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Relatos Ardientes

El chalet con piscina al que nunca debí ir

Llevaba todo el verano dejándome llevar por las ocurrencias de Damián, mi marido, así que cuando me dijo que un amigo de sus padres le prestaba un chalet con piscina para pasar el sábado, supe perfectamente de qué iba la cosa. Lo conozco demasiado bien. Esa sonrisa que pone cuando ya tiene algo planeado y finge que es casualidad.

—¿Vamos a estar solos? —le pregunté mientras él guardaba las toallas en una bolsa.

—Solos los tres —contestó, sin levantar la vista—. Rubén, tú y yo. El dueño está en el pueblo todo el mes.

No lo pregunté por ganas de compañía. Lo pregunté porque no me fiaba de él ni de lo que pudiera tener montado a mis espaldas. Rubén era su amigo de toda la vida, y desde aquella tarde de principios de agosto en su casa, la cosa entre nosotros tres se había vuelto un juego que ya no sabía muy bien cómo parar. Tampoco sé si quería pararlo, para ser sincera. Aún me acordaba de cómo se me había quedado la boca llena de la polla de Rubén mientras mi marido me follaba por detrás, y de cómo, al terminar, los dos me habían dejado empapada de semen sin que yo dijera ni media palabra en contra.

El sábado, sobre el mediodía, pasamos a recoger a Rubén. Llevábamos la comida ya preparada de casa para no ensuciar la cocina ajena. Tardamos un cuarto de hora en llegar. Era una urbanización de chalets separados por calles estrechas, con farolas viejas y árboles a los lados del paseo, y el de Casimiro quedaba de los últimos, ya pegado al campo abierto.

Rubén se bajó a abrir el portón y volvió a cerrarlo en cuanto el coche estuvo dentro. La casa estaba a unos treinta metros de la entrada, con un porche antiguo de columnas de piedra y tejado de tejas. Por dentro era sencilla: un recibidor pequeño, el salón grande con su chimenea, dos dormitorios y una cocina con los muebles ya gastados. Lo que de verdad valía la pena estaba detrás.

—Mira eso —dijo Rubén, abriendo la puerta trasera.

Había una piscina rodeada de césped, un porche de madera enorme y un par de palmeras que daban sombra. El agua estaba limpísima, de un azul intenso por el gresite de las paredes. No soy muy alta, así que calculé que me llegaría por los hombros. Dejamos la comida en la nevera y las cosas en el dormitorio pequeño, y yo ya me había puesto el bikini debajo de la ropa antes de salir de casa.

—Os espero en el agua —dije, quitándome el vestido por la cabeza mientras ellos seguían buscando sus bañadores.

Me senté en una tumbona al sol mientras los oía trastear dentro. Salieron al rato con unas cervezas frías y algo para picar. Damián, como siempre, no me daba ni un minuto de tregua.

—Anda, cariño, quítate la parte de arriba, que tienes que mantener el moreno entero —dijo, dejando las latas sobre la mesa.

Dudé. Si aparecía el tal Casimiro y me pillaba con las tetas al aire, no sabría dónde meterme.

—¿Y si viene el dueño?

—Que no, mujer. Está en el pueblo. Me lo ha jurado. Hasta nos ha pedido que le arreglemos una fuente de la entrada antes de irnos —insistió Rubén.

Ahora lo entiendo todo. Por eso nos dejaba la casa.

Me solté el sujetador del bikini y lo colgué del respaldo de la tumbona. La piel de esa zona se notaba un poco más clara que el resto; los pocos días que había bajado a la piscina del barrio desde las vacaciones, solo me había mantenido morena lo que quedaba a la vista. Con el calor y la charla, nos bebimos dos cervezas antes de meternos al agua.

El agua estaba más fría de lo que esperaba y se me erizó toda la piel. Los pezones se me pusieron duros como dos piedras al instante. Damián, por supuesto, fue directo al grano. Se puso detrás de mí, me rodeó con los brazos y me sujetó las tetas con las dos manos, apretándomelas y pellizcándome los pezones entre los dedos.

—Fíjate, Rubén, con estos pezones tan tiesos podríamos colgar los bañadores a secar —dijo, muerto de risa, moviéndomelas de arriba abajo como un payaso.

—Qué gracioso —le solté, dándome la vuelta. Le metí la mano por debajo del agua y le agarré la polla por encima del bañador sin ningún disimulo—. Por lo menos los míos están duros. Lo vuestro parece dos chufas mojadas.

—Será la de tu marido —saltó Rubén enseguida, riéndose.

—Y la tuya seguro —contesté.

Aquello fue el pistoletazo de salida que Damián estaba esperando.

—Venga, cariño, hazle la prueba a este fantasma. A ver si es verdad.

Con toda la naturalidad del mundo me acerqué a Rubén y le metí la mano por dentro del bañador. Le agarré la polla del todo, piel con piel, y se la manoseé despacio bajo el agua. La tenía tan blanda como la de mi marido, pero en cuanto le pasé los dedos por el glande y le apreté el prepucio hacia abajo, empezó a hincharse en mi mano.

—Se me ha bajado con el agua fría, pero en cuanto me pongo a tono ya verás —dijo, atropellándose, mientras se le ponía dura entre mis dedos.

—Qué casualidad —murmuré, sonriendo de medio lado, apretándosela un poco más fuerte antes de soltársela.

Jugamos un buen rato con una pelota de plástico que habían traído. Ellos aprovechaban cualquier excusa para meterme mano, una caricia en la cintura, un roce en el muslo, los dedos resbalando por debajo de la braguita del bikini y llegando a rozarme el coño y el culo. Damián me la apartó a un lado más de una vez y me metió dos dedos por detrás de mí en el agua, mientras Rubén me chupaba un pezón agachado, con medio hombro fuera. Yo me dejaba hacer con muchísimo gusto. No voy a fingir que me molestaba. Cuando salimos del agua para comer, yo tenía el coño palpitando y ellos dos empalmados de una forma que no había bañador que lo disimulara: se les marcaba la polla dura pegada contra la tela mojada, con el glande abultado y una gota de agua goteándoles desde la punta.

No me gusta quedarme con el bikini mojado pegado a la piel, así que mientras ellos pasaban a la cocina, entré al baño y luego al dormitorio a ponerme un vestido fino. No llevaba nada debajo. Cuando salí, los dos se quedaron mirándome con la boca medio abierta: la tela era tan ligera que se transparentaba todo. Se me marcaban los pezones oscuros y la sombra del vello del pubis a contraluz.

—Estás para comerte —dijo Damián, y no se refería precisamente a la tortilla.

Comimos en el porche de delante, donde corría algo de aire y se estaba más fresco. Me gustaba más ese lado, además: si llegaba alguien, lo vería venir desde lejos. Nos tomamos unos tintos de verano, rematamos con un par de chupitos, el postre y unas copas. Para cuando dieron las cinco de la tarde, yo estaba medio rendida de sueño y, sobre todo, bastante achispada.

—Venga, que nos damos un baño para despejarnos —propuso Damián.

—Ni de broma. No puedo ni moverme.

Rubén tampoco parecía tener ganas de agua. Al final mi marido se metió solo a refrescarse mientras nos sugería que nos tumbáramos al sol.

—¿Al sol? Con todo lo que llevo encima, tú estás mal de la cabeza —protesté—. Si me tumbo ahí me da algo.

Puse la tumbona a la sombra. No tanto por no escucharlo, sino porque sabía que, si me quedaba a solas con Rubén, me iba a tocar follar, y no tenía ni el cuerpo ni las ganas para eso. Así que me fui con ellos.

—¿Quieres que te dé bronceador? —ofreció Rubén, ya tumbado boca abajo a mi lado.

—Criatura, si estoy a la sombra y con el vestido puesto. Como me eches crema, me derrito.

Lo que Rubén quería era cualquier excusa para tocarme, daba igual por fuera que por dentro. Estiró el brazo desde su tumbona y me dejó la mano apoyada en el culo, por encima de la tela, como quien no quiere la cosa. No le dije nada. Mientras no tuviera que hacer ningún esfuerzo, me daba igual. Lo único que me preocupaba era que se le ocurriera subirse encima y meterme la polla, porque en el estado en el que estaba lo habría echado todo.

El peor era Damián. Salió del agua chorreando, arrastró otra tumbona hasta colocarla justo a mi lado y, sin pedir permiso, me subió el vestido dejándome el culo al aire.

—Pero hombre, Rubén, con el culito que tiene mi mujer y tú dejándolo tapado.

Ni me molesté en bajarme la tela. Rubén deslizó la mano poco a poco, me acarició una nalga, se me metió entre las dos y con la punta de un dedo me rozó el ojete y luego bajó hasta los labios del coño. Los tenía húmedos de todo lo del agua y de lo que había pasado antes. Me pasó el dedo entre ellos, arriba y abajo, y me metió el índice hasta el nudillo con muchísima calma. Yo apreté los ojos y no dije nada. Se quedó ahí, con el dedo dentro, quieto, como si me estuviera abrazando por el coño. Damián se tumbó al otro lado mirándome con esa cara de extraño que se le pone cuando está caliente. Solo le faltaba abrirme las piernas del todo y señalar para que su amigo terminara el trabajo.

Dormí un buen rato, así, entre los dos, con el dedo de Rubén todavía metido en el coño hasta que se durmió él también y se le fue resbalando. No sé qué imagen daría, pero me daba igual. Con menos los había dejado a ambos sin saliva, y eso era justo lo que Damián buscaba: exhibirme, presumir de mí delante de su amigo, ver cómo Rubén se moría de ganas sin llegar a tener nada del todo.

Cuando me desperté había pasado más de una hora y la resaca me iba subiendo en vez de bajar. Para no alargarlo, sobre las nueve, ya de noche, cenamos algo ligero y yo me hinché a beber agua. Los dos seguían con un calentón tremendo, sobre todo Rubén, que no dejó de buscarme por debajo de la ropa a ver si conseguía animarme. Cada vez que pasaba por detrás de mi silla, me metía la mano por el escote y me pellizcaba los pezones, o me pasaba los dedos entre las nalgas por debajo del vestido.

Empezamos a recoger, o más bien empezaron ellos. Entramos al dormitorio a cambiarnos para volver. Yo quería ponerme algo más discreto para el camino, sin nada debajo otra vez, pero que al menos no se notara tanto. Damián, mientras tanto, intentaba ponerme a tono acariciándome delante de Rubén, sin ningún pudor. Me metió la mano por detrás y me abrió los labios del coño con dos dedos, enseñándoselo a su amigo como quien enseña una fruta madura.

—Mira cómo la tiene, Rubén. Está empapada.

—De verdad que no puedo —les dije al fin—. Podéis hacerme lo que queráis menos follarme. No me tengo en pie.

A Damián le faltó tiempo para encontrarle solución.

—Pues hazle una paja a Rubén, cariño, que el pobre no se vaya con el calentón a casa. Bastante bien se ha portado todo el día. O mejor: chúpasela y que se corra en tu boca.

—Eres tú el que querías hacerlo dentro del agua —le picó Rubén—. Yo lo hice alguna vez con mi ex y no es para tanto.

Que me comparara con otra no me sentó nada bien. Hasta me dio un pinchazo de celos, qué tonta.

—Una paja te hago si quieres, y seguro que la disfrutas más que con tu ex en la piscina —solté, y en cuanto lo dije me arrepentí de haberlo dicho delante de mi marido.

Pero Damián, lejos de molestarse, se frotó las manos.

—Eso, Rubén, que se lleve un buen recuerdo. Mañana antes de comer ya la disfrutamos los dos con calma. Dale duro, que a mi mujer le encanta que la usen bien.

En la habitación, Rubén me empujó despacio contra la cómoda y me subió el vestido hasta la cintura. Se puso detrás de mí y me apretó la polla dura contra el culo mientras me mordisqueaba el cuello. Me besó los hombros, me metió la lengua en la oreja y fue bajando por el pecho hasta atrapar un pezón con los labios y chuparlo con fuerza, mordiéndomelo justo lo suficiente para hacerme gemir bajito. Luego me giró y me sentó al borde de la cama.

—Anda, sácamela —me pidió al oído, con la voz ronca.

Le bajé el pantalón corto y el calzoncillo de un tirón y le salió la polla dura de golpe, dándome contra el mentón. La tenía gorda, con el glande morado y una gota gruesa de líquido preseminal colgando de la punta. Cerré la mano en la base y empecé a hacerle una paja lenta, larga, apretándole el prepucio hacia abajo cada vez que subía, dejándole el glande al descubierto y brillante. Se la trabajé con las dos manos, una arriba y otra en los huevos, notando cómo se le tensaban y se le pegaban al cuerpo.

—Escúpele, cariño, que resbale bien —murmuró Damián desde la puerta.

Le hice caso. Me llevé un dedo a la boca, junté saliva y le dejé caer un buen escupitajo justo en el glande. Se lo esparcí con la palma y la mano empezó a resbalarme arriba y abajo con un sonido húmedo, mojado, mientras Rubén se apoyaba con las dos manos contra la pared y se le movían las caderas hacia mí, embistiéndome la mano como si me estuviera follando el puño.

—Joder, qué bien lo haces… así, así, aprieta —jadeaba, con la voz cortada.

Damián se acercó por detrás, me metió la mano por debajo del vestido y me empezó a masajear el clítoris con dos dedos mientras yo seguía a lo mío, agachada delante de su amigo. Con la otra mano me sujetaba una teta y me pellizcaba el pezón.

—Que vea Damián cómo se la mamas un poco antes —soltó Rubén, buscándome la boca con la punta de la polla.

Abrí los labios y le dejé pasar el glande. Se lo chupé despacio, sin dejar de trabajarle el tronco con la mano, dando vueltas con la lengua por debajo, justo en el frenillo, donde sabía que le volvía loco. Se me deshizo un hilo de baba desde la comisura hasta el pecho. Me la fue metiendo cada vez más adentro, agarrándome por la nuca con la mano abierta, hasta que me tocó el fondo de la garganta y me hizo toser. Se la saqué, tomé aire, y volví a metérmela hasta donde pude, dejando que se moviera dentro de mi boca con embestidas cortas mientras Damián me metía dos dedos en el coño por detrás.

Estuve así un buen rato, con la boca llena y el coño lleno, sintiendo cómo la polla de Rubén palpitaba entre mis labios cada vez que empujaba. Me dejó que le mordiera el hombro y me mordió él a mí en el cuello. Me dejó la marca de un chupetón enorme, morado, que tendría que esconder durante días. Cuando me avisó de que se iba a correr, me la saqué de la boca y me arrodillé del todo delante de él, cerrando otra vez el puño y machacándosela rápido.

—Córrete encima, sin salirte, quiero notarlo todo —le pedí, con la boca abierta y la lengua fuera por si quería apuntarme ahí.

Se corrió con un gemido bajo, apretando los dientes. Esta vez sí terminó sobre mí. El primer chorro me cayó grueso en la barbilla y me resbaló por el cuello hasta el escote. El segundo me pintó el pómulo y un labio. Y en vez de soltársela y dejarme así, sin soltarse, fue repartiéndolo todo despacio con la punta, pintándome los pezones, el hueco entre las tetas, los labios, como si quisiera dejar constancia de la tarde. Me lo iba embadurnando con el glande blando y todavía húmedo, y yo cerraba los ojos y le sacaba la lengua para lamer lo que le quedaba en la punta y tragarlo delante de los dos.

Rubén se metió al baño a lavarse. Damián se agachó a mi lado en el suelo, todavía yo de rodillas, chorreando semen, y me besó despacio en la boca, sin importarle. Me pasó la lengua por la mejilla, recogiendo lo que Rubén me había dejado, y me lo devolvió con un beso lleno de saliva y de corrida.

—¿Quieres que venga Rubén a casa a terminar lo que ha empezado? Te has puesto celosa con lo de la ex. Por eso te digo que eres lo que eres —me soltó al oído.

—Que no —le contesté—. Otro día le dejo toda la tarde si quiere, pero hoy no.

Me daba algo de rabia que últimamente me lo dijera tan a menudo, y peor aún que se le escapara delante de la gente. Desde que habíamos vuelto de la playa lo repetía casi a diario, y no siempre estábamos solos.

No me dejó lavarme antes de irnos. Me hizo vestirme tal cual estaba, con la corrida seca pegada en las tetas y en la cara, para que Rubén comprobara, cuando saliera del baño, que seguía con su recuerdo encima. Me puse la camiseta de tirantes y el pantalón corto, sintiendo cómo la tela se me quedaba pegada en el pecho por lo pringoso, y nos marchamos. Dejamos a Rubén en su portal y volvimos a casa.

Yo daba por hecho que en cuanto cruzáramos la puerta me tocaría cumplir, sí o sí. Pero se apiadó de mí. Sin dejar de llamarme cosas al oído —puta, guarra, mi cerdita, todo lo que sabía que a mí, en el fondo, me ponía—, me acariciaba y me metía dos dedos en el coño mientras me quitaba la ropa. Me arrancó la camiseta por la cabeza y me manoseó las tetas todavía sucias de la corrida seca de su amigo, pasándome la lengua por encima para limpiármelas él, tragándose lo que quedaba.

Después me llevó a la cama, me abrió las piernas de par en par y se metió entre ellas. Me lamió el coño de abajo arriba, muy despacio, chupándome los labios y metiéndome la lengua bien adentro, hasta el fondo. Me agarraba las nalgas con las manos y me apretaba contra su boca, sin dejarme escapar, mientras me trabajaba el clítoris con la punta de la lengua en círculos pequeños. Cuando estaba a punto de correrme, cambiaba y me lo chupaba entre los labios como si me lo estuviera mamando, tirando de él con suavidad. Yo temblaba y le apretaba la cabeza con los muslos, arqueada, aguantando para que no parara.

Se metió dos dedos en el coño y me los curvó hacia arriba, buscando el punto que solo él sabe encontrar, mientras seguía chupándome el clítoris. Cuando notó que estaba muy cerca, subió, me besó los pechos, me mordió otra vez el chupetón que me había dejado Rubén, y se puso encima de mí. Se llevó la polla a la mano y me la pasó por los labios del coño, arriba y abajo, sin metérmela del todo, solo dejándome el glande entrando y saliendo un poquito, hasta que yo empecé a moverle las caderas buscándola.

Me la metió de golpe, hasta dentro. Solté un gemido largo, casi un grito. Se quedó quieto un segundo, con la polla enterrada del todo, y luego empezó a follarme despacio, con embestidas largas, saliéndome hasta la punta y metiéndomela otra vez enterita, mientras me miraba a los ojos.

Justo cuando estaba a punto de llegar, me pidió uno de sus juegos.

—Imagínate que soy Rubén. Pídeselo a él.

Ese juego ya lo conocía de las vacaciones. No me hizo falta pensarlo. Con un escalofrío subiéndome por toda la espalda, empecé a hablar como si el que estaba entre mis piernas fuera el otro, como si la polla que tenía dentro fuera la de su amigo.

—Sigue así, Rubén, fóllame más fuerte… así, sí… que me corro con tu polla dentro… que vea Damián cómo me corro contigo… métemela hasta el fondo… mañana me lo cobro todo, mañana me vais a follar los dos hasta que no pueda andar…

Damián se puso como loco. Empezó a embestirme más fuerte, más rápido, aplastándome contra el colchón, gruñéndome al oído «di que sí, di que quieres que se corra dentro, di que quieres su leche también», y yo lo repetía todo, sin filtro, con la boca abierta y la voz rota.

—Sí, córrete dentro, Rubén, lléname… quiero notaros a los dos… quiero que Damián me vea con tu polla dentro…

Me corrí a lo grande, igual que aquel día en la playa o en su casa semanas atrás, con un temblor que me subió desde los pies y me dejó las piernas cerradas contra sus caderas, apretándolo dentro. Él aguantó unos segundos más, sacándomela y volviéndomela a meter, y se corrió también hasta el fondo, con la polla latiendo dentro de mí y una descarga larga que noté correrme por dentro. Estaba tan rendida que con aquello me quedé lista para dormir del tirón. Damián se salió despacio y me quedé con las piernas abiertas, notando cómo se me escapaba entre ellas la corrida mezclada con la suya de antes. Hizo un par de fotos del chupetón que me había dejado Rubén, y otra más bajando el encuadre hasta el coño abierto y el semen resbalándome por el muslo.

—Luego se las mandas, que vea que ha dejado su marca —dijo, satisfecho—. Y esta otra, para que sepa lo que se ha perdido.

Y eso fue todo. Una vez más me tocó dormirme desnuda, sin lavarme, con su olor y el del otro encima, con la corrida de los dos secándoseme en el cuerpo, mientras él se quedaba en el salón viendo cualquier cosa. Eran las diez y media de la noche, pleno mes de agosto, y yo ya estaba dormida, preguntándome en qué momento exacto había dejado de poner límites.

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Comentarios(7)

NochesBA

excelente!!! quede pegado leyendo hasta el final

Luc4sRd

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de mas!!

MarioDelSur

La ambientacion del chalet esta muy bien lograda. Se siente el calor y la tension desde el principio. Muy buen relato.

Alejandro_77

Me hizo acordar a una situacion parecida que tuve hace años... cosas que uno sabe que no deberia y las hace igual jajaja. Buenisimo

LauraB_rdp

Me encanto como describiste esa tension del principio, ese saber a donde vas pero dejarte llevar igual. Se siente muy real. Sigue escribiendo!

PatoCorrea77

con ese titulo ya sabia que iba a ser bueno jajaja. No defraudó

SergioBCN

Hubo segunda parte o quedó asi?

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