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Relatos Ardientes

El padre de mi compañera me buscó en el baño

Lo cuento ahora porque ya pasó tiempo, porque yo era una adulta hecha y derecha aunque todavía me vieran con uniforme, y porque sigo acordándome de esa noche cada vez que huelo perfume masculino mezclado con desinfectante barato. Fue en la cena de cierre de una etapa de estudios, en un salón alquilado enorme, con familias, música, fotos y esa sensación rara de estar terminando algo importante mientras por dentro solo pensás en escapar un rato de tanta pose.

Desde la mañana habíamos estado yendo y viniendo al lugar para ayudar con la organización. A unas nos tocó limpiar, a otros colgar telas, mover mesas, probar luces y repartir bebidas. Yo estaba cansada, despeinada y de mal humor al principio, hasta que apareció él, el padre de una compañera, un hombre maduro, seguro de sí mismo, de esos que hacen bromas con todo el mundo sin caer pesados.

—Buenos días, no las veo trabajando —nos dijo apenas nos vio descansando en unas sillas—. Voy a acusarlas para que les quiten puntos.

Nos reímos. Una amiga le respondió algo parecido y él siguió con el juego cada vez que se cruzaba con nosotras. No había nada raro en eso. O al menos eso me repetí varias veces mientras lo miraba cargar una escalera, estirarse para acomodar una cortina o limpiarse el sudor del cuello con el dorso de la mano.

Era mayor que yo por bastante, sí, pero no viejo. Tendría poco más de cuarenta, espalda ancha, brazos fuertes y esa clase de confianza tranquila que muchos hombres más jóvenes fingen y no tienen. Hablaba con todos, invitó refrescos, dio consejos sobre carreras, sobre trabajo, sobre cómo no aceptar la primera opción solo por miedo. Yo escuchaba y asentía, pero también me fijaba en su boca cuando sonreía.

No debería estar mirándolo así.

Me fui a casa por la tarde, me bañé, me arreglé y volví al evento con mi familia. Llevaba falda reglamentaria, camisa clara, saco oscuro y ropa interior negra debajo. Lo recuerdo bien porque esa noche terminé odiando esa tela por lo húmeda que quedó. Apenas llegué, me dejaron cerca de la entrada para recibir a familiares y guiarlos hasta las mesas.

Él apareció con su esposa, su hija y otros parientes. Apenas me vio sonrió de lado.

—Otra vez sin limpiar —me soltó en voz baja, como si fuera un secreto entre los dos.

—Ya habíamos terminado cuando usted llegó tarde —le respondí.

Nos sonreímos un segundo más de la cuenta. Fue breve, casi invisible, pero yo sentí algo moverse en el estómago. Después todo siguió: los saludos, las fotos, los discursos, las medallas, la gente aplaudiendo, los familiares grabando con el celular, los nervios normales de una noche así.

En medio de una presentación me dieron ganas de ir al baño. Los del salón principal estaban ocupados y yo recordé otro bloque de baños más apartado, cerca del estacionamiento, detrás de una pared lateral del salón. Fui hasta allí pensando en mear tranquila, retocarme el maquillaje y volver antes de que llamaran a mi grupo otra vez.

El lugar estaba medio a oscuras. Había un foco encendido y el resto en penumbra. Vi salir a dos mujeres de ahí y entré sin pensarlo. Eran varios cubículos en fila, espejo largo, lavamanos viejos y una puerta de acceso que no cerraba bien. El ambiente tenía ese eco de baldosa y tubo de luz que hace que cualquier ruido parezca más grande.

Entonces me acordé de él y de las bromas con la limpieza. Le escribí un mensaje solo por molestar: que el baño estaba oscuro, que así no podía saberse si lo habían dejado en mal estado o si se habían olvidado de poner luz. Me respondió casi enseguida, con risa, preguntando dónde estaba. Cuando le dije cuál baño era, me contestó que ese supuestamente no estaba habilitado.

Le escribí que entonces fuera a poner un letrero, porque ya había visto entrar gente.

Y fue.

Lo vi aparecer con una hoja escrita a mano. La pegó en la entrada y yo me burlé de él por no haberlo hecho antes. Él siguió la broma, dijo que si nosotras hubiéramos limpiado mejor eso no pasaba. Yo entré a uno de los cubículos del fondo y le dije que me esperara un momento afuera, que ya salía.

Oriné, me quedé sentada viendo el teléfono y, por pura provocación, le mandé otro mensaje: que no había papel. Era mentira; había. Solo quería ver hasta dónde seguía el juego. Él respondió que me conseguía. Yo sonreí sola, me limpié igual, pero no me subí la ropa. Me quedé sentada, con la falda arriba de los muslos y la ropa interior a media pierna, escuchando mis propios latidos.

Tocó la puerta del cubículo.

—Te traje papel —dijo en voz baja.

Abrí apenas una rendija y saqué la mano. Él intentó dármelo sin mirar, respetando una distancia que me encendió más. Le dije gracias. Pude haber cerrado ahí. Pude haberme acomodado y salir. En vez de eso, abrí un poco más.

—No se ve nada —murmuró, nervioso por primera vez.

—Entonces entre y acompáñeme —le dije, casi susurrando.

Entró.

Fue inmediato ese silencio espeso cuando dos personas cruzan una línea y ambas lo saben. Yo seguía sentada, con las piernas abiertas lo justo, la falda recogida y la ropa interior abajo. Él me miró a la cara primero, después bajó los ojos y volvió a mirarme, como esperando que yo lo frenara.

No dije nada. Solo alargué la mano hasta su cinturón.

Sentí cómo se le tensó el abdomen cuando le desabroché el pantalón. Bajé el cierre despacio, metí la mano y le agarré la verga por encima del calzoncillo. Ya la tenía dura a medias. Él soltó el aire por la nariz, fuerte, como quien se estaba conteniendo desde antes.

—Esto está mal —murmuró, pero no se movió.

—Entonces salga —le contesté.

No salió.

Le bajé la ropa interior y saqué la polla. Era gruesa, caliente y se terminó de poner dura en mi mano. Empecé a masturbarlo despacio, subiendo y bajando con las dos manos mientras lo miraba. Él apoyó una mano en la puerta del cubículo y la otra en mi hombro, sin tocarme de más, como si todavía intentara convencerse de que no estaba pasando.

Yo sí estaba convencida. Me incliné y le lamí la punta. Él gimió bajito, un sonido ronco que me fue directo al coño. Volví a lamer, abrí más la boca y me la metí despacio, sintiendo cómo pesaba sobre la lengua. La saqué, le di círculos con la lengua alrededor del glande, volví a metérmela más hondo. Cada vez que mi boca bajaba, él apretaba la mandíbula para no hacer ruido.

—Joder —susurró—. No hagas eso si quieres que me controle.

Lo hice igual.

Se la chupé con ganas, tragando saliva para que entrara mejor, usando una mano en la base y la otra acariciándole los huevos. Él ya respiraba agitado. Me agarró del pelo sin brusquedad, solo para sostenerme mientras yo subía y bajaba la boca. Lo miré desde abajo y vi en su cara algo que me excitó todavía más: no era solo deseo, era hambre.

Cuando sentí que iba a correrse, me aparté. Me puse de pie, me giré y apoyé las manos en la puerta del cubículo. Eché el culo hacia atrás. No tuve que decirle qué quería. Él entendió enseguida.

Me subió más la falda, me apartó la ropa interior a un lado y pasó dos dedos entre mis labios. Estaba empapada. De verdad empapada. Los dedos entraron sin esfuerzo y me hizo morderme el labio para no gemir.

—Mírate cómo estás —me dijo al oído—. Te mojaste solo por hacerme entrar.

—Métamela de una vez —le pedí.

Se acomodó detrás de mí, se escupió en la mano y se pasó la palma por la verga. Luego buscó mi entrada con la punta y empujó. Entró despacio al principio, abriéndome con esa presión gruesa que hace doler un poco y gustar al mismo tiempo. Yo solté el aire, pegué la frente a la puerta y me agarré fuerte del pestillo.

Cuando ya la tuvo dentro hasta el fondo, se quedó quieto un segundo. Yo sentía su pelvis pegada a mi culo, su respiración contra mi nuca, la tela de su pantalón a medio bajar rozándome las piernas. Después empezó a moverse. Primero corto, medido, como tanteando. Luego más profundo.

Cada embestida hacía un ruido húmedo imposible de disimular. La mezcla de mi excitación y su verga entrando y saliendo sonaba clara en el cubículo, obscena, sucia, real. Intenté callarme, pero un gemido se me escapó igual cuando me la metió hasta el fondo y me sujetó de las caderas.

—Calladita —me dijo, y me dio otra embestida más fuerte.

Yo asentí, pero el cuerpo me traicionaba. Cuanto más trataba de contenerme, más se me aflojaban las piernas. Él empezó a cogerme con un ritmo constante, seco y firme, golpeándome el culo con la pelvis. Notaba cómo la cabeza de su polla me rozaba por dentro en un punto que me hacía temblar.

—Nos van a oír —susurré.

—Entonces aprieta los dientes.

Y siguió.

Me inclinó más hacia adelante y cambió el ángulo. Ahí sí se me escapó un gemido claro. Me metía la verga completa y la sacaba casi entera antes de volver a hundírmela. El cubículo vibraba con los golpes. Afuera se oía lejana la música del evento y la voz del presentador, como si el mundo siguiera mientras a mí me abrían en dos ahí atrás.

Sentí que estaba cerca de correrme, pero en ese momento sonaron los parlantes llamando a nuestro grupo para una foto. Se lo dije entre dientes, casi suplicando que parara. Él aceleró en lugar de frenar, clavándomela rápido varias veces seguidas hasta que se quedó hundido dentro de mí, apretándome las caderas con fuerza.

Lo sentí temblar. No salió. Se corrió adentro.

Su respiración se volvió un jadeo grave contra mi cuello. Yo me quedé inmóvil, con la verga todavía dentro y un calor espeso llenándome. Cuando por fin se retiró, salió más blando. Me subí la ropa interior como pude, me acomodé la falda y salí primero. No había nadie cerca. Volví al salón con la cara caliente y las piernas flojas.

Pasé al frente para la foto, sonreí, cené, saludé familiares, fingí normalidad. Pero cada vez que me movía sentía algo húmedo entre las piernas, un rastro que me recordaba lo que llevaba dentro. En el auto de regreso abrí un poco las piernas y metí los dedos por debajo de la ropa interior. Salieron mojados, viscosos. Ahí supe que no había acabado afuera ni en el inodoro, sino dentro de mí.

Le escribí apenas llegué a casa. Le reclamé en seco que me lo había hecho sin avisar. Me respondió de inmediato, pidiendo perdón, diciendo que había perdido la cabeza, que a la mañana siguiente me llevaría una pastilla para estar tranquilos. Acordamos vernos temprano, antes de un ensayo que yo tenía.

***

Al día siguiente salí sola y fui a su casa. No quedaba lejos del camino que tenía que hacer, así que la excusa era fácil incluso para mí misma. Ya me esperaba. Me hizo pasar rápido. Estaba solo. El silencio de una casa vacía a esa hora tiene algo especial, como si todo invitara a hacer cosas que normalmente no harías.

Me dio un vaso de agua y la pastilla. La tomé delante de él. Me pidió perdón otra vez, más serio, y yo le dije que no era para tanto, que lo único que me molestó fue no saberlo en ese momento. Él me miró fijo, dio un paso hacia mí y me abrazó por la cintura.

—No pude evitarlo —me dijo al oído—. Estabas demasiado rica.

Eso bastó.

Le levanté la cara y lo besé. Ya no fue como en el baño, rápido y animal por la urgencia. Fue un beso largo, húmedo, con lengua, probándonos de verdad. Sus manos se me fueron a las caderas y luego al culo, apretándolo por encima de la ropa. Yo le desabroché la camisa mientras él me mordía el labio inferior.

—¿Quieres? —preguntó, todavía dándome margen para echarme atrás.

Le respondí que sí.

Me llevó de la mano hasta el cuarto. La cama estaba sin hacer. Cerró la puerta y volvió a besarme con más hambre. Me sacó el pantalón y me dejó en ropa interior. Yo le quité la camisa del todo y después el pantalón. Esta vez no había penumbra, ni ruido de fiesta, ni miedo inmediato a que alguien abriera. Lo vi desnudo completo, excitado, con el cuerpo más cuidado de lo que uno supondría a simple vista.

Me tumbó en la cama y se colocó encima. Su peso me gustó. Me besó el cuello, el escote, los pechos todavía cubiertos por el sostén, hasta que me lo desabrochó y empezó a chuparme los pezones de uno en uno. Yo arqueaba la espalda para pegarme más a su boca. Tenía una forma de lamer y morder suave que me dejaba las piernas abiertas sin darme cuenta.

Bajó despacio por el vientre, besándome entrecortado, y me apartó la ropa interior. Se quedó mirándome un segundo.

—Ayer no pude saborearte como quería —dijo.

Y metió la cara entre mis piernas.

Me abrió bien con los dedos y empezó a comerme el coño sin delicadeza fingida. Lengua plana primero, de abajo arriba, varias veces. Después la punta insistiendo en el clítoris mientras me sujetaba los muslos para que no me cerrara. Yo me retorcí enseguida. Tenía la barba corta raspando la cara interna de mis piernas y eso me encendía todavía más.

—Así... así... —alcancé a decir.

Me metió dos dedos mientras me seguía lamiendo. Los abría y cerraba dentro de mí, encontrando ritmo con la lengua. Cada vez que rozaba el clítoris al mismo tiempo que me follaba con los dedos, se me tensaba el abdomen. Empecé a gemir sin intentar callarme. Ya no hacía falta.

Me corrí en su boca. No fue un orgasmo elegante ni silencioso; me sacudió las caderas y me dejó sin aire. Él no se apartó. Siguió lamiendo un poco más, como aprovechando cada contracción, hasta que fui yo quien le agarró del pelo para que subiera.

Lo besé y sentí mi propio sabor en su boca. Me encantó.

Agarró su verga con la mano, la acomodó en mi entrada y me la metió de una sola vez. Yo abrí más las piernas por reflejo y solté un gemido largo. Se quedó arriba de mí, mirándome, y empezó a follarme con embestidas profundas, sin prisa al inicio, como si quisiera hacerme sentir cada centímetro.

La cama rechinaba con el movimiento. Yo le rodeé la espalda con las piernas y él aprovechó para entrar más hondo. Cada vez que salía casi por completo y volvía a metérmela, me arrancaba un quejido. Me agarró una muñeca, la sostuvo contra el colchón y empezó a cogerme más fuerte.

—Ayer estabas desesperada por que te la metiera —dijo entre jadeos—. Hoy te la voy a dar como se me antoje.

Me excitó escucharlo. Le pedí más. Él me puso de lado, luego me volvió boca arriba, luego me sentó sobre él para que cabalgara un momento. Me agarré de sus hombros y empecé a moverme encima, sintiendo cómo la verga me abría y me llenaba a cada bajada. Él me sujetaba las nalgas y me guiaba el ritmo, mirándome las tetas rebotar.

—Eso, muévete —me dijo—. Enséñame cómo te gusta.

Yo subía y bajaba sobre su polla hasta que las piernas me ardieron. Él aprovechó para incorporarse un poco y chuparme un pezón mientras seguía entrando en mí desde abajo. La mezcla me estaba llevando otra vez al borde. Entonces me hizo bajar de golpe y me tumbó de espaldas.

Se arrodilló cerca de mi cara y me pasó la punta de la verga por los labios.

—Ábreme esa boca.

Obedecí.

Se la chupé mientras se masturbaba despacio. No me la metía a golpes; me la iba dando como quería, frotándome el glande en la lengua, hundiéndomela hasta que me hacía lagrimear y después sacándola para que respirara. Yo le agarré el culo y lo acerqué más. El sabor, el olor, la visión de su polla llena de saliva delante de mi cara me pusieron todavía más caliente.

—Qué buena boca tienes —murmuró.

Aumentó el ritmo. Me mantuvo la cabeza firme con una mano en mi nuca y se corrió en mi boca. Sentí las sacudidas en su verga antes de sentir el semen caliente. No aparté la cara. Lo recibí todo y, cuando se retiró, tragué despacio. Él me miró con una sorpresa que se transformó enseguida en una sonrisa satisfecha.

—Te lo tragaste.

—Ya lo tenía en la boca —le respondí.

Se rio, me besó y pensé que ahí acabaría. Pero yo todavía seguía con ganas. Muchísimas. Me toqué entre las piernas y seguía mojada, sensible, abierta. Él fue a buscar unas toallitas del cajón y volvió a la cama. Yo me puse a cuatro patas antes de que se acercara.

—No me limpie todavía —le dije—. Mejor ayúdeme de otra forma.

Se quedó mirando mi culo y mi coño expuestos. Pasó los dedos entre ambos, jugando con la humedad que todavía tenía. Me abrió las nalgas con una mano y me acarició el ano con el pulgar. Se me erizó todo el cuerpo.

—¿También quieres esto? —preguntó, frotando en círculos.

—Sí.

Metió primero un dedo bien lubricado con mi propia humedad. Despacio. Lo saqué hacia afuera para relajarlo y luego volvió a entrar. Después añadió un segundo. Yo cerré los ojos y apoyé los antebrazos en la cama. No iba con violencia; me estaba preparando, abriéndome con paciencia, empujando y esperando, empujando y esperando otra vez, hasta que el cuerpo cedió.

Cuando ya me sentía lista, retiró los dedos y noté la punta de su verga presionando atrás. Ahí sí me tensé por completo. Él lo notó enseguida.

—Respira —me dijo—. Te la voy a meter despacio.

Me agarré de la sábana y solté el aire largo. La cabeza entró poco a poco, quemando, abriendo. Me dolió, sí, pero era un dolor excitante, controlado. Se quedó quieto un momento, dejando que me acostumbrara. Luego avanzó otro poco. Y otro. Hasta que la tuvo toda dentro.

—Joder —gemí, con la cara hundida en la almohada.

—Mírate, cómo la recibes —dijo con la voz rota—. Qué culo más rico.

Empezó a moverse con cuidado al principio. Salía apenas y volvía a entrar, dejando que el cuerpo se adaptara. Poco a poco el dolor se mezcló con placer. Mi coño empezó a mojarse otra vez solo con sentir cómo me follaba el culo. Él lo notó porque metió una mano por debajo de mi vientre y me buscó el clítoris.

Ahí todo cambió.

Con el pulgar frotándome adelante y la verga entrando atrás, empecé a gemir sin freno. Él aceleró. Las embestidas se volvieron más firmes, más seguidas. Yo echaba el culo hacia atrás para recibirlo mejor. Se escuchaban los golpes húmedos de su mano tocándome y su respiración cada vez más desordenada.

—Te gusta, ¿no? —preguntó, clavándomela hasta el fondo.

—Sí... sí, siga.

Me tumbó boca abajo sin salirse y se echó encima de mí, pesado, apretándome contra el colchón. Desde ahí me cogió más rápido. Sentía el pecho aplastado contra la cama, su cuerpo sudado pegado a mi espalda, su polla entrando y saliendo de mi culo con un ritmo salvaje que me hizo morder la almohada para no gritar. Me masturbé yo misma por debajo mientras él seguía dándome.

Acabé así, con espasmos secos y las piernas temblándome. Él aguantó apenas un poco más antes de salirse y correrse caliente entre mis nalgas. El semen me cayó por la raja del culo y parte escurrió hasta el coño. Se quedó unos segundos jadeando, mirando el desastre que había hecho. Luego agarró las toallitas y empezó a limpiarme con una calma casi tierna que contrastaba con la forma brutal en que me había cogido.

—Mira cómo te dejé —dijo, separándome apenas con los dedos para comprobarlo—. Tan seria por fuera y cómo te abres cuando te calientas.

Me dio risa, todavía sin aliento. No me ofendió; al contrario. Me gustó esa mezcla de descaro y admiración con la que me estaba mirando. Me limpié el resto, me vestí y me peiné un poco con los dedos. Antes de salir del cuarto me volvió a besar, esta vez más corto, como sellando un secreto.

Todo había durado poco, menos de una hora entre llegar, tomar la pastilla y acabar otra vez enredados. Yo salí de su casa con las piernas cansadas y un calor insoportable en el cuerpo. Fui al ensayo como si nada, me encontré con mis amigas, hice fotos, sonreí con mi familia y seguí el día. Nadie habría imaginado que apenas un rato antes había estado a cuatro patas en la cama de un hombre maduro, dejando que me follara el culo hasta hacerme correr.

No volví a acostarme con él después de eso. Fue la primera y la última vez. Tal vez por eso se me quedó tan clavado. No fue una historia de amor ni una aventura larga. Fue una confesión pura: dos encuentros nacidos del cruce entre morbo, oportunidad y ganas. Y aunque no lo repetiría con cualquiera, todavía recuerdo con una claridad obscena el momento exacto en que le abrí la puerta del baño y decidí que entrara.

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Comentarios(6)

Camila95

que buenazo!!! quiero la segunda parte ya

HectorBsAs

Me encanto como lo contaste, la tension acumulada se siente muy real. Buen trabajo!

TatianaSP

increible... me tuvo enganchada hasta el final

AndreaMV

Me recordo a algo que me paso una vez en casa de una amiga jaja. Muy buen relato, espero que sigas escribiendo

Esteban_BA

Las confesiones de este tipo son las mejores del sitio. Sin adornos, directo y creible. Bien ahi

MigueSalta

y despues como quedo la cosa??? no podes dejarlo ahi jaja necesito saber

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