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Relatos Ardientes

Mi encierro con la encargada del anexo

Entré a ese centro de internamiento para adultas después de varios meses de caos en mi casa. No voy a dar nombres reales ni el lugar exacto, pero era una casa grande adaptada como anexo, con reglas duras, vigilancia constante y una jerarquía que se imponía desde la primera noche. Yo ya era una mujer hecha y derecha, pero llegué alterada, desconfiada y con la sensación de que cualquiera podía oler mi miedo.

La primera revisión fue fría y mecánica. Me hicieron vaciar bolsillos, dejar mis cosas sobre una mesa de plástico y desvestirme para anotar cicatrices y tatuajes. La mujer que me recibió, a la que llamaré Mirna, fue correcta, casi amable, y por unas horas pensé que todo sería incómodo, sí, pero rutinario.

Me equivoqué.

Al día siguiente me trasladaron al área donde me tocaría quedarme. Ahí mandaba otra encargada, una morena de cuerpo firme, voz ronca y mirada pesada que parecía desvestirte incluso antes de decir tu nombre. Le pondré Estela. Apenas me vio parada en el marco de la puerta, con la bolsa de ropa en la mano y cara de querer salir corriendo, sonrió de una manera que me tensó la espalda entera.

—Así que tú eres la nueva —dijo, sin saludar—. Pasa y cierra.

Obedecí. El cuarto olía a cloro, humedad y perfume barato. Había dos literas, un ventilador viejo y un baño pequeño al fondo. Estela se sentó en una silla de metal, cruzó las piernas y me señaló de arriba abajo como si evaluara mercancía.

—Aquí todo se revisa dos veces. Levanta los brazos.

Lo dijo con naturalidad, como si fuera el trámite más normal del mundo. Yo llevaba una falda corta, una blusa sin mangas y unas sandalias. No era ropa permitida allí, eso me lo soltó apenas me vio, con una mueca de desprecio que me hizo sentir más expuesta de lo que ya estaba.

—Quítatelo todo.

—Ya me revisaron antes —contesté, intentando sonar firme.

Ella ladeó la cabeza, divertida.

—Y yo no te estoy preguntando. Te lo estoy ordenando.

La manera en que remarcó la última palabra me atravesó el pecho. Dudé unos segundos, pero el encierro ya me había enseñado que resistirse a ciertas cosas solo traía más problemas. Me quité la blusa primero, luego la falda, la ropa interior y al final las sandalias. Me quedé desnuda frente a ella, con los brazos pegados al cuerpo por pura vergüenza.

—Las manos detrás de la nuca.

Lo hice. Estela se levantó despacio, se plantó frente a mí y empezó a tocarme con un método que al principio parecía clínico: cuello, axilas, cintura, costados. Pero enseguida dejó de parecer un registro. Sus dedos se demoraron demasiado en mis tetas, rodearon un pezón, lo apretaron con suavidad cruel y yo solté el aire de golpe.

—Así que te pones nerviosa fácil —murmuró.

—Solo termínalo —dije.

—No me hables así.

Me agarró de la barbilla, obligándome a sostenerle la mirada. Tenía unos ojos oscuros y tranquilos, de esa gente que disfruta tener el control sin necesidad de levantar la voz. Con la otra mano bajó por mi vientre y me rozó entre las piernas con dos dedos cerrados. Fue un toque breve, casi una provocación, pero suficiente para tensarme entera.

—Abre más las piernas.

Quise protestar. No lo hice. Separé los pies y ella pasó la yema de los dedos por mi sexo con descaro, como si comprobara algo que solo ella entendía. El contacto fue húmedo y directo. Me mordí el labio por reflejo.

—Estás sensible —dijo, y sonrió al notarlo.

—No significa nada.

—Significa exactamente lo que estoy viendo.

Metió un dedo, luego otro, lento, girando la muñeca con una precisión humillante. Yo estaba furiosa, asustada y, para colmo, mi cuerpo reaccionaba. Esa fue la parte que más me descolocó: sentir rabia y excitación al mismo tiempo, una mezcla sucia que me dio ganas de empujarla y de pedirle que siguiera.

Cuando los sacó, me hizo girar.

—De espaldas. No bajes las manos.

Sentí sus palmas en mis nalgas, separándolas apenas, recorriéndome con una confianza obscena. Me dio un azote corto, seco, suficiente para hacerme dar un pequeño salto.

—Buen culo. Vas a aprender rápido.

—No soy tuya —solté.

Estela se acercó tanto a mi espalda que pude sentir su aliento en la nuca.

—Mientras estés aquí, obedeces.

Me hizo hacer sentadillas, contar en voz alta y mantener las manos en la cabeza. Cada vez que bajaba, ella me tocaba: una palma abierta sobre el culo, dedos firmes en la cara interna de los muslos, uñas leves por la cintura. No era disciplina normal. Era un juego de poder, y las dos lo sabíamos.

Cuando terminé, me ordenó quedarme quieta. Salió del cuarto sin explicarme nada y volvió con otra mujer, alta, de pelo corto, y un hombre del área de seguridad que rondaría los cuarenta. Ambos adultos, ambos con esa expresión de quien ya ha visto de todo entre esas paredes. Cerraron la puerta detrás de ellos. Ahí supe que la situación acababa de volverse mucho más seria.

—La nueva cree que puede discutir —dijo Estela.

La otra mujer, a la que llamaré Nora, me observó sin prisa.

—Entonces habrá que enseñarle cómo funciona la casa.

El hombre no dijo nada al principio. Se limitó a apoyarse en la pared, mirándome desnuda con una calma que me puso la piel de gallina. Yo seguía con las manos en la nuca, expuesta y tensa, sintiendo que si bajaba los brazos iba a empeorarlo todo.

—Puedo vestirme ya —pregunté, aunque sonó más débil de lo que quería.

Estela soltó una risa baja.

—Todavía no.

Me agarró por la muñeca y me llevó al baño. Nora entró detrás. El lugar era estrecho, con azulejos gastados y un espejo manchado. Estela cerró la puerta. El encierro, la desnudez y la presencia de las dos hicieron que me costara tragar saliva.

—Pon las manos contra la pared —ordenó Nora.

Lo hice. Sentí enseguida las manos de Estela recorriéndome la espalda, la cintura y luego las nalgas con firmeza. Nora me apartó el pelo del cuello y me lo sostuvo en un puño, no con violencia, sino con esa presión exacta que te recuerda que no tienes el control. Estela me abrió las piernas con la rodilla y pasó la mano entre mis muslos.

—Mira cómo está —dijo—. Dice que no, pero se moja igual.

Me ardió la cara de vergüenza. Quise negar, girarme, zafarme. Nora me sujetó mejor del cabello.

—Quieta.

Estela empezó a sobarme el coño sin ninguna delicadeza, frotando con la palma, separando los labios con los dedos, usando mi humedad para embarrarme más. Cada roce era demasiado directo. Yo jadeé contra el azulejo frío, odiando el sonido que salía de mi boca.

—Te gusta que te manden —susurró Estela a mi oído.

—No.

Me metió dos dedos de golpe. El «no» se me rompió en un gemido.

Se movió adentro de mí con ritmo áspero, entrando y saliendo mientras con el pulgar me presionaba el clítoris. Nora me soltó el pelo solo para llevarme una mano al pecho y retorcerme el pezón. Me doblé un poco, temblando. Las dos coordinaron sus movimientos con una naturalidad que dejaba claro que no era la primera vez que jugaban así con alguien.

—Dilo bien —exigió Nora—. Di que te gusta.

—No voy a decir eso.

Estela aceleró los dedos, profundos, húmedos, ruidosos. Mi cuerpo traicionó cualquier intento de dignidad. Se me aflojaron las rodillas y tuve que apoyarme más fuerte en la pared para no caer.

—Te estás corriendo con dos mujeres dándote órdenes y todavía quieres hacerte la dura —dijo Estela, casi divertida.

No quería admitirlo, pero estaba al borde. Tenía el vientre apretado, el sexo latiéndome y los pezones duros de puro estímulo. Cuando Nora me lamió el cuello y me mordió el hombro, me quebré. Solté un gemido largo, obsceno, y acabé contra la pared mientras Estela seguía moviéndome los dedos hasta alargarme el orgasmo a la fuerza.

Me dejaron recuperar el aire solo unos segundos.

—Ahora sí vas a aprender —dijo Nora.

***

Me llevaron al cuarto del fondo, una habitación de mantenimiento con colchonetas enrolladas, sábanas viejas y cajas de limpieza. No era elegante ni cómodo; era precisamente el tipo de lugar donde el poder se siente más crudo. El hombre seguía ahí. Se llamaba Ramiro, según lo oí cuando Estela le habló. Cerró la puerta con llave y se quedó mirándonos, esperando instrucciones.

—Boca abajo —ordenó Estela.

—No.

La respuesta me salió automática. Estela me miró fijo. Nora me empujó con una mano en la espalda y otra en la nuca, guiándome hacia la colchoneta. No fue una pelea larga; yo estaba excitada, confundida y asustada, y ellas lo sabían. Acabé de rodillas primero, luego tumbada boca abajo mientras Estela me sujetaba las muñecas a la espalda con una tira de tela gruesa.

—No te hagas daño resistiéndote —murmuró—. Si cooperas, la pasas mejor.

Me ataron también los tobillos y luego unieron ambas ataduras, dejándome arqueada, incapaz de cerrar bien las piernas. La posición me volvió indefensa de una forma brutal. Noté cómo el aire me rozaba entre las nalgas y sentí una oleada de vergüenza tan fuerte como la excitación que intentaba negar.

Estela me dio una nalgada fuerte. Luego otra. Después una tercera más abajo, justo donde el culo se junta con los muslos. El escozor me hizo gemir.

—Eso sí lo sabes hacer —dijo Ramiro al oírme.

Yo apreté los dientes.

Nora se arrodilló frente a mi cara. Me pasó dos dedos por los labios y me los metió en la boca.

—Chúpalos.

Lo hice por pura inercia. Ella los sacó despacio, mojados, y me sonrió con una satisfacción franca. Mientras tanto, Estela me abrió más las piernas y escupió sobre mi coño antes de frotarme otra vez. Su mano sonaba húmeda entre mis muslos. Me estaba trabajando sin pausa, alternando caricias con palmadas, obligando a mi cuerpo a mantenerse ardiendo.

—Ramiro —dijo—, ven.

Lo escuché acercarse. Se agachó a mi lado y me tomó del mentón. Olía a jabón barato y sudor limpio. No me trató con ternura, pero tampoco con brutalidad ciega; había algo medido en su manera de tocar, como si siguiera reglas internas de ese juego.

—Si dices rojo, se para —me dijo, mirándome de frente—. Si no lo dices, seguimos. ¿Entendiste?

Asentí. Necesitaba esa mínima certeza para no derrumbarme del todo.

Estela me separó más las nalgas y Ramiro se colocó detrás. Sentí la punta de su polla rozándome la entrada, subir, bajar, embarrarse con mi humedad. Mi cuerpo se tensó entero.

—Respira —ordenó Nora.

Cuando Ramiro entró, lo hizo lento al principio, abriéndome con una presión densa que me arrancó un quejido. No era delicado, pero tampoco una embestida salvaje. Se hundió hasta el fondo y se quedó un segundo ahí, dentro de mí, dejándome sentir su grosor y el tirón de la postura. Yo jadeaba contra la colchoneta, con la saliva humedeciéndome la boca y la cara ardiéndome de calor.

—Mírala cómo aprieta —dijo Estela, acariciándome la espalda—. Ya no dice que no.

Ramiro empezó a moverse. Al principio, despacio, marcando cada entrada completa. Después, más firme. Cada empuje me hacía deslizarme unos centímetros sobre la colchoneta. Las ataduras me obligaban a arquearme más y eso volvía cada embestida más profunda. Gemí, maldije, intenté mantenerme fría. No pude.

Nora me abrió la boca con los dedos y me escupió apenas en la lengua.

—Traga.

Lo hice. Ella sonrió y me empezó a masturbar con dos dedos rápidos, centrados en el clítoris, mientras Ramiro me follaba por detrás. La combinación fue inmediata y devastadora. El sonido de su polla entrando y saliendo de mí se mezcló con mis jadeos y con los comentarios bajos de Estela, que iba narrando lo que veía como si quisiera humillarme más.

—Así, puta. Mírate. Atada, abierta y temblando.

Me corrí de nuevo sin aviso, con un espasmo que me apretó por dentro y le arrancó a Ramiro un gruñido. Aprovechó esa contracción para follarme más duro. Sus caderas empezaron a golpearme el culo con un ritmo seco, continuo, que me dejaba sin aire entre un empuje y otro.

—Joder, aprietas rico —dijo, ya sin la calma del principio.

Estela me levantó un poco del cabello para obligarme a alzar la cara.

—Dile cómo te gusta.

—Vete a la mierda —alcancé a decir.

Ramiro me clavó una embestida tan profunda que el insulto se convirtió en un gemido roto. Las tres personas a mi alrededor se rieron. La vergüenza me abrasó, pero ya estaba demasiado metida en ese torbellino para fingir que no me afectaba.

Nora se agachó entre mis piernas y me lamió el coño mientras Ramiro seguía follándome. La lengua, la polla y las nalgadas ocasionales de Estela me empujaron a un punto donde ya solo reaccionaba. Me corrí otra vez con un grito ahogado contra la colchoneta, mojando la cara de Nora, que no se apartó. Siguió lamiendo y chupando hasta que empecé a retorcerme por exceso de sensibilidad.

—Basta, basta —jadeé.

—No has dicho rojo —me recordó Estela.

No lo dije.

Ramiro soltó un gemido ronco y se vació dentro de mí después de varias embestidas torpes, pesadas, sujetándome fuerte de la cadera para mantenerme abierta. Sentí el calor de su corrida y el pulso final de su cuerpo antes de que saliera. Me quedé respirando a tirones, pegada a la colchoneta, con las piernas flojas y el sexo latiéndome.

Pero no habían terminado conmigo.

Estela le hizo a Ramiro una señal para que se apartara y se colocó ella detrás. Sus dedos apartaron el semen y mi propia humedad, embarrándolo todo más. Entonces me metió la lengua entre las nalgas y bajó sin prisa hasta mi coño, lamiéndome a fondo. El contraste entre la rudeza de antes y esa dedicación húmeda me partió en dos.

—Qué rico sabe dejarte abierta —murmuró contra mi piel.

Nora se desnudó de cintura para abajo y se sentó frente a mi cara. No tenía intención de pedirme permiso; me tomó del pelo y me pegó el coño a la boca.

—Ahora trabajas tú.

Saqué la lengua y la probé. Estaba mojada, caliente, con ese sabor fuerte y real que no se parece a nada más. Ella soltó un jadeo inmediato, me apretó la cara contra su sexo y empezó a moverse sobre mi boca. Lamerla así, atada, mientras Estela me seguía comiendo por detrás, fue una experiencia tan intensa que me dejó sin referencia de arriba y abajo, de vergüenza y deseo, de obediencia y hambre.

Nora me obligaba a sacar más la lengua, a chuparle el clítoris, a meterle dos dedos cuando ella los guiaba. Cada vez que lo hacía bien me jalaba del pelo y gemía; cada vez que aflojaba, me daba una bofetada leve en la mejilla para espabilarme.

—No pares —dijo—. Así, así, joder.

Estela, por su parte, me metió dos dedos de nuevo mientras me chupaba el clítoris por detrás con una postura imposible pero efectiva. Yo estaba atrapada entre las dos, usada como si mi cuerpo fuera parte de una clase práctica. Y lo peor, o lo mejor, según cómo se vea, es que a esas alturas ya no quería salir de ahí; quería más.

Nora se corrió primero. Me empapó la boca con un gemido largo, temblando sobre mi cara. Seguí lamiéndola hasta que me apartó, sensible. Entonces Estela me volteó como pudo, todavía atada, y se colocó a horcajadas sobre mi vientre.

—Abre la boca.

Lo hice. Me escupió dentro y luego me besó, metiéndome la lengua con hambre, mezclando saliva, órdenes y un gusto salado que me mareó. Después bajó una mano entre mis piernas y empezó a masturbarme con una precisión cruel, sin perder el ritmo, mirándome directo a los ojos.

—Quiero verte correrte otra vez.

—No puedo más —dije, y sonó casi como una súplica.

—Claro que puedes.

Me pellizcó un pezón con la otra mano. Gemí. Sus dedos siguieron trabajando, rápidos, resbalosos, golpeando justo donde mi cuerpo estaba más hinchado y sensible. Yo me retorcía dentro de las ataduras, abriendo las piernas todo lo que la postura permitía, sintiendo cómo se me tensaban el vientre y los muslos.

—Pídelo.

La miré jadeando, derrotada.

—Haz que me corra.

Su sonrisa fue pequeña, satisfecha, peligrosa.

—Eso sí suena mejor.

Aceleró. No hubo ternura. Solo ritmo, presión y control. Mi orgasmo me reventó encima como una descarga prolongada. Acabé temblando, con las caderas intentando huir y a la vez buscar más, soltando un gemido sucio que se perdió en su boca cuando volvió a besarme. Estela no paró hasta que me dejó completamente vacía, floja y sudada.

Entonces sí me desataron.

***

Me quedé sentada en la colchoneta, con las piernas abiertas y las muñecas marcadas de rojo. Ramiro ya se había vestido y esperaba junto a la puerta. Nora se limpiaba con una toalla vieja. Estela me lanzó una camiseta amplia y un pantalón de algodón.

—Vístete.

Lo hice en silencio, todavía con el pulso alborotado. Sentía el cuerpo usado de pies a cabeza: las nalgas calientes, el coño hinchado, el cuello mordido, la boca adolorida. Pero lo que más me pesaba era la confusión. No podía reducir lo ocurrido a una sola palabra. Había habido dominio, presión y una entrega que terminé aceptando de una forma que todavía hoy me cuesta explicar sin contradicciones.

Cuando terminé de vestirme, Estela me acomodó el cuello de la camiseta con una naturalidad casi doméstica.

—Escúchame bien. Aquí hay reglas. Si te pones desafiante, se te corrige. Si cooperas, todo fluye mejor.

Ramiro añadió, con tono seco:

—Y lo que pasa en este cuarto se queda en este cuarto.

Nora me miró con una media sonrisa.

—Pero no pongas esa cara. No saliste precisamente disgustada.

No le respondí. Tal vez porque me daba rabia que tuviera parte de razón. Tal vez porque todavía sentía en el cuerpo cada una de sus manos. O tal vez porque, debajo del cansancio, ya se me estaba formando una curiosidad indecente sobre qué pasaría la próxima vez que Estela cerrara una puerta conmigo dentro.

Subimos de nuevo al dormitorio principal. Afuera, el anexo seguía sonando a cubetas, pasos y murmullos apagados. Nadie hubiera imaginado lo que acababa de pasar en ese cuarto del fondo. Estela me señaló una litera vacía.

—Esa es tu cama. Mañana limpias baños y lavas el patio. Y cuando yo te llame, vienes sin hacer preguntas.

Asentí.

Esa noche me acosté con el cuerpo agotado y la cabeza hecha un nudo. Había llegado pensando que el encierro iba a quebrarme solo por las reglas. No imaginé que también me iba a desnudar por dentro, obligándome a reconocer deseos que jamás había querido nombrar. Lo viví, lo callé y durante mucho tiempo lo guardé como un recuerdo oscuro. Pero cuando ahora lo cuento, lo hago sin fingir inocencia: hubo miedo, sí, pero también una entrega brutal a la dominación, al castigo y al placer de obedecer cuando ya no queda espacio para mentirse.

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Comentarios(5)

TatoMDQ

Que relatazo!!! Se me hizo cortísimo, necesito la continuación ya.

PatriciaV

Me enganché desde el primer parrafo. Muy bien escrito y con ese ambiente de tensión que te mantiene leyendo.

Chacabuco77

jajaja se nota que algo iba a pasar desde el momento que cerró la puerta. Muy bueno.

LorenaV

excelente!!!

IgnacioCor

Una segunda parte por favor... quedamos todos con las ganas.

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