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Relatos Ardientes

La primera vez que lo tuve entero en mi boca

Cuando Mateo y yo empezamos a salir, teníamos una rutina que defendíamos como si fuera sagrada. Casi todas las tardes él pasaba por mi casa después del trabajo, comíamos cualquier cosa en la cocina y nos encerrábamos en mi cuarto a perder el tiempo. Yo tenía veintidós años y la cabeza llena de cosas que no me animaba a decir en voz alta.

Lo que empezaba como una charla tonta terminaba siempre igual. Nos besábamos hasta quedarnos sin aire, sus manos buscaban por debajo de mi ropa y, sin darnos cuenta, estábamos los dos encendidos y con la respiración entrecortada. Mateo me apretaba las tetas por encima del corpiño, me pellizcaba los pezones hasta ponérmelos duros, y yo sentía cómo se me empapaba el coño de solo escucharlo respirar cerca de la oreja.

Mateo era de esos hombres que no apuran. Tenía paciencia, una paciencia que a mí me desesperaba y me gustaba en igual medida. Me besaba el cuello, me hablaba bajito al oído, y se reía cada vez que me veía perder el control. Yo me hacía la dura, pero por dentro estaba siempre a punto de ceder, con las bragas mojadas y las piernas temblando.

Veníamos saliendo apenas unos meses. Era todo nuevo: el primer novio que sentía que de verdad me importaba, la primera relación en la que me animaba a explorar sin tanto miedo al qué dirán. Y aun así, había cosas que todavía no había hecho. Cosas que me daban curiosidad y vergüenza al mismo tiempo. Nunca había tenido una polla en la boca, por ejemplo. Nunca me había animado a chupársela a nadie, aunque más de una noche me quedaba fantaseando con la de Mateo mientras me tocaba a solas.

Algunas tardes lográbamos llegar hasta el final. Otras se quedaban a la mitad, porque mi mamá andaba dando vueltas por la casa o porque sonaba el teléfono en el peor momento. Mateo se iba de mi casa prendido, con esa cara de fastidio dulce que ponen los hombres cuando los dejás a medias, con la verga marcada por debajo del jean y sin saber cómo iba a bajar semejante calentura antes de llegar a su departamento.

Me imagino que llegaba a su departamento, se bajaba los pantalones y se hacía una paja pensando en mí más de una vez esa noche.

Pero esa tarde fue distinta. Llovía afuera, mi mamá había salido a hacer trámites y nos quedamos solos por primera vez en semanas. Nos besamos durante un buen rato en el sillón, sin apuro, dejando que el calor subiera despacio. Él me metió la mano por debajo de la pollera, me acarició el coño por encima de la bombacha y sintió lo mojada que estaba. Sonrió contra mi boca cuando notó que la tela ya estaba empapada.

—Mirá cómo estás —me susurró, moviéndole el dedo de arriba abajo, marcando la raja por encima del algodón—. Si te la meto ahora entra sola.

Yo me mordí el labio y le apreté el bulto por encima del pantalón. La sentí latir contra mi mano, dura, gruesa, pidiendo salir. No pude aguantarme.

***

Nos corrimos a un rincón apartado del living, el que no se ve desde la entrada, casi por costumbre de cuidarnos de que no nos descubrieran. Ahí, pegados contra la pared, sentí cómo se le ponía dura del todo. Apoyé la mano sobre el pantalón y la sostuve un segundo, sintiéndola crecer bajo la tela, gruesa y caliente, marcando la forma completa contra el jean.

Eso me encendió más de lo que esperaba. Se me apretó el estómago de puro deseo, se me pusieron los pezones duros como piedras y sentí un chorro de humedad bajarme por el muslo.

—Me gusta sentirla así —le dije al oído, con una sinceridad que ni yo me conocía—. Tan dura, tan grande.

Él sonrió de costado y me miró fijo, con los ojos entrecerrados.

—Es tuya —murmuró—. Hacé lo que quieras con ella.

Se desabrochó el cinturón y se bajó el pantalón hasta las rodillas, y con el pantalón se bajó también el bóxer. La polla saltó afuera, dura, apuntando hacia arriba, con la punta ya brillosa de una gota gruesa de líquido preseminal colgando del glande. Me quedé mirándola de cerca, sorprendida de tenerla tan a mi alcance. Hasta ese momento la había tocado mil veces, pero nunca me había detenido a observarla así, sin ropa de por medio, con las venas marcadas a lo largo del tronco y los huevos hinchados y tensos debajo.

Empecé despacio, con la mano. Cerré los dedos alrededor y la sentí latir contra la palma. La acariciaba suave, de arriba abajo, corriéndole el prepucio, dejando el glande al descubierto y volviendo a taparlo. Con el pulgar le esparcí la gota espesa por toda la punta y usé esa humedad para deslizarme mejor por el tronco. Mateo dejó escapar un suspiro largo y echó la cabeza hacia atrás, y la polla se le puso todavía más dura entre mis dedos.

—Así, dale, así —jadeó bajito—. Apretame más fuerte, no tengas miedo.

Le hice caso. La agarré con firmeza y empecé a bombearle la verga con la muñeca completa, subiendo hasta cubrirle el glande y bajando hasta el nacimiento, donde sentía los huevos rozarme el dorso de la mano. Se le escapó un gruñido ronco que me hizo apretar los muslos.

Me gustaba el silencio de esa tarde. Solo se escuchaba la lluvia contra la ventana y su respiración, que se iba haciendo más profunda con cada movimiento. Yo lo observaba como si estuviera aprendiendo un idioma nuevo, atenta a cada gesto, a cada vez que apretaba los párpados o se mordía el labio.

Quería ver su cara mientras lo hacía. Quería saber que era yo la que le provocaba todo eso, que era mi mano la que le tenía la polla a punto de reventar.

***

No sé bien cómo pasé de las manos a la boca. Fue casi un impulso. Me arrodillé despacio en la alfombra, con la polla de Mateo a la altura de la cara, y sentí el olor a hombre, a piel caliente, mezclado con el propio perfume de él. Me incliné y le di un beso suave en la punta, después otro un poco más abajo, sobre la vena que corría por debajo. La piel era increíblemente tibia y delicada contra mis labios.

Lo miré a la cara mientras pasaba la lengua despacio, de la base hasta el glande, y volvía a bajar por el otro lado. Le lamí los huevos con la punta de la lengua, uno y después el otro, y sentí cómo se le contraían del gusto. Él me sostenía la mirada, y en sus ojos había una mezcla de asombro y placer que me dio una seguridad que no sabía que tenía. Verlo disfrutar me daba ganas de seguir, de probar hasta dónde llegaba.

Le pasé la lengua ancha y plana por toda la parte de abajo del tronco, subiendo hasta el frenillo, y ahí me quedé un rato, jugando con la puntita de la lengua justo debajo del glande, en ese lugar sensible que lo hacía temblar. Le corría la gota por la punta y yo la recogía con los labios, saboreándola. Era salada, un poco espesa, y me dio ganas de más.

De un momento a otro la tenía dentro de la boca. Era la primera vez. Nunca antes había hecho algo así, y la sensación me desbordó: el peso, el calor, la forma en que ocupaba todo el espacio. Sentí cómo se me estiraban los labios alrededor del tronco y cómo el glande me tocaba el paladar. Empecé a bajar la cabeza despacio, tratando de meter un poco más cada vez, hasta que la punta me rozó el fondo de la garganta y tuve que frenar para no atragantarme.

Levanté los ojos y lo vi morderse el labio para no hacer ruido, con las manos apoyadas contra la pared, apretando los dedos como si estuviera aguantando la respiración. Esa imagen me terminó de soltar.

Seguí con más ganas, chupándosela con ritmo, subiendo y bajando la cabeza, envolviéndole el tronco con los labios bien cerrados para que no se le escapara ni un milímetro. Cada vez que sacaba la polla de la boca la sostenía con la mano y le pasaba la lengua por el glande, en círculos, y después me la volvía a meter hasta el fondo. Jugaba con la lengua mientras la tenía adentro, la enroscaba alrededor del tronco, descubriendo a tientas qué le gustaba más. Con una mano le acariciaba la parte de atrás de los muslos, con la otra lo sostenía por la base y le seguía haciendo una pajita mientras chupaba la mitad de arriba. Cada vez que encontraba un movimiento que lo hacía temblar, lo repetía.

—Puta madre, nena —jadeó, con la voz ronca—. La chupás como si lo hubieras hecho toda la vida.

Yo me sonrojé sin dejar de chuparla. La saliva se me caía por la comisura y le empapaba los huevos, y yo la usaba para hacerle una paja húmeda mientras seguía con la boca en la punta.

No me la había medido nunca, pero ahí entendí por qué se le marcaba siempre por encima del pantalón. Era grande, gruesa, y yo era una principiante absoluta. Iba con cuidado, sin apurarme, queriendo estirar el momento todo lo posible. Cuando trataba de metérmela más al fondo, me lloraban un poco los ojos y me daban arcadas, pero no quería parar. Quería demostrarle que podía, quería que se acordara de esa tarde por el resto de su vida.

Tenía un poco de miedo, no lo voy a negar. Miedo de hacerlo mal, de que se notara que era la primera vez, de no estar a la altura. Pero cada vez que levantaba la vista y veía su cara, ese miedo se disolvía. Él no me juzgaba. Al contrario: me miraba como si yo fuera lo mejor que le había pasado en mucho tiempo, con una mezcla de deseo y ternura que me derretía.

Tal vez por eso me solté tanto. Porque por primera vez no sentía que tenía que fingir nada. Me abrí de piernas ahí arrodillada, sin que él lo pidiera, y con la mano libre me metí dos dedos por debajo de la bombacha, en el coño empapado, mientras seguía chupándosela.

***

Había un detalle que me ponía nerviosa y excitada a partes iguales: del otro lado de la casa, en la calle, se escuchaba gente. Vecinos charlando bajo el alero por la lluvia, alguien que pasaba arrastrando los pies. La idea de que en cualquier momento mi mamá metiera la llave en la puerta me aceleraba el pulso y me hacía chupar con más ganas, como si el peligro me apurara.

Mateo apoyó la mano sobre mi nuca. No empujaba, apenas me marcaba el ritmo, acompañando el ir y venir de la cabeza. Por momentos me llegaba más al fondo de lo que yo creía poder aguantar, y respiraba por la nariz para no frenar, aguantando las arcadas, dejando que la punta me rozara la garganta una y otra vez. La saliva me chorreaba por el mentón y me caía sobre las tetas por dentro del escote.

—Así, mi amor, así —susurraba él, con los dedos enredados en mi pelo—. Dejámela adentro, quedate ahí.

Yo obedecía. Le sostenía la polla al fondo de la boca todo el tiempo que aguantaba, hasta que tenía que sacarla para respirar, y entonces la escupía con un hilo de saliva colgando y se la volvía a meter enseguida.

Cada sonido que se filtraba desde afuera me ponía más alerta y, paradójicamente, más excitada. El riesgo de que nos pillaran le agregaba un sabor distinto a todo, una urgencia que no habíamos tenido nunca en la comodidad del cuarto cerrado. Estábamos haciendo algo prohibido, a plena luz de la tarde, a unos metros de la puerta: yo arrodillada, con la pollera arriba de la cintura y la mano metida en la bombacha, chupándole la verga a mi novio contra la pared del living de mi mamá.

Lo escuché contener un gemido y supe que estaba conteniéndose para mí, para no asustarme, para no romper el hechizo. Eso me dio una ternura inesperada en medio de todo el calor. Me concentré en él, en su placer, olvidándome por completo de mis propios nervios. Aceleré el ritmo, se la mamé más rápido, más profundo, cerrando los labios alrededor del tronco y succionando con fuerza cada vez que llegaba a la punta.

Lo agarraba del culo y lo traía hacia mí, empujándome yo misma la polla hasta el fondo, como si quisiera más de lo que ya tenía. Por un instante me sentí como una de esas actrices de los videos que una mira a escondidas y jura no imitar nunca. Y sin embargo ahí estaba, entregada por completo, chupando con ganas, escupiendo, haciéndole una paja con las dos manos entre chupada y chupada, descubriendo que me gustaba mucho más de lo que jamás habría admitido.

Si alguien me hubiera dicho una semana antes que iba a estar arrodillada frente a un hombre con la polla hasta la garganta y los dedos en mi propio coño, me habría reído en su cara.

Mateo respiraba cada vez más rápido. Su cuerpo se tensaba, las piernas le temblaban, los huevos se le recogían contra la base de la polla, y yo sabía, sin que me lo dijera, que estaba a punto de correrse.

***

—Me voy —alcanzó a decir con la voz rota—. No aguanto más, me corro, me corro.

No tuve tiempo de pensar qué hacer. Fue todo demasiado rápido y demasiado nuevo. Intenté quedarme, sostener el momento como pude, seguir chupando mientras acababa, pero la inexperiencia me ganó. El primer chorro me pegó de lleno en el paladar, caliente, espeso, con un sabor fuerte que no me esperaba. Tragué como pude, pero el segundo me salió por la comisura y me chorreó por el mentón. El tercero me terminó en los labios y en la mejilla, y para el cuarto ya la tenía en la mano, apretándosela mientras los últimos hilos de semen le caían sobre los dedos.

Los dos terminamos riéndonos del desastre, agitados, todavía pegados contra la pared. Yo tenía la corrida por toda la cara y él tenía la polla goteando entre mis dedos, todavía dura, latiendo despacio.

Era la primera vez que probaba algo así. La primera vez que tenía semen en la boca, en los labios, en la piel. La primera vez que llevaba una situación hasta ese punto y descubría que podía hacerlo, que me gustaba el poder que sentía al ver a alguien deshacerse por lo que yo le hacía con la boca.

Mateo se agachó, me limpió la cara con el borde de la remera y me levantó del piso con las dos manos. Me dio un beso largo, agradecido, sin importarle el resto de semen que me quedaba en los labios, de esos que dicen más que cualquier palabra.

—No sabés lo que acabás de hacerme —dijo, sonriendo, todavía sin recuperar del todo el aliento—. Me vas a matar, en serio.

Yo me reí, con la cara colorada y todavía pegajosa, sintiéndome torpe y poderosa al mismo tiempo.

***

Esa tarde quedó marcada para siempre. No por lo perfecto —de perfecto no tuvo nada—, sino por lo que descubrí de mí misma. Que la curiosidad puede más que la vergüenza. Que el deseo, cuando es genuino, te empuja a hacer cosas que jamás imaginaste. Que me gustaba tener una polla en la boca mucho más de lo que estaba dispuesta a admitir en voz alta.

Con el tiempo, Mateo dejó de ser mi novio para convertirse en mi marido. Aprendimos juntos, equivocándonos y riéndonos de cada error, hasta encontrar nuestro propio ritmo. Aprendí a tragarle la corrida entera sin perder una gota, aprendí a hacérsela durar horas y aprendí a pedirle sin vergüenza lo que quería que él me hiciera a mí. Pero aquella primera tarde de lluvia, contra la pared del living, con el miedo a que nos descubrieran y el corazón a mil, sigue siendo uno de mis recuerdos favoritos.

A veces, cuando estamos los dos tranquilos al final del día, él me lo recuerda con esa misma sonrisa de entonces. Y yo vuelvo a sentir, por un segundo, la misma mezcla de nervios y atrevimiento de aquella chica de veintidós años que se animó, sin saber muy bien cómo, a arrodillarse y probar algo nuevo.

Algunas confesiones cuesta escribirlas. Esta no. Esta la cuento con una sonrisa, porque fue el principio de todo lo que vino después.

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Comentarios(8)

Lucas1988

Buenísimo!!! Me quede con ganas de leer mas, por favor seguí escribiendo

Valeria_Cors

Que relato tan real, se siente que fue de verdad. La forma que lo contás te deja con el corazon acelerado, muy bueno!

MarcoNocturno

Me encanta la categoría Confesiones justamente porque uno siente que todo realmente pasó. Este no es la excepcion, excelente!!

CuriosaBA77

jajaja el titulo ya me engancho desde el principio... tremendo

Marian_ok

Me gusto mucho como lo narraste, sin apuros, dejando que todo fluya naturalmente. Sigue escribiendo asi!!

TatoRosario

Esas situaciones que no estaban planeadas son las mejores, je. Muy lindo relato, me saque el sombrero

SolNaciente_99

Por favor una segunda parte!! No queria que terminara

Fabricio_ba

muy bien escrito, se nota que lo viviste. Saludos

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