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Relatos Ardientes

Mi confesión con el hombre que me desordenó

Quiero contar esta historia como fue de verdad, sin adornos y sin hacerme la inocente, porque aquel primer encuentro todavía me arde en la memoria. Yo venía de una separación pesada, de esas que te dejan la piel sensible y el ego hecho mierda, así que acepté un trabajo de temporada en la costa para despejarme. Sol, sesiones, tragos, noches largas y la cabeza ocupada; eso era lo que necesitaba.

Durante esos días me movía con un grupo de gente del ambiente: representantes, fotógrafos, promotoras y un desfile constante de caras nuevas. Todo era velocidad, música y arena pegada al cuerpo. Yo estaba bronceada, descansada a medias y con una mezcla rara de libertad y hambre, de esa hambre que no es de comida.

Una tarde, en un parador, apareció un conocido de hace años con un amigo. Nos saludamos, nos presentamos y en cuanto lo vi entendí que esa noche no iba a terminar temprano. No era solo que estuviera bueno. Tenía una forma de mirarme, de sostenerme los ojos apenas un segundo más de lo normal, que me puso caliente ahí mismo, con la bebida en la mano y gente alrededor.

Charlamos un rato los cuatro y quedó flotando la idea de salir más tarde. Mi compañera aceptó venir conmigo, así que la cosa arrancó en grupo, liviana, sin promesas. Fuimos a otro bar frente al mar, comimos algo, tomamos bastante y bailamos apretados entre desconocidos sudados por el calor.

Yo no podía dejar de buscarlo con la mirada. Cada vez que se acercaba a hablarme, su aliento me rozaba la mejilla y me daban ganas de besarlo ahí mismo. Él tampoco disimulaba demasiado; se le notaba en la forma en que me miraba las piernas, el culo, la boca cuando tomaba de la copa.

En un momento aparté a mi compañera y le dije, medio en broma y medio no, que se llevara al otro a dar una vuelta. Ella entendió enseguida. Al rato desaparecieron juntos, y yo me quedé con él, sentados frente al mar, ya sin ruido alrededor más que la música lejana y el viento.

Ahí hablamos de verdad. Me contó cosas de su vida, de su rutina, de dónde venía, y yo le conté solo lo suficiente para que entendiera que estaba sola, recién salida de una relación larga y con pocas ganas de seguir lamentándome por un hombre que ya era pasado. No quise darle detalles, pero él entendió perfecto el idioma del cuerpo: yo estaba disponible y muy necesitada.

—¿Seguimos en otro lado? —me preguntó, sin rodeos.

—Sí. En mi hotel vamos a estar más tranquilos.

En el ascensor no pasó nada, pero la tensión era tan evidente que casi me hizo reír. Los dos callados, demasiado cerca, viendo cómo subían los números. Cuando entramos en la habitación y cerré la puerta, ni siquiera hizo falta hablar. Nos fuimos encima como si hubiéramos estado esperando eso desde hacía semanas.

Le agarré la cara con las dos manos y lo besé fuerte, abriéndole la boca con la lengua. Él me empujó contra la puerta, me apretó la cintura y me devolvió el beso con la misma hambre. Sentí su mano bajando por mi espalda hasta mi culo, apretándomelo por encima del vestido, y ese contacto me terminó de encender.

Le desabroché la camisa mientras seguíamos besándonos. Botón por botón, rápido, sin delicadeza, porque quería tocarlo ya. Cuando se la saqué del todo, le pasé las manos por el pecho y el abdomen, disfrutando la piel caliente y el modo en que se tensaba bajo mis dedos. Él me miraba como si no pudiera creer que me tuviera tan cerca.

Le abrí el pantalón, metí la mano y lo sentí duro bajo la tela. Soltó un gemido corto contra mi boca. Yo sonreí y le bajé el cierre hasta el final, dejando que el pantalón y la ropa interior cayeran juntos cuando me ayudó con una patada torpe. Ahí lo vi de verdad y me relamí sin vergüenza.

—Mierda… —le dije, mirándosela—. No esperaba semejante verga.

Se rió, nervioso, pero con el pecho hinchado de orgullo. Lo llevé hasta el sofá a base de besos y pequeños empujones. Él se sentó, abrió un poco las piernas y yo me arrodillé en la alfombra entre sus muslos, ya sin ninguna intención de ir despacio.

Me gusta chupar pollas. Me gusta de verdad, con ganas, con atención, con esa mezcla de técnica y vicio que se aprende cuando una disfruta lo que hace. Se la agarré con una mano, la acaricié de la base al glande y le pasé la lengua apenas por la punta, saboreando el primer gemido que le saqué.

Después abrí más la boca y empecé a mamársela despacio, húmedo, profundo. El glande entraba y salía entre mis labios mientras yo lo miraba a los ojos. Me encanta eso: ver el momento exacto en que un hombre entiende que está perdiendo el control.

Le chupé la punta con paciencia, girando la lengua alrededor, apretando apenas con los labios y aflojando justo cuando estaba por estremecerse. Bajaba después por el tronco con la lengua plana y volvía a subir lentamente, como si lo estuviera saboreando entero. Él respiraba cada vez más fuerte, con una mano clavada en el sofá y la otra en mi pelo.

—No jodas… cómo hacés eso… —murmuró, con la voz rota.

Yo no contesté enseguida. Lo metí más hondo, hasta sentirlo empujar contra mi garganta, y me quedé unos segundos ahí, tragándolo todo, dejando que me usara la boca. Cuando salí, un hilo de saliva me unía todavía a la punta. Recién entonces sonreí.

—Porque me encanta comer verga —le dije—. Y la tuya se deja querer.

Se le escapó una risa ronca, pero enseguida se transformó en otro gemido cuando le lamí los huevos y los chupé uno por uno. Los tenía tensos, pesados, sensibles. Se los sostuve en la palma mientras volvía a mamársela entera, más rápido esta vez, dejando que mi saliva le corriera por la base y le mojara todo.

Lo fui trabajando sin apuro, alternando profundidad con caricias, chupadas lentas con tragadas bruscas. Cada vez que me notaba el ritmo, yo cambiaba. Lo torturaba a propósito, porque me calentaba verlo sacudir la cabeza, cerrar los ojos y apretar los dientes para no correrse todavía.

Él me acariciaba el pelo, pero no con ternura. Era una caricia nerviosa, posesiva, como si quisiera guiarme y al mismo tiempo no se animara a forzarme. Yo sí se lo permití. Le agarré la mano, la apoyé detrás de mi cabeza y seguí chupándosela con la boca bien abierta, dándole a entender que podía marcarme el ritmo.

Ahí perdió la poca vergüenza que le quedaba. Me empujó suave al principio, llevándome contra su pelvis, y después un poco más firme. Yo dejé que me cogiera la boca, entrando y saliendo mientras yo tragaba saliva, respiraba por la nariz y sentía cómo se ponía cada vez más dura. El ruido húmedo llenó la habitación.

—Así… así, no pares —dijo, casi jadeando—. Me la estás destrozando.

Yo saqué la boca apenas para responderle:

—Entonces corréte adentro. Quiero tragarte todo.

Volví a hundírmela hasta la garganta y seguí sin compasión. Esta vez no tardó tanto. Lo sentí tensarse de golpe, los muslos duros bajo mis manos, y enseguida me llenó la boca con la primera descarga. No me aparté. Seguí succionando mientras se corría, tragando cada chorro, sintiendo el sabor espeso en la lengua y el temblor de su cuerpo aflojándose en el sofá.

Cuando terminó, me quedé un segundo mirándolo desde abajo. Tenía los ojos entrecerrados, el pecho agitado y una cara de placer agotado que me dio todavía más ganas de seguir. Le mostré la lengua, tragué despacio y él me agarró de la mandíbula para besarme.

Ese beso fue distinto al primero. Más sucio, más íntimo. Él probó su propia corrida en mi boca y lejos de apartarse, me besó con más hambre todavía. Ahí entendí que no estaba con un tímido ni con un improvisado; estaba con un hombre dispuesto a ensuciarse conmigo.

Me levanté y empecé a sacarme el vestido. Debajo llevaba un conjunto de encaje oscuro que me había puesto para sentirme poderosa, aunque en ese momento ya sabía que no lo había elegido por mí sola. Él se quedó mirándome en silencio, sentado todavía, con la verga recuperándose entre sus piernas.

—No te saques eso —me dijo—. Quiero verte así un rato.

Yo obedecí porque me calentó el modo en que lo pidió. Caminé despacio por la habitación, giré para darle la espalda y le regalé una vista completa de mi culo enfundado en la tanga. Sabía muy bien lo que hacía. Lo escuché soltar aire por la nariz como si estuviera conteniéndose.

—Acercate —ordenó—. Más.

Di un par de pasos cortos y me detuve frente a él, de espaldas, entre sus piernas. Sentí sus manos subir por mis muslos hasta las nalgas, apretándolas sin suavidad, separándolas apenas para mirarme mejor. Después me pegó la nariz al culo y aspiró profundo, sin pudor. Ese gesto me hizo gemir bajito, porque había algo brutalmente excitante en ser olida así, como si yo fuera un vicio.

Besó primero una nalga, luego la otra. Después las mordió. No lo bastante fuerte para lastimarme de verdad, pero sí para dejarme la piel ardiendo. Yo me arqueé hacia él, ofreciéndome más, y su verga volvió a endurecerse contra la parte trasera de mi muslo.

Subió por mi espalda a besos lentos hasta el cuello. Me sostuvo una teta por encima del encaje, apretándola con la mano grande, y me habló al oído con la voz baja, cargada de intención.

—Te voy a correr la tanga, te voy a comer el culo y después te lo voy a coger hasta que no puedas quedarte quieta.

Esa frase me atravesó entera. No por lo vulgar, sino porque me la dijo como una promesa que pensaba cumplir. Cerré los ojos y asentí apenas. Yo también lo quería así: crudo, directo, sin jueguitos.

Volvió a sentarse y me dio un par de palmadas en el culo. No muy fuertes, pero con ese golpe seco que deja la piel vibrando. Después me apartó la tanga a un lado y me abrió con los dedos para mirarme y lamerme. La primera pasada de lengua fue larga, desde mi sexo hasta arriba, húmeda y firme. La segunda terminó clavándose directo en mi ano.

Se tomó su tiempo. No fue un gesto apurado para decir que había cumplido. Me comió el culo de verdad, con dedicación, metiendo la lengua, sacándola, girándola adentro, volviendo a lamer alrededor hasta ponerme blanda de placer. Yo me agarré del respaldo del sofá y empecé a moverme sola contra su cara, sintiendo cómo me abría y me calentaba cada vez más.

—Así me gusta —murmuré—. Seguí. Más.

Él respondió con otra palmada y volvió a enterrarme la lengua. Después metió un dedo, luego dos, alternando la lengua con los dedos para aflojarme. Lo hacía bien, sin torpeza, y eso me sorprendió y me excitó todavía más. Cada vez que me oía jadear, insistía justo ahí.

Yo ya estaba mojada y temblando, con las piernas flojas y el culo entregado. Me dolía apenas lo justo para aumentar el morbo. Cuando se incorporó, me acomodó sin pedir permiso: rodillas sobre el sofá, antebrazos en la alfombra, la cara de lado, el culo bien levantado para él.

Lo escuché escupirse la mano y después sentí la punta de su verga apoyada en mi ano, gruesa, caliente, presionando sin entrar todavía. Ese segundo de espera me volvió loca. Empujé un poco hacia atrás, ofreciéndome.

—Dámela —le dije, jadeando—. Metémela de una vez.

Entró despacio al principio, abriéndome con una presión tensa que me arrancó un quejido largo. Lo sentí avanzar centímetro a centímetro, forzándome pero sin romper el ritmo, hasta dejarme llena de golpe cuando por fin la hundió entera. Se quedó quieto un segundo, respirando fuerte encima mío, y yo apreté los dientes contra la alfombra mientras el dolor se transformaba en calor.

—Mierda… qué culo —soltó, agarrándome de la cadera.

Empezó con embestidas cortas, midiendo mi cuerpo, sacando apenas y volviendo a entrar. Mi respiración era pura animalidad: jadeos, resoplidos, gemidos rotos. Con cada avance me iba acostumbrando más, y cuando mi cuerpo cedió del todo, él lo notó enseguida.

Entonces sí me cogió en serio.

Las embestidas se volvieron profundas, seguidas, con un sonido seco de piel contra piel y el sofá crujiendo bajo nosotros. Cada vez que salía casi por completo y volvía a hundirse, yo sentía cómo me abría otra vez y me llenaba hasta el fondo. El dolor ya no estaba; quedaba solo el placer bruto de esa invasión constante.

Me agarró del pelo y me arqueó más la espalda. Con la otra mano me aferró la cintura y me bombeó sin piedad. Yo gemía con la boca abierta, babeando sobre la alfombra, dejándome usar porque estaba exactamente donde quería estar.

—Así, carajo… así —decía él entre dientes—. Mirá cómo te entra. Mirá cómo te cojo ese culo.

Cada frase me excitaba más. Me gusta que me hablen sucio cuando lo están haciendo de verdad, no cuando recitan. Y él lo decía desde el esfuerzo, desde el deseo, con la respiración cortada y la pelvis golpeándome una y otra vez.

Al cabo de unos minutos me cambió de posición. Me subió más al sofá y dejó mi torso colgando por el apoyabrazos, con las tetas apretadas contra la tela y las rodillas hundidas en el almohadón. Desde ahí me abrió todavía más. Volvió a metérmela de una embestida larga y yo grité sin contenerme.

Me cogió así a un ritmo duro, constante, con una mano entre mis omóplatos para mantenerme abajo y la otra clavada en mi cadera. Cada golpe me sacudía el cuerpo entero. Yo no pensaba en nada más. Ni en mi ex, ni en el trabajo del día siguiente, ni en el nombre de nadie. Solo en esa verga entrando y saliendo de mi culo como si me estuviera borrando y escribiendo de nuevo.

Quise tocarme, pero él me agarró la muñeca y me la llevó a la espalda.

—No. Quedate así y recibime.

Ese gesto de dominio me calentó de una manera absurda. Obedecí, gimiendo más fuerte, y me limité a abrir más las piernas para dejarle mejor acceso. Él aprovechó y aceleró. Ya no me cogía; me taladraba. Cada embestida me hacía estremecer y apretar alrededor de su verga.

—Me vas a hacer correrme así —le dije, con la voz rota.

—Corréte, entonces. Quiero sentirte temblar.

Me dio un par de palmadas más en el culo, esta vez fuertes de verdad, y siguió bombeando sin compasión. Entre el ardor de los golpes, la presión anal y sus palabras, terminé explotando. No fue un orgasmo delicado; fue un espasmo brutal que me cerró las piernas y me hizo gemir como una descarada, temblando debajo de él.

Él no aflojó. Al contrario, siguió aprovechando cada contracción, gruñendo de placer, clavándome la verga con más violencia todavía. Yo estaba sensible, casi mareada, pero quería más. Le pedí más. Siempre que estoy así, abierta y temblando, se me va cualquier rastro de pudor.

Me tiró del pelo para incorporarme y se sentó en el sofá sin salirse. Quedé montada sobre él, de espaldas, con su verga todavía enterrada en mi culo y mi espalda pegada a su pecho. Me rodeó la cintura con un brazo y con la otra mano me sostuvo del cuello, no ahorcándome, solo sujetándome con firmeza.

Desde esa posición empezó a levantarme y bajarme sobre su polla, guiando el movimiento a su antojo. Yo apenas colaboraba, dejándome manejar, sintiendo cómo entraba una y otra vez mientras mis muslos chocaban con los suyos. Me besaba el cuello, me mordía la oreja y me decía guarradas al oído.

—Te queda perfecta. Este culo estaba hecho para que me corra adentro.

Yo contesté con un gemido y eché la cabeza hacia atrás sobre su hombro. Sentía su respiración caliente, sus brazos duros alrededor mío y el golpeteo constante desde abajo. Fue demasiado. El placer me volvió a subir como una ola, más extendido, más profundo.

Se corrió de golpe, con una serie de embestidas cortas y desesperadas. Lo sentí temblar entero detrás de mí y después noté el calor espeso llenándome por dentro, enterrado en mi culo. Ese momento me dejó sin aire. Me encanta sentir una corrida así, adentro, después de una buena cogida anal. Hay algo obsceno y perfecto en esa sensación de plenitud.

Se quedó quieto unos segundos, abrazándome, los dos respirando como si hubiéramos corrido una maratón. Después me soltó despacio y me hizo sentar a su lado. Nos miramos y nos reímos con esa complicidad sucia que solo aparece después del buen sexo.

Pero no había terminado.

Me incliné de nuevo entre sus piernas y me la llevé a la boca. Todavía estaba sensible, semidura, manchada de saliva y de nosotros. La chupé con calma esta vez, saboreándolo, limpiándolo, lamiendo la base y después la punta hasta dejarla otra vez brillante. Él me acariciaba el pelo en silencio, completamente rendido.

—No sé qué hiciste conmigo esta noche —dijo al fin.

Le di un beso en el muslo y volví a mamársela un poco antes de responder.

—Lo mismo que vos conmigo.

Nos quedamos un rato más besándonos en el sofá, desnudos a medias, con el cuarto oliendo a sexo, perfume y mar. Yo me sentía distinta. No enamorada, no ilusionada de forma tonta, sino despierta. Como si ese encuentro me hubiera sacado de encima un luto inútil y me hubiera recordado quién era cuando dejaba de mirar hacia atrás.

Fue la primera vez que estuvimos juntos y alcanzó para dejarme una marca. No por promesas ni por romanticismo, sino por la manera brutal y honesta en que nos deseamos desde el primer minuto. A veces una reconoce enseguida al hombre que va a desordenarle la vida, aunque todavía no sepa hasta dónde.

Y aquella noche, en ese hotel frente al mar, yo lo reconocí apenas cerré la puerta.

Lo que pasa en los relatos también pasa en la vida real: descubrí escorts en La Plata.

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Comentarios(2)

Tere_Cba

Dios mio que calor... se hizo cortisimo, por favor mas!

Pedro_Lomas

Una confesion de esas no se olvida. El detalle de la playa y el hotel esta muy bien puesto, le da ese clima que uno necesita para meterse en la historia. Espero la continuacion.

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