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Relatos Ardientes

La primera vez que lo tuve entero en mi boca

Ilustración del relato erótico: La primera vez que lo tuve entero en mi boca

Cuando Mateo y yo empezamos a salir, teníamos una rutina que defendíamos como si fuera sagrada. Casi todas las tardes él pasaba por mi casa después del trabajo, comíamos cualquier cosa en la cocina y nos encerrábamos en mi cuarto a perder el tiempo. Yo tenía veintidós años y la cabeza llena de cosas que no me animaba a decir en voz alta.

Lo que empezaba como una charla tonta terminaba siempre igual. Nos besábamos hasta quedarnos sin aire, sus manos buscaban por debajo de mi ropa y, sin darnos cuenta, estábamos los dos encendidos y con la respiración entrecortada.

Mateo era de esos hombres que no apuran. Tenía paciencia, una paciencia que a mí me desesperaba y me gustaba en igual medida. Me besaba el cuello, me hablaba bajito al oído, y se reía cada vez que me veía perder el control. Yo me hacía la dura, pero por dentro estaba siempre a punto de ceder.

Veníamos saliendo apenas unos meses. Era todo nuevo: el primer novio que sentía que de verdad me importaba, la primera relación en la que me animaba a explorar sin tanto miedo al qué dirán. Y aun así, había cosas que todavía no había hecho. Cosas que me daban curiosidad y vergüenza al mismo tiempo.

Algunas tardes lográbamos llegar hasta el final. Otras se quedaban a la mitad, porque mi mamá andaba dando vueltas por la casa o porque sonaba el teléfono en el peor momento. Mateo se iba de mi casa prendido, con esa cara de fastidio dulce que ponen los hombres cuando los dejás a medias.

Me imagino que llegaba a su departamento y se acordaba de mí más de una vez esa noche.

Pero esa tarde fue distinta. Llovía afuera, mi mamá había salido a hacer trámites y nos quedamos solos por primera vez en semanas. Nos besamos durante un buen rato en el sillón, sin apuro, dejando que el calor subiera despacio.

***

Nos corrimos a un rincón apartado del living, el que no se ve desde la entrada, casi por costumbre de cuidarnos de que no nos descubrieran. Ahí, pegados contra la pared, sentí cómo se le ponía dura. Apoyé la mano sobre el pantalón y la sostuve un segundo, sintiéndola crecer bajo la tela.

Eso me encendió más de lo que esperaba.

—Me gusta sentirla así —le dije al oído, con una sinceridad que ni yo me conocía.

Él sonrió de costado y me miró fijo.

—Es tuya —murmuró—. Hacé lo que quieras con ella.

Se desabrochó el cinturón y se bajó el pantalón hasta las rodillas. Me quedé mirándola de cerca, sorprendida de tenerla tan a mi alcance. Hasta ese momento la había tocado mil veces, pero nunca me había detenido a observarla así, sin ropa de por medio.

Empecé despacio, con la mano. La acariciaba suave, de arriba abajo, y notaba cómo respondía al toque, cómo se ponía más firme entre mis dedos. Mateo dejó escapar un suspiro largo y echó la cabeza hacia atrás.

Me gustaba el silencio de esa tarde. Solo se escuchaba la lluvia contra la ventana y su respiración, que se iba haciendo más profunda con cada movimiento. Yo lo observaba como si estuviera aprendiendo un idioma nuevo, atenta a cada gesto, a cada vez que apretaba los párpados o se mordía el labio.

Quería ver su cara mientras lo hacía. Quería saber que era yo la que le provocaba todo eso.

***

No sé bien cómo pasó de las manos a la boca. Fue casi un impulso. Me incliné y le di un beso suave en la punta, después otro un poco más abajo. La piel era increíblemente tibia y delicada contra mis labios.

Lo miré a la cara mientras pasaba la lengua despacio. Él me sostenía la mirada, y en sus ojos había una mezcla de asombro y placer que me dio una seguridad que no sabía que tenía. Verlo disfrutar me daba ganas de seguir, de probar hasta dónde llegaba.

De un momento a otro la tenía dentro de la boca. Era la primera vez. Nunca antes había hecho algo así, y la sensación me desbordó: el peso, el calor, la forma en que ocupaba todo el espacio.

Levanté los ojos y lo vi morderse el labio para no hacer ruido. Esa imagen me terminó de soltar.

Seguí con más ganas, jugando con la lengua mientras la tenía adentro, descubriendo a tientas qué le gustaba más. Con una mano le acariciaba la parte de atrás de los muslos, con la otra lo sostenía por la base. Cada vez que encontraba un movimiento que lo hacía temblar, lo repetía.

No me la había medido nunca, pero ahí entendí por qué se le marcaba siempre por encima del pantalón. Era grande, y yo era una principiante absoluta. Iba con cuidado, sin apurarme, queriendo estirar el momento todo lo posible.

Tenía un poco de miedo, no lo voy a negar. Miedo de hacerlo mal, de que se notara que era la primera vez, de no estar a la altura. Pero cada vez que levantaba la vista y veía su cara, ese miedo se disolvía. Él no me juzgaba. Al contrario: me miraba como si yo fuera lo mejor que le había pasado en mucho tiempo.

Tal vez por eso me solté tanto. Porque por primera vez no sentía que tenía que fingir nada.

***

Había un detalle que me ponía nerviosa y excitada a partes iguales: del otro lado de la casa, en la calle, se escuchaba gente. Vecinos charlando bajo el alero por la lluvia, alguien que pasaba arrastrando los pies. La idea de que en cualquier momento mi mamá metiera la llave en la puerta me aceleraba el pulso.

Mateo apoyó la mano sobre mi nuca. No empujaba, apenas me marcaba el ritmo, acompañando el ir y venir. Por momentos me llegaba más al fondo de lo que yo creía poder aguantar, y respiraba por la nariz para no frenar.

Cada sonido que se filtraba desde afuera me ponía más alerta y, paradójicamente, más excitada. El riesgo de que nos pillaran le agregaba un sabor distinto a todo, una urgencia que no habíamos tenido nunca en la comodidad del cuarto cerrado. Estábamos haciendo algo prohibido, a plena luz de la tarde, a unos metros de la puerta.

Lo escuché contener un gemido y supe que estaba conteniéndose para mí, para no asustarme, para no romper el hechizo. Eso me dio una ternura inesperada en medio de todo el calor. Me concentré en él, en su placer, olvidándome por completo de mis propios nervios.

Me agarraba de él y lo traía hacia mí, como si quisiera más de lo que ya tenía. Por un instante me sentí como una de esas escenas de película que una mira a escondidas y jura no imitar nunca. Y sin embargo ahí estaba, entregada por completo, descubriendo que me gustaba mucho más de lo que jamás habría admitido.

Si alguien me hubiera dicho una semana antes que iba a estar haciendo esto, me habría reído en su cara.

Mateo respiraba cada vez más rápido. Su cuerpo se tensaba, las piernas le temblaban un poco, y yo sabía, sin que me lo dijera, que estaba cerca.

***

—Me voy —alcanzó a decir con la voz rota—. No aguanto más.

No tuve tiempo de pensar qué hacer. Fue todo demasiado rápido y demasiado nuevo. Intenté quedarme, sostener el momento como pude, pero la inexperiencia me ganó. Una parte la recibí, la otra se me escapó, y los dos terminamos riéndonos del desastre, agitados, todavía pegados contra la pared.

Era la primera vez que probaba algo así. La primera vez que llevaba una situación hasta ese punto y descubría que podía hacerlo, que me gustaba el poder que sentía al ver a alguien deshacerse por lo que yo le hacía.

Mateo me levantó la cara con las dos manos y me dio un beso largo, agradecido, de esos que dicen más que cualquier palabra.

—No sabés lo que acabás de hacerme —dijo, sonriendo, todavía sin recuperar del todo el aliento.

Yo me reí, con la cara colorada, sintiéndome torpe y poderosa al mismo tiempo.

***

Esa tarde quedó marcada para siempre. No por lo perfecto —de perfecto no tuvo nada—, sino por lo que descubrí de mí misma. Que la curiosidad puede más que la vergüenza. Que el deseo, cuando es genuino, te empuja a hacer cosas que jamás imaginaste.

Con el tiempo, Mateo dejó de ser mi novio para convertirse en mi marido. Aprendimos juntos, equivocándonos y riéndonos de cada error, hasta encontrar nuestro propio ritmo. Pero aquella primera tarde de lluvia, contra la pared del living, con el miedo a que nos descubrieran y el corazón a mil, sigue siendo uno de mis recuerdos favoritos.

A veces, cuando estamos los dos tranquilos al final del día, él me lo recuerda con esa misma sonrisa de entonces. Y yo vuelvo a sentir, por un segundo, la misma mezcla de nervios y atrevimiento de aquella chica de veintidós años que se animó, sin saber muy bien cómo, a probar algo nuevo.

Algunas confesiones cuesta escribirlas. Esta no. Esta la cuento con una sonrisa, porque fue el principio de todo lo que vino después.

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Comentarios (2)

Lucas1988

Buenísimo!!! Me quede con ganas de leer mas, por favor seguí escribiendo

Valeria_Cors

Que relato tan real, se siente que fue de verdad. La forma que lo contás te deja con el corazon acelerado, muy bueno!

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