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Relatos Ardientes

Cómo acepté mirar mientras se follaban a mi esposa

No voy a dar mi nombre real ni el de mi mujer, pero sí voy a contar esto como pasó, porque durante años fingí que todo había sido una salida desesperada y la verdad es que dejó de serlo muy pronto. Hoy sigo casado, seguimos juntos, y lo que al principio nos revolvió el estómago terminó convirtiéndose en la parte más intensa de nuestra vida sexual.

Si alguien me hubiera dicho que acabaría excitándome mientras otro hombre se follaba a mi esposa delante de mí, o peor todavía, mientras yo lo miraba escondido sin tocarla, me habría reído en su cara. Yo era celoso, orgulloso y bastante clásico con esas cosas. Pero también era un hombre ahogado, con deudas, trabajo inestable y tres bocas pequeñas que alimentar en casa.

Mi esposa, a la que voy a llamar Mara, fue quien puso la idea sobre la mesa una noche de números, cuentas vencidas y silencio. Teníamos la renta atrasada, el refrigerador medio vacío y esa sensación asquerosa de estar a un paso de irnos al carajo. El administrador del edificio tenía fama de aprovecharse de las mujeres que no podían pagar a tiempo. Ya se comentaba entre vecinos, en voz baja, como se comentan las cosas sucias que todos saben y nadie quiere decir en alto.

—Podría hablar con él —me dijo Mara, sin mirarme al principio.

—No —respondí de inmediato.

—Escúchame.

—No hay nada que escuchar.

Ella levantó los ojos y sostuvo mi mirada. No lloraba. No temblaba. Eso fue lo que más me descolocó. No hablaba como una víctima, sino como una mujer que estaba viendo una salida donde yo solo veía orgullo herido.

—Prefiero acostarme con un cabrón una vez a que nuestros hijos terminen en la calle.

Esas palabras me dieron una punzada en el pecho. Quise decirle que no hacía falta, que ya resolvería algo, que era una locura. Pero la renta seguía allí, la comida seguía faltando y yo seguía sin tener una solución real. Discutimos durante horas. Dije que no una y otra vez. Al final, acepté por agotamiento, por miedo y por esa vergüenza insoportable de no estar pudiendo sostener mi casa.

Mara era una mujer que llamaba la atención sin proponérselo. Morena clara, cabello oscuro hasta media espalda, caderas anchas, tetas grandes y culo redondo, pesado, de esos que hacen que más de uno gire la cabeza. Yo conocía el efecto que provocaba. Lo conocía demasiado bien. Y quizá por eso, incluso antes de que todo ocurriera, una parte de mí ya intuía lo que iba a pasar cuando otro hombre la tuviera enfrente y con permiso.

La mañana que quedó arreglado llevamos a los niños a sus actividades y volvimos al departamento en silencio. El administrador, al que llamaré Salas, llegaría una hora después. Mara se bañó con calma. Yo no podía ni sentarme quieto. Caminaba de un lado a otro, con la boca seca, sintiéndome un cobarde y un hijo de puta.

—Podemos echarlo para atrás —le dije cuando salió del baño envuelta en una toalla.

—No. Si lo vamos a hacer, lo vamos a hacer de una vez.

Se vistió despacio: una blusa ligera, falda ajustada y sandalias. Nada exagerado, nada teatral. Eso lo volvió más real. No parecía una fantasía; parecía una negociación sucia que nos estaba pasando de verdad.

Yo iba a esconderme por idea mía. Quería estar cerca por si algo se salía de control, eso me dije entonces. La realidad era más enredada. Necesitaba saberlo todo. Necesitaba oírlo. Necesitaba ver, aunque en ese momento todavía no me atreviera a reconocerlo.

Me metí debajo de la cama del cuarto principal poco antes de que tocaran la puerta. Desde ahí solo podía ver el borde del colchón, las piernas de quien entrara y una franja de luz. Escuché a Mara abrir. Escuché la voz grave de Salas, demasiado cómoda, demasiado segura.

—Así que al fin quisiste hablar en serio —dijo él.

—Quiero resolver esto —respondió ella.

Se escucharon pasos, una silla arrastrándose, el golpe leve de un vaso sobre la mesa. Hablaron de dinero unos minutos, pero era una formalidad asquerosa. Los dos sabían para qué estaba ahí. Yo, debajo de la cama, tenía el corazón golpeándome en las costillas y una presión caliente en la entrepierna que me llenó de rabia. Me estaba excitando y eso me hizo sentir peor.

Salas entró al cuarto primero. Vi sus zapatos, el bajo del pantalón, su paso lento. Mara entró detrás. Cerró la puerta. Hubo un silencio breve, pesado, y luego él habló más bajo.

—Si no quieres, todavía puedes decir que no.

—Hazlo rápido —respondió ella.

Yo apreté los dientes. Escuché el roce de la ropa. Vi la falda de Mara subir por sus muslos, primero con torpeza, luego de un tirón. Ella soltó aire por la nariz, como si se estuviera obligando a mantenerse firme. Salas la besó. Lo supe por el sonido húmedo de las bocas, por el leve choque contra la pared.

—Relájate —murmuró él.

—Solo termina.

Pero no terminó rápido. Oí cómo la manoseaba por encima de la ropa, cómo ella contenía los gemidos al principio. Luego la tela crujió. Una prenda cayó al suelo. Después otra. Vi sus sandalias desaparecer de mi ángulo y sus pies descalzos moverse sobre el piso. Salas la llevó hasta la cama. El colchón se hundió encima de mí y tuve que morderme el puño para no emitir un sonido.

—Abre las piernas —dijo él.

No escuché que ella respondiera, pero sí el roce de sus muslos separándose. Después llegó el sonido inequívoco de unos dedos metiéndose entre sus labios, el chapoteo suave de su coño empezando a mojarse. Ahí fue cuando algo cambió por dentro de mí, porque Mara soltó un gemido que no sonó fingido.

—Mierda —dijo él—. Estás mojada.

—No hables —susurró ella, con la respiración más agitada.

Me había dicho que lo haría por necesidad. Yo le había creído. Pero escucharla excitándose bajo otro hombre me golpeó con una mezcla brutal de celos, humillación y un morbo que me puso la polla dura como piedra debajo de la cama. Recuerdo haber pensado esto está mal al mismo tiempo que quería más.

Salas le bajó la ropa interior. La tela cayó tan cerca de mi cara que pude reconocerla. Luego oí cómo se arrodillaba frente a la cama. Mara jadeó más fuerte.

—¿Así de dulce sabes? —murmuró él, y enseguida el sonido de su boca entre sus piernas llenó el cuarto.

Mara intentó contenerse durante unos segundos, pero no duró. Sus manos arañaron el cubrecama y su voz cambió por completo.

—Ah... sí... así...

Escuchar a mi mujer recibiendo lengua de otro hombre, escuchar cómo abría más las piernas y se retorcía mientras él le lamía el coño con ganas, fue la primera vez que me corrí una idea de lo que después se volvería necesidad. Yo estaba inmóvil, respirando apenas, con la polla atrapada en el pantalón y la cabeza hirviendo. La lengua de ese tipo sonaba sucia, insistente. Mara gemía cada vez más alto.

—Te gusta, ¿verdad? —le preguntó él.

—Sigue... no pares...

Eso me remató. No era una mujer aguantando por sacrificio. Era mi esposa poniéndose caliente de verdad. Salas chupó con más fuerza, metió dos dedos, los sacó y volvió a meterlos. Mara soltó un grito corto y comenzó a moverse contra su cara.

—Me voy a correr —dijo ella, con la voz rota.

—Hazlo.

El orgasmo le llegó antes de que él se la metiera. Lo sentí por el temblor del colchón, por el espasmo de sus piernas, por ese gemido largo y descontrolado que soltó sin poder evitarlo. Yo cerré los ojos debajo de la cama y por primera vez me toqué. Apenas me agarré la polla, ya dura y húmeda, y tuve que contenerme para no correrme allí mismo.

Después vino el sonido de una hebilla, una cremallera y el roce de una mano agarrando carne. Salas escupió en su mano. Lo oí claramente.

—Mírame —le ordenó.

—Hazlo ya.

La primera embestida fue seca, profunda. Mara gritó y el colchón crujió con violencia. Yo me sobresalté debajo, con la frente pegada a la madera. Él se la estaba follando de verdad, sin delicadeza, entrando hasta el fondo. Mara maldijo, jadeó, pidió un segundo y luego, en lugar de apartarlo, abrió más las piernas.

—Joder... qué apretada estás —gruñó él.

—No pares ahora.

Y no paró. Empezó a darle con un ritmo fuerte, constante, cada vez más sucio. La cama golpeaba la pared. Los muslos de Mara chocaban contra los de él. Cada metida sonaba húmeda porque ella seguía empapada de la boca y de sus propios fluidos. Yo, debajo, me masturbaba muy despacio, casi con miedo, mientras escuchaba a mi mujer gemir para otro.

—¿Así te folla tu marido? —preguntó Salas entre jadeos.

Hubo un segundo de silencio y luego Mara respondió algo que todavía recuerdo demasiado bien.

—Ahora no hables de él.

Sentí la humillación como un trago de alcohol fuerte y, para mi vergüenza, también sentí más placer. Me agarré la polla con más fuerza. Ella estaba ahí arriba, a centímetros de mí, recibiendo una verga ajena mientras me borraba de la escena con una sola frase. Esa mezcla me terminó de romper la cabeza.

Salas la puso boca abajo. Lo supe por el movimiento brusco del colchón y por cómo cambió el ángulo de sus gemidos. Le abrió las piernas desde atrás y volvió a metérsela de una sola vez. Mara gimió contra la sábana.

—Sí, así... así...

—Tienes un culo de locura —dijo él, dándole una nalgada seca que sonó por todo el cuarto.

Mara se quejó, pero no para detenerlo. Otra nalgada. Otra embestida profunda. Él la sujetaba por la cadera y la follaba con hambre, haciendo sonar cada golpe de pelvis contra su culo. Yo ya no estaba escuchando solo por necesidad ni por vigilancia. Yo estaba entregado al espectáculo, con la polla latiéndome en la mano y la boca entreabierta como un imbécil.

Cuando él anunció que se corría, Mara solo dijo:

—Hazlo afuera.

Salas salió y se corrió sobre su espalda y sus nalgas. Oí la respiración de ambos bajar poco a poco. Después hubo un silencio espeso. Yo esperé a que se fueran. Cuando por fin salí de debajo de la cama, Mara seguía desnuda, sentada al borde, limpiándose con una toalla pequeña. Nos miramos durante varios segundos.

—¿Estás bien? —pregunté.

—Sí —dijo ella.

—¿Te dolió?

—Un poco.

Quise creer que esa era la conversación importante. No lo era. La pregunta que me estaba pudriendo por dentro salió sola.

—¿Te gustó?

Mara tardó unos segundos. Luego asintió.

—Sí. Y sé que tú también estás excitado.

Bajé la vista. Tenía el pantalón marcado sin remedio. Ella se levantó, desnuda todavía, se acercó y me metió la mano por dentro. Me encontró la polla dura y soltó una media sonrisa cansada.

—No me mientas.

Esa tarde follamos nosotros como animales. Yo seguía trastornado por lo que había oído y visto a medias. La puse a cuatro sobre la misma cama y la penetré oliendo todavía el rastro de otro hombre en su piel. Le agarré el pelo, le abrí más las piernas y la follé con rabia, con vergüenza, con necesidad de reclamar algo que sentía mío y ya no era tan simple.

—¿Así te cogió? —le pregunté, empujando fuerte.

—Más despacio... no... joder, sigue —respondió, temblando.

Le metí los dedos en la boca para callarla y seguí dándole hasta hacerla correrse otra vez. Cuando me vine dentro de ella, estaba más confundido que nunca. Y más excitado que en mucho tiempo.

***

Lo que iba a ser una sola vez no lo fue. La deuda era mayor de lo que queríamos admitir y Salas aceptó reducirnos pagos cada vez que Mara volvía a recibirlo. Las primeras ocasiones yo seguí escondiéndome, pero ya no por seguridad. Lo hacía para escucharla relajarse más rápido, para oír cómo negociaba menos y disfrutaba antes.

Con el paso de las semanas cambié de sitio. Primero miraba por una rendija del armario. Después detrás de la puerta. Luego, una tarde, Mara me dijo algo que terminó de abrir la puerta de todo.

—Si vas a mirar, mira bien.

Yo estaba en la sala cuando lo dijo. Salas aún no llegaba. Ella se estaba pintando los labios frente al espejo con una naturalidad que me desarmó.

—¿Qué quieres decir?

—Que dejes de esconderte como si esto no te pusiera caliente.

No supe qué contestar, porque era verdad. Me ponía demasiado caliente. A esa altura ya me había corrido más de una vez escuchándola coger con otro. La vergüenza seguía allí, pero la excitación era más fuerte.

Aquella tarde me quedé en una silla, a un lado de la habitación, mientras Salas se follaba a mi mujer a pocos metros. No me habló. Ella tampoco, al principio. Yo solo miré. Vi cómo él le bajaba el vestido hasta la cintura y le chupaba una teta mientras la apretaba de las nalgas. Vi la expresión de Mara cambiar cuando él le metió la mano entre las piernas y encontró su coño ya mojado.

—Mírala —dijo Salas, girando la cabeza hacia mí—. Ni siquiera tuve que calentarla mucho.

Eso me dio una descarga brutal en la polla. Mara me sostuvo la mirada mientras él le lamía el pezón y le frotaba el clítoris con dos dedos.

—No pongas esa cara —me dijo ella—. Sabes que quieres ver.

La vi arrodillarse para chuparle la verga. Ahí fue la primera vez que sentí un nudo de celos tan fuerte que casi me levanto a detenerlo. Pero no me moví. Salas le agarró el pelo y le metió la polla en la boca con lentitud primero, luego más hondo. Mara babeaba, tosiendo apenas, y aun así seguía. Yo veía cómo la saliva le chorreaba por la barbilla, cómo su boca trabajaba esa verga que no era mía, y lo único que pude hacer fue desabrocharme el pantalón y empezar a masturbarme delante de ambos.

—Eso es —dijo Salas, sin dejar de follarle la boca—. Mira cómo traga tu esposa.

Mara sacó la polla un instante y me miró con los ojos húmedos.

—Tócate. No apartes la vista.

Lo dijo con una autoridad nueva. Yo obedecí. Me la agarré con toda la mano, subiendo y bajando mientras veía cómo ella volvía a meterlo en la boca, cómo lo chupaba con hambre, cómo se dejaba usar de una manera que, lejos de destruirnos, nos estaba revelando algo muy oscuro de nosotros mismos.

Después Salas la puso de espaldas sobre el borde de la cama y se la metió mientras yo estaba a menos de dos metros. Vi cómo la cabeza de su verga desaparecía entre los labios hinchados de mi mujer. Vi su coño abrirse y tragarlo. Vi cómo ella se agarraba las tetas, apretándolas, con la boca abierta y la voz convertida en gemidos roncos.

—Más fuerte —pidió Mara.

Él se rió y le dio exactamente eso. La folló con embestidas secas, rápidas, haciendo temblar sus pechos a cada golpe. Yo me masturbaba mirando cómo su pelvis recibía cada metida, cómo su cuerpo entero reaccionaba a esa verga ajena. Cuando ella se corrió, su coño apretó tanto que hasta yo lo noté desde la expresión de Salas.

—Aprieta como una loca —gruñó él.

Yo me vine segundos después, sobre mi mano y mi abdomen, sin apartar la vista. Ese fue el día en que acepté que ya no era un accidente ni una emergencia. Me estaba gustando ser el que mira.

***

Con el tiempo dejamos de depender de eso para pagar cuentas, pero no dejamos de hacerlo. Encontré trabajo estable, las deudas bajaron, la vida se ordenó por fuera. Por dentro, en cambio, ya habíamos cruzado una línea. La rutina normal nos supo a poco. Después de haber probado ese nivel de tensión, de humillación compartida y deseo desatado, volver a fingir una pareja convencional se sentía tibio.

Lo hablamos con franqueza una noche, después de que los niños se durmieran.

—Podemos dejarlo aquí —dije.

—¿Quieres dejarlo? —preguntó Mara.

La forma en que lo dijo me obligó a ser honesto.

—No.

Ella sonrió apenas.

—Yo tampoco.

A partir de ahí dejamos de hacerlo por necesidad y empezamos a hacerlo por puro morbo. A veces con hombres que conocíamos en bares o por mensajes discretos. A veces con desconocidos elegidos por ella. Siempre con reglas, siempre con cuidado. Pero la esencia era la misma: verla desear, verla abrirse para otro, verla correrse mientras yo estaba cerca, mirando, escuchando, tragándome esa mezcla de orgullo herido y calentura animal.

Lo más fuerte para mí siempre fueron las apuestas. No por el dinero, sino por el simbolismo. Poner algo en juego, perder y saber que la consecuencia es verla irse con otro, es una descarga mental difícil de explicar si no la has sentido. Hay algo brutalmente morboso en convertir a tu propia esposa en el premio de una derrota consentida.

La última vez que lo hicimos así fue en un departamento prestado para una reunión pequeña. Terminamos jugando cartas con dos hombres que apenas conocíamos y una tensión tan evidente que nadie fingía otra cosa. Mara llevaba un vestido negro sencillo y una mirada de esas que me avisan que voy a salir de ahí temblando.

Perdí a propósito. No del todo a propósito, me gusta decirme, pero la verdad es que cuando vi a uno de ellos tocarle la rodilla por debajo de la mesa ya quería perder. Mara lo entendió antes de que yo hablara. Cruzó las piernas, bebió un sorbo y me sostuvo la mirada.

—Entonces ya sabes lo que sigue —dijo uno de ellos, sonriendo.

Se fueron al cuarto sin prisa. Yo tardé un minuto en seguirlos y me quedé del otro lado de la puerta entreabierta. Vi cómo él la besaba contra la pared mientras ella le desabrochaba el pantalón. Vi cómo se arrodillaba y le sacaba la verga, gruesa, ya dura, para empezar a chupársela con esa concentración obscena que a mí me vuelve loco. Su lengua recorría el tronco, sus labios se cerraban, la saliva le brillaba en la barbilla y él le agarraba el cabello con la mano entera.

—Te encanta hacer esto —le dijo él.

Mara levantó los ojos hacia mí por encima de la verga que estaba chupando. No respondió con palabras. Metió más, tragando hasta donde pudo, y ese gesto fue respuesta suficiente para ambos.

Después él la alzó de los muslos y la sentó en el borde de la cama. Le abrió las piernas y empezó a lamerle el coño con una ansiedad voraz. Mara apoyó una mano atrás para sostenerse y con la otra se agarró una teta por encima del vestido bajado. Sus gemidos eran claros, adultos, desvergonzados. Nada de timidez. Nada de sacrificio. Puro gusto.

Yo me toqué desde la puerta, apretándome la polla con fuerza mientras veía su coño abrirse bajo la lengua de otro. Él no tardó en meterle dos dedos y luego tres. Mara soltó un gemido ronco.

—No me hagas esperar —dijo ella.

Eso bastó. Él se puso de pie, se acomodó la verga y se la fue metiendo poco a poco. Mara cerró los ojos y echó la cabeza atrás mientras el hombre la penetraba entera. Cuando estuvo dentro hasta el fondo, se quedó quieto un segundo, disfrutando cómo la llenaba. Luego empezó a follársela con un ritmo lento, pesado, que fue acelerando a medida que ella se mojaba más.

—Joder, qué bien te recibe —gruñó él.

—Dale más —pidió Mara, abriéndose con descaro.

Y él le dio más. Le agarró una pierna por encima de su hombro y empezó a embestir con fuerza, cada metida sacándole un sonido distinto. El cuarto se llenó del golpe de carne contra carne, de la respiración rota de los dos, de ese olor caliente a sexo reciente que me vuelve animal. Yo me acariciaba cada vez más rápido, clavado en la puerta, viendo cómo la polla de otro desaparecía una y otra vez dentro de la mujer con la que comparto la vida.

Mara se corrió primero, apretando los muslos, arañando la sábana y diciendo una sarta de palabras sucias que no le había escuchado antes. Él siguió dándole sin compasión, aprovechando esas contracciones. Luego la giró, la inclinó sobre la cama y se la metió por detrás, abriéndole las nalgas con ambas manos para verla entrar mejor.

—Así te quería —dijo, dándole una nalgada.

—No pares —contestó ella, con la voz ahogada.

La folló así hasta que estuvo al límite. Cuando anunció que se corría, Mara se giró medio cuerpo y le ordenó:

—En la boca.

Él salió de golpe, la agarró del mentón y se la puso entre los labios. Mara chupó un par de veces y recibió la corrida en la lengua y la cara. No apartó la cabeza. Tragó lo que pudo, se limpió con los dedos y luego los chupó despacio, mirándome a mí.

Yo me corrí en ese instante, con un jadeo que ya no pude disimular. Mara sonrió apenas, satisfecha, como si ese fuera siempre el final que buscaba: otro hombre descargándose sobre ella y yo derrumbándome al mirar.

No sé si esto sirve como advertencia, confesión o invitación. Solo sé que una puerta que se abre por desesperación puede quedarse abierta por deseo. Yo entré a esto creyendo que estaba perdiendo algo. Con los años entendí que estaba descubriendo una parte de mí que nunca habría admitido sin tocar fondo primero.

Sigo amando a mi esposa. Ella sigue eligiendo volver a mi cama. Y yo sigo excitándome de una manera casi obscena cuando la veo entregarse a otro hombre y después volver conmigo con el cuerpo tibio, el coño sensible y la mirada encendida. Llámenlo como quieran: infidelidad pactada, voyeurismo, cornudo, morbo. Yo ya no me escondo de la palabra. Me excita mirar. Me excita saber. Y me excita, más de lo que me atrevería a decir en voz alta fuera de aquí, ver cómo se follan a mi mujer.

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Comentarios(2)

Nachito_77

Tremendo relato, una de las confesiones mas honestas que lei aca. Bravo!

CamilaRdt

Me quede con ganas de mas... ¿hay segunda parte? Porfa que siga

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