Me até al árbol para que el barro me devorara
Até las cuerdas al tronco con cinco vueltas. Cuando el barro me llegó al cuello y tiré para volver, comprendí que alguien las había cortado en seco.
Até las cuerdas al tronco con cinco vueltas. Cuando el barro me llegó al cuello y tiré para volver, comprendí que alguien las había cortado en seco.
Roberto me humilló durante años frente a todos. Cuando la Asociación me ofreció educarlo, supe exactamente lo que quería hacer con él.
No me importaban el género, ni la edad, ni siquiera la apariencia. Quería un cuerpo despojado de voluntad propia, alguien que viviera únicamente para obedecer. Esta vez vine sola.
Vi los videos: mujeres atadas a máquinas, descargas eléctricas, azotes mientras corrían. Y aun así marqué el número. Mi voluntad no daba para más.
Selena llevaba meses moldeándolos hasta convertirlos en mascotas perfectas. Lo que no esperaba era que el comprador llegara con un tercer collar bajo el brazo.
Un año atrás él me llamaba ratita frente a sus colegas. Hoy se arrodilla en tacones rojos para besarme las botas y me dice Señora con la voz quebrada.
La voz al teléfono dijo que tenía doce horas para presentarme. Colgó antes de que pudiera preguntar nada. Lo que encontré en aquel almacén cambió todo lo que creía saber.
Cuando fingí el desmayo supieron que me tenían. Pero fue justo en ese instante cuando la partida cambió de dueño y el gancho empezó a buscar otro cuerpo.
El cartel prometía resultados garantizados. No decía que incluirían ataduras, descargas y un año encerrada sin poder salir. Firmé de todos modos.
No le daban agua en un vaso. Se la vertían sobre el pie, y él tenía que lamerla de las tiras de cuero si quería sobrevivir.
La celda olía a humedad y tabaco barato, y cuando sus ojos se clavaron en los míos supe que el expediente iba a terminar en el suelo.
El mensaje decía siete minutos para decidir. Sesenta y tres días para obedecer. Firmé sin releer y la persiana metálica cayó detrás de mí.
Nadia y Sofía volvían del evento más grande del año cuando la oscuridad las reclamó. Al despertar, solo existían las cadenas y la voluntad de otro.
Marco llevaba un año besando sus pies en silencio. La noche que salió para capturar a una rival, volvió como el único amo de la mansión.
Había algo en sus ojos cuando se dio la vuelta que debería haberme preocupado. No era la rabia de una vecina molesta. Era una promesa.
Lo habían planeado durante semanas. La sala oscura, las cuerdas, y Vera esperándolas con esa sonrisa que no prometía nada bueno ni nada fácil.
Me miré al espejo y supe que algo había cambiado. Él seguía durmiendo al otro lado del pasillo, y yo llevaba diez minutos sin poder apartar la mirada de su puerta.
Llevaba tres semanas con la jaula cuando Valeria anunció ante sus amigas que yo haría cualquier cosa que ella pidiera. No tenía idea de lo que vendría.
Entrenó a dos esclavos durante meses hasta quebrarlos. Cuando llegó el comprador, ella no imaginaba que el collar le quedaba perfecto a su cuello.
Cuando el contrabandista nos dijo el precio, todos nos miramos. No eran joyas ni dinero. Éramos nosotros, nuestros cuerpos, doce horas al día frente a sus cámaras.