Dos esclavas para el coleccionista
Nadia y Sofía volvían del evento más grande del año cuando la oscuridad las reclamó. Al despertar, solo existían las cadenas y la voluntad de otro.
Nadia y Sofía volvían del evento más grande del año cuando la oscuridad las reclamó. Al despertar, solo existían las cadenas y la voluntad de otro.
Marco llevaba un año besando sus pies en silencio. La noche que salió para capturar a una rival, volvió como el único amo de la mansión.
Había algo en sus ojos cuando se dio la vuelta que debería haberme preocupado. No era la rabia de una vecina molesta. Era una promesa.
Lo habían planeado durante semanas. La sala oscura, las cuerdas, y Vera esperándolas con esa sonrisa que no prometía nada bueno ni nada fácil.
Me miré al espejo y supe que algo había cambiado. Él seguía durmiendo al otro lado del pasillo, y yo llevaba diez minutos sin poder apartar la mirada de su puerta.
Llevaba tres semanas con la jaula cuando Valeria anunció ante sus amigas que yo haría cualquier cosa que ella pidiera. No tenía idea de lo que vendría.
Entrenó a dos esclavos durante meses hasta quebrarlos. Cuando llegó el comprador, ella no imaginaba que el collar le quedaba perfecto a su cuello.
Cuando el contrabandista nos dijo el precio, todos nos miramos. No eran joyas ni dinero. Éramos nosotros, nuestros cuerpos, doce horas al día frente a sus cámaras.
Mientras él describía cómo envolvía a sus amantes en film transparente, yo cruzaba las piernas y fingía que el vino era la razón de mi calor.
A las 4:23 de la mañana recibí una llamada. Me dijeron que mi solicitud había sido aprobada. No recordaba haber solicitado nada. Pero me vestí antes de terminar de pensar.
Pensé que el simulacro de incendio duraría minutos. Dos horas después, en un aula sin señal y sin testigos, entendí que no había ningún simulacro.
Dos cuerpos rotos y agradecidos, dos collares de cuero negro. Nadia creía que era la cazadora. Hasta que el comprador abrió el maletín.
Vivir enjaulada, obedecer sin preguntar, pertenecer por completo a alguien. Eso era lo que quería, y cuando me lo dieron, la realidad superó cualquier fantasía.
Cuando abrió los ojos, tardó tres segundos en entender dónde estaba. Estaba atada, desnuda, colgando del techo. Y lo había pedido ella misma.
Nadia tenía dos esclavos perfectos, medio millón de dólares acordados y una sonrisa de victoria. No imaginó que Viktor traería el collar para ella.
La reina ordenó hidratarlo, pero Sofía vació el cáliz sobre su propio pie. Él lamió cada gota del empeine, temblando de sed y de humillación.
El esclavo colgaba de puntillas en el pilar de los perros, casi muerto, cuando la sanadora entró con sus instrumentos. La reina dio una orden estricta. Ella halló otro modo.
Necesitábamos el dinero. Por eso firmamos sin leer la letra chica de un contrato que nos mantendría en Praga seis semanas más de lo planeado.
Cuando el cerrojo se abrió esa mañana, supe que mi cuerpo ya no me pertenecía. Tampoco mi orgullo. Solo quedaba obedecer o romperse.
Cada viernes, Marcos cruzaba nuestra puerta sabiendo que no volvería a ser él mismo hasta el domingo. El collar, la jaula y el vestido lo esperaban.