Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Confieso lo que pasó en el monte con aquella pareja

Tengo cuarenta y ocho años y la montaña es lo único que de verdad me pertenece. Me levanto antes de que asome la luz, me ato las zapatillas de trail y salgo a comerme los senderos que conozco de memoria. No hay máquina de gimnasio que iguale lo que te hace subir una cuesta con el aire frío golpeándote la cara.

En otoño cambio el ritmo. Toca la temporada de setas, y entonces dejo de correr para agacharme entre las matas durante horas, con las manos llenas de tierra y los dedos manchados de verde. Conozco los rincones buenos, esos que uno no le dice a nadie y se guarda para sí.

Necesito ese silencio. El olor a tierra húmeda, a pino, a roca mojada. Me gusta volver a casa con la cesta a rebosar, las botas sucias y el cuerpo molido. Por eso lo que voy a contar todavía me descoloca, porque yo subo a la sierra a estar solo.

***

Aquella mañana de octubre rastreaba níscalos cuando escuché unas voces entre los árboles. Al principio pensé que alguien llamaba a su perro, pero sonaban demasiado urgentes. Me acerqué siguiendo el eco hasta que salí a un claro estrecho y los vi.

Una pareja joven, treintañeros, equipados con esa ropa técnica de marcas caras. Él estaba sentado contra una roca, la cara desencajada, agarrándose la pierna derecha. Moreno, barba corta, complexión atlética. Cada vez que intentaba mover el tobillo apretaba los dientes.

Ella estaba agachada a su lado, el pelo recogido en una coleta alta, rubia y menuda, sin parar de preguntarle si estaba bien. Se la veía asustada, perdida, sin saber qué hacer con las manos.

—¿Necesitáis ayuda? —dije, saliendo de entre los pinos.

Los dos se sobresaltaron. Él intentó incorporarse con una mueca.

—Sí, joder… me he torcido el tobillo bajando por las piedras. No puedo apoyar —contestó.

Ella se giró hacia mí aliviada.

—¿Conoces la zona? No sabemos cómo bajar desde aquí.

Dejé la cesta en el suelo, me agaché y le palpé la pierna con cuidado. No era el tobillo.

—Tienes un tirón en el gemelo —le dije—. Lo tienes agarrotado entero.

Le bajé el calcetín técnico y noté la pantorrilla dura como una piedra. Un tirón de manual, de los que entran por falta de preparación.

—Me llamo Diego —dijo él aguantando el dolor—, y ella es Carla, mi mujer.

—Andrés —contesté, y empecé a trabajarle el gemelo con los pulgares, hundiéndolos en el músculo—. Te va a doler, pero no hay otra.

Diego se agarró a una raíz para soportarlo. Mientras presionaba, lo miré bien. El tío tenía el torso marcado, los hombros anchos, los brazos de quien le mete horas al hierro. Pero las piernas eran otra historia: finas, blandas, sin definir. Un machito de press de banca que se salta el día de pierna. Se notaba a la legua.

—¿Hace mucho que no entrenas piernas? —pregunté sin levantar la vista.

Se puso colorado.

—Me centro más en el tren superior…

Carla soltó una risita nerviosa.

—Se lo digo siempre, pero no me hace caso.

Seguí amasando el nudo, subiendo despacio hacia la corva, sintiendo cómo el músculo empezaba a ceder bajo mis dedos. Diego respiraba hondo, intentando relajarse.

Y entonces lo vi.

Se le estaba marcando un bulto bajo el chándal gris. Crecía mientras yo le trabajaba la pierna, y él cambiaba de postura intentando taparlo, pero no había manera. Carla también se dio cuenta. Se quedó mirando la entrepierna de su marido un segundo entero y luego se echó a reír.

—¿Te está gustando el masaje, cariño? —le preguntó con sorna, señalándole el paquete sin ningún disimulo.

Diego apartó la cara hacia los árboles, rojo hasta las orejas. No dijo nada. No lo negó. Se quedó ahí, con la erección marcada y la vergüenza ardiéndole en la cara.

Yo seguí como si nada, aunque por dentro la cosa empezaba a moverse. Los dos estaban buenos. Pero mantuve el tipo.

—Es normal —comenté tranquilo, sin soltarle la pierna—. El masaje profundo activa la circulación. Le pasa a mucha gente.

Carla seguía sonriendo, divertida con la escena.

—Tienes buen cuerpo —le dije a Diego mientras terminaba—. El tren superior lo llevas trabajadísimo.

Él asintió, todavía ruborizado, con una sonrisa tímida de orgullo. El gemelo ya estaba más suelto. Me puse de pie sacudiéndome las manos, y al levantarme noté mi propia polla medio despierta, marcándose contra el pantalón de trekking. La situación me había calentado más de lo que esperaba.

***

Carla se levantó también, aliviada.

—Muchísimas gracias, de verdad. No sé qué habríamos hecho sin ti.

Se acercó con los brazos abiertos para darme un beso en la mejilla. Me incliné hacia ella, y al girarme un poco mi cintura quedó justo delante de la cara de Diego, que seguía sentado contra la roca. Mi bulto, marcado en la tela, a la altura de sus ojos.

Se quedó paralizado. Su mirada bajó hacia mi entrepierna sin que pudiera evitarlo. Carla terminó el beso, se separó, y entonces ella también se dio cuenta de la postura. Se hizo un silencio raro, espeso, de esos que lo cambian todo.

Diego giró la cara y empezó a rozar mi bulto con la mejilla, despacio, como tanteando. Sentí el cosquilleo áspero de su barba a través del pantalón. Un roce suave, deliberado.

Miré a Carla. No apartaba la vista. Sonreía, pero no era una sonrisa nerviosa: era una sonrisa encendida, los ojos brillantes, el labio entre los dientes. Aquello les iba. Lo habían hecho antes. Eran de esos.

Diego levantó la vista hacia mí, con mi entrepierna pegada a su cara.

—¿Puedo? —preguntó con la voz ronca.

Asentí sin decir nada.

Empezó por encima de la tela, besando, recorriendo el largo de mi polla con los labios, la lengua asomando para humedecer el pantalón. Y gemía bajo, gutural, como si cada roce le hiciera bien. Yo terminé de ponerme duro dentro de la ropa, y él lo notó y apretó más, dejando la tela empapada de saliva.

Carla se arrodilló junto a su marido, fascinada. Sin perder la sonrisa, metió las manos por la cintura de mi pantalón y lo deslizó hacia abajo, liberándome. El aire fresco de la montaña me golpeó la piel, y Diego abrió la boca por instinto.

—A mi marido solo se le pone dura con una polla en la boca —dijo Carla, entre el burla y el morbo, acariciándole el pelo—. Y dicen que mama de maravilla. ¿Verdad, cariño?

Diego solo gimió y asintió, sin despegar los ojos de mí. Entonces abrió la boca y se la metió.

Joder. Era bueno. Lo noté al instante: la lengua girando alrededor del glande, los labios apretados creando presión, la garganta relajada para recibirme más adentro. No era ni de lejos su primera vez. El tío sabía exactamente lo que hacía.

Carla se mordió el labio, se llevó una mano a la entrepierna por encima del pantalón.

—Mira cómo disfruta —susurró—. Le encanta.

Diego no paraba. Respiraba fuerte por la nariz cada vez que me la metía hasta el fondo, resoplando, desesperado por sentirla llenarle la garganta. Me agarró las nalgas con las dos manos, clavó los dedos, y empezó a follarse la boca él mismo, tirando de mí hacia adelante una y otra vez. Lo estaba gozando más que yo, frotándose la propia polla contra el aire mientras me tragaba.

Carla se había quitado los leggins y se tocaba por encima de la ropa interior, mirando a su marido como quien mira algo suyo.

—Así, cariño —lo animaba—. Tómala entera.

Sin dejar de mirarlo, le bajó el chándal y la ropa interior hasta las rodillas. La polla de Diego estaba durísima, apuntando hacia arriba, con un hilo de líquido brillándole en la punta.

—Míratela —le dijo Carla pasándole un dedo por el glande—. Goteando solo de chupar.

Le dio una palmada suave en la mejilla, sin sacarme de su boca.

—Te encanta, ¿eh? Saber que te la va a llenar mientras yo miro.

Sentí la presión subir desde la base. Le agarré la cabeza.

—Abre la boca —le dije—. Ahora.

Diego me soltó al instante y se quedó con la boca abierta, la lengua fuera. Carla estaba arrodillada a mi lado, observando. Justo cuando cerró los labios alrededor del glande, el primer chorro salió disparado.

—Joder —gruñí mientras me corría con fuerza.

Él cerró la boca y recibió sin dudarlo, la garganta moviéndose mientras tragaba. No me soltó ni un segundo: siguió chupando, sacándome hasta la última gota, las mejillas hundidas por la succión. Incluso cuando dejé de correrme, siguió limpiándome con la lengua, buscando cualquier resto.

—Qué vicio tiene el cabrón —dije entre jadeos.

Carla se relamió y le agarró la cara a su marido.

—Abre. Quiero ver si te lo has tragado todo.

Diego abrió la boca con un hilo de saliva colgando de mi glande. Casi no quedaba nada. Carla se lanzó a besarlo, buscando mi sabor en su lengua, y los dos gimieron mientras se devoraban la boca.

***

Cuando se separaron, Carla me miró con las pupilas dilatadas. Luego clavó la vista en su marido, que seguía con la polla roja, hinchada, goteando sobre la tierra del monte.

—Después de la carne toca el pescado —le dijo con esa sonrisa de superioridad que me ponía aún más—. Ahora me comes a mí.

Se sentó contra la roca, separó las piernas de golpe y le empujó la cabeza contra su entrepierna. Diego no opuso resistencia. Le bajó la ropa interior de un tirón, dejando al descubierto el sexo húmedo y brillante de su mujer, y hundió la cara entre sus muslos. El ruido obsceno de la lengua llenó el silencio del monte.

—Joder, Andrés —jadeó ella mirándome—. Este lame mejor después de tragarse una corrida.

Sus gemidos empezaron a subir de tono, más agudos, entrecortados. Las piernas le temblaban contra la cara de Diego. Se agarró a la roca pero no le bastó, y extendió los brazos hacia mí buscando apoyo. La sujeté por la cintura justo cuando le fallaban las rodillas.

—No pares… no pares… —jadeaba contra mi oído, las uñas clavándose en mi nuca.

Sentía su respiración rota contra mi cuello, su pecho subiendo y bajando aplastado contra el mío. Todo su cuerpo se tensó de golpe.

—Me corro… —susurró con la voz quebrada.

Cerró los muslos contra la cabeza de su marido, aprisionándolo, y enterró la cara en mi hombro para no gritar mientras las oleadas la recorrían. La sostuve con fuerza, sintiéndola temblar entera entre mis brazos. Diego no aflojó: siguió lamiendo, sacándole cada espasmo.

Cuando se calmó, levantó la cabeza de mi hombro, las mejillas rojas, el pelo revuelto.

—Joder, Andrés —dijo con voz ronca—. Necesito que me folles.

Le acerqué los labios despacio, casi inseguro, rozándolos apenas. Pero Carla no estaba para delicadezas. Se lanzó contra mi boca con una intensidad brutal, metiéndome la lengua hasta el fondo, mordiéndome el labio, agarrándome el pelo para apretarme más contra ella. Le devolví el beso igual de fuerte, las manos bajando hasta su culo, sintiéndola restregarse contra mi polla que ya despertaba otra vez.

A nuestros pies, Diego miraba hacia arriba con la polla goteando sin parar, formando un charco en la tierra.

Carla se separó solo para respirar y miró a su marido con una sonrisa maliciosa.

—Cariño —le dijo con ese tono entre la burla y el deseo—, voy a hacerte realidad una de tus fantasías. Vas a coger esta polla —señaló mi rabo, ya casi duro del todo— y me la vas a meter tú mismo.

La cara de Diego se encendió. Su polla dio un respingo.

—Carla… —susurró tembloroso.

—Que sí —lo cortó ella—. Llevas meses pidiéndome que me folle a otro delante tuya. Pues aquí lo tienes. Pero vas a ser tú quien me lo meta.

Yo me quedé quieto, dejando que ella dirigiera. Carla se apoyó contra la roca y separó bien las piernas, abierta y húmeda todavía de la lengua de su marido.

—Acércate, Andrés.

Me puse delante de ella, la polla apuntando hacia su sexo. Carla miró a Diego con autoridad.

—Venga. Cógela con la mano y métemela. Despacio.

Diego tragó saliva, temblando, pero obedeció. Extendió la mano y me agarró el rabo con dedos inseguros, calientes. Lo sentí estremecerse al tocarme.

—Joder —suspiró, notando mi grosor en su palma.

No pensé en nada más, ni en lo que vendría después ni en cómo había llegado hasta ahí. Esto no me pasa a mí, recuerdo que pensé. A cámara lenta vi mi polla entrar en el sexo de Carla, guiada por la mano de su marido, que lo miraba todo extasiado, sin pestañear, como si aquello fuera lo que llevaba esperando toda la vida.

Ver todos los relatos de Confesiones

Valora este relato

Comentarios (5)

Gonzalo_81

tremendo relato! me quede sin palabras, en serio

RominaK_84

Por favor contá qué pasó después, me quedé con el corazón en la boca. Necesito la continuacion!

LectorNocturno99

Se nota que es verdad, tiene ese sabor de algo vivido. Muy bien contado, sin exagerar ni adornar de mas.

curioso_lector99

y volviste al monte despues? jajaja. En serio, me mato el final. Saludos!

Senderista_BA

Me recuerda a una excursion que hice hace un par de años por los pirineos, aunque a mi no me paso nada tan interesante jaja. Felicitaciones por animarte a contarlo!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.