. En lugar de eso, pagamos y salimos a caminar. Fuimos al parque como si alguien nos hubiera empujado hacia ese lugar desde hacía años. El banco seguía ahí. Más viejo, más feo, más pequeño de lo que yo recordaba.

—Aquí fue —dije.

—Lo sé.

—Pensé que lo habías olvidado.

—No olvidé el beso —respondió—. Olvidé muchas otras cosas. Eso no.

Nos quedamos de pie, uno frente al otro, con el sol de la tarde cayendo entre los árboles. No había música, no había milagro, no había nada cinematográfico. Solo dos adultos respirando demasiado cerca.

—No deberíamos estar aquí así —dijo ella.

—No.

—Ni hablar como estamos hablando.

—Tampoco.

—Y aun así…

No terminó la frase. No hizo falta. Se acercó apenas. Yo vi cómo se le erizaba la piel en los brazos. Le toqué la cara con los dedos y fue como comprobar que una obsesión podía tener temperatura. Cerró los ojos al contacto y soltó aire por la boca.

—Muñeca —dije casi sin voz.

Cuando me oyó llamarla así, abrió los labios. No me pidió nada. Pero tampoco me frenó cuando me incliné y la besé.

El primer contacto fue suave, corto, una prueba. El segundo no. En cuanto notó mi mano en su nuca, me devolvió el beso con hambre contenida, como si llevara años tragándose algo que ya no podía disimular. Su lengua rozó la mía y a mí se me fue al carajo cualquier resto de prudencia. La empujé con cuidado hasta el tronco de un árbol, cubriéndola con mi cuerpo para que no quedara expuesta desde el sendero, y ella se agarró de mi camisa con los dedos apretados.

—No aquí —susurró, jadeando—. No quiero que nos vean.

—Dime dónde.

Tragó saliva. Tenía las mejillas encendidas.

—La casa de mi madre está vacía hasta la noche.

Nos apartamos como si nada hubiera pasado, pero los dos estábamos respirando mal. Caminamos por calles secundarias sin tocarnos. Aun así, la tensión era tan densa que dolía. Yo la seguía medio paso atrás, mirando cómo se le movían las caderas debajo del vestido, preguntándome si de verdad iba a entrar a una casa con ella después de haber esperado media vida.

Cuando cerró la puerta al entrar, el silencio se volvió físico. No había nadie. Ningún ruido salvo el ventilador viejo de una habitación del fondo. Dejó el bolso en una silla, se quedó de espaldas a mí y dijo:

—Si hacemos esto, no quiero mentiras románticas. No quiero que me prometas nada.

—No voy a prometerte nada.

Se giró. Tenía la respiración agitada y una dureza falsa en la mirada.

—Entonces dime la verdad.

Di un paso al frente.

—La verdad es que llevo años deseando volver a besarte. La verdad es que cuando te vi con él quise odiarte y no pude. La verdad es que ahora mismo solo pienso en arrancarte ese vestido y follarte hasta que se te olvide cómo te llamas.

Se le escapó un gemido corto, casi de sorpresa. Bajó la vista un instante, directamente a mi entrepierna, y volvió a mirarme.

—Eso sí lo recuerdo de ti —murmuró—. Cuando te decidías, ibas de frente.

—¿Y tú qué recuerdas de ti?

Se llevó una mano al cierre lateral del vestido, pero no lo bajó.

—Que contigo siempre me daban ganas de hacer cosas que no debía.

No esperé más. La besé otra vez, ahora con una mano en su cintura y la otra hundida en su pelo. Ella respondió abriéndose contra mi pecho, pegándose a mí sin espacio. Metí la rodilla entre sus piernas y noté al instante el calor de su cuerpo. Jadeó contra mi boca. Bajé la mano por su costado, le apreté una nalga por encima de la tela y soltó un sonido ronco que me puso todavía más duro.

—Joder… —susurró.

Le subí el vestido hasta los muslos. Llevaba unas bragas lisas, sencillas, completamente empapadas en la entrepierna. Pasé el pulgar por encima de la tela y se arqueó.

—Mírate —le dije al oído—. Toda mojada solo por un par de besos.

—Cállate —jadeó, pero no había rabia ahí, solo vergüenza excitada.

—No. Quiero oírte.

Le aparté la tela a un lado y metí dos dedos por dentro de una vez. Estaba caliente, blanda, abierta para mí como si su cuerpo hubiera estado esperando ese momento mucho antes de que ella lo admitiera. Se le doblaron las piernas. La sujeté por la cintura mientras la follaba con los dedos, entrando y saliendo despacio al principio, luego más fuerte, buscando el ritmo que la hacía morderse el labio para no gemir demasiado alto.

—Mírame —le ordené.

Le costó, pero obedeció. Tenía los ojos oscuros, cargados de deseo y culpa.

—¿Así te folla él?

Negó con la cabeza, temblando.

—No me hables de él.

—Entonces háblame tú. Dime lo que quieres.

Cerró los dedos sobre mi muñeca, no para apartarme, sino para hundirme más.

—Quiero tu boca.

No hizo falta repetirlo. La llevé casi a rastras hasta la mesa de la cocina. La senté en el borde, le abrí las piernas y me arrodillé entre ellas. Desde ahí podía verla entera: el vestido recogido sobre las caderas, las bragas apartadas, sus muslos tensos, el vientre subiendo y bajando con cada respiración. Le besé la cara interna de un muslo y noté cómo se estremecía.

—No me hagas esperar —dijo, ya sin ese tono contenido de antes.

Le lamí primero despacio, de abajo arriba, saboreándola. Soltó un gemido seco y me agarró del pelo. Volví a hacerlo, esta vez abriendo más la lengua, metiéndola entre sus pliegues, sintiendo cómo se humedecía todavía más. Separé los labios con los dedos y me dediqué a comerle el coño como llevaba años imaginando, sin delicadeza innecesaria, chupando, lamiendo, apretándola contra mi boca hasta que empezó a moverse sobre la mesa buscándome.

—Sí… ahí… joder, así… —balbuceó.

La oía perder el control y eso me encendía más. Le metí un dedo mientras la chupaba, luego dos, y la combinación la quebró. Empezó a gemir sin preocuparse ya por el volumen, con las piernas abiertas de par en par y la mano tirándome del pelo de una forma casi desesperada. Le busqué el clítoris con la lengua, insistiendo ahí mientras le follaba el coño con los dedos a un ritmo sostenido. Todo su cuerpo se tensó.

—Voy a correrme… —advirtió, como si yo no lo supiera.

No paré. Le mordí apenas el muslo y seguí lamiendo hasta que se corrió en mi boca con un espasmo que le hizo arquearse entera. El orgasmo le salió en jadeos entrecortados, con las caderas empujando contra mi cara. La sostuve hasta que el temblor le aflojó las piernas.

Me levanté despacio. Tenía la boca mojada de ella. Me miró como si acabara de cruzar una línea de la que no se vuelve.

—Te odio por seguir sabiendo a qué me vuelvo adicta —murmuró.

—No me odias nada.

Me desabroché el pantalón y saqué la polla. Se quedó mirándola un segundo con una mezcla de recuerdo y hambre adulta. Luego se bajó de la mesa y se arrodilló delante de mí sin decir una palabra. Ese gesto me golpeó más fuerte de lo esperado. Le puse una mano en la mejilla.

—No tienes que hacerlo.

Levantó la vista. Sonrió apenas.

—Quiero hacerlo.

Me agarró desde la base y me lamió la punta con calma, provocándome. Yo apreté los dientes. Después me la metió en la boca poco a poco, tomándose su tiempo, dejándome sentir el calor de su lengua alrededor. Llevaba años soñando con verla así y la realidad superó cualquier fantasía barata. No era un gesto bonito ni dulce. Era su boca trabajándome con ganas, chupando, subiendo y bajando con cada vez más decisión, mirándome de vez en cuando para ver el efecto que me estaba haciendo.

—Joder, Muñeca… —gruñí.

Eso la excitó todavía más. Me tragó hasta donde pudo, se apartó apenas para respirar y volvió a meterme en la boca, esta vez con una mano acompañando el movimiento. Su saliva me corría por la polla y yo tuve que apoyarme en la mesa para no empujarle demasiado fuerte. Aun así, cuando me relajé un segundo, fue ella la que marcó el ritmo, más rápida, más sucia, dejándome claro que bajo esa apariencia serena había una mujer hambrienta.

Le sujeté el pelo para apartárselo de la cara.

—Para, o me voy a correr.

Se sacó la polla de la boca con un hilo brillante de saliva y sonrió, jadeando.

—Todavía no. Quiero sentirte dentro.

La levanté de los brazos y la giré. Apoyó las manos en la mesa casi por instinto. Le subí el vestido hasta la cintura, le bajé las bragas por las piernas y se las saqué de una vez. Le acaricié el culo, lleno, firme, y separé apenas las nalgas para verla húmeda, todavía abierta y sensible por el orgasmo.

—Mírate dónde hemos venido a terminar —le dije, pegándome a su espalda—. En la cocina de la casa de tu madre, como dos cabrones sin remedio.

Gimió y echó la cabeza hacia atrás sobre mi hombro.

—Fóllame ya.

La agarré de la cadera y le metí la polla de una embestida. Entró apretada, caliente, resbalando sin resistencia por lo mojada que estaba. El gemido que soltó fue tan fuerte que tuve que taparle la boca con la mano un instante. Yo mismo cerré los ojos al sentirla tragármela entera después de tantos años de espera.

—Joder… —dije entre dientes—. Así te quería.

Empecé a embestirla con un ritmo duro, seco, haciendo crujir la mesa con cada golpe. Ella se aferró al borde, moviéndose hacia atrás para recibirme mejor. Cada vez que salía casi del todo y volvía a entrar, sentía cómo me apretaba por dentro. Le corrí el pelo a un lado y le mordí el cuello mientras seguía follándola sin suavizar nada.

—Más —pidió—. No pares. Más fuerte.

Le obedecí. Le sujeté ambas caderas y la trabajé a fondo, escuchando el sonido húmedo de la penetración mezclado con sus jadeos. Le alcancé un pecho por debajo del escote del vestido y se lo apreté con la mano, notando el pezón duro bajo la tela del sujetador. Ella soltó una maldición y empezó a moverse peor, más desesperada, como si ya no pudiera ordenar su propio cuerpo.

—¿Así querías tu confesión? —le dije al oído—. ¿Así querías volver a verme?

—Sí… sí… joder… sí.

Saqué la mano de su pecho y la bajé entre sus piernas, buscándole el clítoris mientras seguía metiéndosela. En cuanto la toqué ahí, se deshizo. Empezó a temblar, a apretar las paredes del coño alrededor de mi polla de una manera salvaje.

—No puedo… —jadeó—. Voy a correrme otra vez.

—Pues córrete.

Le froté más rápido. El orgasmo le llegó como una descarga. Se quedó rígida, con la cara girada y la boca abierta contra mi palma, gimiendo ahogado mientras yo seguía dentro, sosteniéndola para que no se desplomara. Cuando empezó a aflojarse, la saqué y la giré de nuevo hacia mí.

La subí a la mesa, le aparté el vestido del vientre y me coloqué entre sus piernas. Me miró con la cara deshecha, brillante de sudor, completamente ida. La agarré por los muslos y se la volví a meter, ahora cara a cara. Ella me rodeó la cintura con las piernas y me atrajo hacia sí con una urgencia que ya no tenía nada de prudente.

Nos besamos mientras la follaba. Besos sucios, con saliva, interrumpidos por jadeos y pequeñas maldiciones. Sus uñas se me clavaban en la espalda. Yo marcaba el ritmo con las caderas, hundiéndome hasta el fondo y saliendo lo justo para volver a entrar con fuerza. La mesa golpeaba contra la pared. Su cuerpo me recibía cada vez mejor, más blando, más abierto, pero no menos intenso.

—Dime que te acordabas de esto —le exigí.

—No —respondió, respirando mal—. Me acordaba menos. Esto es peor.

—¿Peor?

—Peor porque ahora sé lo que hago y aun así no quiero que pares.

Le apreté la garganta solo lo suficiente para sentir el pulso, sin cerrarle el aire, y la vi estremecerse. Después bajé la mano y le pellizqué un pezón por encima de la tela. Ella arqueó la espalda y me clavó los talones.

—Más —repite más —dijo con voz rota—. Quiero que me folles de verdad.

Levanté una de sus piernas sobre mi hombro y cambié el ángulo. Entré más hondo. El grito que soltó me confirmó que había dado justo donde debía. Seguí ahí, machacándola sin descanso, viendo cómo perdía la compostura a golpes. Cada embestida le sacaba un sonido distinto: gemido, insulto, aire cortado, mi nombre dicho como si le molestara y le encantara a la vez.

Yo estaba al límite. Lo notaba en la tensión de los muslos, en la base de la polla, en las ganas de vaciarme dentro de ella y mandar todo a la mierda. Pero aún quería verla correrse una vez más. Bajé la mano otra vez entre nuestros cuerpos y le busqué el clítoris con los dedos mientras la penetraba sin bajar el ritmo. Ella empezó a negar con la cabeza, completamente superada.

—No… no… así no…

—Así sí.

—No aguanto…

—Aguantas.

Le mordí el hombro justo cuando se corrió por tercera vez, más violento que las anteriores. Cerró las piernas alrededor de mí, me atrapó dentro y el apretón me disparó el orgasmo. Me corrí con un gruñido contra su cuello, embistiendo un par de veces más mientras sentía cómo me vaciaba a pulsos. Me quedé inclinado sobre ella, respirando como si hubiera corrido kilómetros.

Durante unos segundos no dijo nada. Solo me acarició la nuca con una mano temblorosa. Luego me besó la mandíbula y cerró los ojos.

—Ya está —susurró, aunque no sonó a alivio.

Salí de ella despacio. Busqué un paño en la cocina, le limpié las piernas con torpeza y después me arreglé yo. Ninguno de los dos fingió que aquello había sido un error. Un error no te deja con esa cara, con las piernas aún temblando y el cuerpo pidiendo más.

Nos quedamos sentados en silencio un rato. Ella volvió a ponerse las bragas y a bajarse el vestido. Yo me abotoné el pantalón y apoyé los codos en las rodillas. Afuera cantaba un pájaro de forma casi ofensiva, como si el mundo siguiera normal.

—No voy a dejar a mi marido por esto —dijo al fin.

—No te lo he pedido.

—Ya lo sé.

—¿Y vas a arrepentirte?

Se quedó pensando. Luego negó con una sinceridad que dolía.

—No hoy.

La respuesta era lo más honesto que podíamos darnos. Ni promesas, ni planes, ni frases de telenovela. Solo ese presente sucio y real que por fin habíamos arrancado del pasado.

Se levantó y caminó hasta la ventana. Yo miré la curva de su espalda, el peso de sus caderas, la serenidad extraña que le quedó después de correrse tantas veces. Ya no era la niña de mis recuerdos ni la fantasía que había cultivado en silencio. Era una mujer adulta, contradictoria, deseante, capaz de querer a su familia y de abrirme las piernas en una cocina unas horas después. Y yo ya no era el idiota que se sentaba en un banco a llorar lo que no tuvo. Al menos no del todo.

—¿Sabes qué es lo peor? —dijo sin girarse.

—¿Qué?

—Que ahora sí voy a pensar en ti.

Me acerqué por detrás y la abracé por la cintura. No sexualmente, no esta vez. Solo la sostuve un momento.

—Yo nunca dejé de hacerlo.

Ella me acarició los dedos, apenas.

—Lo sé.

***

Nos despedimos sin beso en la puerta. Una decisión cobarde, quizá necesaria. La vi alejarse calle abajo con paso lento, recompuesta por fuera, revuelta por dentro. Yo me quedé un momento bajo el marco, oliendo todavía su perfume mezclado con el sexo reciente, y entendí que algunas historias no vuelven para repararse, sino para consumarse de una vez.

Esa noche fui al parque. No por costumbre, sino por otra clase de necesidad. Me senté en el banco de siempre y miré el lugar con una calma nueva. Ahí seguían los árboles, la tierra seca, los juegos viejos, el recuerdo del primer beso. Pero ya no era un santuario de lo imposible. Ya no estaba condenado a preguntarme qué habría pasado si ella y yo hubiéramos tenido otra oportunidad.

Ya lo sabía.

Había pasado que el deseo seguía intacto. Que debajo de los años, del matrimonio, del cansancio y de la distancia, los dos guardábamos una deuda vieja. Y que, cuando por fin pudimos pagarla, no fue con palabras tiernas ni con promesas vacías, sino con cuerpos adultos, con hambre real, con una confesión hecha a mordidas y gemidos sobre una mesa.

No sé si volveré a verla a solas. No sé si ella borrará lo ocurrido para seguir viviendo en paz o si se tocará pensando en mí cuando su marido duerma al lado. No sé si yo hice bien o si fui, al fin, el cabrón que siempre intenté no ser. Lo único que sé es que cuando cierro los ojos ya no imagino. Recuerdo.

Y ese recuerdo, por primera vez en muchos años, no me deja vacío. Me deja satisfecho, sucio, triste a ratos, pero extrañamente en paz. Porque por fin dejó de ser una historia suspendida. Porque mi Muñeca ya no es una fantasía congelada en la infancia. Ahora también es la mujer adulta que me abrió la puerta, me pidió la verdad y terminó gimiendo mi nombre mientras la follaba como llevábamos demasiado tiempo queriendo hacerlo.

Supongo que eso es una confesión de verdad. No la versión limpia que uno cuenta para quedar bien, sino la que mancha. La que no busca perdón. La que solo dice: pasó. Lo deseé durante años. Ella también. Y cuando el pasado volvió a ponerse delante de nosotros, no lo dejamos escapar por segunda vez.

Desde entonces sigo yendo al parque de vez en cuando. Pero ya no para llorar ni para perseguir fantasmas. Voy porque ahí empezó todo y porque, de alguna manera torcida, también ahí terminó de empezar lo único que me faltaba aceptar: que hay recuerdos que no se curan olvidándolos. A veces se curan cumpliéndolos.

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Comentarios(4)

CristinaVuelo

Dios mio, que buenisimo!!! me quede sin palabras

SebastianRX

La primera oracion ya te engancha, imposible dejar de leer. Muy bien escrito, espero que haya segunda parte.

MartinLapaz

Me recordó a algo que viví hace años, esas situaciones donde una mirada lo dice todo sin decir nada... muy real y muy bien contado

ValePBA

Que tension desde el primer parrafo!! me encanto, seguí publicando por favor

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