Mi esposa me ofreció a sus amigas con la jaula puesta
La llave de mi jaula colgaba entre sus pechos esa noche, y supe por su sonrisa que iba a usarla delante de todas. Yo solo podía tragar saliva y rezar.
La llave de mi jaula colgaba entre sus pechos esa noche, y supe por su sonrisa que iba a usarla delante de todas. Yo solo podía tragar saliva y rezar.
Rodrigo gateaba detrás de sus tacones por los pasillos del castillo, desnudo y con el collar apretándole la garganta. Ese era el desayuno de la reina.
Para cuando Sebastián terminó de describirme el proceso, yo ya tenía que inventarme una excusa para ir al baño. Nunca imaginé que al día siguiente lo pediría yo.
Llevaba tres semanas encerrado en la jaula cuando Valeria decidió invitar a sus amigas a cenar. Yo sería el espectáculo.
El botón antipánico lo dejé sobre la almohada del catre. Las rejas me marcaban la espalda cuando su lengua bajó y yo supe que ya no era su abogada.
Rodrigo colgaba del Pilar al borde del colapso. Valeria no podía desafiar a la Reina, pero tampoco iba a dejar morir a un hombre sano por negligencia.
Cuando escuché sus pasos en la capilla a medianoche, supe que todo lo que había jurado ante Dios estaba a punto de arder.
Rodrigo la ignoró en cada reunión. Lo que nunca imaginó es que Isabel ya había hablado con Diana y que en pocas horas él estaría en la casa.
Desperté con las manos atadas en una habitación a oscuras. No recordaba cómo había llegado. Sí sabía que estaba investigando a las personas equivocadas.
Rodrigo colgaba del poste de los condenados cuando Catalina cruzó el umbral. La guardia Nora ya tenía la mano en la daga. Había reglas que nadie rompía en ese castillo.
Me prometieron una transformacion. Lo que encontre fue un infierno de sumision, castigo y humillacion donde mi cuerpo dejo de ser mio.
Me detuvieron a las cuatro de la mañana y creí que todo estaba perdido. No imaginaba lo que mi abogada haría cuando entrara a esa celda a solas conmigo.
Llegué a su casa con tacones y un abrigo largo sobre la lencería. Él me esperaba con el rollo de plástico en la mano y una sonrisa que prometía no dejarme escapar.
Cuando colgué el teléfono, tenía las manos temblando. Una clínica de disciplina extrema. Un año encerrada, sin salida. Y yo había dicho que sí.
Mateo describió su fetiche como quien lee una receta: desnudarla, envolverla en plástico, abrir agujeros donde quisiera. Y supe que iba a pedirle que me lo hiciera a mí.
Cuando entré en aquella aula clausurada del subsuelo, todavía pensaba que era un simulacro. La sonrisa de Tomás me dijo que me había equivocado en todo.
Colgado de puntillas con el cuello mordido por dientes de metal, el cautivo esperaba la muerte cuando la sanadora encontró el resquicio entre la orden y la piedad.
La primera vez que me contó su fantasía, terminé tocándome en su baño. La segunda vez, me ofrecí yo misma como conejillo de indias y crucé la puerta con la lencería puesta.
Cuando Saya abrió los ojos en la oscuridad, lo primero que sintió fue el frío del acero en las muñecas y el aliento de Nadia a pocos centímetros de su cara.
La cláusula séptima decía: firmar es consentir, consentir es convertirse en material. Lo entendí cuando ya era demasiado tarde para salir.