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Relatos Ardientes

La fantasía que empezó con mi vecino adulto

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Cuando pienso en el momento en que dejé de fantasear con el sexo para empezar a buscarlo de verdad, siempre vuelvo a aquel edificio viejo donde pasé varios años de mi vida. No fue una historia inocente ni romántica, y tampoco quiero disfrazarla. Fue deseo, curiosidad y una calentura que se nos fue metiendo en la cabeza hasta que terminamos encerrados en un cuarto, probándolo todo.

Éramos vecinos y ya adultos, aunque todavía jóvenes. Yo vivía con mi madre en uno de los departamentos del fondo y él con la suya en el piso de arriba. Nos cruzábamos casi todos los días en las escaleras, en la entrada o en la azotea, y empezamos como empiezan muchas cosas: hablando de tonterías hasta que la confianza fue quitándonos el filtro.

Se llamaba Damián. Moreno, alto, con esa mirada tranquila de hombre que parece escuchar mucho más de lo que dice. Al principio hablábamos de cualquier cosa, del edificio, del calor, de los vecinos ruidosos, de las broncas en casa. Luego las conversaciones se fueron ensuciando solas, sin que ninguno lo propusiera de forma abierta.

Los dos veníamos de familias rotas, de madres que rehacían su vida como podían y de noches en las que las paredes dejaban oír más de lo que uno quería. Una tarde, sentados en la escalera del tercer piso, nos pusimos a hablar de eso. De los ruidos. De los hombres que a veces se quedaban a dormir. De los gemidos que se colaban por debajo de las puertas.

—¿Tú alguna vez viste algo? —me preguntó en voz baja.

Le dije que sí, aunque no le conté todo. No le dije cuántas veces me había quedado despierta escuchando una cama golpear la pared. No le dije que más de una madrugada me había tocado entre las piernas imaginando lo que pasaba en el cuarto de al lado, sin entender del todo por qué me mojaba tanto.

Él se quedó callado unos segundos y luego me confesó que también había visto cosas. Que una vez se asomó sin querer y otra queriendo, y que desde entonces no se le quitaban de la cabeza ciertas imágenes. Cómo un hombre le abría las piernas a una mujer. Cómo la hacía gemir. Cómo ella pedía más sin vergüenza.

—Uno aprende mirando —dijo, con una media sonrisa—. O al menos cree que aprende.

Yo solté una risa nerviosa, pero en realidad estaba sintiendo el estómago apretado. No por miedo. Por expectativa. Porque la forma en que me lo dijo tenía algo de reto, algo de invitación sucia que me encendió de inmediato.

—¿Y de verdad crees que sabes cómo hacer feliz a una mujer? —le pregunté.

Damián me sostuvo la mirada sin pestañear.

—Si me dejas, te lo demuestro.

Sentí un golpe de calor en la cara. Debí haberme levantado y largarme, pero no lo hice. Quise saber hasta dónde llegaba esa conversación. Quise saber hasta dónde llegaba yo.

—¿Cómo? —murmuré.

—En mi cuarto. Solos. Sin que nadie moleste. Y con una condición: que no te me eches para atrás a la primera.

No contesté enseguida. Lo miré, notando por primera vez lo cerca que estaban sus rodillas de las mías, lo ancha que se veía su espalda dentro de la camiseta, la calma con la que hablaba de algo que a mí ya me tenía temblando. Al final asentí. No sé si por valentía o por pura calentura.

Quedamos para el sábado por la tarde, cuando su madre trabajaba hasta más tarde y la mía saldría a visitar a una tía. Toda esa semana me la pasé pensando en eso. En su cuarto. En lo que iba a hacerme. En si me besaría. En si me tocaría donde ningún hombre me había tocado todavía.

Cuando llegó el día, lo vi esperándome en la escalera como si nada. Intercambiamos un saludo torpe, dos comentarios inútiles para disimular y subimos. Yo sentía el corazón disparado. Apenas cerró la puerta de su cuarto, el silencio se volvió pesado. Íntimo. Cargado.

Se acercó despacio, sin hablar, como dándome una última oportunidad para salir corriendo. No me moví. Me puso las manos en la cintura y me atrajo hacia él. El primer beso fue corto, casi de prueba, en la comisura de los labios. El segundo ya fue en la boca. El tercero entró con lengua y con ganas.

No era un beso tímido. Tampoco perfecto. Era húmedo, torpe por momentos, pero muy vivo. Su lengua se metía en mi boca mientras sus manos empezaban a apretarme la cintura y la espalda. Yo me dejé llevar rápido. Lo abracé por el cuello y le devolví el beso con la misma hambre, notando cómo su respiración se volvía más pesada a cada segundo.

Cuando me pegó del todo a su cuerpo, sentí la dureza de su verga marcándose bajo el pantalón, rozándome el muslo. Ese contacto me hizo soltar un gemido bajo, involuntario. Él lo notó y se apartó apenas para mirarme.

—Ya te está gustando —dijo.

—No hables —le respondí, y volví a besarlo.

Nos besamos largo rato, de pie, chocando contra la puerta, contra la pared, contra la cama. Él me mordía el labio, me lamía el cuello, me respiraba encima como si también estuviera sorprendido de lo rápido que se estaba calentando todo. Cuando una de sus manos subió por debajo de mi blusa y me tocó el pecho por encima del sostén, arqueé la espalda sin pensarlo.

Mis pezones se endurecieron enseguida. Él los buscó con los dedos, apretándolos con curiosidad y luego con más decisión. Yo no sabía exactamente qué me gustaba y qué no, pero sí sabía que quería que siguiera. Que siguiera tocándome, besándome, manoseándome como si llevara semanas imaginando ese momento. Porque yo también lo había imaginado.

—Quítatela —murmuró contra mi oído.

Me saqué la blusa con manos torpes. Él bajó la vista hacia mi sostén y sonrió como un hombre que por fin tiene delante lo que venía deseando. Después me lo desabrochó y se quedó mirándome un segundo antes de inclinarse. Me chupó un pezón con la boca caliente, suave al principio, y luego más fuerte. La sensación me atravesó entera.

—Joder —solté, sorprendida por mi propia voz.

Él levantó la mirada.

—Eso sí lo sentiste.

—Sí. Sigue.

Y siguió. Me chupó las tetas sin prisa, alternando la lengua y los labios, mientras sus manos bajaban por mi cintura hasta apretarme el culo. Yo ya estaba jadeando. Ya no era solo curiosidad. Tenía el cuerpo encendido, el coño latiéndome con una urgencia nueva y muy clara.

Me tumbó sobre la cama y se arrodilló frente a mí. Me abrió las piernas con las manos por encima de la falda y frotó la palma entre mis muslos, justo donde más calor estaba acumulando. Sentí un escalofrío brutal.

—Estás empapada, ¿verdad? —me dijo.

No quise contestar, así que solo lo miré. Él me subió la falda lentamente, me bajó la ropa interior hasta las rodillas y soltó una exhalación seca al verme. Yo cerré las piernas por instinto, muerta de vergüenza. Él me las abrió otra vez.

—No te tapes ahora —murmuró—. Si me dijiste que sí, mírame y déjame hacerte esto.

Le obedecí. No porque me mandara, sino porque a esa altura yo quería exactamente lo mismo. Lo vi pasar un dedo por mis labios mojados, separándolos, jugando con esa humedad que ya me corría de verdad. Cuando encontró el clítoris, se me escapó un jadeo y apreté las sábanas con las dos manos.

—Así que aquí está el problema —dijo con una sonrisa sucia—. Ya estabas lista.

Movió el dedo en círculos lentos, insistiendo justo ahí, y luego lo bajó para hundirlo dentro de mí. Entró fácil, gracias a lo mojada que estaba. Me estremecí. No por dolor, sino por la invasión misma, por sentir un cuerpo ajeno metiéndose en el mío por primera vez de esa forma.

Él metía y sacaba el dedo mientras con el pulgar me frotaba arriba. Después añadió un segundo. Mi cuerpo se tensó y solté un gemido más alto.

—Despacio —le pedí.

—Despacio, sí. Pero no me digas que pare.

No quería que parara. Quería más. Mucho más. Lo supe cuando se inclinó y me lamió el coño por primera vez. La lengua caliente abriéndose camino entre mis labios, probándome, chupándome, dándome pequeñas descargas que me hicieron retorcerme en la cama. Metí las manos en su pelo y lo empujé contra mí.

—Así, joder... así —gemí.

Damián entendió rápido. Me comió el coño con hambre, sin delicadeza, como si quisiera aprender mi sabor a fuerza de lengua. Chupaba el clítoris, lo soltaba, volvía a lamer, me metía un dedo y luego dos, y el ruido húmedo de su boca entre mis piernas me estaba volviendo loca. Cada vez que levantaba la cabeza, tenía la barbilla brillante.

Yo nunca había sentido nada tan directo. Tan físico. Mi cuerpo reaccionaba solo: abría más las piernas, levantaba la cadera, gemía sin control. Cuando noté que me acercaba a algo que no sabía nombrar pero sí reconocer, me puse nerviosa.

—Creo que... creo que me voy a correr —dije, casi asustada.

Él no se detuvo. Al contrario, me agarró de los muslos con fuerza y siguió lamiendo más rápido.

—Pues córrete.

Eso fue todo. Me vine temblando, con el vientre duro y las piernas agitadas, apretándole la cabeza entre los muslos mientras soltaba un gemido largo, ronco, que me dejó vacía y a la vez más caliente que antes. Nunca olvidaré la cara con la que me miró después, satisfecho y excitado al mismo tiempo.

—Ahora me toca a mí —dijo, poniéndose de pie.

Se quitó la ropa sin ceremonia. Cuando se bajó el pantalón y el bóxer, me quedé mirando su verga dura, levantada contra el vientre. No era una fantasía abstracta ya. Era una polla real, caliente, gruesa, a pocos centímetros de mi cara. Tragué saliva.

—Tócala —me pidió.

Alargué la mano despacio y la rodeé con los dedos. Estaba dura de verdad, con la piel caliente y tensa. La acaricié de arriba abajo, notando cómo respiraba más fuerte con cada movimiento.

—Así —murmuró—. Sin miedo.

Me acerqué y la besé en la punta, apenas un roce. Él soltó un gemido. Ese sonido me dio una seguridad rara, casi insolente. Abrí la boca y me la metí despacio, probándola con la lengua, sabiendo que ya no había vuelta atrás. Empecé a chupársela con ganas crecientes, alternando la boca y la mano, lamiendo la base, subiendo otra vez a la punta, sintiendo cómo se endurecía aún más.

Damián me agarró del pelo, no para hacerme daño sino para marcar el ritmo. Yo lo seguí. Me movía más rápido, respirando por la nariz, sintiendo el sabor salado de su piel y el peso de su polla sobre la lengua. Él jadeaba arriba de mí, diciendo obscenidades entre dientes.

—Joder, qué bien la chupas... así, no pares... más hondo.

Me la saqué un momento para mirarlo. Tenía la mandíbula apretada, los ojos oscuros, el pecho subiendo y bajando con violencia. Volví a meterla en la boca y esta vez fui más hondo, hasta que me obligó a apartarme con un tirón suave del pelo.

—Si sigues así, me corro ya.

La idea de que se corriera por mi boca me excitó todavía más, pero yo ya estaba pensando en otra cosa. En tenerlo dentro. En sentir esa polla abriéndome de verdad.

—No —le dije—. Quiero que me cojas.

Nos miramos un segundo en silencio. Él entendió que no era una frase lanzada al aire. Era una decisión. Una petición. Casi una orden.

Me recosté boca arriba y abrí las piernas. Damián se puso entre ellas, me acarició el coño con dos dedos llenos de mi propia humedad y luego agarró su verga. Me frotó la punta entre los labios, arriba y abajo, embarrándose más. Yo me quejé, impaciente.

—Métemela —susurré.

—Despacio.

Empujó con cuidado. La punta entró y el cuerpo se me tensó entero. Ardía. No de una forma insoportable, pero sí intensa, nueva, clara. Lo notó enseguida porque se quedó quieto.

—Respira —me dijo—. Mírame.

Lo hice. Respiré hondo. Él volvió a empujar unos centímetros más. Sentí cómo me abría, cómo mi coño se adaptaba a esa presión. El dolor y el morbo se mezclaron de una forma extraña, y cuando por fin la tuvo casi toda dentro, me mordí el labio para no gritar.

—Joder... qué apretada estás —dijo con la voz rota.

Se quedó quieto unos segundos, dándome tiempo. Luego empezó a moverse muy despacio, sacando apenas y volviendo a entrar. Cada embestida dolía un poco menos y me excitaba un poco más. Mi cuerpo se fue relajando, lubricándose mejor, aceptándolo. Al cabo de unos minutos, lo que antes ardía empezó a gustarme de una forma brutal.

Le agarré el culo para acercarlo más. Él entendió la señal y aceleró. El sonido del mete y saca empezó a llenar el cuarto, húmedo, insistente. La cama rechinaba contra la pared. Yo abría más las piernas y movía las caderas a su encuentro, sintiendo cómo la verga me entraba y salía cada vez más fácil, cada vez más rico.

—Así... así... no pares —gemía, sin importarme nada.

Damián me follaba mirándome a la cara, como si quisiera registrar cada gesto. Bajó una mano para frotarme el clítoris mientras seguía embistiéndome, y eso me disparó otra vez. La mezcla de su polla dentro y sus dedos arriba me dejó temblando. Empecé a apretarlo con las piernas, a gemir más fuerte, a perder completamente la vergüenza.

—Me voy a correr otra vez —le advertí, con la voz quebrada.

—Hazlo. Apriétame así.

Me corrí con él dentro, sintiendo los espasmos del coño alrededor de su polla. Eso lo volvió loco. Soltó un gemido áspero, me agarró de las caderas con fuerza y empezó a embestir más duro, más corto, buscando su propio final. El golpeteo era constante, sucio, brutal. Yo ya no podía hacer otra cosa que recibirlo y gemir.

—No aguanto... no aguanto —dijo entre dientes.

—Córrete.

Con dos embestidas más se vino dentro de mí. Lo sentí claramente: la pulsación de su verga, el calor de la corrida llenándome por dentro, su cuerpo desplomándose sobre el mío mientras seguía clavado hasta el fondo. Nos quedamos así unos segundos, sudados, pegados, respirando como animales después de una carrera.

Cuando salió de mí, un hilo espeso me escurrió entre los muslos y me dio un morbo salvaje verlo. Él también lo vio. Pasó dos dedos por ahí, recogió parte de la mezcla y me la mostró con una sonrisa incrédula, como si ni él mismo terminara de creer lo que habíamos hecho.

—Así que sí sabía un poco —murmuró.

Me reí, todavía temblando.

—Todavía te falta práctica.

—Entonces tendrás que dejarme seguir practicando.

Y lo hice. Claro que lo hice.

***

Después de aquella primera vez, la tensión entre nosotros desapareció para convertirse en otra cosa: hambre. Nos buscábamos en cualquier rincón del edificio, en la azotea, en el cuarto de lavado, en la escalera cuando sabíamos que no pasaba nadie. A veces solo era un beso largo con mano bajo la ropa. Otras veces terminábamos masturbándonos a escondidas hasta dejarnos temblando.

La segunda vez que volvimos a su cuarto ya no hubo torpeza. Me recibió cerrando la puerta con llave y empujándome contra ella. Yo le abrí el pantalón antes incluso de saludarlo. Saqué su verga y empecé a pajearlo mientras él me levantaba la falda y metía la mano entre mis piernas.

—Otra vez mojada —dijo, metiéndome dos dedos de golpe.

—Porque ya sabía a lo que venía.

Me giró y me dobló sobre la cama. Esa postura me hizo sentir todavía más expuesta. Me bajó la ropa interior, me abrió el culo con una mano solo para mirar, y luego volvió al coño, lamiéndome por detrás con una lentitud que me hizo gemir contra el colchón. Yo movía el culo buscándolo, desesperada.

—No me tortures.

—Te gusta que te hagan esperar.

—Me gusta que me folles.

Se rió y me metió la verga de una sola vez. Solté un grito ahogado. Empezó a cogerme desde atrás, agarrándome de la cintura, marcando un ritmo duro que me sacudía toda. Cada embestida me empujaba hacia adelante. El sonido de su pelvis golpeándome el culo se mezclaba con mis jadeos y sus groserías.

—Así te quería —decía—. Abierta para mí. Pidiéndola.

Yo metí una mano entre mis piernas y me toqué mientras me follaba. Apenas me vio hacerlo, aceleró más. Me usó un buen rato en esa postura hasta que me corrí de nuevo, con las piernas flojas. Luego me dio la vuelta y me hizo tragarme su corrida después de sacársela a tiempo, acabando sobre mi lengua mientras yo lo miraba con la boca abierta.

No voy a fingir pudor. Me gustó. Me gustó sentir el poder de provocarle eso. Me gustó lo rápido que aprendimos a ensuciarnos juntos.

***

Con el tiempo, nuestra rutina se volvió un laboratorio de deseo. Él quería repetir cosas que había imaginado; yo quería probar todo lo que me diera morbo. Nos chupábamos en silencio para no levantar sospechas. Nos corríamos con la puerta apenas entornada, atentos a cualquier ruido. Más de una vez me fui a casa con las piernas temblando y el coño todavía sensible por cómo me había dejado.

Una tarde me sentó al borde de la cama y me abrió las piernas mientras él permanecía vestido. Esa vez quiso mirarme con calma. Tocarme sin prisa. Pasó la yema de los dedos por mis labios hinchados, me los separó, me escupió encima y lo extendió con la mano antes de meterme tres dedos. Gemí tan fuerte que tuvo que taparme la boca.

—Baja la voz —susurró—. O van a saber exactamente cómo te pongo.

Ese comentario me encendió más. Me hizo arder la cara y el coño al mismo tiempo. Le mamé la polla arrodillada entre sus piernas mientras él me seguía metiendo los dedos, y luego me subió a su regazo para follarme sentado, cara a cara, viéndome rebotar sobre él. Yo me agarraba de sus hombros, subiendo y bajando sobre su verga, sintiendo cada centímetro entrar y salir.

—Así, muévete —me decía—. Quiero ver cómo te la metes sola.

Obedecí. Me clavaba más fuerte cada vez, usando mis propias piernas para follármelo encima. El sudor nos corría por el pecho. Las tetas me rebotaban con el movimiento. Él me chupó un pezón mientras yo me cabalgaba su polla y cuando me corrí, apreté tanto que él se vino casi al mismo tiempo, enterrándome la cara en el cuello para ahogar el gemido.

Esos encuentros me cambiaron. No solo por lo que hacía con él, sino por lo que descubrí de mí. Entendí que mi deseo no era algo accidental ni una etapa pasajera. Me gustaba coger. Me gustaba mucho. Me gustaba el juego previo, la suciedad de las palabras, el cuerpo del otro reaccionando al mío, la sensación de perder el control justo antes del orgasmo.

No duró para siempre. Nada dura. Un tiempo después, Damián se mudó con su madre a otra ciudad y lo nuestro terminó como terminan muchas historias intensas: de golpe, sin ceremonia, dejando el cuerpo lleno de memoria. El día que se fue nos despedimos en la escalera donde todo había empezado. Nos besamos una última vez, rápido, con rabia, sabiendo que ese beso ya era recuerdo antes de terminar.

Durante mucho tiempo pensé en él cuando me masturbaba. En su cuarto. En su lengua. En la primera vez que me abrió las piernas y me hizo correrse con la boca. En la primera vez que me folló despacio hasta que el dolor se volvió placer. No lo idealizo. No fue amor eterno ni cuento de hadas. Fue una iniciación sucia, intensa y muy real.

Y quizá por eso sigue siendo una de mis fantasías favoritas: porque empezó como una conversación prohibida entre vecinos adultos y acabó convirtiéndose en el momento exacto en que entendí que el sexo no me daba miedo. Me daba hambre.

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Comentarios(7)

Marcos_72

Buenisimo!! me tuvo enganchado de principio a fin, muy bien narrado

SolLectora

Por favor seguí con esto, quede con ganas de mas jaja

Fercho_mdq

Me recordo mucho a algo que me paso con un vecino hace años jaja, el morbo de lo cotidiano es lo que mas engancha. Muy buen relato!

Karla_noche

que bueno!!! sigue asi

LectorNocturno

Esto es real o pura fantasia? se siente muy autentico, por eso pregunto jaja. Esperando la continuacion

NormaDelSur

Me gusto mucho como empieza, esas preguntas intimas que se hacen sin querer... muy bien manejado. Se nota la mano de alguien que sabe escribir

IgnacioSur88

los vecinos adultos siempre escondiendo sorpresas jajaja

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