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Relatos Ardientes

Me convertí en otra mujer cada vez que él volvía

Nunca pensé que escribiría algo así, ni siquiera de forma anónima, pero hay cosas que una necesita sacarse de adentro o terminan pudriéndola por dentro. Desde que me separé, mi vida se había vuelto una rutina de horarios, dibujos animados y noches en las que me dormía antes de las diez con la tele encendida. Hasta que Bruno empezó a venir al edificio.

Él se encargaba del mantenimiento de la piscina y de la poda del jardín del conjunto. Era alto, de espalda ancha, con esa clase de cuerpo que no se construye en un gimnasio sino cargando peso de verdad. La primera vez que lo vi pensé que era guapo y nada más. La segunda vez ya me sorprendí mirándolo desde el balcón más tiempo del necesario, con el mate frío en la mano y una idea cruzándome la cabeza que me dio vergüenza: quería saber qué tenía dentro del pantalón, qué tan grande la tenía, cómo se la sentiría dentro después de tantos meses seca.

Lo que pasó después fue inevitable. Una noche que mi hijo menor se durmió temprano, Bruno subió «a revisar una filtración» y se quedó hasta la madrugada. Esa primera vez me la comió entera antes de meterla, me lamió el coño hasta hacerme temblar dos veces sobre su cara, y después me cogió despacio y hondo hasta que le pedí que se corriera dentro. Lo que de verdad me marcó vino después, en los días en que aprendí a vivir una doble vida dentro de mi propia casa.

***

Esa primera mañana me desperté con él al lado, completamente dormido, la sábana enredada en las piernas. Lo miré un buen rato antes de levantarme. Le miré la polla dormida sobre el muslo, gruesa incluso en reposo, con una vena marcada que le recorría el largo, y me sorprendí apretando los muslos debajo de la sábana. ¿En qué momento me convertí en esto?, pensé, y la pregunta no me dio culpa sino una especie de cosquilleo en el estómago y una humedad tibia entre las piernas.

Mi hijo, como cada mañana, se había levantado solo para ver sus series en la sala. Me puse la bata, nada debajo, y salí a prepararle el desayuno. Sentía el semen seco pegado en los muslos, un recordatorio pegajoso de la noche anterior. Lo senté frente a su tazón, le acomodé el pelo y me quedé con él hasta que terminó. Después lo llevé de vuelta al sillón y le cambié el dibujo. Todo normal. Todo de madre. Y a tres metros, detrás de una puerta, había un hombre desnudo en mi cama con la polla que me había reventado por dentro hasta hacía pocas horas.

Escuché la puerta de mi habitación abrirse. Bruno salió con pasos de ladrón, haciéndome señas de silencio con un dedo sobre los labios, y cruzó el pasillo hacia el baño sin nada encima, sin el menor pudor, con la verga colgando pesada entre las piernas, sonriéndome como un chico que sabe que está haciendo algo prohibido. Esperé a que terminara. Cuando abrió la puerta del baño lo agarré de la mano y lo metí de nuevo en mi cuarto.

El tramo era corto, pero pasar por detrás de mi hijo con Bruno pegado a mi espalda, conteniendo la respiración, con su polla ya medio dura rozándome el culo por encima de la bata, fue lo más excitante que había sentido en años. Sabía que estaba mal. Y justo por eso no podía parar.

Ya con la puerta cerrada nos tumbamos en la cama y empezamos a besarnos despacio, sin hacer ruido. Sus manos me recorrían entera por encima y por debajo de la bata; me abrió el cinto de un tirón y me la sacó de los hombros. Me quedó desnuda debajo de él, con los pezones ya duros. Bajó la boca a un pecho y me lo chupó entero, mordiéndome apenas el pezón, mientras con la otra mano me abría las piernas y me buscaba el coño con dos dedos. Ya estaba mojada, empapada de sólo tenerlo encima.

—Ya estás lista, puta —me murmuró al oído, moviéndome los dedos dentro—. Anoche te dejé el coño abierto.

Le tapé la boca con la mano y bajé la mía a su verga. La tenía dura como una piedra, gruesa, hirviendo. Se la apreté en el puño y se la moví despacio, pasándome el pulgar por la punta, esparciéndole la gota que ya le salía. Él gimió contra mi cuello y se me acomodó entre las piernas. Sentí la cabeza de la polla apoyarse en la entrada, empujar apenas, y de un solo empujón lento se me enterró entera hasta el fondo.

—¿Te gusta tu desayuno? —me susurró al oído, riéndose.

—Callate y cogeme —le contesté, mordiéndome el labio para no gritar.

Me cogía con una fuerza tranquila, sin apuro, como si tuviéramos toda la mañana. La sacaba casi entera y me la volvía a meter hasta el fondo, midiendo cada embestida para que la cama no golpeara contra la pared. Yo apretaba las piernas a los costados de su cuerpo y le clavaba las uñas en la espalda para no soltar la voz. Cada vez que me la metía hasta el fondo se me escapaba un gemido ronco que ahogaba contra su hombro, contra la almohada, contra mi propia mano. Sentía cómo su polla me abría por dentro, cómo la cabeza me tocaba en un punto que me hacía apretar los dientes.

—Chupámela un poco —me pidió, saliendo y arrodillándose al lado de mi cara.

Me giré, le agarré la polla con una mano y me la metí en la boca. Me la tragué entera hasta que sentí que me tocaba el fondo de la garganta, y él me apretó la nuca sin lastimarme, moviéndome despacio arriba y abajo. La saqué con un hilo de saliva y le lamí los huevos, apretados contra el cuerpo, mientras le movía la verga con el puño. Estaba brillante de mi baba y de mis propios jugos.

—Date vuelta, ponete en cuatro —me ordenó bajito.

Me di vuelta, me apoyé en las rodillas y en los codos, y le levanté el culo. Sentí sus manos abrirme las nalgas, y después la polla apoyarse otra vez, y entrar de nuevo, esta vez todavía más profundo. Me tapé la boca con la almohada. Me cogía en cuatro con las manos clavadas en la cadera, tirándome hacia atrás, encajándome entera cada vez. Escuchaba el ruido húmedo de mi coño chorreando alrededor de su verga y me daba una vergüenza y unas ganas que no podía con las dos cosas juntas.

Estuvimos así un buen rato, hasta que sentí que la panza se me apretaba y que se me venía uno grande. Le dije que no parara, ahí, así, y me vine sobre su polla mordiendo la almohada, con los muslos temblando. Él aguantó un poco más, bombeándome hasta que se tensó, salió de golpe y me terminó sobre la espalda y el culo con un resoplido largo, chorros calientes que sentí caer uno tras otro.

Nos quedamos quietos unos segundos, agitados, escuchando de fondo la musiquita de los dibujos animados. Después vino la parte difícil: sacarlo de ahí sin que mi hijo lo viera. Mientras Bruno se vestía, me limpié la espalda con un pañuelo y salí a la sala como quien no quiere la cosa. El nene se había quedado dormido en el sillón. Le hice una seña, Bruno cruzó rápido hasta la puerta, le di un beso corto y se fue.

—Fue la mejor noche de mi vida —me dijo en el umbral.

—No te creas tanto —le respondí, aunque para mí también lo había sido.

***

Cerré la puerta y me apoyé contra ella con el corazón todavía golpeando y el coño latiéndome. Limpié la cocina, lavé los platos y me metí a la ducha. Estuve casi una hora bajo el agua, enjabonándome hasta borrar cualquier rastro de él, cualquier olor a semen, cualquier resto seco entre los muslos. Me metí dos dedos para lavarme por dentro y todavía lo sentía ahí, la polla fantasma abriéndome. Cuando salí me miré al espejo, despeinada, con marcas rojas en el cuello, con los pezones irritados de tanto chupón, y me reí sola. Había guardado la mujer responsable en un cajón para convertirme, por una noche, en la puta que ni yo conocía. Y lo peor era que esa otra mujer me gustaba más.

Ese día no salí del departamento para nada. Anduve toda la tarde con la bata puesta, poniéndome crema en el cuerpo, masajeándome los hombros, intentando disimular los chupones que él me había dejado y que se asomaban por todas partes.

***

Las dos semanas siguientes fueron una tortura deliciosa. Bruno no podía subir: mi hijo mayor había venido a quedarse unos días mientras su padre estaba de viaje, y con dos chicos en casa no había manera. Habíamos acordado que nuestros encuentros serían solo en las noches en que su amigo, el portero del conjunto, estuviera de turno, o los días en que él viniera a darle mantenimiento a la piscina.

Así que nos quedaba el teléfono. Empezábamos con conversaciones normales, cómo había estado mi día, qué había podado, una tontería cualquiera. Y de repente la voz le cambiaba, se ponía más grave, y yo sabía exactamente hacia dónde iba la cosa.

—¿Tenés puesta la bata? —me preguntaba—. Sacátela. Abrite las piernas para mí. Quiero que te toques.

Me cerraba en mi cuarto con la excusa de descansar, ponía el celular en altavoz sobre la almohada y le hacía caso. Me abría la bata, me pasaba una mano por las tetas, me apretaba los pezones hasta que dolían. Después bajaba, me abría el coño con dos dedos y empezaba a acariciarme el clítoris despacio, en círculos, como él me lo hacía con la lengua.

—Metete dos dedos —me ordenaba, con la respiración cada vez más pesada—. Bien adentro. Movélos como si fuera mi polla.

Le obedecía. Me metía dos dedos, tres, y los movía adentro escuchándome mojar, sabiendo que él estaba del otro lado con la verga en la mano, moviéndosela al ritmo de mi voz. Le contaba en detalle qué me estaba haciendo, qué tan mojada estaba, cómo me imaginaba su boca chupándome, y él me contestaba con guarradas que me prendían más: cómo me iba a poner en cuatro, cómo me iba a coger contra la pared, cómo me iba a dejar el culo lleno de leche.

Cuando se venía lo escuchaba gruñir del otro lado, y yo me venía casi al mismo tiempo, mordiéndome el brazo para no despertar a los chicos, con los dedos empapados y los muslos apretados sobre mi propia mano. Terminaba la llamada y me quedaba tirada, chorreando, mirando el techo. Me estoy volviendo loca, pensaba. No reconocía a esta mujer que se masturbaba a media tarde escuchando la voz de un hombre que apenas conocía. Pero ahí estaba, contando las horas para volver a tenerlo entre las piernas.

***

El sábado tocaba limpieza de la piscina y poda de los árboles. Desde la noche anterior habíamos armado el plan por teléfono, como dos adolescentes calientes. A primera hora bajé a mis hijos al agua. Me puse un short corto y una salida de baño blanca, liviana, sin bombacha debajo, y esperé el momento.

Cuando los dos estaban entretenidos chapoteando en la parte baja, le pedí a la vecina del frente que les echara un ojo un minuto y me escabullí hacia el cuarto de bombas, ese cuartito húmedo y oscuro al fondo del jardín donde Bruno guardaba sus herramientas. Entré con el corazón a mil y el coño ya mojado de sólo pensarlo. Él ya estaba ahí, esperándome, con el bulto marcado en el pantalón de trabajo.

No hablamos casi nada. Se me tiró encima y empezamos a besarnos contra la pared, con una urgencia que no tenía nada de elegante. Me metió la lengua hasta la garganta, me agarró las tetas por encima de la salida de baño y me pellizcó los pezones a través de la tela.

—Te extrañé, puta —me dijo entre besos, bajando por mi cuello, mordiéndome.

—Yo también. No tenemos mucho tiempo —le contesté, ya desabrochándole el pantalón.

Metí la mano y lo encontré durísimo, hirviendo, la punta ya mojada. Se la saqué del calzoncillo y se la moví en el puño, apretándosela, escuchándolo jadear contra mi oreja. Por instinto me quise agachar para tomármela en la boca, para chuparla entera hasta que se me viniera en la lengua, y me arrodillé pasándole la lengua por toda la punta.

—No hay tiempo para eso —jadeó, agarrándome del pelo y levantándome—. Date vuelta.

Me giró hacia la pared, me bajó el short de un tirón junto con la salida de baño y me dobló hacia adelante hasta que quedé con las manos apoyadas en la pared, el culo levantado, las piernas abiertas. Sentí sus dedos entrarme un segundo, comprobar que estaba empapada, y después escupirse la polla y frotármela contra el coño abierto.

—Estás chorreando —me susurró, riéndose bajito—. Sos una guarra.

—Metémela ya —le supliqué.

Me la clavó de una sola vez, entera, hasta el fondo. Se me escapó un gemido que tuve que tragarme entero, mordiéndome el dorso de la mano. Cualquiera podía pasar por afuera. Mis hijos estaban a treinta metros. Y esa idea, en lugar de frenarme, me prendía más, me apretaba más el coño alrededor de su verga.

Me cogía rápido, sin ceremonia, con las manos clavadas en la cadera, tirándome hacia atrás para encajarme cada embestida. Los dos respirando fuerte en ese cuartito que olía a cloro y a tierra mojada, y ahora también a sexo. Yo apoyaba las palmas contra la pared fría y empujaba el culo hacia atrás buscándolo, sintiendo cómo su polla me abría, cómo los huevos me pegaban contra el clítoris a cada golpe.

—Más fuerte —le pedí en un susurro ronco—. No pares, dámela toda, cogéme fuerte.

Me agarró del pelo, me tiró la cabeza hacia atrás y me cogió más rápido, más hondo. Me pasó una mano por debajo y me buscó el clítoris con los dedos, frotándomelo mientras me la seguía metiendo. Sentí que estaba a segundos de venirme, que se me tensaba todo. Pero el tiempo jugaba en contra. Justo cuando empezaba a perderme del todo, Bruno se tensó, salió de golpe y terminó contra el piso de cemento con un gruñido contenido, chorros gruesos que salpicaron entre sus pies.

Me subí el short de un manotazo, frustrada, con el coño latiéndome, palpitándome, gritándome que le faltaba lo mío. Había esperado dos semanas para esto, y lo «esto» había durado apenas unos minutos. Me sentía a medio camino de todo, más caliente que antes de entrar.

—No te enojes, mami —me dijo, agarrándome de la mano—. No teníamos tiempo. Fue un rapidito. Te lo recompenso, te lo juro. La próxima te la como hasta que te vengas tres veces.

No le contesté. Le di la espalda y salí del cuarto acomodándome el pelo, con las piernas todavía temblando y el coño empapado goteándome dentro del short.

***

Volví a la piscina como si nada. Mis hijos ni se habían dado cuenta de mi ausencia; el mayor me preguntó dónde había ido y le dije que al baño. Me senté en el borde con los pies en el agua, mirándolos jugar, sonriéndoles, siendo otra vez la madre de siempre, con el short pegado al coño mojado. Por fuera estaba todo tranquilo. Por dentro era un incendio.

Esa noche, cuando los dos se durmieron, me metí en la ducha y terminé yo sola lo que él había dejado a la mitad. Me apoyé contra los azulejos con el agua cayéndome encima, me abrí las piernas y me empecé a frotar el clítoris con la mano derecha mientras me metía dos dedos de la izquierda. Cerré los ojos y me imaginé su polla otra vez adentro, sus huevos golpeándome, su voz al oído diciéndome guarra. Me metí un tercer dedo y me lo empujé hondo, buscando el mismo punto, moviendo la muñeca rápido. Me vine mordiéndome el labio, con las piernas temblando, apretando los dedos dentro de mí, con la boca abierta contra el vapor. Y cuando salí uno, entró otro: pensé en el rapidito del cuartito, en cómo me había dejado empezada, y me tuve que sentar en el piso de la ducha para hacerme venir una segunda vez, con los dos dedos entrando y saliendo mientras el agua caliente me caía en la cabeza.

No sé hasta cuándo va a durar esto. No sé si está bien o mal, ya ni me lo pregunto. Solo sé que cada vez que escucho la podadora arrancar en el jardín, abajo, se me acelera el pulso, se me humedece la bombacha y me asomo al balcón a buscarlo con la mirada. Y que, por más responsable que sea el resto del día, hay una parte de mí que vive esperando la próxima vez que él vuelva a meterme la polla hasta el fondo.

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Comentarios(7)

MedanocheLectora

Dios mio que relato... me quedé sin palabras. Ese detalle de contener la respiracion es demasiado real.

PatriciaVK

Por favor continua, no puede quedar así!!! quedé con ganas de mas

Silvina_Cba

me recordó a algo que yo misma viví hace anos, esa mezcla de saber que está mal y seguir igual. Gracias por animarte a escribirlo, no es facil.

ClaraCba77

Qué manera de escribir, se nota que lo sentiste de verdad. Me engancho desde el primer párrafo

fan_relatos22

buenisimo!!!

LuisDelSur_99

muy buen relato, bien narrado y creible. Espero que haya segunda parte

NocheInquieta

La tensión que le metiste a cada línea es increible. Muy bien narrado, sin exageraciones.

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