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Relatos Ardientes

Mi primera vez fue con una desconocida en mi cama

Tenía veintiún años y todavía era virgen. No se lo había confesado a nadie, ni siquiera a la gente con la que salía cada fin de semana. En la facultad me había hecho amigo de un tipo al que todos llamaban el Lobo, un mujeriego de manual que coleccionaba números de teléfono como otros coleccionan estampas. A su lado yo era el contraste perfecto: callado, observador, el que cuidaba los abrigos mientras él se llevaba a alguien a la pista.

Aquella noche habíamos salido en grupo a una discoteca del centro. Antes de entrar, el Lobo me pasó un brazo por el hombro y, con esa sonrisa que ya conocía de memoria, me soltó al oído:

—Esta noche es de las buenas, lo presiento.

Era su manera de anunciar que pensaba acostarse con alguien. Lo decía casi todas las noches, así que yo ni me inmutaba.

Para mí va a ser otra noche de mirar y volver solo, pensé mientras le devolvía una sonrisa floja.

Y así fue durante horas. Tímido como siempre con las chicas que de verdad me atraían, me dediqué a beber cerveza tibia y a seguir conversaciones que no llevaban a ninguna parte. A eso de las cuatro de la mañana el grupo ya se había dispersado por el local; cada uno andaba en lo suyo y yo no tenía cuerpo para forzar nada. Pagué lo mío y me fui.

Llegué a mi departamento, me puse el pijama y encendí la tele. Estaban pasando una película vieja, una de esas adaptaciones de dibujos animados que de niño me parecían épicas y ahora me daban una ternura ridícula. Me acomodé en el sillón con la idea de quedarme dormido frente a la pantalla. No alcancé a llegar al segundo bloque de publicidad.

El teléfono empezó a vibrar con mensajes del Lobo, y casi al mismo tiempo el timbre del portero sonó tres veces seguidas, impaciente. Me levanté maldiciendo por lo bajo y abrí.

***

El Lobo apareció con dos colegas que yo conocía de vista y una chica que no había visto nunca. Ella se mantenía medio escondida detrás de su hombro, como si no quisiera estar ahí del todo. Tenía la piel muy blanca, salpicada de pecas, y el pelo castaño largo y ondulado le caía sobre la cara. No la miré demasiado; algo en su postura me hizo bajar la vista.

—Hermano, necesito el cuarto un rato —dijo el Lobo, ya empujando la puerta—. Te debo una grande.

Resultó que él todavía no tenía piso propio en la ciudad y vivía con su familia, así que mi cama era el único lugar disponible para lo que tenía en mente. No me dio tiempo a negarme; me lo planteó como un hecho consumado mientras la chica entraba sin decir palabra.

Me quedé en el salón con los dos colegas, haciendo bromas tontas para llenar el silencio incómodo que venía desde la habitación. Uno de ellos sacó una cerveza de la nevera sin pedir permiso. El otro contaba una anécdota que ya había contado en la discoteca. Yo asentía sin escuchar, con un ojo puesto en la puerta cerrada de mi propio cuarto.

No duró mucho. Diez minutos, quizá un poco más. El Lobo salió ajustándose el cinturón, satisfecho, y anunció que se iban. La chica, en cambio, no salió. Se quedó en mi cama, debajo de las sábanas, sin asomarse siquiera.

Los acompañé hasta la puerta. En el rellano, el Lobo me dio una palmada en la nuca y, bajando la voz como quien transmite un secreto de Estado, me dijo:

—Está toda tuya. No seas tímido por una vez en tu vida.

—Paso, gracias —respondí, medio en broma medio en serio, con una mueca de asco fingido.

Ellos se rieron y bajaron las escaleras dándose codazos. Cerré la puerta. Y entonces el corazón se me disparó.

***

Voy a ser honesto: lo que sigue no es una de esas historias que te imaginas cuando piensas en una primera vez. Es la mía, y lo único extremo que tiene es lo torpe y lo incómoda que fue. Pero precisamente por eso la cuento.

Me quedé un rato de pie en el pasillo, escuchando mi propia respiración. Había una chica desconocida en mi cama y, por primera vez en veintiún años, la posibilidad de dejar de ser virgen estaba literalmente a tres metros de mí. La cabeza me decía una cosa y el cuerpo otra completamente distinta.

Me quité los pantalones del pijama antes de entrar, como si eso me diera algo de decisión. Empujé la puerta despacio. Ella estaba acostada boca abajo, con la sábana hasta la cintura y la cara hundida en la almohada. La luz de la farola de la calle entraba por la ranura de la persiana y le dibujaba una franja sobre la espalda.

Me subí a la cama con un cuidado absurdo, como si temiera despertarla, y me acomodé encima de ella. Le apoyé el pecho contra la espalda y la noté tibia, real, viva de una manera que me aceleró todavía más el pulso. Le besé el hombro, primero apenas, después con más insistencia. Ella se removió, giró el cuerpo bajo el mío y, sin decir nada, empezó a besarme en la boca.

Besaba con una intensidad que no supe devolver. Me sujetaba la cara con las dos manos y no me daba tregua, mientras yo, torpe, intentaba encontrar el ritmo y fallaba. Concéntrate, no la cagues ahora, me repetía, lo cual probablemente era la peor manera de concentrarse.

Dimos vueltas en la cama, cambiando de posición sin coordinación alguna. Cuando ella quedaba encima, yo aprovechaba para deslizarle las manos por las caderas y acariciarle las nalgas. Llevaba unas medias finas que no logré quitarle: tiraba de ellas con dedos torpes y solo conseguía enredarlas más. En algún momento desistí.

Me despegué de ella un segundo para abrir el cajón del escritorio. Tenía un preservativo guardado desde hacía meses, casi por superstición. Lo saqué a oscuras, comprobando con el pulgar que el sobre no estuviera reseco, y al acercarlo a la franja de luz vi que la fecha de caducidad aún aguantaba un par de años. Me lo puse como pude, con esa solemnidad ridícula del que lo hace por primera vez de verdad, y volví a la cama.

***

Aquí pasó lo que terminó marcándome más de lo que habría querido. Mi cuerpo produce mucho líquido antes de tiempo, y entre la falta de práctica y los nervios, el preservativo se deslizó y se me salió en plena penetración. No me di cuenta enseguida. Hubo unos segundos, quizá más, en los que la penetré sin nada de por medio. Cuando lo noté, me detuve en seco, lo busqué a tientas, me lo recoloqué con el corazón en la garganta y seguí más o menos donde lo había dejado.

Ella me rodeaba el cuello con los brazos y me apretaba contra su cuerpo. Tendría que haberme gustado, pero la presión me resultaba incómoda, casi asfixiante. Aun así, en esas embestidas torpes sentí por primera vez la textura de unas paredes que se cerraban a mi alrededor, húmedas y cálidas, distintas a cualquier cosa que hubiera imaginado. Fue lo único de toda la noche que se pareció a lo que esperaba.

El problema es que la monotonía me ganó. En vez de excitarme más, me fui aburriendo. La chica tenía el aliento cargado de cerveza y, cuanto más la besaba, más me costaba sostener el deseo. No sabía su nombre. No lo supe nunca, y a estas alturas da igual. Me di cuenta de que no me atraía, de que aquello no era el debut soñado sino un encuentro mecánico con una desconocida que el azar había dejado en mi cama.

Me salí. Terminé yo solo, con la mano, sobre la sábana, en una mezcla de alivio y vergüenza que no le deseo a nadie en su primera vez. Después me metí en la ducha y me quedé un buen rato bajo el agua, sin ganas de volver a la habitación. ¿Qué se le dice a alguien con quien acabas de acostarte y a quien no conoces de nada?

***

Cuando volví, ella ya se había dormido. La dejé descansar. A las nueve de la mañana la desperté con suavidad, le pasé un vaso de agua y le dije que se le había hecho tarde. Se vistió en silencio, me dio las gracias por algo que no entendí bien, y se fue. No intercambiamos números. No hubo despedida romántica ni promesa de volver a vernos. Cerré la puerta y me senté en el sillón con la sensación rara de haber cumplido un trámite que llevaba años postergando.

El epílogo llegó semanas más tarde. Empecé a notar molestias y terminé en la consulta de un urólogo que, tras revisarme, me dio un diagnóstico que no esperaba: herpes. Al principio lo viví como una injusticia enorme, como si el universo me cobrara con intereses la única noche en que me había atrevido a algo. Con el tiempo lo asumí. Es una condición con la que se convive, y dejó de definirme hace ya bastante.

Cuento todo esto sin filtro porque sospecho que muchos guardan un debut igual de torpe, igual de poco glorioso, y no se atreven a contarlo. Las primeras veces de las películas no existen. La mía fue incómoda, mecánica y con consecuencias que no calculé. Y aun así forma parte de mí, de la persona que era a los veintiuno y de la que aprendí a ser después.

Así que va por todos los que cargan en silencio con una primera vez que preferirían reescribir. ¿La tuya se pareció a esto, o fue todavía más penosa? Me gusta pensar que no soy el único. Los leo.

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Comentarios (5)

Fer_nocturno

increible relato... el comienzo te atrapa de inmediato. Sigue asi!!

PabloNarval

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber que paso despues jaja

LectorNocte77

Me trajo recuerdos de una noche parecida que tuve hace tiempo. Esas noches imprevistas son las que mas se recuerdan, sin dudas.

Sebasss93

Buenisimo!!!

VeroFan42

Me encanto como escribis, se siente autentico sin ser forzado. La tension del principio especialmente, esa atmosfera de noche y sorpresa... muy logrado.

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