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Relatos Ardientes

Lo que hice en la fiesta de fin de año delante de todos

Me apunté a última hora. Una de mis compañeras de la facultad, Lucía, me preguntó si quería pasar la nochevieja con su grupo de amigos en una casa rural perdida en mitad del campo, y dije que sí antes de que terminara la frase. Lo tenían todo organizado: la cena, las copas para después, el cava a raudales para brindar por el año nuevo. Para mí era cómodo. Solo tenía que aparecer.

Llegaba con un mal sabor de boca. Me habían cancelado a última hora un trabajo de modelo en una pasarela en Milán, el 30 de diciembre, y me quedé sin plan y sin el dinero que necesitaba para seguir manteniéndome en Valencia con mis estudios de Arquitectura. Pero al mal tiempo, buena cara. Aquella invitación caída del cielo era justo lo que necesitaba para no pasar la última noche del año encerrada en mi piso compadeciéndome.

La casa tenía doce habitaciones y cinco baños, y éramos veintidós. Once hombres y once mujeres, todos solteros. No se admitían parejas, a propósito, para que nadie se sintiera condicionado y todos fuéramos almas libres bajo una única premisa: lo que ocurriera en la casa se quedaba en la casa. Nadie quería sentirse cohibido por lo que pudieran comentar los demás al volver a la ciudad. Era una fiesta para disfrutar, sin cuentas que rendir.

Desde el primer momento en que vi a Bruno me quedé prendada. Primero de su físico: casi un metro noventa, atlético, rubio con el pelo largo y unos ojos verdes que no sabías dónde mirar. Pero cuando lo escuché hablar y reírse, decidí que me enrollaría con él a la menor oportunidad. Fue un flechazo de los de verdad. Solo con imaginar lo que me gustaría hacerle ya notaba la ropa interior húmeda.

La cocina era enorme, así que dispusimos la comida del catering sobre la isla central y dejamos la bebida en el jardín, porque hacía un frío de mil demonios. A las ocho todavía faltaba gente por llegar, así que preparamos unas copas para hacer tiempo y pusimos música. A las nueve, las mujeres subimos a cambiarnos la ropa informal por los trajes de noche.

Para la ocasión me había comprado un vestido negro lleno de lentejuelas, de esos que ahora llaman brilli brilli. La falda era muy corta y, desde la cinturilla, por delante, salían dos tiras de tela que se estrechaban hasta anudarse al cuello, dejando un escote abierto casi hasta el ombligo y toda la espalda al aire. Lo rematé con un collar de perlas de mi madre y unos tacones de aguja de doce centímetros que, al caminar, hacían que el contoneo de mis caderas no pasara desapercibido. Por desgracia, solo algunos de los chicos se molestaron en cambiarse.

No todos entienden lo que significa vestirse para una fiesta, y menos entre amigos. Pero cuando vi a Bruno aparecer con un traje negro de solapas de terciopelo, camisa blanca con gemelos y una corbata azul claro de lunares, tuve que sujetarme mentalmente para no perder la compostura. Si antes me parecía guapo, ahora estaba tan irresistible que supe que iba a tener competencia esa noche.

A las once ya habíamos cenado y teníamos preparadas las uvas y el cava. Nada de champán francés: estamos en España y tenemos cavas que compiten con cualquier espumoso del mundo. Para matar el rato preparamos otra ronda de copas y volvimos a la mesa a esperar las doce. A falta de cinco minutos descorchamos las botellas y llenamos las copas para brindar en cuanto cayera la última uva.

Con la última campanada estallamos todos en gritos de «feliz año nuevo» y empezamos a besarnos y felicitarnos. Pasada la euforia inicial, alguien propuso que cada uno dijera qué le pedía al año que entraba. Casi todos hablaron de lo previsible: éxitos profesionales, salud para los suyos, que les tocara la lotería para acabar de pagar la hipoteca.

Cuando le llegó el turno a Bruno, se levantó con una solemnidad fingida y dijo que el año transcurriría como todos los anteriores, pero que lo que más deseaba era empezarlo con una buena mamada, si es que alguna se prestaba, y prometió corresponder de la misma manera. Todos nos quedamos un poco cortados. Y entonces, sin terminar de ser consciente de lo que hacía, me levanté de la silla con la mano en alto y dije que yo estaría encantada de cumplir su deseo.

Cuando los demás reaccionaron, empezaron a pedir a gritos que lo hiciéramos allí mismo, delante de todos, para evaluar la calidad del trabajo.

Bruno abandonó su sitio y vino hasta mí. Me ofreció el brazo con una galantería de otra época y me apoyé en él para levantarme. Me miró a los ojos.

—Antes de nada, tengo que felicitarte el año como te mereces —dijo.

Y dicho esto me besó en los labios con tanto ímpetu que aproveché para abrir la boca y buscar su lengua con la mía. Nos dimos un beso de los que cortan la respiración, y de nuevo arrancamos el aplauso de la mesa.

Nos apartamos y nos colocamos junto a la chimenea. Nos miramos y, en voz baja, me preguntó si de verdad estaba dispuesta a hacerlo delante de todos. Asentí. Qué más daba. Era una noche especial y, en el fondo, todos sabíamos que cada cual acabaría con quien pudiera y donde pudiera. Bruno se apoyó en el borde de una mesa y se bajó la bragueta, sacando el miembro ya medio erecto ante lo que se le venía encima.

***

Me subí la falda lo justo para poder agacharme con las piernas separadas, consciente de que dejaba a la vista el pequeño tanga que era toda mi ropa interior. Tomé su sexo entre las manos y saqué la lengua despacio, paseándola por el glande para que todos lo vieran. Volvieron a aplaudir. Me lo metí en la boca y empecé a mover la cabeza adelante y atrás mientras le acariciaba con la otra mano, hasta que mi entusiasmo amenazó con terminar la función demasiado pronto y él me apartó con suavidad.

Me terminó de subir la falda hasta la cintura y me bajó el tanga hasta los tobillos. Levanté un pie y luego el otro para que acabara de quitármelo. Me agarró por debajo de las axilas y me sentó en el borde de la mesa. Me separó los muslos y, ante la mirada expectante de unos y la incredulidad de otros, hundió la cara entre mis piernas y empezó a lamer.

Me llevó al orgasmo en dos minutos. Llevaba toda la noche tan excitada, deseando exactamente eso, que mi cuerpo apenas opuso resistencia. Él aguantó allí abajo hasta que me corrí una segunda vez, y solo entonces se incorporó.

Sin mediar palabra, apoyó la punta en mi entrada. Me miró a los ojos buscando una última confirmación y asentí. Sabía perfectamente lo mojada que estaba, lo acababa de comprobar con la boca. Adelantó las caderas y me penetró de una sola vez. La sacó, volvió a entrar, una y otra vez, hasta que perdió el control y empezó a embestir sin pausa. Cuando estaba a punto de terminar se retiró y lo hizo sobre mi vientre. El jolgorio y los aplausos fueron inmediatos.

Pidió una servilleta para limpiarme y, como remate, pasó la lengua por donde acababa de limpiar. Me ayudó a levantarme, me besó, buscó dos copas de cava y brindamos. Por nuestro primer polvo, el primero del año y el primero de la noche.

***

Habíamos dado el pistoletazo de salida a la fiesta de verdad. La música empezó a sonar a todo volumen y nos pusimos a bailar. Media hora después pincharon baladas para que se relajara quien quisiera bailar agarrado. Bruno vino a buscarme, me cogió de la mano y tiró de mí. Nos fundimos en un abrazo y nos movimos despacio al ritmo de la canción.

Un rato más tarde nos escabullimos a una habitación para hacerlo de nuevo, esta vez sin público y en una cama. Me hizo correrme dos veces antes de terminar él, y en esta ocasión lo hizo dentro, porque así se lo pedí. Al acabar me dio un beso corto y me prometió que en cuanto se recuperara volveríamos a empezar.

A las seis de la mañana ya lo habíamos hecho cuatro veces y decidimos dormir juntos. Nos metimos en la ducha de uno de los baños y, cuando salimos, me cargó sobre el hombro como un saco y me llevó a la habitación. Me tiró sobre la cama, literalmente, y se tumbó a mi lado. Acabamos enredados una última vez antes de que el cansancio nos venciera. Su sabor fue lo último que probé aquella noche.

Ya había amanecido cuando noté una mano recorriéndome el estómago. Me sobresalté, porque por un segundo no recordaba dónde estaba ni con quién me había acostado. Puse mi mano sobre la suya y abrí los ojos. Me encontré con su torso desnudo y sus ojos verdes mirándome fijamente. Se inclinó, me besó en los labios y me dio los buenos días.

Lo rodeé con los brazos y tiré de él hacia mí. Lo besé despacio, primero chupándole los labios y después abriéndolos para meter la lengua sin prisa. Estuvimos así un buen rato, en ese juego perezoso, hasta que bajé la mano buscándolo y lo encontré despertando. No me hizo falta mucho para terminar de espabilarlo.

Se colocó encima. Al principio entró solo con la punta y se deslizó hacia fuera. Al siguiente envite entró hasta la mitad y repitió la maniobra. A la tercera se hundió por completo y empezó a moverse de verdad, pero lentamente, alargando cada embestida hasta el fondo y retrocediendo despacio mientras me besaba. Estaba terminando un orgasmo largo cuando sentí su calor dentro y eso me lanzó directa a otro. Se quedó dentro de mí hasta que la naturaleza hizo su trabajo.

Cogimos dos toallas del armario y fuimos al baño. Nos metimos en la ducha y, cuando se ofreció a enjabonarme, ya supe que acabaría haciéndome correr otra vez. Me pasó la mano enjabonada entre las piernas y me masturbó despacio, hasta hacerme ver las estrellas. Me deslicé hacia abajo, lo tomé con las dos manos y se lo devolví con la misma calma. Era increíble que, después de tan poco tiempo, todavía le quedaran fuerzas.

***

Mientras nos vestíamos me preguntó si tenía algún plan para los días siguientes. Le dije que estábamos de vacaciones en la facultad hasta después de Reyes. Su respuesta fue que recogiera mis cosas, que nos íbamos unos días a San Sebastián. Me hizo ilusión, claro, pero solo tenía la ropa que llevaba puesta y el vestido de fiesta de la noche anterior.

—Eso no es problema —dijo—. Estás preciosa así, y para mañana aguantas. Ya compramos algo allí.

Cogió mi bolso de mano, me besó y dijo que en marcha. Íbamos a casa de sus padres, en pleno casco antiguo, frente a la playa. Le hice notar que apenas nos conocíamos más allá de la media docena de veces que habíamos hecho el amor en las últimas horas, y que me parecía precipitado presentarme en casa de su familia.

—Alguna vez tendrán que conocerte antes de la boda, digo yo —me soltó, tan tranquilo.

—¿Y quién ha dicho que yo me vaya a casar contigo? —respondí.

—Yo. Lo acabo de decidir.

Pasamos unos días con sus padres y me presentó como su novia, avisando de que se fueran acostumbrando a verme porque nos íbamos a casar pronto. Pasamos más tiempo en la cama que conociendo la ciudad. Su madre llegó a pedirnos que fuéramos más discretos de noche, porque se las pasaban escuchando ruidos a través del tabique. Bruno le contestó, muy serio, que yo estaba en mis días fértiles y estábamos aprovechando para hacerla abuela. Tardé un buen rato en parar de reírme.

Volvimos a casa y dos semanas después ya vivíamos juntos. Seis meses más tarde nos casamos. De aquella nochevieja hace ya casi diez años. Hoy tenemos dos niñas preciosas y un varón en camino. Y cada fin de año, cuando levanto la copa de cava, sé exactamente por qué brindo.

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Comentarios (6)

LectorConfeso

tremendo relato!!! me dejo sin palabras

Kike_cba

Por favor sigue contando, quede con muchas ganas de saber que paso despues

Patricia_bsas

me hizo acordar de una fiesta similar que tuve hace unos años, aunque la mia no llego ni a la mitad jaja. Muy bien narrado

fer_noche

y volviste a ver a alguien de esa noche despues? pregunto porque ese final abierto me dejo con curiosidad

RominaCordo

Que bien escrito, se siente real sin ser exagerado. Eso es exactamente lo que me gusta de los relatos de confesiones

nochero77

esa regla de que lo que pasa ahi se queda deberia existir en mas fiestas jajaja. Excelente

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