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Relatos Ardientes

Me convertí en otra mujer cada vez que él volvía

Ilustración del relato erótico: Me convertí en otra mujer cada vez que él volvía

Nunca pensé que escribiría algo así, ni siquiera de forma anónima, pero hay cosas que una necesita sacarse de adentro o terminan pudriéndola por dentro. Desde que me separé, mi vida se había vuelto una rutina de horarios, dibujos animados y noches en las que me dormía antes de las diez con la tele encendida. Hasta que Bruno empezó a venir al edificio.

Él se encargaba del mantenimiento de la piscina y de la poda del jardín del conjunto. Era alto, de espalda ancha, con esa clase de cuerpo que no se construye en un gimnasio sino cargando peso de verdad. La primera vez que lo vi pensé que era guapo y nada más. La segunda vez ya me sorprendí mirándolo desde el balcón más tiempo del necesario, con el mate frío en la mano y una idea cruzándome la cabeza que me dio vergüenza.

Lo que pasó después fue inevitable. Una noche que mi hijo menor se durmió temprano, Bruno subió «a revisar una filtración» y se quedó hasta la madrugada. No hace falta que cuente esa primera vez. Lo que de verdad me marcó vino después, en los días en que aprendí a vivir una doble vida dentro de mi propia casa.

***

Esa primera mañana me desperté con él al lado, completamente dormido, la sábana enredada en las piernas. Lo miré un buen rato antes de levantarme. ¿En qué momento me convertí en esto?, pensé, y la pregunta no me dio culpa sino una especie de cosquilleo en el estómago.

Mi hijo, como cada mañana, se había levantado solo para ver sus series en la sala. Me puse la bata, nada debajo, y salí a prepararle el desayuno. Lo senté frente a su tazón, le acomodé el pelo y me quedé con él hasta que terminó. Después lo llevé de vuelta al sillón y le cambié el dibujo. Todo normal. Todo de madre. Y a tres metros, detrás de una puerta, había un hombre desnudo en mi cama.

Escuché la puerta de mi habitación abrirse. Bruno salió con pasos de ladrón, haciéndome señas de silencio con un dedo sobre los labios, y cruzó el pasillo hacia el baño sin nada encima, sin el menor pudor, sonriéndome como un chico que sabe que está haciendo algo prohibido. Esperé a que terminara. Cuando abrió la puerta del baño lo agarré de la mano y lo metí de nuevo en mi cuarto.

El tramo era corto, pero pasar por detrás de mi hijo con Bruno pegado a mi espalda, conteniendo la respiración, fue lo más excitante que había sentido en años. Sabía que estaba mal. Y justo por eso no podía parar.

Ya con la puerta cerrada nos tumbamos en la cama y empezamos a besarnos despacio, sin hacer ruido. Sus manos me recorrían entera por encima y por debajo de la bata; las mías subían y bajaban por su espalda. Me levantó la tela de un tirón y, en un solo movimiento, estuvo dentro de mí.

—¿Te gusta tu desayuno? —me susurró al oído, riéndose.

—Callate —le contesté, mordiéndome el labio para no gritar.

Me cogía con una fuerza tranquila, sin apuro, como si tuviéramos toda la mañana. Yo apretaba las piernas a los costados de su cuerpo y le clavaba las uñas para no soltar la voz. Cada embestida me sacaba un gemido que yo ahogaba contra su hombro, contra la almohada, contra mi propia mano. Estuvimos así un buen rato, hasta que sentí que se tensaba, salió de golpe y terminó sobre mi vientre con un resoplido largo.

Nos quedamos quietos unos segundos, agitados, escuchando de fondo la musiquita de los dibujos animados. Después vino la parte difícil: sacarlo de ahí sin que mi hijo lo viera. Mientras Bruno se vestía, salí a la sala como quien no quiere la cosa. El nene se había quedado dormido en el sillón. Le hice una seña, Bruno cruzó rápido hasta la puerta, le di un beso corto y se fue.

—Fue la mejor noche de mi vida —me dijo en el umbral.

—No te creas tanto —le respondí, aunque para mí también lo había sido.

***

Cerré la puerta y me apoyé contra ella con el corazón todavía golpeando. Limpié la cocina, lavé los platos y me metí a la ducha. Estuve casi una hora bajo el agua, enjabonándome hasta borrar cualquier rastro de él, cualquier olor. Cuando salí me miré al espejo, despeinada, con marcas rojas en el cuello, y me reí sola. Había guardado la mujer responsable en un cajón para convertirme, por una noche, en alguien que ni yo conocía. Y lo peor era que esa otra mujer me gustaba más.

Ese día no salí del departamento para nada. Anduve toda la tarde con la bata puesta, poniéndome crema en el cuerpo, masajeándome los hombros, intentando disimular los chupones que él me había dejado y que se asomaban por todas partes.

***

Las dos semanas siguientes fueron una tortura deliciosa. Bruno no podía subir: mi hijo mayor había venido a quedarse unos días mientras su padre estaba de viaje, y con dos chicos en casa no había manera. Habíamos acordado que nuestros encuentros serían solo en las noches en que su amigo, el portero del conjunto, estuviera de turno, o los días en que él viniera a darle mantenimiento a la piscina.

Así que nos quedaba el teléfono. Empezábamos con conversaciones normales, cómo había estado mi día, qué había podado, una tontería cualquiera. Y de repente la voz le cambiaba, se ponía más grave, y yo sabía exactamente hacia dónde iba la cosa. Me decía al oído lo que me haría la próxima vez, con qué detalle, en qué postura, y yo me cerraba en mi cuarto con la excusa de descansar, me metía la mano debajo de la ropa y me tocaba mientras lo escuchaba respirar agitado del otro lado.

Terminaba la llamada y me quedaba húmeda, encendida, mirando el techo. Me estoy volviendo loca, pensaba. No reconocía a esta mujer que se masturbaba a media tarde escuchando la voz de un hombre que apenas conocía. Pero ahí estaba, contando las horas para volver a verlo.

***

El sábado tocaba limpieza de la piscina y poda de los árboles. Desde la noche anterior habíamos armado el plan por teléfono, como dos adolescentes. A primera hora bajé a mis hijos al agua. Me puse un short corto y una salida de baño blanca, liviana, y esperé el momento.

Cuando los dos estaban entretenidos chapoteando en la parte baja, le pedí a la vecina del frente que les echara un ojo un minuto y me escabullí hacia el cuarto de bombas, ese cuartito húmedo y oscuro al fondo del jardín donde Bruno guardaba sus herramientas. Entré con el corazón a mil. Él ya estaba ahí, esperándome.

No hablamos casi nada. Se me tiró encima y empezamos a besarnos contra la pared, con una urgencia que no tenía nada de elegante.

—Te extrañé —me dijo entre besos, bajando por mi cuello.

—Yo también. No tenemos mucho tiempo —le contesté, ya desabrochándole el pantalón.

Metí la mano y lo encontré durísimo. Por instinto me quise agachar para tomármela en la boca, pero él me detuvo con suavidad.

—No hay tiempo para eso —jadeó—. Date vuelta.

Me giró hacia la pared, me bajó el short de un tirón y me dobló apenas hacia adelante. Sentí su mano firme en mi cadera y, un segundo después, lo sentí entrar de una sola vez. Se me escapó un gemido que tuve que tragarme entero. Cualquiera podía pasar por afuera. Mis hijos estaban a treinta metros. Y esa idea, en lugar de frenarme, me prendía más.

Me cogía rápido, sin ceremonia, los dos respirando fuerte en ese cuartito que olía a cloro y a tierra mojada. Yo apoyaba las palmas contra la pared fría y empujaba hacia atrás buscándolo.

—Más fuerte —le pedí en un susurro—. No pares.

Pero el tiempo jugaba en contra. Justo cuando empezaba a perderme del todo, Bruno se tensó, salió de golpe y terminó contra el piso de cemento con un gruñido contenido.

Me subí el short de un manotazo, frustrada. Había esperado dos semanas para esto, y lo «esto» había durado apenas unos minutos. Me sentía a medio camino de todo, más caliente que antes de entrar.

—No te enojes, mami —me dijo, agarrándome de la mano—. No teníamos tiempo. Fue un rapidito. Te lo recompenso, te lo juro.

No le contesté. Le di la espalda y salí del cuarto acomodándome el pelo, con las piernas todavía temblando.

***

Volví a la piscina como si nada. Mis hijos ni se habían dado cuenta de mi ausencia; el mayor me preguntó dónde había ido y le dije que al baño. Me senté en el borde con los pies en el agua, mirándolos jugar, sonriéndoles, siendo otra vez la madre de siempre. Por fuera estaba todo tranquilo. Por dentro era un incendio.

Esa noche, cuando los dos se durmieron, me metí en la ducha y terminé yo sola lo que él había dejado a la mitad, recordando la noche entera que habíamos tenido y los pocos minutos robados de esa tarde. Me apoyé contra los azulejos con el agua cayéndome encima y dejé que la imaginación hiciera el resto.

No sé hasta cuándo va a durar esto. No sé si está bien o mal, ya ni me lo pregunto. Solo sé que cada vez que escucho la podadora arrancar en el jardín, abajo, se me acelera el pulso y me asomo al balcón a buscarlo con la mirada. Y que, por más responsable que sea el resto del día, hay una parte de mí que vive esperando la próxima vez que él vuelva.

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Comentarios (2)

MedanocheLectora

Dios mio que relato... me quedé sin palabras. Ese detalle de contener la respiracion es demasiado real.

PatriciaVK

Por favor continua, no puede quedar así!!! quedé con ganas de mas

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