Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Reclamé mi nota y mi profesor me dio una lección

Esta es una de las muchas cosas que me pasaron en mis años de facultad, y probablemente la que menos he contado. Como les ocurrió a casi todas mis amigas, esa fue la época más vertiginosa y desvergonzada de mi vida. Muchas de ellas llegaron a la residencia siendo todavía vírgenes; yo, en cambio, ya había tenido entre las piernas a unos cuantos chicos antes de pisar un aula.

De algún modo, eso me daba ventaja. Por las noches, cuando nos juntábamos en uno u otro cuarto, todas terminaban acribillándome a preguntas. Querían saber sobre todo cómo había sido la primera vez, en un intento inútil de despejar unas dudas que solo se resuelven con un chico delante.

En esas reuniones yo me convertía en una especie de profesora improvisada. Una de las clases que más me pedían era cómo hacerle una felación a un chico sin lastimarlo con los dientes. Con un plátano de utilería les expliqué que el secreto estaba en abrir bien la boca y trabajar con los labios cubriendo la dentadura.

La mayoría de mis compañeras venían de pueblos pequeños, y casi todas eran bastante recatadas. Aun así, la represión del ambiente rural producía contradicciones curiosas. Carla, por ejemplo, era técnicamente virgen y, sin embargo, sabía más de sexo anal que cualquiera de nosotras.

Cada inicio de curso teníamos un ritual: repasar el catálogo de profesores nuevos. Siempre había uno o dos que destacaban. Algunos eran guapos sin más; otros tenían un cuerpo que cortaba la respiración. El resto, mejor no mencionarlos.

El gran monumento de aquel año era Damián, el titular de Teoría de la Educación. Un hombre con todas las letras: alto, esbelto, con esa anchura de hombros que delata años de gimnasio. Bajo la camisa se adivinaban unos brazos que parecían capaces de echarse a una mujer sobre la espalda, y juro que más de una de nosotras lo habría seguido hasta el fin del campus.

Yo, por entonces, era la típica estudiante de poco más de veinte años con un cuerpo que provocaba accidentes en los pasillos. Agradecida por ese regalo, no me cortaba a la hora de lucir las piernas, el ombligo o el escote. Estudiaba Ciencias del Deporte, así que estar en forma era casi parte del temario.

Además de popular entre los chicos, era de esas alumnas que hacen la pelota a los profesores. Los beneficios eran modestos: un par de días extra para entregar un trabajo, medio punto de más. A ellos también les convenía tener alumnas cómplices, capaces de ayudarles a manejar al resto de la clase como un perro pastor guía al rebaño.

Como ya tenía bastante pecho, solía ir con blusas ajustadas de escote balcón, que es como mejor lucen. En cuanto el frío aflojaba, sacaba los pantalones cortos y las faldas que rozaban lo prohibido. Siempre era la primera en estrenar piernas en primavera.

Aquel semestre se me acumularon los exámenes y me presenté a Teoría de la Educación casi sin abrir el libro. Había repasado un tercio del temario, si acaso. El resultado fue un cuatro y medio, mi primer suspenso en años. Lo curioso es que hasta esa nota me pareció generosa para lo poco que había estudiado. Miré enseguida cuándo era la revisión.

Si tenía que ir a pelear medio punto, prefería hacerlo con el profesor más interesante de la facultad que con un catedrático de manual. Me presenté a la revisión con una camisa amplia y, justo antes de entrar, me solté un botón de más. Por el borde del escote asomaba el encaje del sujetador, uno que me sentaba de maravilla y que, con su realce, me dejaba el pecho firme y recogido pese al tamaño. La falda hacía juego: ceñida, discreta solo en apariencia.

—¡Anda, Elena! —me saludó él en cuanto me reconoció.

—Buenas, profesor Damián —contesté con tono respetuoso—. Vengo a la revisión.

—No me digas que esperabas aprobar —respondió extrañado—. Estaba muy floja, Elena, hasta a mí me sorprendió. Te puse el cuatro y medio para animarte a presentarte en septiembre, pero lo que entregaste no daba ni para un tres.

—Ya, pero he trabajado todo el semestre —argumenté—. No sé qué me pasó ese día. Me quedé en blanco.

—Lo sé, y lo valoro. Pero con los trabajos no me alcanza para certificar que tienes un nivel mínimo.

Comprendí que aquel hombre no iba a regalarme nada y empecé a ponerme nerviosa.

—Podría hacer algo más —dije sin medir las palabras—. Un trabajo extra, un examen oral, lo que sea.

Al oírme, Damián levantó la cabeza con los ojos muy abiertos. Y entonces me miró de arriba abajo, despacio, como si recalculara toda la conversación.

—¿Qué quiere decir con «lo que sea», señorita? —preguntó, súbitamente formal y receloso—. Explíquese.

Lo había malinterpretado por completo. Y por mucho que me hubiera vestido como me vestí, esa nunca fue mi intención. Mi único plan era engatusarlo, distraerlo como hace una carterista para birlar la cartera. Birlarle el aprobado, nada más. Pero el daño ya estaba hecho: el profesor más codiciado del campus creía que yo era una golfa dispuesta a venderse por medio punto.

Enfadada conmigo misma, me levanté y lo enfrenté con las manos apoyadas en la mesa. Damián perdió aquel duelo de miradas en un instante: sus ojos resbalaron hacia mi escote sin que pudiera evitarlo.

Entonces rodeé la mesa, arrastrando los dedos por la superficie pulida, casi sin creerme lo que estaba a punto de hacer. Una cosa era enseñar la ropa interior para cerrar un trato. Otra muy distinta, estar dispuesta a quitármela.

Apoyé el muslo en el borde de la mesa, junto a él, le puse una mano en la rodilla y le susurré.

—Si me aprueba, dejaré que me examine este fin de semana.

Lo meditó unos segundos, no muchos. Aceptó ponerme un cinco, pero condicionado: ese viernes, al terminar las clases, me diría dónde y cuándo, porque la nota dependía de que yo le demostrara mis «aptitudes».

Fue ahí cuando me tomó por sorpresa. Cogió mi mano y la deslizó desde su rodilla hasta la entrepierna. No la vi, pero la palpé, y entendí que ese hombre escondía algo que se medía con otra escala. Hasta entonces yo solo me había acostado con tres chicos; nada que se le pareciera.

Una sonrisa tibia suya me hizo despertar del pasmo y retirar la mano a toda prisa. Me sentí una boba. Estaba por salir corriendo de aquel despacho como una cría cuando, en el último momento, me giré, me levanté apenas la falda y le mostré el trasero apenas cubierto por la tela del tanga. Que se quedara con eso.

***

El miércoles me crucé con Damián en las escaleras. Al saludarme, me comentó por lo bajo que el viernes a las nueve me esperaría en un restaurante caro, al otro extremo de la ciudad.

Henchida de orgullo, le anuncié que no pensaba ir.

—No soy tu prostituta, guapo —le solté sin levantar la voz—. Tendrás que conformarte con mirarme el culo, igual que el resto de los cretinos.

Damián se quedó observándome mientras yo seguía bajando los escalones.

—¡Elena! —me llamó alzando la voz.

—¿Qué quieres? —repliqué, lista para mandarlo al diablo.

—Me alegra que hayas cambiado de idea —dijo casi con admiración—. De todos modos, defenderé tu caso en la Junta de Evaluación. Tienes el cinco, enhorabuena.

No me lo esperaba. Sin entender cómo, había vuelto a hacerme sentir una niñata caprichosa que faltaba a su palabra para no asumir las consecuencias.

Apreté los puños y me marché de allí a paso ligero. Tenía unas ganas tremendas de gritarle a aquel engreído que yo era mucho más mujer que cualquiera de mis compañeras, y mucho más atrevida que todas las que babeaban tras él.

Esa misma mañana volví a su despacho. Como no estaba, me senté en el banco junto a la puerta a esperarlo. Cuando salió del ascensor y me vio allí, se quedó clavado. Torció el gesto, estudiándome como quien mide a un rival, y luego avanzó hacia mí.

—No quiero que me apruebe —le dije apenas lo tuve enfrente.

Damián abrió la puerta como si no me hubiera oído.

—Entra —ordenó con firmeza.

Resoplé de pura rabia, pero obedecí sin soltarle la mirada. Llevaba la misma blusa de la primera revisión, aunque esta vez la falda no era tan corta. Cierto que me había repasado en los baños antes de subir, pero porque hacía falta, nada más.

Aquel arrogante me recorrió de arriba abajo sin decir palabra. Si creía que me iba a hacer perder los nervios con tanta facilidad, estaba muy equivocado. Yo lo respetaría como profesor, de acuerdo, pero él también debía tratarme con decencia, y eso mismo iba a explicarle. Antes de que pudiera abrir la boca, me puso un dedo sobre los labios.

—Silencio —sentenció—. Aunque seas buena estudiante, voy a tener que castigarte. ¿Lo entiendes?

—Sí —respondí sin pensar, aturdida por su cercanía y su mirada.

—Elena, tienes que aprender a comportarte como la mujer que eres, y no como una cría de diez años —afirmó—. No vuelvas a decepcionarme.

Incapaz de replicar, negué con la cabeza.

—Ahora siéntate. Y cierra la boca, que pareces tonta.

Sin dejar de mirarme, mi adorado profesor empezó a desabrocharme la camisa. Los nervios me obligaban a respirar hondo, y mi pecho subía y bajaba de forma evidente. Entonces se colocó detrás de mí y soltó el broche del sujetador. No tuvo que hacer casi nada: deslizó los tirantes con dos dedos y dejó que el propio peso hiciera caer la prenda de encaje.

Pasó las manos por debajo de mis brazos y abarcó cada pecho. Conforme, los empezó a amasar con fuerza, despacio, hasta endurecerme los pezones, lo que noté cuando los rozó con la yema de los dedos.

—Qué pechos tan bonitos, señorita —reconoció a un palmo de mi oreja, erizándome la piel entera—. Me encantan. Voy a disfrutarlos mucho.

Hubo un silencio largo. Yo apretaba los muslos a escondidas, fuera de mí. Sin poder controlarme, llevé una mano hacia atrás buscando su entrepierna. Estaba tan dura que no pude evitar imaginar lo contundente que sería el castigo.

En un impulso quise darme la vuelta, agacharme y sacársela del pantalón. Me moría por hacerlo. Pero él no me dejó.

—No tan deprisa —me reprendió—. Me gusta esa decisión, pero ahora toca mostrar entereza. Saber estar, ¿comprendes?

Para entonces ya tenía una de sus manos bajo mi falda y yo no conseguía dejar de gemir.

—¿Te lo han hecho alguna vez por detrás? —preguntó a quemarropa.

La pregunta me dejó fuera de juego. Quería metérmela por el culo.

Alguna noche me había tocado fantaseando con que entraban unos desconocidos en casa y me tomaban por los dos lados a la vez. En la ensoñación, la idea me encendía como pocas; en la realidad, estuve a punto de salir huyendo al oírlo preguntar por la virginidad de mi trasero.

—No —respondí con visible preocupación, negando también con la cabeza.

—No te angusties, pequeña. A casi todas les acaba gustando —dijo con una seguridad que daba a entender que sabía de qué hablaba.

No me costó imaginar a la altiva profesora de Historia de la Educación, con sus trajes ceñidos de falda y chaqueta, doblada sobre alguna mesa por aquel mismo hombre.

Entonces hizo que me girara y se fue agachando frente a mí. Primero me recorrió el pecho con la boca, sin prisa. Luego, con la punta de la lengua, trazó pequeños círculos alrededor del ombligo. Por último, me subió la falda y apartó la tela.

Posó un dedo sobre mi sexo y lo acarició hasta abrirme un poco, separando los labios con cuidado hasta dar con el punto exacto. Empezó a masajearlo con suavidad. Sentí cómo su dedo entraba muy despacio mientras acercaba la boca y su lengua tanteaba el mismo lugar. Me miraba desde abajo, atento a cada estremecimiento, arrancándome gemidos que ya no podía contener.

Justo cuando estaba a punto de terminar, Damián me dio un cachete seco en una nalga.

—Desnúdate, rápido —ordenó—. Vas a hacérmelo ahora.

Furiosa por haberme dejado a mitad, iba a reprocharle algo cuando lo vi abalanzarse, ya con todo afuera. Me hizo arrodillarme sin tiempo siquiera de quitarme la ropa. Apenas pude abrir la boca.

Mientras una de mis manos lo acariciaba por debajo, la otra acompañaba el vaivén de mis labios. Más sereno ya, me dejó lucirme, y le hice una felación de las que no se olvidan. Enseguida descubrí qué le mataba de gusto y me concentré en repetirlo.

—Qué boca tienes —murmuró—. Qué bueno, de verdad.

Casi sin darme cuenta, empecé a tocarme al mismo tiempo. Mis dedos frotaban febriles y yo seguía con la lengua de la base a la punta. Damián volvió a buscarme el pecho con las manos. Lo sentía a él al límite, y yo no andaba lejos.

Bastó un gemido ahogado mío para derrumbar lo que le quedaba de aguante. Lo noté sacudirse, y en pocos segundos terminó. Intenté retener su esencia, pero como no dejaba de moverse, se escapó por la comisura y me salpicó el pecho. Tragué casi todo y limpié el resto sin pensarlo, porque para entonces ya estaba tan ida que cualquier pudor me resultaba ridículo.

***

Meses más tarde, tras la evaluación final, mi nombre apareció en el tablón con un ocho y medio. Para lo poco que había estudiado era una nota excelente, pero al verla me sentí estafada.

Un par de semanas antes, después de que Carla me explicara con detalle todo lo que una chica debía saber sobre la sodomía, yo había vuelto al despacho de Damián decidida a llevarme un sobresaliente.

Tal como mi amiga había anticipado, el profesor me dobló sobre la mesa y, de un solo trazo, puso fin a la virginidad de mi trasero. En un parpadeo pasé de intacta a completamente colmada.

Por suerte, fue paciente. Con caricias, besos y palabras me dio tiempo para acostumbrarme a la intrusión. Solo cuando noté que el cuerpo cedía un poco empezó a moverse, primero adelante y atrás con calma. Resultó ser tan erudito en aquello como en su asignatura: mientras avanzaba sin prisa, me iba susurrando todas las mentiras dulces que una mujer querría escuchar.

Comencé a jadear y entonces sumó otro estímulo. Sus dedos volvieron a mi sexo y aquel director de orquesta me llevó a entonar gemidos que no me conocía. El ritmo de sus embestidas creció acompasado con mis quejidos hasta que, en un descuido por sacármela casi entera antes de hundirla de nuevo, resbaló y golpeó al aire. Grité dos veces: la primera cuando salió, la segunda cuando regresó de golpe y me arrastró a un orgasmo de otra dimensión, uno que me dejó temblando como un grifo a medio cerrar.

Cuando recuperé la consciencia, todavía aferrada a la mesa porque las piernas no me sostenían, le dije que me rendía. Las últimas estocadas habían sido definitivas.

—Yo también he terminado, preciosa —anunció tras una nalgada—. Qué maravilla. Menudo cuerpo tienes.

Salió sin avisar y noté, sin poder evitarlo, cómo algo se derramaba. Una mezcla de vergüenza y satisfacción que todavía hoy me cuesta nombrar.

Así que esta es mi confesión. Saqué el ocho y medio, sí, pero a veces me pregunto si no me merecía aquel sobresaliente. Ustedes, los que han llegado hasta aquí, ¿qué opinan?

Ver todos los relatos de Confesiones

Valora este relato

Comentarios(5)

Luna_Cba

Buenisimo!!! me enganche desde la primera linea

Santi_87

jajajaja el titulo ya me mato, necesito la segunda parte!!

martuchaBA

Que bien lo contaste, se siente tan real que da escalofrío. Seguí así!

Lectora_Anon

Me recordo algo que le pasó a una amiga en la facu, aunque no llegó tan lejos jaja. Tremendo relato, espero mas

DiegoK_77

Lo leí de corrido, increible de verdad.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.