La noche que le pedí que me envolviera en film
Mientras él describía cómo envolvía a sus amantes en film transparente, yo cruzaba las piernas y fingía que el vino era la razón de mi calor.
Mientras él describía cómo envolvía a sus amantes en film transparente, yo cruzaba las piernas y fingía que el vino era la razón de mi calor.
A las 4:23 de la mañana recibí una llamada. Me dijeron que mi solicitud había sido aprobada. No recordaba haber solicitado nada. Pero me vestí antes de terminar de pensar.
Pensé que el simulacro de incendio duraría minutos. Dos horas después, en un aula sin señal y sin testigos, entendí que no había ningún simulacro.
Dos cuerpos rotos y agradecidos, dos collares de cuero negro. Nadia creía que era la cazadora. Hasta que el comprador abrió el maletín.
Vivir enjaulada, obedecer sin preguntar, pertenecer por completo a alguien. Eso era lo que quería, y cuando me lo dieron, la realidad superó cualquier fantasía.
Cuando abrió los ojos, tardó tres segundos en entender dónde estaba. Estaba atada, desnuda, colgando del techo. Y lo había pedido ella misma.
Nadia tenía dos esclavos perfectos, medio millón de dólares acordados y una sonrisa de victoria. No imaginó que Viktor traería el collar para ella.
La reina ordenó hidratarlo, pero Sofía vació el cáliz sobre su propio pie. Él lamió cada gota del empeine, temblando de sed y de humillación.
El esclavo colgaba de puntillas en el pilar de los perros, casi muerto, cuando la sanadora entró con sus instrumentos. La reina dio una orden estricta. Ella halló otro modo.
Necesitábamos el dinero. Por eso firmamos sin leer la letra chica de un contrato que nos mantendría en Praga seis semanas más de lo planeado.
Cuando el cerrojo se abrió esa mañana, supe que mi cuerpo ya no me pertenecía. Tampoco mi orgullo. Solo quedaba obedecer o romperse.
Cada viernes, Marcos cruzaba nuestra puerta sabiendo que no volvería a ser él mismo hasta el domingo. El collar, la jaula y el vestido lo esperaban.
La llave de mi jaula colgaba entre sus pechos toda la noche, brillando cada vez que ella se inclinaba para reírse con sus amigas. Yo solo podía servir.
Querían humillarlas frente a sus hijos. No contaban con que Beatriz tenía cinturón negro, ni con que Silvia siempre llevaba cuerda en el bolso.
Desperté maniatado en una sala con argollas en las paredes y dos mujeres dispuestas a hacerme hablar. Cometieron un error: me dejaron solo con sus propios instrumentos.
Las muñecas sujetas al techo, el cuerpo expuesto y él mirándome con calma. Juré que no cedería. Nunca había estado tan equivocada.
Desperté atado en un sótano, desnudo y a merced de la mujer a la que investigaba. No sabía que en pocas horas sería yo quien sostendría el látigo.
Cuando Elena abrió las puertas, el olor a carne quemada le llegó antes que la imagen. Dos cuerpos rotos, un trabajo sucio y una guardia dispuesta a impedirlo.
Clara jugó con la llave entre sus dedos y me miró desde el sofá. Yo sabía lo que venía. Y lo peor era que una parte de mí lo deseaba.
Desperté esposado al techo de una sala llena de látigos y argollas. Dos mujeres querían doblarme. Nadie les avisó que yo aprendía rápido.