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Relatos Ardientes

Lo que descubrí en mi visita al geriátrico

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A mi abuelo lo internaron en el geriátrico hace ya bastante tiempo. La edad lo había ido apagando, la demencia senil le borraba los nombres y las caras, y mi vieja no tenía ni la paciencia ni el cuerpo para cuidarlo en casa. Entre las dos no daba, decía. Y así fue como terminó en ese edificio de paredes verdosas y olor a desinfectante, sobre la avenida, cerca de la terminal.

Yo hacía meses que no lo veía. Me daba culpa, pero también una especie de pudor que no sabría explicar. La dirección del lugar había llamado para pedir que compráramos algunos de sus medicamentos, sobre todo el de la cabeza, el que tenía que tomar sí o sí para no perderse del todo. Me ofrecí a llevarlos yo. De paso lo visito, dije. Total, alguien tenía que ir.

Tomé el colectivo un martes a la tarde, con la bolsa de la farmacia en la falda y la sensación rara de quien va a un lugar al que preferiría no ir. No sabía con qué me iba a encontrar. La última vez él todavía me reconocía a ratos; me llamaba por el nombre de mi madre y se reía solo.

La primera sorpresa me esperaba apenas crucé la puerta principal.

En el hall de entrada, sentado en uno de esos sillones de respaldo alto tapizados en cuerina marrón, había un viejo masturbándose con la tranquilidad de quien lee el diario. No se escondía de nadie. Tenía la bragueta abierta, la verga afuera, colorada y venosa, y se la sacudía con la mano derecha en un vaivén parejo, sin apuro. Los ojos entrecerrados, la boca floja, una sonrisa boba perdida en algún recuerdo que solo él conocía. Una enfermera apareció casi corriendo, me pidió disculpas por el espectáculo, me agarró del brazo y me llevó hacia el mostrador.

—Disculpe, señorita, a veces se nos escapan —dijo, acomodándose el ambo—. Con la demencia pierden todo el filtro. Hacen lo que sienten.

Asentí, incómoda, pero la verdad es que no me había horrorizado. Más bien me había quedado mirando un segundo de más, calculando el tamaño de la polla del viejo, sintiendo un cosquilleo raro entre las piernas. Firmé la planilla de visitas, dejé los remedios en la ventanilla de enfermería y pregunté por el número de habitación de mi abuelo. Segundo piso, fondo a la derecha, junto a la ventana.

Subí por una escalera de mármol gastado. El pasillo estaba en silencio, apenas el zumbido de un televisor lejano y el chirrido de mis zapatillas contra el linóleo. Conté las puertas hasta la del fondo. Estaba entornada. Empujé despacio, con esa delicadeza que uno usa para no despertar a alguien.

Y ahí estaba la segunda sorpresa.

Mi abuelo, sentado en el borde de la cama, sacudiéndosela como si en eso se le fuera la vida. Tenía la sábana corrida, el piyama abierto y la polla entre los dedos, sorprendentemente firme, la punta brillante, un hilo de líquido preseminal escurriéndose hasta los nudillos. La mirada clavada en la nada y la mano moviéndose con una energía que jamás le hubiera imaginado a esa edad. Me quedé congelada en el umbral, con la mano todavía en el picaporte, sintiendo que se me endurecían los pezones debajo de la remera.

Tendría que haberme dado vuelta. Tendría que haber cerrado la puerta y bajado a avisarle a la enfermera. Pero no lo hice. En lugar de espantarme, me vinieron a la cabeza recuerdos que tenía guardados bajo llave, cosas de mi adolescencia que nunca le conté a nadie y que tampoco voy a detallar acá. Cosas de él y mías, de una época en que yo era curiosa y él todavía estaba entero.

Lo cierto es que él no se detuvo. Ni siquiera me registró. Seguía concentrado, ajeno a que yo estaba parada enfrente, mirándolo pajearse.

Cerré la puerta a mi espalda. El clic de la cerradura sonó más fuerte de lo que esperaba.

Me acerqué despacio. Me arrodillé al lado de la cama, le aparté la mano con suavidad y la reemplacé por la mía, igual que hacía en aquella época que prefiero no nombrar. La tenía dura, increíblemente dura para un hombre de su edad; le envolví el tronco con los dedos y la sentí latir contra la palma, caliente, la piel tirante. Empecé a moverle el prepucio hacia arriba y hacia abajo, despacio, descubriéndole el glande hinchado, morado, empapado. Le pasé el pulgar por la punta y le esparcí ese líquido pegajoso por toda la cabeza. Lo miré a la cara: ni un gesto de reconocimiento, solo placer puro, animal, sin memoria. La boca entreabierta, la respiración corta, un temblor en las piernas flacas.

Me dieron ganas de más. Bajé la cabeza y me la metí en la boca.

De un momento a otro estaba ahí, arrodillada en una habitación de geriátrico, chupándole la verga al hombre que años atrás me había enseñado tantas cosas. Se la tragué hasta el fondo, sintiéndola golpear contra el paladar, apretando los labios alrededor del tronco. La saqué despacio, arrastrando la lengua por la parte de abajo, jugando con el frenillo, y volví a hundirla hasta la raíz. Le rodeé los huevos con la mano libre, se los sopesé, se los acaricié suavecito mientras seguía mamándosela con ritmo. Él empezó a gemir, primero bajito, después con una especie de gruñido ronco que le salía del fondo del pecho. Le chupé la punta con la boca hecha una O apretada, se la lamí como un caramelo, le pasé la lengua desde los huevos hasta el glande en una sola pasada larga y babosa, y volví a metérmela entera. Yo seguía, sin pensar, dejándome llevar por algo que no entendía pero que no quería frenar. Sentía la humedad crecerme entre las piernas, el jean cada vez más molesto, apretándome el coño mojado.

Le agarré la base con la mano y le empecé a hacer una paja mientras le chupaba la cabeza, coordinando las dos cosas, girando la muñeca en cada subida. El viejo se agarró del borde del colchón, los nudillos blancos, y empezó a mover la pelvis contra mi boca, follándomela despacio, sin fuerza pero con hambre. Después de un rato dio un grito ahogado y se vino. Fue poco, apenas un hilo tibio y salado que alcancé a tragar; seguramente se vaciaba mañana y tarde, todos los días, y ya no le quedaba demasiado. Le exprimí lo último con la mano, se lo saqué con la lengua, y me tragué hasta la última gota. Me quedé un instante con la frente apoyada en su pierna, con la polla todavía blanda y babeada rozándome el cachete, recuperando el aire.

—¿Usted quién es, señorita? —me preguntó de golpe, con voz de niño asustado.

—Tu nieta —le respondí, limpiándome la boca con el dorso de la mano—. La Mica.

Me miró sin entender. Pasaron unos segundos largos hasta que algo se acomodó detrás de sus ojos. Entonces sonrió, me tomó la cara con las dos manos y me saludó con un cariño enorme, como si recién entrara yo a la habitación. No se acordaba de nada de lo que acababa de pasar. O se hacía bien el desentendido, vaya uno a saber.

***

Golpearon la puerta. Apenas tuve tiempo de pararme y acomodarme la ropa antes de que entrara la enfermera con un carrito lleno de pastillas en vasitos de plástico. Saludó, le tomó la presión a mi abuelo y le acercó el vaso con sus remedios.

—¿Y? ¿Qué estuvo haciendo, don Aníbal? —le preguntó mientras le ponía las pastillas en la palma.

—La paja me hice —contestó él, tan campante.

La enfermera levantó las cejas, me miró a mí con cara de «ya ve lo que le digo» y largó una risa cansada.

—Está todo el día tocándose. Él y otros tres del piso. Es lo que tienen. No hay con qué pararlos.

Justo en ese momento, desde la habitación de enfrente, se escuchó una voz aguardentosa que gritó:

—¿Dónde hay un chochito por acá?

La enfermera puso los ojos en blanco, terminó de darle el agua a mi abuelo y salió rajando, mascullando algo de que no le pagaban lo suficiente. Me dejó ahí parada, sola otra vez, con la puerta abierta y la voz del vecino insistiendo desde el pasillo.

Asomé la cabeza. Un hombre canoso, flaco, de unos noventa años bien llevados, estaba sentado en su silla de ruedas mirándome con una sonrisa pícara que no se condecía con su cuerpo apagado. Tenía la mano metida adentro del pantalón del piyama, tocándose sin disimulo.

—¿Me dejás tocarte el chochito, nena? —me dijo, sin vueltas.

Y yo, que ya tenía la sangre caliente y la cabeza en otro lado, le dije que sí. Que podía. Lo hice pasar, empujando la silla, y cerré la puerta de nuevo.

Me apoyé contra el borde de la cama de mi abuelo y dejé que el viejo me metiera la mano por encima del jean. Al principio me manoseaba la entrepierna por afuera, apretando la tela contra los labios de mi coño, sintiendo el calor que ya subía a través del denim. Después me bajó el cierre, me abrió el botón y me metió los dedos por adentro de la bombacha. Acariciaba con una habilidad que me sorprendió, lento, buscándome el clítoris con la yema del dedo mayor, insistiendo justo donde había que insistir. Para alguien que entendía poco del presente, las manos todavía recordaban perfectamente lo que tenían que hacer.

—Mmmm, qué lindo chochito, qué mojadito lo tenés, nena —murmuraba mientras aceleraba el manoseo.

Me metió dos dedos adentro y empezó a bombearme mientras el pulgar seguía frotándome el clítoris en círculos. Yo me abrí más de piernas, arqueándome contra su mano, sintiendo cómo los dedos entraban y salían con un ruidito húmedo, obsceno, que llenaba el cuarto. Mi abuelo, sentado al lado, se volvió a poner en campaña. Se destapó de nuevo, se sacó la verga y empezó a manoseársela mirándonos. Ahora era yo la que estiraba el brazo y lo agarraba a él, apretándole el tronco con los dedos, pajeándolo despacio mientras el otro me trabajaba a mí con la suya. Los dos viejos, uno de cada lado, y yo en el medio, sin terminar de creer dónde me había metido, con una polla en la mano y dos dedos hundidos en el coño.

El del noventa apretó el ritmo, me clavó los dedos hasta los nudillos y me frotó el clítoris con una precisión que me hizo perder el aire. Sentí el orgasmo subir desde adentro, apretarme, y me hizo acabar ahí mismo, parada, mordiéndome el labio para no gritar, con las piernas temblando y el coño chorreándome sobre su mano. El jean, que se me había resbalado hasta media pierna, me quedó húmedo, pegado, manchado de mi propia leche.

Mientras seguía con mi abuelo, él largó unas gotas espesas que me quedaron en la mano. Me la acerqué a la boca sin pensarlo, chupándome los dedos uno por uno, saboreando el gusto salado, como si fuera lo más natural del mundo.

***

La verdad es que estaba caliente y quería más. Me asomé al pasillo para comprobar que no anduviera nadie espiando. Estaba desierto, ni una enfermera, ni un cuidador; en ese lugar los cuidados brillaban por su ausencia. Volví a entrar, eché el pestillo y me saqué la remera. El corpiño lo dejé caer al piso sin ceremonia.

Al viejo de la silla casi se le cae la baba cuando me vio las tetas. Me terminé de bajar el jean y la bombacha, quedé en pelotas frente a los dos, y me acerqué a él para que pudiera seguir tocándome, meterme los dedos, hacer lo que quisiera. Se prendió a mis pechos como un bebé, uno primero y después el otro, y me los dejó llenos de saliva, chupando y mordiendo los pezones con un hambre que no tenía nada que ver con la comida del geriátrico. Me los amasaba con las dos manos, me los apretaba fuerte, y volvía a chuparlos hasta dejármelos duros y colorados. Con una mano volvió a buscarme el coño, esta vez sin tela de por medio, y me hundió tres dedos de una, haciéndome gemir.

Mi abuelo, sin levantarse de la cama, alargó la mano y me la apoyó en la cola, manoseándome por detrás. Me abrió los cachetes, me pasó el pulgar por la raya, se lo llevó a la boca y volvió a tocarme, esta vez rozándome el orto con la punta del dedo. Se le había vuelto a poner dura, más dura todavía que antes, y a mí me agarraron unas ganas tremendas de subírmele encima y montármela.

Me trepé a la cama, le pasé una pierna por arriba y me acomodé sobre su pelvis. Le agarré la polla, me la apoyé en la entrada del coño, la froté un poco contra los labios para mojársela bien con mi propio jugo, y me dejé caer despacio. Sentí cómo me abría, cómo me llenaba de a poco, hasta que la tuve adentro hasta el fondo. Me quedé un segundo así, sentada sobre él, sintiéndolo palpitar dentro mío. Después empecé a moverme, arriba y abajo, buscándole el ritmo, apoyándome en su pecho flaco con las dos manos.

El viejo de la silla acercó la silla hasta el borde de la cama, me agarró de la cintura y hundió la cara entre mis nalgas. Me lamió por detrás con una lengua que ya no tenía apuro, me chupó el orto entero, me hundió la lengua en la raya y siguió bajando hasta lamerme el coño mientras yo cabalgaba a mi abuelo. Sentía su verga entrar y salir de mí, la lengua babosa del otro trabajándome por atrás, y no podía creer lo empapada que estaba. Cada vez que bajaba las caderas, mi coño golpeaba contra la pelvis huesuda de mi abuelo y hacía un ruido húmedo, chapoteado, que se mezclaba con los gruñidos de los dos viejos.

Mi abuelo, que entendía poco y nada de lo que estaba pasando, me sostenía las caderas y me dejaba hacer, perdido en su propio placer. Me agarró las tetas con las dos manos, me las apretó, y empezó a empujar la pelvis desde abajo, cogiéndome con lo poco de fuerza que le quedaba. Yo aceleré el ritmo, rebotando sobre él, sintiéndolo golpearme adentro. El otro me abrió más los cachetes con las manos y siguió lamiéndome, alternando entre el coño y el culo, chupándome todo lo que encontraba.

No duró mucho. A esa edad las cosas se acaban rápido. Lo sentí tensarse debajo de mí, agarrarme fuerte de las caderas, soltar un quejido largo, y sentí cómo se vaciaba adentro mío, un chorro tibio, corto, que se me escurrió coño abajo apenas me moví. Supe que había terminado. Me bajé con cuidado, sintiendo la corrida chorrearme por la cara interna del muslo, me limpié con la sábana y me quedé un momento sentada al borde de la cama, con las piernas todavía abiertas, mirando el techo descascarado, tratando de entender en qué momento mi tarde de hija responsable se había convertido en esto.

Me vestí despacio. Me quedé un rato más con él, hasta la hora de la merienda, charlando de cosas que él inventaba y yo le seguía la corriente. Por momentos volvía a preguntarme quién era, y yo le repetía que su nieta, la Mica, y él sonreía como si fuera la primera vez.

Antes de irme, el viejo de la silla seguía insistiendo. Quería más, decía, que no me fuera. Se había sacado la polla del piyama y se la estaba sacudiendo delante mío, flaca y arrugada pero sorprendentemente firme, con la punta ya húmeda. Para que se quedara tranquilo me arrodillé una última vez frente a él, se la agarré con la mano y me la metí en la boca. Se la chupé despacio, entera, empapándosela de saliva, moviendo la cabeza en un ritmo parejo mientras le acariciaba los huevos con la otra mano. Él me apoyó una mano en la nuca y me marcó el compás, empujándome suave contra su pelvis, follándome la boca con la poca fuerza que le quedaba. Le pasé la lengua por toda la cabeza, se la lamí por debajo, se la volví a tragar hasta el fondo. Le hice una paja apretada con la boca, subiendo y bajando, chupándole con ganas, hasta que largó, despacio, lo poco que le quedaba: un par de gotas espesas que me cayeron en la lengua y me tragué sin pensarlo. Cuando terminó se quedó como si lo hubiera arrollado un camión, desvanecido contra el respaldo de la silla, con la polla todavía babeada afuera del piyama y una sonrisa de paz absoluta en la cara.

Me despedí de mi abuelo con un beso en la frente. No me reconoció, pero me devolvió el beso igual.

***

Salí del cuarto y bajé las escaleras con las piernas todavía temblando y la bombacha empapada. En el hall seguía el primer viejo, el que me había recibido, dale que dale en su sillón, la verga afuera, ajeno a todo. Lo miré de reojo y pensé que tranquilamente, otro día, podía armar mi propia fiestita con todos ellos. Nadie controlaba nada en ese lugar. Las puertas estaban siempre entornadas, las enfermeras desbordadas, el tiempo detenido.

Firmé la salida, le dije a la chica del mostrador que volvería pronto con los remedios del mes y caminé hasta la parada del colectivo con la cabeza llena de ideas que no iba a tardar mucho en concretar.

Y la próxima vez, me prometí, no iba a llegar tan tarde.

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Comentarios(8)

RodrigoK88

excelente relato!!! muy original la ambientación

ValenRO

Por favor seguí, quede enganchada queriendo saber qué pasa despues. No me lo puedo creer jajaja

CristinaBue

Eso de los recuerdos que creias enterrados... uff, me llego al alma ademas de todo lo demas. Muy bien escrito.

CarmenLecto

me encanto!! sigue así :)

DiegoPalermoR

Buenisimo, pero ahora necesito saber que vio exactamente. La tension que generaste es tremenda.

Nico_Baires

jajaja una situacion algo parecida me paso visitando a un familiar... prefiero no entrar en detalles pero entendi todo al leer esto jajajajaja

Sil_lectora

De las Confesiones mas originales que lei aca. La ambientacion no es la tipica y eso lo hace especial. Espero leer mas de esto.

TatoRosario

increibleee!!! Más por favor!!

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