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Relatos Ardientes

La confesión oral con la hermana de la empleada

La hermana de nuestra empleada llegó a la casa un lunes por la tarde, cuando el calor todavía se quedaba pegado a las paredes y el patio olía a tierra mojada. Mi madre la recibió con la naturalidad con la que se recibe a alguien que viene recomendado por una persona de confianza, y me pidió que le enseñara dónde iba a dormir y qué partes de la casa tendría que atender. Desde que la vi, supe que iba a costarme trabajo fingir indiferencia.

Se llamaba Luciana. Era una mujer adulta, de mirada clara y piel muy blanca, con ese tipo de belleza limpia que no necesita esfuerzo para imponerse. Llevaba un vestido sencillo y una maleta pequeña, y aunque trataba de verse seria, tenía una forma de sonreír de lado que parecía una provocación involuntaria.

La llevé al cuarto del fondo, junto al baño exterior y cerca del jardín. Le mostré la alberca pequeña, la huerta, los árboles frutales y la barda que dividía nuestra propiedad de la de unos familiares. Ella escuchaba con atención, pero de vez en cuando me sorprendía mirándome más de la cuenta, como si quisiera averiguar qué clase de hombre era yo.

Durante los primeros días, aprendió rápido todo lo que tenía que hacer. Se movía por la casa con soltura, ayudaba en la cocina, ordenaba las habitaciones y, por las tardes, cuando el trabajo aflojaba, se sentaba a ver la televisión o a jugar cartas con nosotros. Lo normal habría sido que se integrara sin más, pero entre ella y yo empezó a crecer algo que no tenía nada de normal.

Primero fueron roces tontos. Mi mano en su cintura al pasar por una puerta estrecha. Sus dedos rozando mi muñeca cuando me alcanzaba un vaso. Mi rodilla buscando la suya cuando nos sentábamos cerca. Nada que pudiera delatarnos, nada que cualquiera no pudiera atribuir a la casualidad, pero los dos sabíamos perfectamente que no era casual.

Después llegaron las miradas. Yo la sorprendía secándose el pelo frente a la ventana de su cuarto, con la bata mal cerrada, y me quedaba unos segundos de más observando la curva de sus piernas. Ella me descubrió una vez, pero en lugar de cerrar la cortina, se limitó a sostenerme la mirada y a seguir secándose con una lentitud calculada. Ahí entendí que no solo me deseaba: estaba aprendiendo a disfrutar que yo la deseara.

Una tarde entré a su cuarto con cualquier pretexto y la encontré vistiéndose. Todavía no se abrochaba el vestido, y por un instante vi sus pechos pequeños y firmes, la piel del vientre y el borde de sus bragas subiéndole por las caderas. No gritó ni se cubrió enseguida. Solo me dijo que tocara la puerta la próxima vez, pero con una sonrisa que anulaba el reproche.

Ese juego silencioso se volvió costumbre. Nos buscábamos cuando podíamos, sin hablar nunca de lo evidente. Ella sabía que yo podía meterla en problemas si alguien nos descubría; yo sabía que ella podía apartarme con una sola queja. Y sin embargo, cada vez se acercaba más, como si la tensión la empujara igual que a mí.

El primer momento verdaderamente íntimo ocurrió un día en que la casa se quedó casi vacía. Mi madre había salido, mi hermano estaba en el jardín de los vecinos y la hermana de Luciana había ido a hacer unas compras. La encontré en su cuarto, sentada en la cama con un libro entre las manos y una bata ligera atada apenas a la cintura.

—¿Vas a bañarte? —le pregunté, solo por decir algo.

—Estoy esperando que salga el agua caliente —respondió.

Me senté a su lado. Hablamos un poco de cualquier tontería, hasta que el silencio empezó a pesar más que las palabras. Fui yo quien se inclinó primero, y ella no se apartó. Su boca era más suave de lo que imaginaba, pero también más hambrienta. Me devolvió el beso con una urgencia que desmentía toda su aparente prudencia.

Mi mano se deslizó por su muslo desnudo debajo de la bata. Ella se tensó, no con rechazo sino con nervios. Cuando encontré el calor húmedo entre sus piernas, soltó el aire en un gemido corto y me agarró la muñeca, como si quisiera detenerme y al mismo tiempo no quisiera que dejara de tocarla.

—Despacio —susurró.

Le acaricié el coño por encima, con la yema de los dedos, sintiendo cómo se iba humedeciendo más. Tenía el vello suave y una sensibilidad casi temblorosa; cada roce hacía que abriera un poco más las piernas. Cuando llevé un dedo a su entrada y presioné apenas, se quejó y cerró los muslos.

—Nunca... —dijo, avergonzada—. Nunca he estado con nadie.

La miré a los ojos y aparté la mano, no por falta de ganas sino porque entendí que el miedo le competía tanto como el deseo. Le dije que no iba a meterle nada si no estaba preparada, que no tenía prisa. Ella asintió y, por un momento, pensé que todo se iba a quedar ahí. Pero el hambre ya estaba despierta en los dos.

No era inocencia lo que había en ella. Era curiosidad. Y la curiosidad, cuando se mezcla con ganas, arde peor que la experiencia.

Más tarde, cuando volvió a sentarse conmigo frente al televisor, evitaba mirarme directamente, pero sus piernas no dejaban de rozar las mías. Poco después nos encargaron vigilar desde el patio a unos familiares que jugaban en el jardín contiguo mientras la otra muchacha iba por pan y algunas cosas. Esa excusa nos dejó a solas cerca de la barda, con la vista hacia afuera y el cuerpo demasiado cerca el uno del otro.

Me coloqué detrás de ella y le rodeé la cintura con el brazo. Luciana no se movió. Le hablé al oído de cualquier tontería para que pareciera natural, pero mi mano ya bajaba despacio por su cadera hasta quedarse apretando una nalga por encima de la falda. Giró la cabeza para verme. Sonreí. Ella respiró hondo y volvió a mirar al frente, dejándome seguir.

La fui acariciando entre el borde de la falda y la parte alta del muslo, metiendo los dedos poco a poco. Tenía la piel tibia, fina, tan sensible que se le erizaba al menor toque. Cuando subí más y rocé el centro de sus bragas, abrió apenas las piernas y se apoyó con los antebrazos en la barda.

—Si no quieres, me detengo —murmuré.

—No te detengas —contestó, tan bajo que casi fue un gemido.

Le levanté la falda con calma, saboreando la visión de sus muslos firmes y el culo redondo bajo la tela ajustada de las bragas. Empecé besándole por encima de la tela, primero una nalga y luego la otra, apretándolas con las manos mientras ella se removía entre risas nerviosas y respiraciones cada vez más rotas.

Metí los dedos en la cintura de sus bragas y se las fui bajando. Ella levantó un pie, luego el otro, colaborando sin decir nada. Cuando la tela cayó hasta sus tobillos, me la guardé en la mano un segundo antes de dejarla a un lado. Verla así, con la falda recogida y el culo desnudo frente a mí, me puso tan duro que tuve que morderme el labio para no empujarla ahí mismo contra la barda y follármela sin más.

Pero había prometido no hacerlo. Y esa tarde no iba a traicionar ni su confianza ni su miedo.

Le separé las nalgas con las manos y bajé la boca. Mi lengua le recorrió primero la hendidura completa, despacio, desde abajo hasta el coño. Luciana soltó un jadeo brusco y abrió más las piernas. Volví a hacerlo, esta vez más firme, metiéndome de lleno en su sabor. Estaba mojada, caliente, y cada lamida hacía que empujara el culo hacia atrás buscando más.

—Dios... —se le escapó—. ¿Qué me estás haciendo?

No respondí. Le abrí los labios con los dedos y le metí la lengua en la entrada, jugando con la humedad, entrando y saliendo en pasadas cortas. Luego subí al clítoris y empecé a lamerlo de lado a lado, concentrado, insistente. Su cuerpo entero reaccionó. Se agarró con fuerza al borde de la barda, flexionó las rodillas y comenzó a gemir sin ningún pudor.

Me encantaba escucharla. Gemía como alguien que acababa de descubrir de golpe todo lo que el cuerpo puede pedir. Cada vez que le chupaba el clítoris, soltaba un sonido más agudo. Cada vez que le hundía la lengua entre los labios, se le aflojaban más las piernas. Alterné entre lamerla abierta, chuparle el clítoris y meterle un dedo apenas en la entrada, solo la punta, para no forzarla. Lo suficiente para volverla loca, no para hacerle daño.

—Sigue, sigue así... no pares... —balbuceó.

Le obedecí. La agarré de las caderas para inmovilizarla cuando empezó a temblar, y le trabajé el clítoris con la boca mientras dos dedos le masajeaban alrededor de la entrada, sin invadir más de lo que ella podía tolerar. Luciana gimió más fuerte, apretó los muslos y el orgasmo le llegó de golpe. Se le doblaron las piernas, lanzó un quejido largo y húmedo, y por un segundo quedó colgando de sus brazos, estremeciéndose mientras yo seguía lamiéndola con suavidad para alargarle el placer.

Cuando levanté la cara, la encontré sonrojada, con el pecho subiendo y bajando a toda velocidad. Me miró como si acabara de caer de un sitio altísimo.

—Se me aflojaron las piernas —dijo, casi riéndose de pura incredulidad.

—Te corriste —le expliqué.

Se mordió el labio, avergonzada y excitada a la vez. Le tendí las bragas, pero se las negué en cuanto intentó agarrarlas.

—No —le dije—. Yo te las quité. Yo te las vuelvo a poner.

Me eché a andar hacia su cuarto con la tela en la mano, y ella vino detrás de mí. Entró cerrando la puerta con un cuidado que solo aumentó lo clandestino del momento. Se quedó de pie junto a la cama, con la falda todavía algo levantada y una mirada en la que había pudor, sí, pero también hambre.

—Bueno —dijo, intentando mantener la compostura—, pónmelas de una vez. Tengo que ir a preparar la cena.

—¿Te gustó lo de hace rato?

Asintió sin pensarlo siquiera.

—Muchísimo. No sabía que se sentía así.

—Entonces acuéstate.

Vaciló un segundo.

—Pero no vamos a... ya sabes.

—No. No voy a metértela hasta que tú quieras. Solo quiero que disfrutes.

Se tumbó en la cama y yo me senté a su lado. Le subí la falda despacio, besándole primero una rodilla, luego el interior de los muslos. La sentí estremecerse apenas le rocé con la lengua cerca del coño. Tenía las piernas tensas al principio, pero fueron abriéndose poco a poco mientras yo la acariciaba con calma, dejándole tiempo para entregarse.

Le quité la ropa con suavidad, sin prisas. Primero el vestido, luego el sujetador. Su cuerpo desnudo era todavía mejor de lo que había imaginado en mis momentos de fantasía: pechos pequeños y duros, pezones rosados que se endurecieron en cuanto los chupé, vientre plano, caderas estrechas y ese coño claro, húmedo, hinchado de ganas.

Me incliné sobre uno de sus pechos y lo tomé en la boca. Luciana arqueó la espalda al instante. Le mordisqueé el pezón, apenas, y su mano se hundió en mi pelo. Fui de un pecho al otro, lamiendo, chupando, apretando con la palma lo justo para hacerla jadear. Luego bajé por su estómago a besos lentos, deteniéndome en el ombligo, en el borde de la pelvis, en el monte de Venus.

Cuando abrí más sus piernas, el olor de su excitación me golpeó de lleno. Era un olor limpio, intenso, de coño caliente que pide boca. Le pasé la lengua por toda la vulva, de arriba abajo, y ella gimió con una mezcla de pudor y necesidad que me puso todavía más duro. Volví a separar sus labios con los dedos y me dediqué a lamerla de verdad, a fondo, sin ahorrar saliva ni tiempo.

Le metí la lengua entre los labios una y otra vez, saboreándola, buscando cada rincón sensible. Subía al clítoris y se lo chupaba con paciencia, bajaba a la entrada y la presionaba con la punta de la lengua, volvía a subir y repetía hasta sentir cómo se deshacía. La cama empezó a crujir bajo sus movimientos. Luciana ya no intentaba callarse.

—Así... así... joder, así... —gemía, sorprendida de oírse tan sucia y tan libre.

Le introduje un dedo apenas, solo hasta donde su cuerpo me lo permitió, y con la otra mano le abrí más el muslo. Estaba estrechísima, pero ya no se apartó. Al contrario, giró las caderas buscando el roce mientras yo le trabajaba el clítoris con la lengua en movimientos rápidos. El segundo orgasmo no tardó tanto como el primero. Le explotó con un grito más claro, con los dedos tirándome del pelo y las piernas temblando alrededor de mi cabeza.

Seguí lamiéndola durante los espasmos, viendo cómo su coño latía y se apretaba solo. Aquello tenía algo adictivo: sentirla correrse por mi boca, sentir cómo perdía el control cada vez más deprisa. Cuando por fin se calmó, la besé en el vientre y me incorporé para quitarme el pantalón y los calzoncillos.

Su mirada cayó directa sobre mi polla erecta. Abrió los ojos, sin disimular la sorpresa. Era la primera vez que veía una así de cerca, y esa mezcla de curiosidad y miedo la hizo extender la mano despacio.

—¿Puedo tocarla?

—Claro.

La cerró con torpeza alrededor del tronco y soltó una exhalación. La movió hacia un lado, luego hacia arriba, sintiendo el peso y el calor. Después me acarició los huevos con la otra mano, todavía más fascinada.

—Está durísima —dijo—. Y caliente.

—Porque me tienes así desde hace días.

Sonrió. Le guié la mano para que la pajeara mejor, más firme, desde la base hasta la punta. Al cabo de unos movimientos ya lo hacía con más confianza, viendo cómo se me tensaba el abdomen cada vez que cerraba más los dedos. Le extendí un poco de lubricación de su propio coño por la punta y su mano resbaló mejor. El gesto la hizo sonrojarse, pero no apartó la vista.

—Cuando quieras hacerlo de verdad, iré despacio —le dije—. Hoy no hace falta.

La volteé boca abajo con suavidad. La visión de su culo desnudo y sus piernas abiertas me dejó casi sin paciencia. Me arrodillé detrás de ella y apoyé la polla entre sus nalgas, deslizándola arriba y abajo mientras le besaba la nuca. Luciana se estremeció al sentirme ahí, duro, caliente, rozándola sin entrar.

Le pedí que juntara un poco las piernas. Cuando lo hizo, coloqué la polla entre sus muslos y empecé a moverme. El roce de su coño mojado en cada pasada me arrancó un gemido a mí también. Ella apretó más los muslos, atrapándome, y cada embestida resbalaba por sus labios hinchados, rozándole el clítoris y la entrada sin penetrarla. Era una forma deliciosa de follar sin follarla, lo bastante intensa para volvernos locos a los dos.

—Apriétame más —le dije.

Luciana obedeció. Cerró las piernas con fuerza alrededor de mi polla y empecé a deslizarme más rápido. Una mano mía le sujetaba la cadera; la otra le buscó el clítoris para frotárselo al ritmo de mis empujes. La mezcla la destrozó. Comenzó a jadear otra vez, a empujar el culo hacia atrás, a clavarse las uñas en las sábanas.

—No aguanto... no aguanto... —repetía.

—Sí aguantas. Córrete para mí.

La orden la terminó de soltar. Se corrió con un quejido ronco, apretando todo el cuerpo a la vez, y ese apretón sobre mi polla fue demasiado. Aceleré un poco más, sintiendo el deslizamiento húmedo entre sus muslos y su coño, y me corrí enseguida. La corrida me salió espesa, caliente, desparramándose sobre la parte alta de sus piernas, sus nalgas y la sábana. Me quedé inclinado sobre ella, jadeando, con la frente en su hombro.

Nos quedamos así unos segundos, sudados, respirando como si acabáramos de escapar de algo peligroso. Le besé la espalda, le di una palmada cariñosa en una nalga y fui al lavabo de su cuarto a limpiarme. Ella seguía tumbada, con una sonrisa boba y satisfecha, todavía asimilando lo que había sentido.

Antes de salir, le ayudé por fin a ponerse las bragas. Se las subí despacio por las piernas, cubriéndole el coño que yo mismo había dejado hinchado y brillante de saliva. Ese gesto íntimo la hizo reírse por lo bajo.

—Ahora sí —dijo—. Ya puedo ir a hacer la cena.

La besé una vez más, breve, húmedo, y salí primero para que nadie sospechara. Media hora después apareció en la cocina ya cambiada, moviéndose con aparente normalidad entre ollas y platos. Solo yo noté que de vez en cuando cerraba un poco las piernas al caminar, o que buscaba mi mirada con un brillo nuevo, uno que no estaba ahí cuando llegó con su maleta.

La casa siguió igual para todos los demás. Para nosotros no. Desde esa tarde, cada pasillo, cada ventana y cada rincón del jardín quedaron cargados con el recuerdo de su primer orgasmo en mi boca y de mi corrida entre sus muslos. Y aunque todavía no la había penetrado, los dos sabíamos que ya habíamos cruzado una línea de la que no se vuelve.

No hizo falta hablarlo. Bastó una última mirada, esa noche, mientras la mesa se llenaba de platos y las voces de la familia tapaban cualquier pensamiento decente. Luciana bajó los ojos, sonrió apenas y se humedeció los labios. Yo entendí el mensaje de inmediato.

Aquello no había sido un accidente.

Había sido el principio.

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Comentarios(7)

GastonRiver

buenisimo!!! tremendo relato, se me hizo corto

EsclavoDeLasLetras

la tension que se va armando antes del momento clave es lo que hace que valga la pena. Muy bien narrado, de verdad.

RolandoMx

y despues que paso?? necesito saber como siguio esto, por favor una segunda parte

FelipeNqn

me recordo a algo que vivi hace unos años... esas cosas que empiezan sin querer son las que mas te quedan en la memoria jaja

JuankaLect

fue real esto? se siente muy autentico, muy bien contado

ClaraLeen

excelente, segui subiendo cosas asi!

MatiasNocturno

lo que mas me gusto es que no fue al grano de entrada, la descripcion previa es lo mejor del relato

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