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Relatos Ardientes

La noche que salí a vengarme de mi novio infiel

Me llamo Carla y tengo veintiocho años. No lo cuento por presumir, pero soy de las que atraen miradas cuando entran a un sitio, y durante mucho tiempo eso me importó más de lo que me gustaría admitir. Soy delgada, mido un metro setenta y dos, tengo el pelo castaño hasta media espalda y unos ojos color miel que, según me han dicho, no se olvidan fácil. Esa noche, sin embargo, no quería que nadie recordara mi cara. Quería que la recordara una sola persona, y por las peores razones.

Estoy revisando unas fotos viejas en el teléfono y me topo con una de aquella época. Me quedo mirándola un rato largo. No soy la misma de entonces; era más impulsiva, más reactiva, más dispuesta a hacerme daño con tal de devolver el golpe. No vengo a justificarme. Hice algo de lo que no me siento orgullosa, y a la vez algo que me enseñó cosas sobre mí que tardé años en entender del todo. Así que voy a contarlo como fue, sin maquillaje.

Por aquel entonces salía con Diego. Era guapo, divertido, tenía su gracia, y la verdad es que con él me reía como con pocos. El problema era que desaparecía. Pasaba dos o tres días sin dar señales de vida, contestaba con monosílabos, ponía excusas que ni él se creía. Yo le daba vueltas y vueltas en la cabeza, esa clase de vueltas que te quitan el sueño y te dejan revisando conversaciones a las tres de la mañana.

Lo había hecho ya un par de veces antes, pero aquella vez fue distinto. Lo noté demasiado pegado a una compañera de trabajo. Demasiado. Y un amigo suyo, en una de esas, se fue de la lengua sin querer. Al principio no le di importancia. Después empezó otra vez con lo de no quedar, lo de evaporarse, y entonces sí lo vi todo claro, con una claridad que dolía.

Llamé a Sara, mi mejor amiga, y le conté entre lágrimas lo que estaba pasando. Quedamos en salir esa misma noche. Mientras hablaba con ella y lloraba lo que tenía que llorar, ya se me iba formando otra idea en la cabeza, una mucho menos sana.

—¿Salimos a despejarnos? —me dijo Sara.

—Salimos a algo más que despejarnos —contesté yo.

Empecé a probarme ropa y me di cuenta de que aquella noche no buscaba pasármelo bien, sino que me miraran. Elegí algo corto, ajustado y llamativo. Mientras me arreglaba, Sara me volvió a llamar y me propuso ir a una zona cercana a donde solían salir los amigos de Diego. Al principio la idea no me convencía: si iba a salir vestida así, no era plan de hacerlo delante de su gente. Pero ella insistió.

—Que te vean sus amigos —dijo—. Que se lo cuenten. Que rabie.

Con los años he aprendido que esas cosas no llevan a ningún lado bueno, que lo más sano habría sido quedarme en casa y cortar por lo sano. Pero entonces no era esa Carla. Entonces era la que quería liarla, y para qué mentir, también la que tenía ganas de sentirse deseada por una vez.

Cuando terminé de prepararme, bajé y cogimos el metro. Llevaba una minifalda ajustada color crema, bastante corta, con unas botas altas de mucho tacón y un top palabra de honor que tapaba lo justo. Debajo, medias que dejaban ver esa franja de piel entre el borde de la falda y el encaje, y un tanga tan mínimo que se me marcaba el coño depilado bajo la tela de la falda cada vez que me movía. Me había pasado un buen rato alisándome el pelo. En el vagón noté enseguida las miradas; algunos disimulaban, otros me miraban sin ningún reparo, de arriba abajo, durante todo el trayecto. Y a mí, esa noche, me gustaba.

—Vamos antes a ese bar y nos tomamos algo —le dije a Sara.

Ella me miró sorprendida. No soy de bebidas fuertes; lo mío es una cerveza, un vino y poco más. Pedí una copa, una sola, porque nada más entrar entendí que no me hacía falta nada para conseguir lo que había venido a buscar. Atraía justo la atención que quería. Cruzamos un par de palabras con unos chicos y después nos cambiamos a un local donde se pudiera bailar, a ver si nos topábamos con la gente de Diego.

***

Y nos topamos. Sara estuvo atenta toda la noche, y en un momento se acercó a uno de sus amigos como quien no quiere la cosa. Volvió con la cara descompuesta. Diego había dicho que tenía planes, que no podía salir, una de esas excusas vagas que solo se inventan cuando hay algo que esconder. Ni siquiera sus amigos sabían dónde estaba.

Aquello me terminó de encender, pero no de la manera buena. Me sentí una basura. Estaba deshecha por dentro. Las otras veces había preferido no enterarme, no indagar; aquella vez sí, y la realidad me cayó encima de golpe. Salí a la calle con Sara a tomar aire y a tragarme las ganas de llorar.

—Vámonos a casa —me dijo ella, preocupada.

Iba a decirle que sí cuando unos chicos nos propusieron entrar de nuevo y tomar algo con ellos. Me dejé llevar. Él no me respeta ni me desea, pensé, y a mí me basta con moverme un poco para tener encima la mirada de medio bar. A lo mejor estos sí me valoran, aunque sea por una noche.

Entré, dejé que me invitaran y, copa a copa, fui sintiéndome más cómoda. Empecé a seguirles el juego a los comentarios, a las insinuaciones, y cada paso me metía un poco más adentro de aquella situación. Tenía ganas de jugar, de ir más allá, de terminar la noche en cualquier sitio menos en mi cama vacía. Sara se dio cuenta. La verdad es que se portó como una reina: cuando vio por dónde iba la cosa, me avisó de que se marchaba y me dejó con una frase clara.

—Tú sabrás lo que haces.

Entre baile, roces y miradas conocí a un grupo de chicos que saludaban a la gente de Diego, así que algo le llegaría. Uno de ellos fue a por mí sin rodeos. No era guapo, ni mucho menos; era más bien ancho, mayor que yo, con una cara nada especial. Pero tenía un punto de brusquedad que me desarmó. Esa manera de hablarme sin pedir permiso, ese «ven aquí» que no admitía dudas, me calentó de una forma que no me esperaba. Si no hubiese sido por esa actitud, ni me habría fijado en él. Pero entre halagos, risas y manos que se demoraban demasiado, me dejé llevar. Quizá demasiado.

***

En una de esas lo acompañé al baño. Entré con él sin que nadie dijera nada y, con la puerta cerrada, me solté como pocas veces. Me agarró de la cintura, me pegó a su cuerpo y me metió la lengua en la boca sin preguntar, chupándome los labios y mordiéndome hasta que noté el sabor a hierro en la boca. Bajó las manos, me estrujó el culo por encima de la falda y me la subió de un tirón hasta la cintura, dejándome el tanga a la vista bajo la luz blanca del baño. Me metió dos dedos por el borde de la tela, encontró el coño ya empapado y soltó una risa seca.

—Mírate cómo estás, guarra —me dijo al oído—. Chorreando y todavía no te he tocado.

Se abrió el pantalón y se sacó la polla delante de mí. Era gorda, mucho más gorda de lo que su cara ancha y aburrida hacía sospechar, y la tenía ya empinada, con la punta brillante. Me puso una mano en la nuca y me empujó hacia abajo sin decir nada más. Me arrodillé sobre las baldosas sucias del baño y me la metí en la boca hasta la garganta, tragándomela entera. Empecé a mamársela con hambre, sujetándole los huevos con una mano y masturbándole la base con la otra, dejando que el hilo de baba me cayera por la barbilla hasta las tetas. Me cogió del pelo con las dos manos y empezó a follarme la boca a su ritmo, sin dejarme respirar, mientras yo me atragantaba y me lloraban los ojos.

—Así, puta, que se te corra el rímel —me soltó—. Que se te note en la cara lo que has estado haciendo.

Me sacó la polla de la boca de un tirón y me levantó del pelo. Me giró, me puso de pie contra la pared, me terminó de subir la falda y me apartó el tanga con la mano de un manotazo. Me aplastó la cara contra los azulejos fríos, me abrió las piernas de una patada al tobillo y me metió la polla de una sola embestida, hasta el fondo. Grité contra los azulejos y él me tapó la boca con la mano.

—Calla, que van a oírte fuera.

Empezó a empujarme una y otra vez, cada embestida con más fuerza, mientras yo intentaba sostenerme contra la pared con las manos abiertas. Con la otra mano me bajó el top, me sacó las tetas y me apretó los pezones con dos dedos, retorciéndomelos hasta que se me escapó un gemido a través de su palma. Me follaba con una violencia que yo no había sentido nunca, agarrándome del pelo y usándomelo como riendas para clavarme el culo contra su polla en cada embestida. Notaba cómo su verga me llegaba hasta un punto que Diego nunca había tocado, cómo se retiraba entera y volvía a entrar de un golpe seco, cómo el ruido húmedo de mi coño llenaba el baño por encima de la música del bar.

No duré nada. Me corrí contra los azulejos con la boca todavía tapada, temblando de pies a cabeza, apretándole la polla con el coño hasta que él soltó un gruñido. Necesitaba exactamente eso: que alguien me tratara así, que me hiciera sentir deseada hasta el límite. Él no paró cuando me corrí; siguió empujando, aprovechando que yo estaba todavía ida, hasta que quiso. Y cuando por fin lo hizo, fue solo porque le apetecía dejarlo a medias. Sacó la polla brillante y palpitante, me la restregó por el culo un par de veces y se quedó ahí, respirando en mi nuca. Lo del baño, me dijo, había sido apenas el calentamiento.

Nos arreglamos la ropa, salimos y nadie nos miró raro, aunque yo notaba mi propio coño empapado goteándome por el interior del muslo bajo las medias. Seguimos cerca un rato más, y entonces me dijo que lo acompañara, que lo de antes no contaba. Agaché la cabeza y lo seguí sin preguntar, sabiendo que lo que venía sería distinto. Y lo fue.

No había ninguna casa, ningún plan cómodo. Me llevó a una calle apartada, oscura, sin un alma, y me empujó contra él entre dos coches aparcados. «Aquí mismo, que es lo que te mereces», me soltó, y unas cuantas cosas más que prefiero no repetir. Y eso, en aquel estado, me puso a mil. No sé si era la situación, el frío, la forma en que me manejaba como a una muñeca, pero estaba completamente ida y me gustaba estarlo.

Hizo conmigo lo que quiso. Por poco no me arranca la ropa; me bajó el top de un tirón hasta la cintura, me sacó las tetas al aire de la noche y me arrancó el tanga con las dos manos, dejándomelo colgando de una pierna. Me echó sobre el capó de uno de los coches, boca arriba, con las botas todavía puestas y las piernas abiertas de par en par. Me escupió en el coño y se metió dos dedos hasta el fondo, moviéndomelos en círculos mientras me miraba la cara.

—Mira cómo te abres, zorra. Mira cómo pides más.

Se sacó la polla otra vez y me la clavó de una sola embestida, sin pausa, sin dejarme respirar. Empezó a empujar como si le fuera la vida en ello, con un ímpetu que me subía la temperatura a cada segundo, con el capó frío quemándome la espalda desnuda. Me miraba a los ojos mientras me penetraba, me agarraba de los pechos como si fueran asas para sujetarme y usarme a su gusto, retorciéndome los pezones cada vez que se salía y volvía a entrar. Yo intentaba no gemir, no hacer ruido, no llamar la atención de nadie, pero por dentro tenía unas ganas de gritar como no recordaba, y se me escapaban gemidos ahogados en cada embestida.

Me levantó del capó, me giró y me dobló sobre él boca abajo, con las tetas aplastadas contra el metal frío y el culo en pompa apuntando a la calle. Me abrió las nalgas con las dos manos y me miró.

—Menudo culo tienes, puta. Se lo has estado enseñando toda la noche a medio bar.

Me volvió a meter la polla en el coño y se puso a follarme por detrás, cada embestida más fuerte que la anterior, con las caderas chocándome contra las nalgas y haciendo un ruido seco que rebotaba entre los coches. Me chupó el dedo pulgar y me lo apretó contra el ojo del culo, forzándomelo poco a poco mientras seguía embistiéndome el coño con la polla. Yo gemí, y esta vez ni intenté callarme.

—Eso, guarra, así te quería oír.

Me metió el pulgar hasta el nudillo y me lo movió al ritmo de la polla, doblemente llena, con la cara aplastada contra el capó y una mano suya en la nuca clavándome ahí. Me corrí otra vez, más fuerte que en el baño, mordiéndome el brazo para no gritar de verdad, y noté cómo se me contraía todo alrededor de su polla y de su pulgar. Él no aflojó. Sacó la polla, me giró otra vez, me sentó al borde del capó y me abrió las piernas él mismo con las rodillas.

—Ahora te tragas lo que te toca.

Me volvió a meter la verga hasta el fondo y me folló mirándome a los ojos, con las dos manos apretándome las tetas, cada vez más rápido, cada vez con menos aire. Notaba cómo se le hinchaba dentro de mí, cómo se ponía más gruesa, cómo cambiaba el ritmo. Se salió a última hora, me agarró del pelo, me bajó de un tirón hasta ponerme la cara a la altura de su polla y se corrió a chorros sobre mi cara y mis tetas, apretándose la verga con la mano para vaciarla entera encima de mí. Un hilo caliente me cayó desde la frente hasta la barbilla, otro se me metió en la boca, otro me resbaló por el escote hasta el pezón. Me obligó a chuparle la punta hasta la última gota y a tragármela.

Aquel hombre, que no me atraía nada, me lo hizo mil veces mejor que Diego en meses. Me usó como él jamás supo, y yo lo disfruté de una manera que me asustó un poco. Cuando terminó, todo se cortó de golpe. Se subió los pantalones, se guardó la polla todavía húmeda y me dejó allí tirada, medio desnuda, cubierta de semen y temblando, con el tanga colgando de una bota.

—Espero que te haya gustado —dijo. Y se largó.

Me quedé sola, recuperando el aliento, expuesta en mitad de la noche, con el semen enfriándoseme en la cara y las tetas. Como pude me limpié con un pañuelo, me subí el top, me estiré la falda y pedí un taxi. Durante el viaje a casa sentí una mezcla rara de suciedad y satisfacción que, para mi sorpresa, me encantó, notando todavía cómo su corrida me chorreaba coño abajo dentro del taxi. Había disfrutado como nunca. Y lo mejor, lo que de verdad buscaba aquella noche, vino después, cuando Diego se enteró de todo.

No lo cuento como una hazaña. Cuando lo miro desde aquí, veo a una chica dolida haciendo lo único que se le ocurrió para no sentirse pequeña. Pero también descubrí esa noche una parte de mí que no conocía, una que aún hoy, cuando reviso esas fotos viejas, me obliga a quedarme mirando la pantalla un rato más de la cuenta.

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Comentarios(8)

Facundo_b

increible, me dejo sin palabras!!

Romina_MdP

Me encanto como lo contaste, se siente demasiado real. Espero que sigas compartiendo mas historias asi!

Valentina_Rz

Me quede con curiosidad... despues de esa noche que paso con tu novio? Tremendo relato, muy bien narrado.

SebaBsAs

De las mejores confesiones que lei aca en mucho tiempo. Se nota que es vivido porque tiene esa mezcla de bronca y desenfreno que no se puede inventar. Segui escribiendo, tenes mucho para contar.

NochesCBA

buenisimo!! que noche jaja

lector_noc99

Lo que empezo como una venganza termino siendo algo completamente distinto. Me encanto el giro, gracias por animarte a contarlo.

Nico_Rdz

Me recordo a una noche que yo tambien sali a despejar la cabeza despues de una pelea... aunque no me fue tan bien jaja. Muy buen relato!

MaruRiver

La verdad que el excerpt ya me engancho, y el relato no decepciona. Se hizo corto, queremos mas :)

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