Carta a Mariana: la fantasía que nunca te confesé
Querida Mariana:
Nunca vas a leer esta carta. La escribo en la penumbra de mi cuarto, con la ventana abierta a una noche pegajosa de enero, la luna casi llena entrando por la persiana entreabierta y el ventilador de techo removiendo el aire sin aliviar el calor. La escribo con la mano izquierda porque la derecha está ocupada en otra cosa —ya vas a entender en qué—, y la escribo sabiendo que no la voy a mandar. Es una confesión sin destinatario. Te escribo para soltar de una vez todo lo que llevo años tragándome cada vez que aparecías en la puerta del edificio, colgada del brazo de Federico, con esa sonrisa de mujer casada y esos pantalones tuyos que te marcaban el culo hasta obligarme a mirar el suelo.
Vos sabías. Estoy seguro. No hay forma de moverse así por el mundo sin saber. Tenías veintinueve años, Federico se pasaba la vida encerrado en el estudio jurídico, y cada vez que subías al ascensor conmigo mordiéndote un labio y colgándote una risa nerviosa, yo bajaba a mi departamento con la respiración cortada y me metía en la ducha a masturbarme antes de que se me pasara la calentura. Nunca supiste, o hiciste como que no sabías. Da lo mismo. Tu imagen, sola o desdoblada en decenas de escenas, provocó ríos enteros de leche que se me escurrieron entre los dedos con tu nombre en la boca.
¿Te acordás de aquella semana en Punta del Este? Fuimos un grupo grande, alquilamos la casa del tío de Nacho. Vos apareciste el segundo día con esa bikini naranja: un triángulo mínimo abajo, dos triángulos más arriba, y unas tiras que se ataban en la cadera y en la espalda con nudos que parecían pensados para que a cualquiera se le ocurriera desatarlos. Yo me pasaba las horas mirándote de reojo esperando que alguno se aflojara solo. Nunca se aflojó. Vos sabías perfectamente lo que hacías, Mariana. Y yo también sabía perfectamente lo que hacía cuando entraba al baño después de verte salir del agua, con la tela pegada a la vulva depilada y los pezones duros marcándose bajo el triángulo mojado, y me la meneaba de pie contra los azulejos, mordiéndome el antebrazo para que Federico no me escuchara jadear del otro lado de la pared.
Yo no andaba salido en esa época. Tenía a Carla, mi novia entonces, y con Carla teníamos buen sexo. Follábamos casi todos los días. Ella se sentaba encima y me montaba hasta correrse, y a veces le contaba mis fantasías porque le calentaba oírme. Le contaba muchas cosas. Pero no todas. Nunca le conté que en las duchas de la casa de la playa, mientras ella dormía la siesta arriba, yo me la meneaba pensando en vos hasta correrme contra la pared del baño. Nunca le conté que después me lavaba la cara con agua fría, salía como si nada, y te miraba desde la reposera preguntándome qué carajo te haría si alguna vez me dieras la chance.
Pasó el tiempo. Te separaste de Federico, se mudaron los dos. Tu imagen se puso borrosa, como una foto vieja que perdió los bordes. Un día me di cuenta de que ya no me pajeaba pensando en vos. Otro día me di cuenta de que ya no me acordaba bien de tu cara. Otro día apareció Julia en mi vida, y después Julia se fue, y después vino otra, y después otra más. Y cada tanto, muy cada tanto, alguna espalda ajena en la calle, alguna cintura moviéndose con esa cadencia tuya que era única, me hacía sentir un pinchazo en la nuca y en la ingle a la vez.
Como esta noche. Estoy solo, Mariana. Ya te lo dije. La ventana está abierta, la luna entra entera, y hace un rato me tomé un vaso de vino tinto que se me subió más de lo que esperaba. Empecé a acariciarme la polla despacio, sin pensar en nadie en particular. Y de golpe apareciste vos. No sé por qué. A lo mejor un perfume en la escalera que se coló por el hueco del ascensor. A lo mejor una cara en el subte que me recordó tu cara. A lo mejor la maldita luna, que también estaba así de llena la última noche que te vi en el hall del edificio, con el pelo mojado del gimnasio y una campera abierta que dejaba ver el escote del top deportivo.
Estoy tumbado en la cama, desnudo, con la mano derecha en la polla y la izquierda garabateando esta carta en un cuaderno que compré para otra cosa. Tengo la verga dura como no la tenía hace meses. Se me marcan las venas. Un hilo espeso me brilla en la punta del glande a la luz de la luna. Y en lo único que puedo pensar es en tu boca. En cómo sería tu boca. En cómo la abrirías. En qué ruido harías cuando te la metiera hasta la garganta.
Así que dejame contarte, Mariana, la fantasía con la que me voy a acabar en un rato. Dejame contártela entera. Total, no la vas a leer nunca.
***
Tocás el timbre a las dos de la mañana. Yo abro la puerta. Venís con la misma campera del gimnasio, el pelo mojado, la cara sin maquillaje. No hablás. Me mirás. Yo tampoco hablo. Te agarro de la muñeca, te meto adentro, cierro la puerta con el pie y te empujo contra la pared del recibidor. Te beso como si tuviera hambre. Te beso mordiéndote el labio de abajo hasta que soltás un gemido que se te escapa contra mi cuello. Con una mano te agarro del pelo mojado y con la otra te bajo el cierre de la campera. Debajo llevás el top negro del gimnasio, mojado también, y los pezones se te marcan a través de la tela.
—Sabía que ibas a venir alguna vez —te digo al oído, y te muerdo el lóbulo.
—Y yo sabía que me ibas a estar esperando —me contestás.
Te subo el top de un tirón. Se te enredan las tetas al salir y me quedan las dos a la altura de la cara. Te chupo primero un pezón y después el otro, sin apuro, mordiéndolos hasta que soltás la respiración de golpe. Vos me tirás del pelo, me clavás las uñas en la nuca, te arqueás contra mi boca. La saliva se me chorrea por el mentón. Bajo lamiéndote entre las tetas, por el ombligo, por la línea del pantalón deportivo. Cuando me arrodillo delante tuyo tenés una mancha oscura y húmeda justo en el centro del pantalón, y yo apoyo la nariz ahí y respiro fuerte, y vos soltás una carcajada ronca que suena a rendición.
Te bajo el pantalón y el calzón de un mismo tirón, hasta las rodillas. La vulva depilada que fantaseé aquel verano está ahí, a un centímetro de mi cara, empapada, brillando. Te agarro por el culo, te separo con los pulgares y te clavo la lengua en el clítoris. Te agarrás de mi pelo con las dos manos y arqueás la pelvis contra mi boca. Te chupo, te lamo, te meto la lengua bien adentro y te la saco, te la vuelvo a meter, alterno con el clítoris hasta que empezás a temblar. No te dejo acabar. Cuando estás por correrte, me paro, te doy vuelta contra la pared y te agarro del pelo desde atrás.
—Todavía no —te digo—. Hace años que te espero. No te vas a correr en dos minutos.
Te bajo del todo el pantalón, te separo las piernas con la rodilla, te agarro las nalgas con las dos manos y las abro. Vos apoyás la frente contra el yeso y arqueás el culo hacia atrás, esperando. Me bajo el bóxer con una mano, me apoyo la punta de la verga en la entrada de tu concha y te la meto de una embestida, hasta el fondo, hasta que soltás un grito ronco que rebota en el pasillo. Me quedo quieto un segundo, escuchándote respirar entrecortado, sintiendo cómo tu concha me aprieta y me palpita alrededor de la polla.
—Movete —me pedís—. Fóllame. Fóllame como te imaginabas.
Y te la empiezo a coger. Al principio despacio, con embestidas largas, para sentirte de punta a punta. Te agarro del pelo, te doblo la espalda, te muerdo el hombro. Te aprieto una teta con la mano libre. Vos te tocás el clítoris con dos dedos mientras yo te sigo empujando desde atrás. El ritmo lo vas subiendo vos, no yo. Vos me pedís más fuerte, vos me pedís más rápido, vos me pedís que te tire del pelo, que te clave los dedos en la cadera, que te muerda el cuello, que te diga guarradas al oído.
—Puta —te digo—. Sos una puta. Toda la vida esperando esto. Toda la vida moviéndote así delante mío, sabiendo que iba a terminar cogiéndote contra una pared.
—Sí —jadeás—. Sí, sí, sí. Rompeme, dale, rompeme.
Te doy vuelta otra vez, te levanto en peso y te apoyo contra la pared con las piernas cruzadas alrededor de mi cintura. Vuelvo a metértela, ahora más profundo, con la boca clavada en tu cuello y las manos debajo del culo aguantando todo tu peso. Te la meto y te la saco a un ritmo que ya no puedo controlar. Vos me clavás las uñas en la espalda hasta lastimarme. Yo te muerdo el cuello hasta dejarte marcas. El recibidor se llena del ruido de piel contra piel, de mi respiración contra tu oído, de tus gemidos rebotando contra las paredes.
—Me corro —me avisás—. Me corro, me corro, no pares.
Y te corrés colgada de mi cuello, con las piernas cerrándose alrededor de mi cintura como una tijera, y siento cómo la concha se te contrae en espasmos calientes alrededor de mi verga. Me arrastrás con vos. Te agarro fuerte del culo, te sostengo pegada a la pared y me vacío dentro tuyo con la boca abierta contra tu clavícula, tirando chorros de leche caliente que se te empiezan a escurrir entre los muslos antes de que termine de correrme.
Nos quedamos así un rato, agarrados, jadeando, sin hablar. La luna sigue entrando por la ventana del living. Vos me apoyás la frente en el hombro y te reís bajito. Yo te acaricio la espalda con la mano llena de sudor.
—Tanto tiempo —murmurás.
—Tanto tiempo —te contesto.
***
Termino de escribir esta última frase, Mariana, y me acabo de golpe. La leche me salta hasta el ombligo y se me escurre por el costado de la mano hasta manchar la sábana. Suelto un suspiro largo, casi un quejido. La polla me sigue latiendo un rato entre los dedos, dura todavía, sin ganas de bajar.
Me quedo mirando el techo, con el cuaderno tirado a un costado y la carta a medio secar. Afuera un perro ladra a la nada. La luna se movió un poco, y ahora la sombra del ventilador dibuja un círculo negro girando sobre la pared. Pienso en vos, en Federico, en Julia, en Carla, en todas las vidas que se cruzaron con la mía y siguieron de largo. Pienso que siempre andamos deseando lo que no podemos tener. Y pienso que a lo mejor esa es la única forma de que no se rompa: no tenerlo nunca.
No te voy a mandar esta carta, Mariana. La voy a guardar en el cajón donde tengo los recuerdos y las pajas que no puedo contar. Y mañana, cuando me despierte, voy a acordarme de tu cara con más nitidez de la que tenía hace unas horas. Eso es todo. Eso es lo único que me llevo esta noche.
Buenas noches, Mariana. Dondequiera que estés durmiendo, sigo pensando en vos.
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