Mi primer paciente me confesó su fantasía secreta
Me llamo Renata, tengo cuarenta y cuatro años y desde siempre me fascinó todo lo relacionado con el deseo. Cuando por fin terminé la carrera de psicología, lo primero que pensé fue en especializarme en sexología, pero antes decidí formarme como coach sexual. De ahí en adelante empecé a acumular historias que jamás imaginé escuchar de boca de un desconocido. Algunas me incomodaron. Otras, debo confesarlo, me dejaron pensando durante días.
La que más me marcó fue la primera. Recuerdo la fecha con una claridad rara: un martes de otoño, a media tarde. Me había contactado un chico que necesitaba una consulta con urgencia, con esa ansiedad en la voz de quien ya no aguanta más callado. Le ofrecí turno para las cinco y fue puntual al minuto.
Cuando entró al consultorio noté enseguida que estaba al borde de algo. Se sentó en el filo de la silla, frotándose las manos, mirando la alfombra como si ahí estuviera escrita la salida. Por un momento pensé que vendría por una disfunción, un problema de erección, una eyaculación apresurada. Lo de siempre. Me equivoqué por completo.
—Tranquilo, Damián —le dije con la voz más suave que pude—. Contame qué está pasando. Acá nada de lo que digas va a sonar raro.
—No sé ni cómo empezar sin sentir vergüenza —murmuró—. Es que… me gusta usar ropa interior de mujer. Me encanta cómo me queda, cómo la tela se ajusta, cómo el hilo se mete entre las nalgas. Me excita de una forma que no puedo explicar.
Levantó los ojos un segundo para medir mi reacción. Yo no moví un músculo de la cara. Asentí, despacio, para que siguiera.
—Y hay más —continuó, ya envalentonado—. Llegué a robarles ropa interior a amigas, a una prima. Pero eso no es lo peor. Tengo una fantasía que no se me va de la cabeza: estar con una mujer trans. Pienso en eso todo el tiempo. Termino mirando porno hasta las tres de la mañana y al otro día me odio.
—¿Y por qué creés que eso es un problema? —le pregunté—. Mientras no te impida vivir, no hay nada que arreglar acá.
—Mi vida es normal —respondió rápido, casi a la defensiva—. Trabajo, tengo amigos, tuve novias. A ninguna le conté nada de esto.
—¿Qué te frena para cumplir esa fantasía?
—El ambiente en el que me muevo. Si alguien se entera, me van a tildar de gay. Y no quiero pasar por eso.
***
Conversamos un buen rato sobre la ansiedad que le generaba todo aquello, sobre la diferencia enorme entre un deseo y una etiqueta. Le expliqué que su fantasía no lo definía, que el cuerpo desea lo que desea y que negarlo solo lo estaba enfermando por dentro. Al final de la sesión, casi sin pensarlo, le propuse algo distinto: conocer a alguien. No para empujarlo a nada, sino para que dejara de imaginar y se permitiera, al menos, hablar.
Yo tenía en mente a Bianca, una chica que había conocido tiempo atrás en un bar alternativo del centro. Hermosa de cara, un cuerpo de escándalo, el pelo largo hasta la cintura. Operada de pechos y de cola, y dueña de un secreto que ella misma exhibía sin complejos: entre las piernas tenía una verga grande y gruesa que más de uno habría envidiado. Pero eso es otra historia, y ya la contaré.
Les pasé los contactos con una sola condición: que se trataran con respeto. A las pocas semanas, ya chateaban como si fueran novios de toda la vida. Quedaron en verse una noche, y yo le repetí a Damián una sola idea antes de que cortara la llamada: que disfrutara, que llegara hasta donde su cuerpo le pidiera y ni un centímetro más.
Pasaron los días sin noticias. No les voy a mentir: la espera me tenía intrigada y, por qué no decirlo, también un poco caliente. Me los imaginaba a los dos, besándose, tocándose, y descubría que se me humedecía la ropa interior pensando en algo que no era asunto mío. Damián era un chico guapísimo: alto, casi un metro noventa, de piel morena y unos ojos verdes que cortaban la respiración. Cualquiera entendería mi curiosidad.
***
Por fin, una semana después, apareció de nuevo en el consultorio. Llegó otro. Relajado, con media sonrisa colgada de la cara, los hombros sueltos. Se sentó, esta vez bien atrás en la silla, y empezó a contarme todo. Y yo escuché cada palabra sin perder detalle.
Esa noche, me dijo, pasó a buscar a Bianca por la casa de unas amigas. Sudaba de los nervios. Tenía miedo de que alguien conocido lo viera, miedo de no saber qué iba a pasar, miedo de sí mismo. Estuvo a punto de cancelar tres veces. Las ganas pudieron más.
Cuando ella subió al auto, le dijo, se quedó sin aire. Llevaba un vestido pegado al cuerpo como una segunda piel, un escote que dejaba a la vista unos pechos altos y firmes. Las facciones eran tan femeninas que nadie, en la calle, habría sospechado nada. Bianca no le dio tiempo a hablar: se lanzó a sus labios apenas cerró la puerta. Damián se congeló un instante, y enseguida le correspondió con una urgencia que no sabía que tenía.
—¿Estás bien? —le preguntó ella en el camino, al notarlo tieso sobre el volante.
—Sí —mintió él—. Solo… nunca hice esto.
Hablaron poco hasta llegar al hotel que habían elegido justamente porque ahí nadie los conocía. Pidieron algo de comer, algo de beber, y se fueron soltando. Cuando terminaron la cena, Bianca no aguantó más. Lo hizo sentarse en el sillón y empezó a bailarle encima, acariciándose por encima del vestido, rozándose contra él, besándole el cuello. Damián la miraba embobado, duro como una piedra.
En un momento no pudo contenerse. La atrajo hacia él y la besó con una pasión que no se reconocía, mientras le acariciaba los pechos por encima de la tela. Ella misma los liberó del escote para que él tuviera libertad total. Y él se entregó: los besó, los lamió, los apretó a su antojo, fascinado, porque siempre le habían vuelto loco unos pechos así de grandes y ella no paraba de gemir.
Bianca se arrodilló frente a él y le abrió el pantalón. Por encima del bóxer notó que estaba bien dotado y a punto de estallar. Lo liberó, lo acarició despacio, observando cómo se calentaba más y más, y entonces se lo metió en la boca. Lo chupaba, lo lamía, jugaba con la lengua, y Damián me confesó que nadie nunca se lo había hecho de esa manera. Sentía que se iba a venir solo con eso.
—¿Querés ver cómo me tenés a mí? —le preguntó ella en una pausa.
Damián dudó. No sabía qué decir. Pero terminó estirando la mano hacia la entrepierna de Bianca y descubrió que estaba igual de excitada que él. Ella lo guió, le dejó tocar, y al rato le preguntó si quería probarlo. Él tenía las ganas escritas en la cara, aunque confesó que no sabía cómo. Bianca lo tomó de la nuca con dulzura, le pidió que abriera la boca y lo fue enseñando, palabra por palabra, movimiento por movimiento. Resultó un buen alumno. Tan bueno que la hacía retorcerse.
***
De a poco fueron a la cama. Se sacaron la ropa entre besos y se lamieron cada rincón del cuerpo sin apuro. Bianca se animó a recorrerle con la lengua una zona que nadie le había tocado nunca, y Damián, según me contó con la cara roja, tuvo un orgasmo brutal mientras ella lo masturbaba al mismo tiempo. Quedó deshecho sobre las sábanas, riéndose de su propia incredulidad.
Pero Bianca no había terminado. Lo dejó recuperar el aire y, al rato, ya lo tenía otra vez listo, duro como si no hubiera pasado nada. Le pidió que se lo metiera, que lo quería dentro. Se puso en cuatro y le ofreció una vista que Damián describió como hipnótica. Él no dudó. Con la protección debida, entró despacio, midiéndola, pero ella pedía más, lo quería entero, y empezaron a moverse en un ritmo que se fue volviendo feroz.
Mientras la penetraba, ella se acariciaba a sí misma, cada vez más al límite. Cambiaron de posición; Bianca apoyó las piernas sobre los hombros de él y Damián volvió a embestirla con fuerza, viendo cómo se tocaba sin pausa. No aguantaron mucho más. Terminaron juntos, en un desorden de respiraciones y palabras a medias, y se quedaron abrazados, todavía temblando.
—No podía creer lo que estaba viviendo —me dijo, ya en el consultorio, con los ojos brillándole—. Por primera vez en años no sentí vergüenza de nada.
Lo escuché en silencio, anotando lo justo, fingiendo una calma profesional que por dentro no tenía. Porque la verdad, y esto no se lo dije a él, es que esa tarde entendí que mi trabajo iba a ser mucho más intenso de lo que había imaginado. Que la gente carga deseos enormes detrás de una sonrisa educada, y que yo había elegido, sin saberlo, el oficio de abrirles la puerta.
Damián se fue distinto al que había llegado la primera vez. Liviano. Entero. Y yo me quedé sola en el consultorio, mirando la silla vacía, sabiendo que aquella noche entre él y Bianca todavía tenía más para contar. Pero eso, queridos lectores, se los guardo para la próxima.