La mujer del autobús me mostró sus tetas
Mi primer mes en la ciudad fue una rutina de sueño corto, café malo y autobuses repletos. Entraba a una consultora a unas calles del centro, y cada mañana me plantaba en la misma parada antes de las ocho, con la chaqueta cerrada hasta el cuello y la sensación de que todos olíamos a prisa y a cansancio. Fue ahí donde la vi por primera vez.
Estaba al fondo de la marquesina, medio resguardada de una llovizna fina, con el pelo negro muy rizado cayéndole sobre los hombros y una piel canela que destacaba entre tanto gris. Llevaba una sudadera amplia, pero ni así ocultaba el volumen de su pecho. No fue una impresión vaga; fue inmediata, física, casi violenta. Me quedé mirándola más de la cuenta.
Cuando contestó una llamada, supe que hablaba un español perfecto. Tenía un acento suave, imposible de ubicar para mí, y una voz grave, tranquila, de esas que te obligan a prestar atención. Me acerqué lo justo para oler su perfume cuando el gentío nos empujó a todos bajo el mismo techo de plástico. Olía limpio, dulce, con algo cálido que se me quedó metido en la cabeza el resto del día.
Durante una semana entera coincidimos sin cruzar palabra. Ella tomaba una línea y yo otra, aunque compartíamos parada y horario. Yo ya la esperaba. No voy a mentir: empecé a salir antes de casa solo para verla unos minutos, para calcular dónde ponerme, para observarla sin que pareciera demasiado evidente.
Con la llegada de los días menos fríos, ella cambió la sudadera por blusas ligeras y camisas más abiertas. La primera vez que le vi el escote de verdad, me quedé mudo. No llevaba nada exagerado, solo dos botones desabrochados y el borde de un sujetador oscuro asomando entre unos pechos grandes, altos, redondos. Era suficiente para volverme idiota.
Por las noches me acostaba pensando en ella. En su escote. En la curva de sus tetas bajo la tela. En cómo se moverían sin sostén, en cómo sería hundir la cara entre ellas, agarrarlas con las dos manos, chuparle los pezones hasta oírla gemir. Más de una vez me masturbé imaginándola en esa misma parada, obligándome a mirarla mientras se abría la camisa despacio.
Poco a poco empecé a saludarla como se saluda a la gente que uno ve todos los días.
—Buenos días.
—Buenos días —respondía ella, con una sonrisa corta y divertida.
Yo intentaba mirarle a los ojos, de verdad lo intentaba, pero siempre terminaba bajando la vista. Al principio ella se giraba apenas, como protegiéndose. Después dejó de hacerlo. A veces incluso parecía quedarse quieta a propósito, dejando que yo me clavara en ese escote con toda mi torpeza.
Un compañero me comentó un día que yo también podía tomar la línea de ella y caminar unos minutos extra. Lo probé al día siguiente. Cuando me vio subir al mismo autobús, arqueó una ceja y no dijo nada. Yo me puse a su lado como si hubiera sido casualidad.
El autobús se llenó en tres paradas. Nos empujaron de todos lados hasta quedar pegados. Ella estaba de frente a mí, sujetándose de la barra superior; cada frenazo hacía que su cuerpo chocara contra el mío. Sus tetas, apretadas por la camisa, me rozaban el pecho y a veces el brazo. Yo iba duro ya a mitad del trayecto, intentando disimular entre los abrigos y los maletines.
No parecía incómoda. O si lo estaba, no lo demostraba. Una vez bajó la vista, notó perfectamente la erección que yo trataba de ocultar y volvió a mirarme a la cara con una expresión serena, casi curiosa. Ese gesto me dejó ardiendo todo el día.
Empecé a bajarme en su misma parada. La primera vez la seguí a cierta distancia, más por comprobar si el camino me convenía que por otra cosa, aunque la verdad es que quería saber a dónde iba. Cuando descubrió que yo seguía andando en su misma dirección cada mañana, dejó de hacerse la distraída.
Una mañana se detuvo frente a la entrada de un edificio antiguo, se volvió y me enfrentó de una vez.
—¿Se puede saber qué pretendes? —preguntó, sin enfado, pero sin sonreír.
Sentí la cara caliente. Tenía la oportunidad perfecta para mentir y no lo hice.
—La verdad —dije— es que no puedo dejar de mirar tus tetas.
Soltó una risa breve, incrédula.
—Vaya confesión.
—Es ridículo, ya lo sé. Pero son las tetas más perfectas que he visto en mi vida.
La esperaba ofendida, o al menos cortante. En cambio, miró a ambos lados, me hizo una seña con la cabeza y me llevó hacia el hueco de un portal. Allí, protegidos de la calle por la puerta entreabierta, se desabrochó dos botones de la camisa. Solo dos. Lo justo para abrir más el escote y dejarme ver el sostén de encaje negro apretando aquella carne abundante.
—¿Eso querías? —murmuró.
Yo apenas pude asentir. Tenía la boca seca.
Me dejó mirar un minuto que a mí me supo a nada y a gloria al mismo tiempo. Luego se cerró la camisa, me sostuvo la mirada y se marchó sin decir otra cosa. Me quedé tieso en la acera, con una erección dolorosa y el pulso disparado.
A partir de ese día todo cambió. Había un secreto entre nosotros. Ella seguía saludándome como siempre, pero en su forma de hacerlo ahora había intención. A veces se colocaba justo delante de mí en el autobús. A veces llevaba blusas más finas. A veces, al bajarse, caminaba más despacio para asegurarse de que yo la alcanzara.
Un jueves apareció sin sujetador. Lo supe apenas la vi doblar la esquina. La tela de su camisa se movía de otra forma, y el vaivén libre de sus tetas me golpeó como una bofetada. Los pezones marcaban dos puntas oscuras bajo la tela clara. Me quedé inmóvil, mirándola acercarse.
Se puso a mi lado y dijo, muy tranquila:
—Hoy tengo un regalo para ti cuando bajemos.
Esas palabras me acompañaron durante todo el trayecto. La imaginé abriéndose la camisa, dejándome tocar, metiéndome una teta en la boca en algún rincón oscuro. Cada vez que el autobús frenaba y su hombro rozaba el mío, mi polla latía dentro del pantalón. Apenas podía respirar normal.
Al llegar, repitió el ritual del portal. Esta vez no hubo preámbulo. Se abrió la camisa con las dos manos y me mostró las tetas desnudas.
Eran incluso mejores de lo que había imaginado. Grandes, firmes, pesadas sin caer, con la piel lisa y unos pezones oscuros, anchos, algo endurecidos por el fresco de la mañana o por la excitación. No eran «bonitas» de una forma delicada; eran obscenas en el mejor sentido. Eran el tipo de tetas que te llenan la cabeza y te vacían la voluntad.
Di un paso adelante como un animal acercándose a la comida, pero ella levantó un dedo.
—Solo mirar.
Obedecí. Me tuvo así varios segundos, devorándola con los ojos, mientras ella respiraba más hondo y veía sin disimulo el bulto en mi pantalón. Luego volvió a cubrirse y me dejó ahí otra vez, temblando.
Ese juego se repitió durante días. A veces abría la camisa un poco. A veces me enseñaba una teta y luego la otra, como si disfrutara viéndome sufrir. A veces se pellizcaba el pezón delante de mí solo para provocarme una mueca de hambre. Yo vivía pendiente de esas mañanas como un adicto.
Quería pedirle más. Tocarla. Chuparla. Arrodillarme en el portal y corrérmele encima de las medias. Pero no me atrevía. Ella llevaba la batuta y yo era poco más que un hombre obediente con la polla siempre a punto de salírseme del pantalón.
Hasta que una mañana llovió con fuerza y, al bajar del autobús, corrimos hasta el mismo portal de siempre. La puerta estaba abierta. Ella entró primero y me hizo seguirla. Nos metimos debajo de la escalera, donde olía a humedad, a cemento viejo y a ropa mojada.
Nos quedamos muy cerca, escuchando la lluvia golpear afuera.
—Hoy sí vas a tocar —dijo.
Sentí un escalofrío entero.
—Desabróchame la camisa.
Le obedecí con manos torpes. Fui botón por botón hasta dejarla abierta casi hasta la cintura. Debajo no llevaba nada. Sus tetas cayeron un poco hacia adelante, pesadas y vivas, y tuve que apretar la mandíbula para no gemir como un imbécil.
—Pon las manos.
Las apoyé sobre ellas con un cuidado reverente que le arrancó una sonrisa.
—No seas tímido. Aprieta.
Apreté. La carne cedió bajo mis palmas, caliente, densa, elástica. Le rodeé cada teta con la mano y noté el peso completo, la plenitud que había imaginado tantas noches. Ella cerró los ojos un segundo y soltó aire por la nariz.
—Así. Ahora júntalas.
Lo hice, levantándolas un poco, acercándolas entre sí. Sus pezones se endurecieron más. Ella puso sus manos sobre las mías y me guio, subiendo, bajando, apretando con más fuerza.
—Pellízcame.
Tomé un pezón entre los dedos y tiré suave.
—Más.
Lo hice más fuerte. Abrió la boca y dejó escapar un gemido corto, ronco.
—Eso. No me trates como si fuera de cristal.
Se notaba excitada. Sus mejillas habían cambiado de color y respiraba por la boca. Yo seguí amasándole las tetas, alternando presión y pellizcos, pasando el pulgar por la aureola oscura, sintiendo cómo se le tensaba el cuerpo cada vez que daba con la intensidad exacta. Ella disfrutaba de verdad, no me estaba haciendo un favor; estaba usándome para lo que quería. Y eso me excitó todavía más.
Me incliné, sin pensar, y rocé un pezón con los labios.
—Chupa —ordenó.
Lo metí en la boca y empecé a succionarlo. Su sabor era limpio, tibio, humano. Le rodeé la cintura con un brazo mientras con la otra mano seguía apretándole la otra teta. Ella me hundió los dedos en el pelo y me sostuvo ahí, llevándome el ritmo, dejando que le lamiera la punta dura, que la mordiera apenas, que tirara de ella entre los dientes.
—Joder... sí... así...
Escucharla decir eso me nubló. Cambié de lado, besé la otra teta, la lamí en círculos, la chupé con ganas. Ella se arqueó contra la pared y separó las piernas dentro del pantalón, frotando un muslo contra el mío. Cuando levanté la vista, vi pura hambre en su cara.
Entonces me agarró la muñeca, me la bajó hasta su vientre y siguió guiándome entre sus piernas por fuera del pantalón.
—Tócame ahí.
Presioné sobre el bulto de su coño a través de la tela. Estaba caliente. Humedecía. Moví la mano y ella dejó caer la cabeza hacia atrás.
—Más fuerte.
Obedecí, masajeándola por encima, rozándole el clítoris por la costura. Mientras tanto, volvió a poner mis dedos en sus pezones, como si quisiera las dos cosas a la vez: mano entre las piernas y dolorcito en el pecho. Yo estaba tan duro que me costaba pensar.
Ella lo notó. Bajó la vista al frente de mi pantalón, sonrió y me desabrochó el botón.
—A ver eso.
Me abrió la bragueta y metió la mano dentro del bóxer. Cuando me sacó la polla, ya estaba completamente tiesa, brillante en la punta. La sostuvo un segundo, valorando su efecto sobre mí, y empezó a masturbarme despacio.
Se me doblaron las rodillas. Mientras yo le amasaba las tetas y le frotaba el coño por encima del pantalón, ella me pajeara con una calma cruel, deslizando el puño hasta la base y volviendo arriba, extendiendo el líquido de la punta con el pulgar. El contraste entre su mano firme en mi polla y su pecho pesado en mis palmas era demasiado.
—Mírame —dijo.
Le hice caso. Me estaba masturbando sin apartar los ojos de los míos, con la camisa abierta y las tetas al aire en un portal a las ocho de la mañana. Aquello era tan directo, tan descarado, que me sacudió por dentro.
—¿Cuántas veces te la has cascado pensando en mis tetas?
Tragué saliva.
—Muchas.
—¿Cuántas?
—No sé... un montón.
Aumentó la velocidad con una sonrisa torcida.
—Pues hoy te vas a correr mirándolas de cerca.
Me empujó un poco hacia atrás para darme mejor vista. Se abrió aún más la camisa y se recogió ambas tetas con las manos, levantándolas, apretándolas, ofreciéndomelas mientras seguía cascándomela. Yo gemí sin vergüenza. Ella se pasó la lengua por el labio inferior.
—Vamos. Quiero ver cómo te corres.
No aguanté mucho más. Mi respiración se volvió un jadeo sucio, perdido. Le apreté una teta con ambas manos, bajé la cabeza a chuparle un pezón una vez más y sentí el orgasmo subirme desde los huevos como un golpe.
—Me corro —avisé, inútilmente.
—Sí. Córrete.
Su mano aceleró y exploté. La corrida me salió a chorros, espesa, violenta, salpicándole el pantalón y la parte baja de la camisa abierta. Ella no apartó la mano hasta exprimir la última sacudida. Yo me quedé temblando, con la frente apoyada en su hombro, muerto de placer y de vergüenza al mismo tiempo.
—Perdón —murmuré, idiota, apenas pude hablar.
Se rió por lo bajo.
—No seas tonto.
Me sujetó la barbilla para que la mirara. No parecía molesta. Parecía satisfecha. Incluso excitada todavía. Bajó la vista a la mancha en su ropa, luego volvió a mis ojos y me dio un beso corto, húmedo, inesperado. Su lengua rozó la mía apenas un segundo, lo justo para volverme loco otra vez.
—Te lo habías ganado —susurró.
Me recolocó la polla dentro del bóxer con una naturalidad desarmante y empezó a abrocharse la camisa. Yo seguía aturdido, viendo desaparecer una a una las visiones que me habían alimentado tantas noches.
—¿Mañana? —pregunté, aún respirando mal.
Su expresión cambió. No se puso triste, pero sí seria.
—Mañana ya no voy a estar aquí.
Sentí un hueco en el estómago.
—¿Qué?
—Se me termina el trabajo hoy. Me voy de la ciudad. —Se encogió de hombros—. No quería irme sin darte esto. Llevas semanas comiéndome las tetas con los ojos y, la verdad, me divertiste más de lo que debería.
No supe qué decir. Afuera seguía lloviendo. Dentro de ese portal yo tenía el sabor de su piel en la boca, su olor en las manos y la corrida secándose en su pantalón. Y aun así, de golpe, todo sonaba a final.
Ella me acarició la mejilla con una ternura que no esperaba después de algo tan crudo.
—Quédate con el recuerdo.
Se dio media vuelta y caminó hacia la salida. Antes de abrir la puerta del portal, miró sobre el hombro, se tocó un botón de la camisa con intención y me regaló una última sonrisa.
—Y esta noche, cuando te la pajees otra vez, piensa bien en mis pezones.
Luego se fue.
Yo llegué tarde al trabajo, claro. Me encerré en el baño apenas pude, me lavé las manos dos veces y aun así seguían oliendo a ella. Me miré al espejo y me vi la cara de un hombre al que le habían cumplido una fantasía y se la habían arrancado en el mismo gesto.
Durante semanas seguí yendo a la misma parada a la misma hora, aunque ya no tuviera sentido. Nunca volvió. A veces, entre la multitud, creía ver una melena parecida o una camisa similar y el cuerpo me reaccionaba antes que la razón. Pero no era ella.
Lo que sí volvió fue la costumbre de masturbarme recordándola. No una o dos veces. Muchas. Demasiadas. Recordando el peso exacto de sus tetas en mis manos, la textura de sus pezones, la forma en que decía chupa, la calma obscena con la que me sacó la polla en un portal cualquiera y me hizo correrme como si hubiera estado planeándolo desde el primer día.
He estado con otras mujeres después. He visto pechos bonitos, grandes, pequeños, operados, naturales. He disfrutado mucho, no voy a fingir lo contrario. Pero aquellas tetas siguen siendo, para mí, las tetas de fantasía. No porque fueran perfectas de catálogo, sino porque iban unidas al momento exacto en que una desconocida decidió convertir mi obsesión en un regalo sucio, breve y completamente inolvidable.
Y si hoy lo cuento así, sin disimular, es porque todavía puedo cerrar los ojos y verla en aquel portal oscuro, con la camisa abierta, las tetas al aire y esa voz grave diciéndome que me corriera mirándolas. Hay cosas que no se olvidan. Esa mañana, yo aprendí que a veces una confesión ridícula puede terminar con una de las pajas mejor hechas de tu vida.
Si este relato te dejó con ganas y estás en zona sur, conocé escorts en Lomas de Zamora.