La cena de despedida terminó en mi departamento
Es tan hermosa. La mirada castaña y brillante, la sonrisa luminosa, el cuerpo proporcionado y ese pecho que cualquier hombre soñaría rozar con la mirada. Eso fue lo primero que pensé cuando me la presentaron. Se llamaba Mariela y entró al restaurante del brazo de Esteban, un profesor bastante más joven que el resto de nosotros.
La cena era para festejar el retiro de Alberto, un compañero de claustro que dejaba atrás toda una vida dando clases en la facultad. Estábamos en el salón previo, copa en mano, charlando de cosas viejas, cuando Esteban empezó a presentar a Mariela uno por uno alrededor del círculo. No era raro que viniera tan bien acompañado; lo raro fue lo que pasó cuando llegó mi turno.
Le tendí la mano y la retuve un segundo más de lo correcto, casi sin querer. Su sonrisa se encendió de golpe.
—Hola, Damián. Escuché hablar de vos —dijo—. Esteban me advirtió que me cuidara, que sos un viejo solterón.
—No debe ser para tanto —respondí—. Los años dejan huella, nada más.
—Los años son apenas un número —contestó, guiñándome un ojo—. Además —y acercó un poco el rostro al mío para que el resto no escuchara—, creo que lo usás como excusa. ¿O me equivoco?
Se alejó sin esperar respuesta, mirándome a los ojos, y se mordió suavemente el labio inferior mientras seguía saludando a los demás.
Esto no va a quedar acá.
El ambiente era distendido. Las bromas y las conversaciones serias se entremezclaban, y el alcohol corría más para unos que para otros. Yo seguía atrapado en una charla de pasillo con dos colegas, pero la buscaba con la mirada cada pocos segundos. Y ahí estaba ella, a unos metros, con un vestido azul que hacía relucir su melena platinada. La falda le terminaba apenas por arriba de la rodilla y dejaba ver unas piernas torneadas; la postura recta, la copa de champaña en la mano derecha, todo en ella tenía una elegancia que costaba ignorar.
El escote no era tímido ni descarado: dejaba apenas insinuada la línea entre sus senos, lo justo para que la imaginación hiciera el resto. Esa noche era, sin discusión, la mujer más atractiva del salón. Después aprendería que no solo esa noche.
Cuando los mozos nos invitaron a pasar al salón de la cena, no sé si fue casualidad o nos buscamos los dos, pero corrí una silla y la invité a sentarse a mi lado. Aceptó encantada.
—Gracias, caballero —dijo, devolviéndome esa sonrisa que ya empezaba a desarmarme.
A su derecha se sentó Esteban; a mi izquierda, una profesora de lenguas ya retirada, insufrible, que seguía formando parte del círculo pese a sus ochenta y tantos. Le serví una copa de vino, que aceptó, y empezamos a conversar.
Así supe que ella también se dedicaba a la educación, aunque desde otro ángulo, y que había conocido a Esteban en un pequeño taller de docentes. Él, mientras tanto, parecía mucho más entretenido con su copa que con la conversación, lo que nos dejaba hablar a nuestras anchas.
Me enteré de su estado civil sin ataduras, de sus tan jugados treinta y tantos, y ella se enteró de mis soledades. Mientras la cena transcurría, algo se iba encendiendo dentro de mí. Sus miradas eran cada vez más frecuentes y más dulces, y yo aprovechaba cualquier excusa para rozarle la mano: al alcanzarle un cubierto, al acercarle la sal, cualquier motivo servía. Y cada vez ella dejaba la mano un instante más, prolongando el contacto.
De cuando en cuando, Esteban giraba hacia ella.
—¿Todo bien, querida? —preguntaba.
—Sí, sí, seguí con lo tuyo —le respondía casi sin mirarlo—. Estoy muy bien acompañada.
Y volvía el rostro hacia mí, sonriendo, y seguíamos como si nada. Cuando apoyó su mano izquierda sobre la mía, tuve la confirmación de que no estaba imaginando nada. Algo se tensó entre mis piernas, un aviso temprano. A propósito dejé caer la servilleta al piso para tener la excusa de agacharme, y al estirar la mano le acaricié apenas la pantorrilla. En lugar de retirarla, ella la corrió hacia mí, buscando más contacto.
—Interesante tema —dijo de pronto, en voz alta, como si comentara la charla de la mesa, mientras por debajo del mantel su mano me rozaba.
Nuestros gestos eran imperceptibles para el resto, pero cada vez más intensos entre nosotros. Aprovechando lo largo del mantel, llevé la mano a su muslo y la fui subiendo por el interior. Ella abrió apenas las piernas para dejarme llegar. La seda de su ropa interior estaba tibia, húmeda. Se llevó la servilleta a la boca para disimular un suspiro cuando mis dedos la rozaron.
***
La cena se acercaba al final. Eran los últimos brindis en honor a Alberto, y para entonces Esteban era una cuba andante que apenas se mantenía en pie. Le propuse a Mariela seguir la noche en mi departamento y aceptó sin dudar. Creo que los dos estábamos desesperados por quedarnos solos.
Para disimular frente a los demás, subimos a Esteban a un taxi y lo dejamos en su casa. Una vez que entró, seguimos viaje; yo había prometido llevarla a ella sana y salva. Llegamos a mi departamento poco después.
Ahí se acabaron las palabras. Se colgó de mi cuello y me besó con una profundidad que no esperaba, casi con devoción, y yo le respondí igual. Sentí su lengua recorrer cada rincón de mi boca mientras la mía buscaba la suya. Le bajé un bretel del vestido, le abrí el cierre de la espalda, le solté el corpiño, todo tan rápido como me dieron las manos.
Quería su pecho en mi boca. Bajé los labios y le rocé un pezón con la lengua.
—Aaah… —suspiró.
El pezón reaccionó al instante, irguiéndose duro y sensible bajo mi lengua. Mis manos recorrían toda ella, le acariciaban la espalda, las caderas, y bajaban hasta apretarle las nalgas. Mis dedos buscaron entre sus piernas, tibia y mojada, hasta encontrar el centro de su placer.
—Así, Damián… así —murmuraba, abriendo más las piernas.
—Sos hermosa, Mariela —le decía, mientras le besaba el cuello, el lóbulo de la oreja, otra vez la boca.
—No te demores —me suplicó, mientras buscaba liberarme del pantalón.
Cuando lo logró, se agachó frente a mí. Me miraba desde abajo con una mezcla de picardía y descaro, y cada tanto se mordía el labio.
—¿Te gusta así? —preguntaba.
—Sí, amor… así —alcancé a decir.
Nos fuimos desnudando de a poco, camino a la cama, entre besos, caricias y todo lo que veníamos conteniendo desde la cena. La recosté, le abrí las piernas y bajé a besarla entre ellas. Ya estaba empapada. Con la lengua le frotaba el clítoris y con los dedos la acompañaba por dentro, hasta que un primer orgasmo, suave, la recorrió en una contracción que sentí en la boca.
Los suspiros y los gemidos salían de los dos. El cuarto se había puesto cálido por el calor de nuestros cuerpos, y la transpiración hacía cada roce más suave y más intenso a la vez. La humedad se le deslizaba entre las piernas.
—No puedo más, Damián —jadeó—. Te necesito ya.
Le pedí que se pusiera en cuatro. En esa posición la penetré despacio primero, después hasta el fondo.
—Mmm, qué rica estás —le dije—. Tan mojada.
—Dale así —me pidió, hundiendo la cara en la almohada—. Duro.
La tomé de las caderas y marqué el ritmo. Por dentro la sentía contraerse en oleadas de placer, y cada una de ellas me devolvía un cosquilleo que me recorría entero, una sensación que hacía mucho no tenía. La química de la cena se había transformado en esto: dos desconocidos de horas atrás, completamente entregados.
—Mariela —le dije, bajando la voz—. ¿Querés más?
—Sí —contestó sin dudar—. Quiero todo. Hacé conmigo lo que quieras.
Fui despacio, atento a cada reacción suya, hasta que ella misma empezó a empujar hacia atrás, buscándome más profundo, pidiendo sin palabras. Sus suspiros me marcaban el camino. Cuando sentí que el cuerpo se le tensaba distinto, supe que estaba por terminar.
—Ahora sí —me avisó, con la voz quebrada—. Creo que me voy del todo.
—Conmigo —le respondí—. Vamos juntos.
Sus piernas empezaron a temblar y ella se dejó llevar con un gemido largo que no intentó disimular. Al mismo tiempo, todo lo que había estado conteniendo explotó dentro de ella. Empujé un par de veces más y nos dejamos caer sobre la cama, exhaustos, ella debajo y yo encima, sin separarnos.
—Aaah… —dijo uno.
—Uff… —dijo el otro.
Nos quedamos quietos, todavía unidos, disfrutando ese momento extraño en que el deseo se apaga y deja en su lugar algo parecido a la calma. Cuando al fin me deslicé fuera de ella, nos dimos vuelta, nos abrazamos y nos besamos sin apuro. Desnudos, abrazados, nos dejamos estar hasta que la mañana entró por la ventana y nos llamó.
Fuimos juntos a ducharnos, nos mimamos bajo el agua tibia, y después de desayunar pedí un taxi para que la llevara a su casa, con la promesa de volver a vernos. Nada de esto era formal, le dije mientras ella subía al auto. Ella me devolvió esa sonrisa que ya conocía de memoria.
—Tampoco es un final —contestó, y cerró la puerta.
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