El masaje en el sofá que se nos fue de las manos
Volvimos tarde y cansados, de esos cansancios que no son del cuerpo sino de la cabeza, y apenas cerramos la puerta ella se quitó los zapatos, cruzó el salón y se dejó caer en el sofá con un suspiro largo. Llevaba un camisón claro, fino, de esos que insinúan más de lo que tapan, y yo me quedé mirándola un segundo de más antes de acercarme. No hizo falta que dijera nada. Se acomodó el pelo a un lado, dejó la nuca al descubierto y murmuró que le dolían los hombros.
Yo ya la conocía demasiado bien como para fingir inocencia. Cuando me senté detrás de ella y puse las manos sobre su piel caliente, supe que aquello no iba a quedarse en un masaje. Ella también lo sabía. Lo noté en la manera en que relajó el cuello y abrió apenas las piernas, en la respiración que se le hizo más lenta, más profunda, como si estuviera preparándose para algo.
—No me hagas daño —dijo, aunque su tono pedía justo lo contrario.
—Depende de cómo te portes —le contesté, acercando la boca a su oído.
Se le escapó una risa baja. Esa risa siempre me ponía peor que cualquier gemido, porque significaba que ya estaba dentro del juego. Apreté con los pulgares la base de su cuello, bajé por los hombros, seguí por la espalda con movimientos firmes y lentos, notando cómo se le erizaba la piel bajo el camisón. Cada vez que presionaba un poco más, ella soltaba aire por la boca y echaba el culo hacia atrás, rozándome.
Yo ya estaba duro. Ni siquiera intenté disimularlo. Me acerqué más y dejé que mi erección quedara pegada a la curva de sus nalgas mientras seguía amasándole la espalda. El salón estaba en silencio, apenas roto por su respiración y por el roce de mis manos sobre la tela fina. Ese silencio tenía algo obsceno, como si toda la casa estuviera esperando a ver cuánto tardábamos en cruzar la línea.
Mis dedos descendieron despacio hasta su cintura y volvieron a subir, esta vez metiéndose por debajo del camisón. Le toqué el vientre con la yema de los dedos, sin prisas, disfrutando de cómo se contraía apenas rozarla. Subí un poco más, bordeando por debajo sus pechos sin llegar a tomarlos, solo para hacerla retorcerse.
—No me tortures —susurró.
—Todavía no he empezado.
Le aparté el pelo y le lamí el cuello desde la base hasta detrás de la oreja. Sabía exactamente dónde morder, dónde besar, dónde apretar con los labios para dejarla temblando. Ella inclinó la cabeza para darme más acceso y yo aproveché para morderle el lóbulo, mientras una mano se cerraba por fin sobre una teta. No llevaba sujetador. El pezón se endureció enseguida bajo mis dedos, y empecé a amasarla con firmeza, alternando caricias lentas con pellizcos más duros.
Su espalda se arqueó al instante. Con la otra mano le apreté el otro pecho y sentí cómo se restregaba contra mí sin disimulo, moviendo el culo en círculos pequeños, buscando mi polla a través del pantalón. Me estaba calentando adrede y eso me volvió más brusco. Le subí el camisón hasta la cintura de un tirón y dejé sus piernas desnudas expuestas ante mí.
Las braguitas ya estaban marcadas de humedad.
Pasé la palma por encima de la tela, solo una vez, arrastrando despacio desde el monte de Venus hasta la raja. Ella se estremeció tan fuerte que tuvo que apoyarse en el brazo del sofá. Volví a hacerlo, esta vez apretando un poco más, y entonces soltó un gemido ronco que me hizo apretar los dientes.
—Joder, mírate —le dije al oído—. Ni te he metido mano de verdad y ya estás empapada.
—Pues deja de hablar y tócame.
Eso fue lo único que necesitaba. Corrí la tela a un lado y pasé dos dedos entre sus labios. Estaba mojada de una forma indecente, caliente, resbaladiza, abriéndose sola al contacto. Le recorrí la entrada sin penetrarla todavía, jugando con esa desesperación que empieza en el vientre y acaba en las piernas. Ella abrió más los muslos, muda pero clarísima.
Metí un dedo. Luego dos. Entraron sin resistencia, hundiéndose hasta el fondo con un chasquido húmedo que nos excitó a los dos. Empecé a moverlos despacio, doblándolos dentro de ella, y tuve que sujetarle la cadera con la otra mano porque se me escapaba hacia adelante del puro arqueo.
—Así —jadeó—. Así, no pares.
Le obedecí a medias. Aceleré un poco y luego bajé el ritmo solo para oír cómo protestaba entre dientes. La otra mano seguía en sus pechos, pellizcando los pezones, apretándolos entre los dedos hasta arrancarle pequeñas sacudidas. Cada vez que metía los dedos hasta el fondo, ella apretaba por dentro y soltaba un gemido más roto que el anterior. El sofá empezó a crujir bajo nuestros movimientos.
No quise correr demasiado. Saqué los dedos y ella soltó una queja ahogada, casi ofendida. Antes de que pudiera reclamarme nada, la agarré de la cintura, la hice girar y la tumbé boca arriba sobre el sofá. Quedó con el camisón arrugado por encima del ombligo, las piernas abiertas y las braguitas torcidas a un lado, respirando con la boca entreabierta y los ojos oscuros de ganas.
Me arrodillé entre sus muslos y me quedé mirándola un segundo. Me gustaba verla así, desordenada, excitada, sin espacio para fingir. Pasé un dedo por la parte interna de su muslo, luego por el otro, acercándome sin tocar donde más quería. Ella intentó cerrar las piernas, pero se las sujeté separadas.
—Quieta —le ordené.
Obedeció. Solo por eso ya merecía premio.
Bajé la cabeza y le di la primera lamida larga, desde abajo hasta el clítoris, lenta y firme, empapándome la boca entera con su sabor. Ella soltó un gemido seco y me agarró del pelo al instante. Repetí el movimiento, esta vez abriendo más la lengua, presionando mejor, y luego me quedé en el clítoris succionándolo con hambre. Noté cómo se le tensaban los muslos alrededor de mi cabeza.
—Joder... sí... —dijo entre jadeos.
Yo no respondí. Me dediqué a comerle el coño como quería desde que la vi tirarse en ese sofá. Alternaba lamidas profundas con succiones directas en el clítoris, metiendo la lengua entre sus labios y volviendo arriba para castigar ese punto una y otra vez. Cuando ya la tenía retorciéndose, le metí dos dedos otra vez y empecé a follármela con la mano mientras la chupaba.
El sonido cambió enseguida. Más húmedo, más sucio, más abierto. Ella no dejaba de moverse, empujando la pelvis contra mi cara, tirándome del pelo, intentando marcarme el ritmo. Yo se lo rompía cada vez que quería, aflojando un segundo y luego hundiendo la lengua más fuerte, o clavándole los dedos con más profundidad hasta notarla apretarse entera por dentro.
—Te vas a correr así —murmuré contra su piel, sin dejar de tocarla—. En mi boca.
—Sí... sí, no pares... no pares, cabrón.
Ese insulto me hizo sonreír. Apreté con la palma sobre su pubis, aislé mejor el clítoris y empecé a chuparlo con una presión constante mientras mis dedos bombeaban dentro de ella sin pausa. Ella arqueó la espalda, abrió más las piernas y empezó a jadear mi nombre como si se le estuviera rompiendo algo. La sentí venir antes de verla. El coño se le tensó, los muslos le temblaron y entonces explotó contra mi boca, sacudiéndose entera mientras yo seguía lamiendo sin piedad.
Se corrió de verdad, sin contener nada. Me mojó la boca, la barbilla, los dedos. Aun así no me aparté. Seguía lamiéndola en círculos lentos, sosteniéndola durante el orgasmo, notando cómo pasaba de la tensión al temblor y del temblor a la sensibilidad insoportable.
—Para... para un segundo... —rogó, empujándome la cabeza.
Le besé el muslo en lugar de obedecer del todo. Luego subí despacio, besándole el vientre, el pecho, la garganta, hasta encontrar su boca. Se dejó besar con esa blandura deliciosa que queda después de una corrida fuerte, pero en cuanto sintió mi lengua se reactivó. Me mordió el labio, metió la mano entre nuestros cuerpos y me agarró la polla por encima del pantalón.
—Ahora me toca a mí —susurró.
Le aparté la mano y negué despacio.
—Hoy no. Hoy te quiero para mí.
Sus ojos brillaron. Había frustración, sí, pero también morbo. Le excitaba que decidiera por ella a veces, que la hiciera aguantar un poco más. Aproveché esa expresión para volver a bajarle la boca al cuello y morderle suave mientras una mano descendía otra vez entre sus piernas.
Estaba todavía más mojada. Le acaricié el clítoris con dos dedos, muy despacio, dibujando círculos pequeños para prolongar la sensibilidad. Ella se retorció bajo mí y me apretó el hombro con fuerza.
—No aguanto mucho ahí —me advirtió.
—Ya lo sé.
La giré de lado sobre el sofá y le levanté una pierna hasta apoyarla sobre mi hombro. Quedó completamente abierta para mí, vulnerable de una manera obscena y preciosa. Le metí tres dedos esta vez, poco a poco, sintiendo cómo se abría para recibirme mientras con el pulgar le trabajaba el clítoris. El ángulo cambió todo. Ella soltó un grito ahogado y clavó las uñas en el respaldo.
Empecé a mover la mano con más fuerza. Entraba y salía de ella con un ritmo duro, húmedo, cada embestida acompañada por el chapoteo indecente de su excitación. Le separé más las nalgas con la palma y me agaché para verla mejor, disfrutando de cómo mis dedos desaparecían dentro de su coño y cómo se lo tragaba todo sin resistencia.
—Mírate cómo me chupas los dedos —le dije—. Estás hecha un puto desastre.
Ella gimió y se mordió el labio, avergonzada y excitada a la vez. Ese gesto me dio más hambre. Saqué los dedos solo para escupirlos, mojarlos todavía más y volver a hundírselos hasta el fondo. Con la otra mano le abrí bien las piernas y bajé otra vez a su coño, lamiéndola alrededor de los dedos, metiendo la lengua donde podía, saboreando la mezcla de saliva y humedad que la tenía completamente fuera de sí.
Se corrió otra vez así, más rápido y más violento. El segundo orgasmo le dobló el cuerpo sobre sí mismo. Sentí cómo me atrapaba la mano con espasmos fuertes, cómo la pierna sobre mi hombro temblaba sin control. La sostuve por la cadera mientras descargaba, y en cuanto aflojó solo lo justo, seguí.
—No... no, espera... —balbuceó, sin verdadera convicción.
—Todavía no.
La tumbé boca abajo atravesada sobre el sofá, con el culo ligeramente elevado por el cojín. Le subí más el camisón y me quedé mirándola. La visión de sus nalgas abiertas para mí, de su coño hinchado y brillante después de correrse dos veces, casi me hizo perder la cabeza. Mi polla me dolía dentro de la ropa, dura como una piedra, pidiendo salir, pero seguí con mi idea.
Le separé los labios con dos dedos y le di una lamida lenta, profunda, desde atrás. Ella soltó un gemido largo y enterró la cara en el brazo del sofá. Repetí, esta vez con más presión, y luego empecé a comerla desde ese ángulo como un animal, lamiendo todo, chupando, metiendo la lengua y alternando con dos dedos que entraban y salían a un ritmo constante. El sofá golpeaba la pared con cada empuje de mi mano.
—Qué rica estás —le dije sin ningún pudor—. No me canso de este coño.
Ella respondió moviendo el culo hacia mí, ofreciéndose más. Le di una palmada seca en una nalga y se le escapó un jadeo sucio, mitad sorpresa, mitad placer. Le di otra, un poco más fuerte, y luego froté la zona con la mano abierta antes de volver a meterle los dedos. Ese contraste la desarmó. Gemía más grave, más perdida.
Empecé a follarle la mano de verdad, sin delicadeza. Los dedos entraban duros y rápidos mientras mi lengua se cebaba con el clítoris cada vez que podía alcanzarlo desde ese ángulo. Ella ya no hablaba. Solo emitía sonidos rotos, apretando los cojines, con el cuerpo entero subiendo y bajando al compás de lo que yo le hacía. Cada sacudida de sus caderas me golpeaba la cara y me encantaba.
Cuando vi que estaba otra vez al borde, reduje el ritmo. Solo un poco. Lo justo para que protestara y me suplicara.
—Por favor... no me dejes así... hazme correr otra vez.
Eso era exactamente lo que quería oír. Volví con todo. Le metí dos dedos y luego un tercero, abriéndola más, y me centré en chuparle el clítoris con una insistencia brutal, sin dejarle un segundo de respiro. Ella gritó contra el sofá, intentó apartarse y no pudo. La sujeté por la cadera, aferrado a ella, y la obligué a quedarse ahí mientras el tercer orgasmo le subía por las piernas como una descarga.
Esta vez fue más largo. Más desordenado. Se corrió temblando, con espasmos cortos y repetidos, apretándome los dedos de forma casi dolorosa. Yo seguí lamiendo a través de todo hasta que dejó de poder soportarlo y empezó a empujarme con la mano hacia atrás, desesperada por el exceso.
—Basta... basta, joder... ya...
Entonces sí me aparté. Me senté en el suelo, junto al sofá, respirando fuerte, con la cara mojada y la polla todavía sin tocar. Ella tardó unos segundos en recomponerse. Luego se giró como pudo y se quedó mirándome con el camisón torcido, el pelo pegado a la cara y las piernas aún temblándole. Estaba agotada y al mismo tiempo tenía esa expresión satisfecha, obscena, de quien sabe que la han dejado vacía.
Se incorporó a medias y se dejó caer sobre mí. La abracé por la cintura mientras ella apoyaba la frente en mi hombro. Sentía mi erección palpitando, atrapada entre los dos, y ella también la sintió. Bajó la mano y la acarició por encima de la tela, despacio.
—Te has quedado así por mi culpa —murmuró, con una sonrisa cansada.
—No me quejo.
—Mentirosos como tú no deberían dar masajes.
Le di un beso en la sien. La verdad era que aquel masaje no había tenido nada de inocente desde el primer segundo. Pero tampoco me arrepentía. Me gustaba ese tipo de noche en la que todo se iba de las manos sin necesidad de salir de casa, sin testigos, sin más escenario que un sofá y las ganas acumuladas de dos adultos que ya se conocen demasiado.
Nos quedamos un rato así, pegados, respirando más tranquilos. Yo le acariciaba la espalda por debajo del camisón, esta vez con una ternura limpia, y ella me dibujaba círculos perezosos en el muslo. El salón olía a sudor, a perfume y a sexo reciente. Un olor espeso, íntimo, imposible de confundir.
Antes de levantarse, me miró con los ojos aún entornados y dijo:
—La próxima vez no vas a irte sin correrte.
Sonreí al oírlo. Porque en su voz no había una promesa dulce, sino una advertencia. Y porque los dos sabíamos que la próxima vez volvería a empezar igual, con cualquier excusa mínima, con una mano en el hombro, con un roce en el sofá, y acabaría otra vez con ella abierta para mí, gimiendo hasta perder la fuerza.
A veces las confesiones más sinceras no salen hablando. A veces salen cuando una mujer se deja caer en el sofá, te ofrece la nuca sin mirarte y te demuestra, con las piernas abiertas y el coño empapado, que llevaba todo el día esperando exactamente lo mismo que tú.
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