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Relatos Ardientes

El juego que mi marido propuso en Punta Cana

Punta Cana huele a sal, a protector solar y a algo que nunca había sabido nombrar hasta esa semana. El mar entraba en la arena con un susurro lento, casi hipnótico, y Mateo caminaba a mi lado con la mano rozando la mía, sin terminar de tomarla, como si tuviéramos toda la vida por delante para decidirnos.

Llevábamos seis años casados y habíamos venido a huir de la rutina, sí, pero también con una idea que nos quitaba el sueño desde hacía meses. En la maleta, escondido entre la ropa, traíamos un cuaderno barato con tapa de cartón: un manual de retos para parejas que habíamos pedido por internet y que ninguno de los dos se atrevía a abrir del todo.

—Solo los tres primeros niveles —le dije en el avión, mientras mis dedos trazaban círculos lentos sobre su muslo, por debajo del periódico que fingía leer.

Él sonrió sin mirarme, pero noté cómo se le tensaba la mandíbula.

—Tú mandas —respondió en voz baja—. Vos acumulás los puntos. Yo te recompenso.

En su voz había un temblor que lo delataba: lo deseaba tanto como yo, y le costaba el doble contenerse. Yo sentía el pulso en la garganta, en las muñecas, entre las piernas. Una mezcla extraña de poder y vulnerabilidad, como si estuviera a punto de saltar de un trampolín sin saber si abajo había agua.

Todo empezó esa misma tarde, en la playa.

***

Me puse un bikini diminuto, rojo, de una tela fina que se transparentaba apenas cuando el sol le daba de cierto modo. Los tirantes me marcaban la piel cada vez que me movía. El calor era una segunda capa sobre el cuerpo, y la arena caliente bajo los pies me mandaba pequeñas descargas por las piernas mientras buscábamos un sitio.

Elegimos una zona apartada, aunque no tanto como para quedar invisibles. Ese era el punto. Sentí un nudo en el estómago. ¿Y si Mateo se arrepentía al verme expuesta de verdad? ¿Y si la que se arrepentía era yo? Pero por debajo del miedo había otra cosa, una corriente caliente que me empujaba hacia delante.

—Primer reto —susurré—. Un descuido. Sin querer queriendo.

Él se mordió el labio y asintió. Su respiración ya iba más rápida de lo normal.

Me tumbé en la toalla y arqueé la espalda con la excusa de ponerme crema, los dedos resbalando despacio por los hombros, dejando un rastro brillante y perfumado. Con un movimiento estudiado, tiré del lazo que sujetaba la parte de arriba del bikini. La tela cedió. El aire salado me rozó los pechos y se me endurecieron al instante, un cosquilleo eléctrico que me bajó hasta el centro del cuerpo.

No estaba sola en mi descuido. Un grupo de turistas a unos metros bajó la voz de golpe. Un socorrista que pasaba se detuvo más de la cuenta y se acomodó el short con disimulo. Sentí esas miradas como manos, y la adrenalina me subió igual que el champán cuando se destapa demasiado rápido.

Lo morboso no era que me miraran ellos. Era saber que Mateo los veía mirarme, que su deseo crecía bajo la tela del bañador, y que aun así seguía ahí, dejándome ser esa mujer que de otro modo no me hubiera atrevido a ser. Me sentí poderosa y querida al mismo tiempo. Me quedé así un poco más de lo necesario, moviendo apenas las caderas, antes de volver a atarme el lazo con una lentitud deliberada.

—Cinco puntos para mí —le dije.

Él se acercó, con la voz ronca.

—Eso ha sido… —tragó saliva—. Esta noche te doy el masaje que te gusta. Despacio.

Lo besé profundo, con lengua, saboreando la sal de sus labios, y mi mano bajó un segundo para confirmar lo que ya sabía: estaba duro como una piedra. La aventura apenas empezaba y yo ya temblaba.

***

Al atardecer nos movimos al bar de la playa. Olía a ron y a lima, y las olas marcaban el fondo como un latido. Pedimos dos margaritas heladas que quemaban la garganta de puro dulces, y me senté en un taburete alto, cruzando las piernas para que el pareo subiera y dejara ver un poco de muslo bronceado y el borde de la tanga negra.

—Siguiente reto —dijo Mateo, con la mano firme sobre mi rodilla, subiendo apenas un centímetro—. Una foto. Desde el baño.

Fui hasta los lavabos. El espejo estaba empañado por el vapor de las duchas de la piscina. En el reflejo me vi el pelo revuelto por la brisa, los labios hinchados y brillantes. Me quité el pareo, el aire del ventilador me erizó la piel, y posé con una mano apenas cubriéndome un pecho y la otra deslizándose entre las piernas. Me hice la foto sintiendo mi propia humedad contra los dedos.

Se la mandé. Mientras esperaba la respuesta, me invadió una ternura que no esperaba: esto no era solo un juego sucio. Era confianza absoluta, era entregarnos el uno al otro de un modo que no sabíamos nombrar.

Volví al bar con el corazón en los oídos. Lo encontré con el teléfono en la mano, respirando rápido.

—Mi amor, esa foto me ha vuelto loco —dijo, y la voz se le quebró un poco—. Recompensa: esta noche te lamo despacio, pero no te dejo terminar.

A nuestro lado, un hombre del lugar, de brazos tatuados que olían a sal y a tabaco, había notado la química entre nosotros y sonreía. Me incliné hacia Mateo y le hablé pegada al oído.

—Míralo. ¿Te excita que me mire?

Él tragó saliva. Su respuesta tenía una honestidad que casi me dolió.

—Sí. Muéstrate un poco. Pero solo porque sé que volvés a mí.

Me giré hacia el desconocido y le guiñé un ojo, alzando la copa en un brindis silencioso. El líquido frío me bajó por la garganta mientras su mirada se oscurecía. El aire se cargó de algo espeso. Mi cuerpo latía de deseo, pero el corazón latía por Mateo, por su valentía al permitírmelo, por lo que nos unía en ese borde tan frágil.

El tipo se acercó y rozó mi brazo «sin querer». Yo dejé que mi pierna tocara la suya. Le propuse, sin palabras, que entrara un momento en nuestro juego. Me senté en el regazo de Mateo, abriendo apenas las piernas, y lo besé largo y ruidoso mientras el desconocido nos tomaba un par de fotos con nuestro teléfono y nuestro permiso. Mis pechos contra el suyo, las caderas girando despacio, el pareo subiendo más de lo prudente.

Cuando empezó a entrar gente nueva, frenamos. Nos acomodamos la ropa, brindamos los tres, le contamos entre risas la locura de nuestras vacaciones y nos despedimos. No sin que yo, antes de irme, le tomara la mano al desconocido y la dejara caer un instante por mi espalda baja. Después adiós. Cada cual a su noche.

***

La discoteca del resort fue el siguiente escenario. Luces de neón al ritmo de la música latina que me vibraba en el pecho, el aire denso de sudor y perfume, cuerpos calientes rozándose en la oscuridad.

Bailamos pegados, mis caderas contra las suyas, su erección presionándome el vientre y mandándome chispas por la columna. Antes de separarme, lo provoqué a propósito: bajé las manos por su pecho hasta la entrepierna, acariciándolo por encima del pantalón mientras nos besábamos hondo, mordiéndonos los labios. Su mano se metió bajo mi falda, los dedos subieron por el muslo hasta apartar la tanga y tocarme directamente, allí, en mitad de la pista, mientras yo me arqueaba contra él muerta de placer y de riesgo.

—Veinte puntos si lo hacés —me dijo al oído, con el aliento caliente en el cuello—. Y la recompensa: te dejo a vos elegir la próxima.

Asentí, con el corazón como un tambor y un nudo de ternura en el pecho. Cada paso era una prueba de cuánto confiábamos el uno en el otro.

Me separé y me acerqué a un grupo de tres. El que llevaba la voz cantante era alto, moreno, con la camisa abierta sobre un pecho que brillaba de sudor. Otro turista como nosotros, pero con ojos hambrientos. Lo acompañaban un rubio atlético y un tercero de sonrisa pícara y manos inquietas.

—Baila conmigo —le dije al moreno, por encima de la música.

Él se acercó.

—¿Sola? ¿Dónde está tu acompañante?

—Mirando —respondí, y froté mi cuerpo contra el suyo en un movimiento fluido.

Sus amigos se sumaron y me cerraron en un círculo. El rubio me rozaba la espalda con las caderas, el otro me susurraba cosas sucias al oído. Bailamos, sus manos en mi cintura, mis pezones endurecidos contra la tela fina. Busqué a Mateo en la barra. Tenía los ojos clavados en nosotros, una mezcla de celos y de deseo que me empapaba entre las piernas, pero también una vulnerabilidad que me dieron ganas de cruzar la pista y abrazarlo.

—Eres provocadora —murmuró el moreno, mordisqueándome el lóbulo, con el aliento a tequila.

—Solo juego —contesté, girándome para que Mateo viera cómo arqueaba la espalda, las caderas en círculos lentos contra los tres.

Era intoxicante. El sudor bajándome por la espalda, la música metida en los huesos, manos ajenas explorando los bordes de lo permitido. Pero la verdadera descarga, la que de verdad me consumía, era saber que Mateo me esperaba y que esto, en lugar de separarnos, nos estaba haciendo más fuertes.

Me aparté con las piernas temblando y volví a él.

—No puedo más —me confesó.

—Yo tampoco —dije—. Estoy mojada. Llevame a la habitación.

Nos tomamos de la mano y conté los segundos hasta la puerta.

***

El final llegó al día siguiente, en un velero pequeño que alquilamos para recorrer la costa. El viento salado me azotaba el pelo, olía a mar y a madera caliente, y las olas golpeaban el casco como un corazón acelerado.

—Treinta puntos más —prometió Mateo desde el timón, con la voz temblando— y tenés el control total el resto del viaje.

Empezamos con fotos. Posé primero con el bikini, arqueando la espalda, las piernas cruzadas, el sol brillando en la piel aceitada. Poco a poco fui subiendo la apuesta: solté la parte de arriba y posé con las manos en los pechos, los pezones duros bajo el viento. Después me quité el resto y me tumbé en la proa, completamente desnuda, el balanceo del barco meciéndome como una cuna lenta.

—Una foto más —le pedí, abriendo las piernas, con el mar turquesa de fondo infinito.

Él sacó el teléfono con las manos temblando.

—¿Y si nos ven desde otro barco?

—Eso es lo que me gusta —respondí.

Un yate pasó no muy lejos, y detrás un barco de turistas. Sentí miradas distantes y un escalofrío de placer me recorrió entera. No paramos. Al contrario.

Me arrodillé en la cubierta caliente, le bajé el short y lo tomé en la boca, despacio primero y con hambre después, mientras él gemía y se sujetaba al mástil. Luego me levantó, me giró hacia la proa y entró en mí desde atrás, con embestidas firmes, mis pechos rebotando al ritmo del oleaje. Era indescriptible. Tan libre, en mitad del mar, con el agua salpicándonos y el sol quemándonos la espalda.

De los barcos cercanos llegaron silbidos y algún aplauso traído por el viento. Una mujer gritó algo en inglés que no entendí del todo y no me importó. Mateo me sujetaba las caderas, yo gritaba de placer y el mundo entero parecía estar mirándonos.

—¿Te arrepentís de haber empezado esto? —pregunté entre jadeos.

—Nunca —dijo, con la voz rota por algo más hondo que el placer—. Sos mi fantasía hecha realidad. Te quiero más que nunca.

Terminamos juntos, mi grito perdiéndose sobre el agua, mientras un par de bocinas lejanas sonaban como si nos aplaudieran. Cada sentido saturado: su sabor en mi boca, el olor del mar en la piel, las olas y nuestros gemidos mezclados. Pero por encima de todo, la emoción: el deseo que había crecido en cada reto y la confianza que se hacía más sólida con cada salto al vacío.

Esa semana en Punta Cana nos cambió. Acumulé puntos, sí, pero ganamos los dos. Volvimos a casa distintos, con un secreto compartido que nadie más conocería y con la certeza de que aún nos quedaba mucho cuaderno por delante.

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Comentarios (5)

Roxana_B

Que relato mas rico!! me tuve que sentar a leer todo de un tirón jajaja

ViajeroMdq

Por favor contá como terminó el cuaderno entero, necesito saber hasta qué nivel llegaron!! Espero la continuación

PilarBaires

Me encantó la idea del cuaderno de retos, que manera tan original de contar una historia. Se me hizo cortisimo, quiero mas!

LucasBA_77

jajaja la parte del avión me mató, buenísimo el arranque

MarisolSC

Que buena escritura, se siente tan real que uno no sabe si es fantasía o de verdad pasó. Me gustó mucho como lo narraste, sin ser burdo pero igualmente intenso. Seguí subiendo cosas asi!

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