Lo que me escribió aquel desconocido bajo la lluvia
Sé que dejé otra historia a medias, pero necesito contar lo que me pasó hace unos días antes de arrepentirme y borrarlo todo. Todavía me cuesta creer que fuera yo la que hizo lo que hizo.
El clima de mi ciudad es traicionero. Esa tarde hacía un calor pegajoso, de esos que te convencen de que va a quedar despejado, así que salí a hacer unas compras vestida con un top fino y un short, sin más. Confié en el sol y el sol me traicionó. Cuando casi terminaba mi recorrido, el cielo se cerró de golpe y empezó a caer una lluvia tan densa que no se veía la acera de enfrente.
Corrí sin rumbo buscando dónde meterme y terminé bajo el toldo de un local que conocía de pasada. Era una pequeña tienda de barrio por la que solía caminar, y muchas veces había saludado al hombre que la atendía. Empujé la puerta y entré chorreando, disculpándome con la mirada.
Él es un señor de unos cincuenta años, serio, de esos que hablan poco. En todo ese tiempo nunca habíamos pasado de un «buenas tardes» o un «¿cómo está?» por pura cortesía, más que nada porque yo soy parlanchina y saludo a todo el mundo. Pero esa tarde estábamos solos, faltaba poco para que cerrara, y la lluvia nos dejó sin más remedio que hablar.
—Ahora sí que la agarró la tormenta —dijo desde detrás del mostrador.
—La verdad es que no creí que fuera a llover. Con el calor que hacía… debí imaginarlo —contesté, escurriendo agua sobre su piso.
—Ya ve cómo es esto. ¿Y no trae algo más para ponerse? Quedó empapada.
Lo dijo mientras me recorría despacio con la mirada, de los pies a la cabeza. Y no me molestó. El top y el short se me habían pegado al cuerpo como una segunda piel, marcándolo todo, y yo sabía perfectamente que esa mañana, con el apuro y el calor, no me había puesto ropa interior. Sentí sus ojos detenerse un segundo de más y algo se encendió en mi estómago.
—Solo salí a comprar un par de cosas y me agarró de imprevisto —dije—. Lamento estar mojándole todo el suelo.
—No se preocupe por eso. No me molesta para nada tenerla aquí. Por cierto, después de tantos saludos, creo que nunca nos presentamos.
—Conocernos sí, pero presentarnos nunca. Mucho gusto, me llamo Renata. ¿Y usted?
Se levantó del banco que tenía detrás del mostrador y caminó hasta el centro del local para darme la mano. Esteban, dijo, y que era un gusto por fin saber mi nombre. De cerca olía a tabaco frío y a colonia barata, y me di cuenta de que era más alto de lo que parecía tras el mostrador.
—Si necesita cerrar, yo me puedo ir sin problema —ofrecí.
—Ni se le ocurra salir con esa lluvia. Tengo que bajar la cortina porque ya es la hora, pero usted se queda el tiempo que quiera.
—Está bien. Espero unos minutos, ya pedí un taxi.
Bajó la cortina metálica hasta la mitad y el ruido de la lluvia quedó más amortiguado, más íntimo. Cuando me llegó la notificación de que el coche estaba en camino, me dijo que por precaución le gustaría tener mi número, para saber si había llegado bien a casa. Me pareció un gesto de señor chapado a la antigua y se lo di sin pensarlo.
***
El taxi me dejó en mi edificio todavía goteando. Apenas me quité los zapatos, me llegó su mensaje. Un escueto «hola, asumo que sabe quién soy».
«Hola, sí, señor», respondí.
«¿Y cómo va? ¿Llegó bien?»
«Bien. Húmeda, pero bien», escribí, y me reí sola de mi propia broma.
«Espero que no le moleste, pero a mí también me dejó húmedo.»
Me quedé mirando la pantalla. ¿Lo leí bien?
«¿Disculpe?», contesté, más por reflejo que por enojo.
«Pues sí. No todos los días entra a mi local una mujer tan bonita, toda mojada, con la ropa marcándolo todo. Se le notaban los pezones duros, y le juro que me costó no quedármele mirando.»
Tendría que haberme indignado. Tendría que haber bloqueado el número y olvidarme. En cambio, sentí un calor subiéndome por el cuello y un cosquilleo entre las piernas que no había sentido en mucho tiempo. Me quedé un rato sin contestar, imaginando a ese hombre serio diciéndome esas cosas, preguntándome cómo sería bajo esa camisa abotonada hasta el cuello.
«Solo le escribía para avisarle que ya llegué a casa», respondí al fin, intentando sonar formal.
«¿La incomodé con lo que dije? Espero que no le moleste que un hombre como yo le hable así. Es solo que me gustó mucho lo que vi.»
«¿Qué fue lo que le gustó?»
«Sus pechos. Lo bonitos que se veían los pezones marcados bajo esa tela mojada.»
«¿Nada más?», escribí, y al apretar enviar el corazón me latía en la garganta.
«Y todo lo demás. Cómo le quedaba ese short. No le voy a mentir.»
Para ese momento yo ya estaba acostada en mi cama, con la ropa todavía húmeda y la mano apoyada sobre el vientre, sin atreverme a bajarla. No me importaba lo descarado que estaba siendo. Al contrario: quería más, quería que fuera más directo, más sucio, que dijera en voz alta lo que yo no me animaba ni a pensar.
«No diga esas cosas», le escribí, aunque era mentira.
«¿Por qué? ¿Acaso no es la verdad?»
«Sí, pero me está poniendo demasiado.»
«¿Ah, sí? Entonces déjeme verla.»
«¿Qué quiere que le enseñe?», respondí, y mientras lo hacía ya me estaba quitando el top por encima de la cabeza.
***
Lo que vino después me cuesta escribirlo, pero es justo lo que necesito sacarme de adentro.
Le mandé una foto. Solo de mis pechos, los pezones efectivamente duros, en parte por el frío de la ropa mojada y en parte por todo lo demás. Su respuesta tardó unos segundos eternos.
«Sabía que serían perfectos. Dan ganas de morderlos despacio. Pero dígame una cosa, Renata… ¿alguna vez ha explorado más allá?»
«¿Más allá de qué?», pregunté, aunque sospechaba la respuesta.
«¿Alguna vez se ha tocado por detrás? ¿Se ha metido algo ahí?»
Me quedé helada. Era algo en lo que había pensado a veces, a solas, tarde en la noche, pero que nunca me había atrevido a probar. Una curiosidad que siempre apagaba antes de que se volviera real.
«Nunca», admití. «Jamás me he metido nada ahí.»
«Eso me gusta todavía más. Me encantaría ser el que la guíe la primera vez, aunque sea desde aquí. ¿Confía en mí?»
No sé qué tenía ese hombre, ese desconocido que apenas conocía de saludos, pero le dije que sí. Algo en su forma de dar órdenes me desarmaba por completo. Siempre supe que tenía una vena sumisa; nunca había encontrado a alguien que la tocara con tanta facilidad.
«Empiece despacio», escribió. «Húmedese un dedo y apóyelo ahí, sin meterlo todavía. Solo siéntalo. No tiene por qué dolerle si va con calma.»
Le hice caso. Me deshice del short, abrí las piernas en la oscuridad de mi cuarto y seguí cada una de sus instrucciones como si me las dictara al oído. La primera vez que la punta de mi dedo presionó ahí, una corriente rara me recorrió entera. No era exactamente placer, pero tampoco era desagradable. Era nuevo, prohibido, mío.
«Lo estoy haciendo», le escribí, con la respiración entrecortada.
«Buena chica. Ahora apenas la punta, nada más. Quiero que se acostumbre a sentirse abierta. Dígame cómo se siente.»
«Raro», confesé. «Pero me gusta. No esperaba que me gustara.»
«Así son las cosas que valen la pena. Las que asustan un poco. Ahora respire hondo y empuje un poco más, despacio, solo hasta donde no le duela.»
Obedecí. Empujé apenas un poco más y sentí mi propio cuerpo ceder, abrirse de a milímetros alrededor de mi dedo. El corazón me golpeaba el pecho. Tenía el teléfono en una mano, temblando, esperando la siguiente orden como si mi placer dependiera por completo de ella.
«Lo hice. Entró un poco más», le escribí.
«Qué mujer. Sabía que escondía a una traviesa detrás de esa sonrisa amable de la tienda. ¿Le duele?»
«Un poco, cuando intento más. Pero no quiero parar.»
«Entonces no pare. Pero hágalo bien. No quiero que se lastime. Vaya despacio y disfrute. Esto es solo el principio.»
Pasé un largo rato así, en mi cama a oscuras, siguiendo el ritmo que él me marcaba a través de la pantalla. Cuando intenté apurar las cosas, el ardor me hizo detenerme, y se lo confesé como una niña que rompe una regla.
«Me dolió. Tuve que parar», escribí, casi avergonzada.
«Está perfecto», respondió enseguida. «Para la primera vez ya hizo más que suficiente. Esto no es una carrera. Quiero que mañana, cuando esté tranquila, lo vuelva a intentar, sola, con calma. Y pasado mañana me cuenta cómo le fue.»
«¿Y si me vuelve a doler?»
«Entonces para y lo deja para otro día. Pero algo me dice que cada vez le va a costar menos. Y que va a empezar a buscarlo usted sola.»
Tenía razón, y eso era lo que más me daba vueltas en la cabeza. Que un hombre al que apenas había saludado durante meses me hubiera leído tan rápido, que hubiera encontrado en una tarde de lluvia algo que yo me había escondido a mí misma durante años.
«¿Le gustó?», me preguntó al final, casi con ternura.
«Siendo sincera, sí», le respondí. «Duele, pero también se siente increíble. Nunca pensé que diría algo así.»
«Esa es mi traviesa. Descanse. Mañana seguimos.»
***
Apagué el teléfono y me quedé mirando el techo, con el cuerpo todavía vibrando y una sonrisa que no me podía quitar. Afuera seguía lloviendo, suave ya, casi como un acompañamiento. Pensé en lo absurdo de todo: salir a comprar, mojarme, refugiarme de la tormenta, y volver a casa convertida en otra persona.
Lo cierto es que esto recién me pasó hace unos días, así que todavía no sé en qué va a terminar. Sé que volví a hablar con Esteban. Sé que se me ha vuelto costumbre, cada noche antes de dormir, regalarme unos minutos de esa curiosidad nueva que él destapó. Y sé que, la próxima vez que la lluvia me sorprenda en la calle, no voy a correr a refugiarme en cualquier parte.
Tal vez mañana les cuente cómo siguió todo. Por ahora, solo necesitaba escribirlo y admitir, aunque sea aquí, que esa tarde empapada fue la mejor cosa que me pasó en mucho tiempo.