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Relatos Ardientes

El desconocido del asador que me invitó a su casa

A Lucía nunca le había gustado comer fuera de casa. Pero en su trabajo de comercial, recorriendo clientes de un punto a otro de la ciudad, había días en que la mañana se torcía y no quedaba más remedio. Y aquella jornada se había torcido de verdad. Tanto que, a la una y media de la tarde, lo último que le apetecía era sentarse en un restaurante con mantel y carta.

Caminaba por un barrio que apenas conocía cuando un olor a pollo asado la frenó en seco. Olía a brasa, a piel dorada, a algo recién hecho. Siguió el rastro hasta dar con un pequeño asadero de barrio, de esos con el mostrador a la calle y dos mesas dentro. Tenía hambre y todavía le quedaba un hueco antes de la siguiente visita, así que no se resistió. Entró y echó un vistazo a lo que había.

—Buenas tardes —la saludó el hombre del mostrador, un señor mayor con delantal manchado—. ¿Qué le pongo?

—Hola. Medio pollo con patatas y una caña, por favor.

—Uy, me encantaría, pero a esta hora ya no me queda nadie a quien colocarle el otro medio. Se me va a quedar el bicho aquí solo.

—Qué pena, con las ganas que tenía —se lamentó ella.

—No se preocupe. Ese medio me lo quedo yo.

Lucía se giró. Acababa de entrar otro cliente: un tipo de poco más de treinta años, alto, de complexión delgada y una perilla recortada con cuidado. Por un segundo le recordó a un novio que tuvo años atrás, aunque no podía ser él; aquel se había ido a vivir al otro lado del océano y nunca había vuelto. Aun así, algo se removió dentro de ella, una corriente vieja y conocida.

—Vaya, pues muchas gracias —dijo ella—. Al final voy a poder comer pollo hoy. Uno entero para mí sola era demasiado.

—De nada. Siempre me ha parecido divertido eso de compartir un pollo con alguien. Por lo menos hoy ya sé con quién lo hago.

—Me llamo Lucía.

—Andrés —se acercó a darle los dos besos de rigor, aunque uno quedó demasiado cerca de la comisura de su boca—. No te había visto nunca por aquí.

—No soy del barrio. Trabajo de comercial y hoy me tocaba esta zona. Lo que pasa es que se me ha alargado todo.

—Suele pasar. Por lo menos vas a probar el pollo de Ramón. Es de lo mejorcito que hay.

Lucía notó cómo, mientras hablaba, la mirada de Andrés resbalaba de su cara a su escote. Llevaba una blusa abierta un botón de más, a propósito; una talla generosa siempre ayudaba a cerrar una venta, y ella sabía usarla cuando hacía falta. Hoy, con un cliente difícil por la tarde, la había escogido pensando en eso. No esperaba que el primero en fijarse fuera un desconocido en un asador.

—Bueno, pues encantada, Andrés. Si algún día quieres cambiar de seguro o de algo, llámame —bromeó.

—¿Ya te vas? ¿Y dónde piensas comerte eso?

—He visto un parque ahí cerca. Me sentaré en un banco y de paso me da el aire.

—De eso nada —respondió él con una seguridad que la descolocó—. Si compartimos el mismo medio pollo, lo lógico es que te vengas a comértelo a mi casa. Vivo aquí al lado. Si quieres, claro…

No era la primera vez que un hombre le tiraba los tejos en mitad del día. Pero aquella forma de invitarla, tan directa y a la vez tan absurda, la hizo reír por dentro. Andrés estaba bien, muy bien, y no parecía ni peligroso ni un colgado. Se sorprendió a sí misma calculando cuánto tiempo le quedaba libre.

—Venga. Pero espero que no vivas lejos. No quiero que esto se enfríe.

—Tranquila, llegamos en un momento.

***

Y así fue. En cinco minutos estaban subiendo a un piso a un par de calles del asadero. El ascensor era tan estrecho que se rozaron más de lo que cualquiera de los dos habría admitido en voz alta. Ella sintió el calor de su brazo contra el suyo y el corazón le empezó a latir distinto.

Dentro, mientras Lucía sacaba el pollo de la bolsa, Andrés puso los cubiertos y dos cervezas en la mesa. Comieron hablando de todo un poco: de trabajo, de pisos, de relaciones que no funcionaron, de viajes pendientes. Estaban tan a gusto que el medio pollo desapareció antes de que se dieran cuenta.

—Creo que tengo algo para el postre —dijo Andrés, mirándole el escote sin el menor disimulo.

—¿Te gusta lo que ves? —respondió ella, jugando—. Igual eso es el postre.

—Espera. Tengo justo lo que hace falta…

Se levantó y desapareció en la cocina, dejándola con la duda y un calor que le subía despacio por dentro. Volvió enseguida, con un bote de nata montada en la mano y una sonrisa que no necesitaba explicación.

—Con esto va a estar mucho mejor —dijo, acercándose.

Lucía captó la indirecta al vuelo y se quitó la blusa ella misma. Lo último que quería era mancharse, se dijo, aunque la verdad era otra. Andrés terminó de bajársela por los hombros con una lentitud deliberada. Después pegó la boca a su escote y empezó a recorrerlo con la lengua, todavía por encima del sujetador. Los pezones ya marcaban el encaje, delatando lo dura que estaba.

No tardó nada en desabrocharle el sujetador y dejar sus pechos libres. Quería conocer su sabor, así que cerró los labios sobre un pezón y luego sobre el otro, tirando suavemente con los dientes. Cuando los tuvo bien duros, dejó caer un poco de nata alrededor y se entretuvo en limpiarla a lengüetazos, cada vez con más ganas. El sonido húmedo de su boca se mezclaba con los suspiros de Lucía, que se notaba más encendida a cada segundo.

Tanto que se dejó llevar sin resistirse cuando él la tomó de la mano y la condujo al dormitorio. La hizo caer sobre la cama y volvió a su pecho, para después bajar despacio por el vientre, sembrando besos. Ella, impaciente, le quitó el bote de las manos y se puso un pegote de nata en el ombligo. Andrés lo limpió en cuestión de segundos.

Lucía levantó las caderas y él aprovechó para deslizarle la falda hacia abajo, descubriendo un tanga minúsculo de encaje negro que ya se le había colado entre los labios. Pasó la lengua por encima de la tela, notando su sabor y el respingo que dio ella al sentirse acariciada justo ahí. Después fue bajando la prenda poco a poco, besando cada centímetro de piel que iba quedando al descubierto.

—Llevaba mucho sin sentir algo así —murmuró ella, con la voz tomada.

Él no contestó. Tomó de nuevo la nata y puso una buena cantidad entre sus labios, antes de lanzarse a saborearla sin prisa pero sin pausa. Cada pasada de su lengua sobre el clítoris le arrancaba a Lucía un gemido más alto que el anterior. Pronto ya no hizo falta ninguna nata: estaba completamente mojada. Andrés la recorría de arriba abajo, sin dejar un solo rincón sin atender.

Ella sentía que perdía el control. Arqueaba las piernas, se abría más para él, empujaba las caderas hacia su boca. Cuando notó que estaba al borde, Andrés le metió dos dedos despacio, sin dejar de lamer. Fue demasiado. Lucía se corrió a gritos, apretándole la cabeza entre los muslos, en un orgasmo largo que la recorrió entera y la dejó tendida en la cama, jadeando, pellizcándose los pezones por puro instinto.

—Menudo postre —dijo él, retirándose para mirarla—. Cremoso y calentito.

—Hacía siglos que nadie me comía así —respondió ella, todavía sin aliento—. Y menos que me corriera con tantas ganas.

—Me alegro de que lo disfrutaras.

—Pero a mí me falta mi postre todavía…

***

Recuperada, Lucía se incorporó y empujó a Andrés contra el colchón. Sin el menor pudor empezó a frotarle el bulto de los pantalones mientras le desabrochaba el cinturón. Tenía clarísimo lo que quería y nadie iba a quitárselo. En unos segundos le había bajado la ropa interior y tenía delante su polla, dura y dispuesta. Se inclinó sobre ella sin pensárselo.

Empezó pasando la lengua por toda la punta, ensalivándola bien, sin dejar un milímetro sin recorrer. Mientras tanto le acariciaba los testículos y deslizaba un dedo más abajo, sintiendo cómo se ponía aún más rígido. Después se la metió entera, demostrando todo lo que había aprendido con los años. Andrés se quedó de piedra al notar la barbilla de ella rozándole mientras lo tragaba por completo, con la lengua jugueteando sin descanso. El placer le subía en oleadas, cada vez más intenso.

Lucía levantó la cabeza para mirarlo a los ojos, recreándose en lo duro que lo había puesto. Lamió el tronco siguiendo el dibujo de las venas y supo que ya estaba listo para lo que venía. Sin avisar, se montó sobre él y guio la punta hacia la entrada de su sexo empapado. La colocó bien y, de una sola embestida, se lo clavó hasta el fondo. Los dos compartieron el mismo grito al sentir el roce.

Andrés intentó sujetarla por las caderas para marcar el ritmo, pero ella no se lo permitió. Quería cabalgarlo a su manera. Empezó a moverse despacio, hundiéndoselo entero, abriéndose centímetro a centímetro, hasta encontrar el compás que le gustaba. Luego aceleró, subiendo y bajando, notando cómo el cuerpo de él rebotaba contra sus nalgas a cada golpe.

La humedad no paraba de crecer y el placer se le desbocaba; gemía sin reservas con cada empujón. Andrés levantó las caderas para llegar más adentro, intensificando el roce hasta un punto difícil de soportar.

—Me tienes a punto —jadeó él.

—Pues vas a tener que esperarme un poco —le dijo ella, con una sonrisa traviesa.

—¿A qué?

Ella no contestó. Empezó a agitarse sobre su cuerpo a un ritmo frenético, sintiendo cómo el segundo orgasmo se desataba en su interior. Andrés le tomó los pechos, le pellizcó los pezones, y eso fue justo lo que necesitaba para correrse otra vez, gritando como si no hubiera nadie más en el mundo.

Él lo notó todo: las contracciones de su sexo apretándolo, el temblor de sus muslos. No pudo aguantar más y se corrió dentro de ella con una descarga intensa. Lucía lo sintió y gimió todavía más fuerte, moviéndose como una poseída en un orgasmo que se le hizo eterno. Cuando por fin cedió, se dejó caer sobre él y lo besó con pasión, mientras los flujos de ambos resbalaban entre sus muslos.

De pronto sonó su teléfono. Era un mensaje del cliente de la tarde: por un asunto personal, no iba a poder recibirla. Lucía leyó el aviso y se echó a reír, y Andrés la acompañó sin saber muy bien por qué. Tenían toda la tarde por delante. Y todavía les quedaba postre que compartir.

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Comentarios (5)

Camila95

que historia!! me quede pegada leyendo, no pude parar

PilarBA_

y despues como termino todo? necesito saber jaja

Sandra_MX

Eso de decir que si sin pensarlo demasiado... a quien no le ha pasado algo parecido. Muy bien narrado.

Costero_77

Buenisimo, se lee de corrido. Esos asados siempre esconden sorpresas jaja

Mirela_Sur

Me encanto como esta contado, se siente real. Seguí escribiendo!

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