Cumplí mi fantasía más sucia sola en el bosque
Hacía meses que le daba vueltas a la misma fantasía y no podía sacármela de la cabeza. Quería masturbarme al aire libre, completamente desnuda, en un lugar donde nadie pudiera verme ni molestarme. Sola con el viento, los árboles y mi propio deseo. Pensé en varios sitios distintos —una cabaña abandonada, el asiento de atrás de mi auto en un descampado, incluso la terraza de casa a las tres de la mañana— hasta que se me ocurrió el escenario perfecto: un bosque.
Pero no quería una masturbación cualquiera. Si iba a montarme semejante aventura, quería hacerla especial, con algo distinto que nunca me había atrevido a probar. Al principio pensé en juguetes, pero mi colección no da para mucho: un vibrador viejo y un plug con forma de corazón que casi no uso. Entonces vino la idea que me puso mojada al instante mientras lavaba los platos: frutas y verduras. Cosas que cualquiera compra un jueves común y corriente, pero que en mis manos iban a terminar en otro sitio muy distinto.
Un día antes fui al súper del barrio. En la sección de verdulería me tomé mi tiempo, eligiendo cada pieza como si estuviera armando una receta. Un plátano bien grueso, una zanahoria larga con las hojas todavía puestas, dos pepinos firmes, media docena de limones y una berenjena morada, pesada y perfectamente ovalada.
En la caja, la chica me miró de reojo la bolsa y arqueó una ceja. —¿Vas a hacer alguna receta especial? —preguntó por decir algo. Le sonreí, apoyé la tarjeta en el lector y le dije que sí, algo especial. Si supiera.
Esa noche apenas dormí. La bolsa esperaba en la heladera y yo esperaba en la cama, con la mano metida entre las piernas, imaginándome cada movimiento. Al mediodía siguiente cargué la mochila con la bolsa, una manta, una botella de lubricante y una toalla, subí al auto y arranqué. Manejé casi una hora hasta un bosque a las afueras que conocía de una excursión vieja. Estacioné en la banquina, agarré la mochila y me interné caminando por un sendero de tierra hasta encontrar un claro rodeado de árboles altos, tan tupidos que apenas dejaban pasar la luz.
Miré alrededor. Nada, nadie. Solo pájaros y el crujido de mis propias pisadas sobre las hojas secas.
Amontoné un buen colchón de hojas para no tener que apoyar mi cuerpo directo sobre la tierra, extendí la manta encima y saqué todo de la mochila. Alineé las frutas y las verduras en el suelo, como preparando un altar. Empecé a desvestirme despacio. Los zapatos y las medias primero —siempre me gustaron mis pies, y me gusta sentirlos descalzos—; después la campera, el jean, la remera. Me quedé un momento en ropa interior, con la piel de gallina por el aire fresco. Luego se fueron el sostén y la bombacha.
Desnuda al aire libre, en pleno bosque, con los pezones parados por el frío y una humedad que ya me corría por la cara interna de los muslos. Me senté sobre la manta con las piernas cruzadas y respiré hondo. El corazón me latía como si estuviera por hacer algo prohibido, y en el fondo así era: nadie sabía que yo estaba ahí, así, con una bolsa llena de verduras al lado.
***
Agarré la zanahoria primero. Larga, gruesa, con las hojas verdes todavía puestas para sostenerla mejor. Le eché lubricante desde la punta hasta la mitad, la froté con la mano para que se calentara un poco y me acosté de espaldas sobre la manta. Abrí bien las piernas, me pasé la otra mano por el clítoris para tantear cuánto estaba mojada —mucho, muchísimo— y empecé a metérmela.
Al principio despacio, apenas la punta. La zanahoria estaba fría y firme, distinta a cualquier polla, y esa diferencia sola me hizo soltar un gemido corto. La fui empujando de a poco, sintiendo cada centímetro abrirse camino dentro de mí. Cuando entró hasta la mitad, empecé a moverla, sacándola casi entera y volviéndola a hundir, más rápido cada vez. Con la mano libre me frotaba el clítoris en círculos y jugaba con mis tetas, pellizcándome los pezones hasta que dolían.
Escuchaba mi respiración pesada mezclada con los pájaros. Estaba cogiéndome sola con una zanahoria en el medio del bosque y no podía creer lo empapada que estaba. Cuando saqué la zanahoria de un tirón salió un chorro caliente que me manchó los muslos. Sonreí. Recién arrancaba.
Cambié al plátano. Lo pelé despacio, con las manos temblorosas, y lo apoyé sobre mi coño empapado antes de metérmelo. Entró blando, más elástico que la zanahoria, moldeándose a mí. Me lo empujé hasta el fondo y empecé a follármelo con fuerza, agarrándolo de la cáscara pelada como si fuera un mango. Con cada embestida se ablandaba un poco más, y yo lo sentía deshacerse por dentro y volverse pasta caliente contra mis paredes.
Gemía sin control, con la boca abierta hacia el cielo, sin ningún pudor porque no había nadie que me escuchara excepto los pájaros y yo misma. Cuando el plátano se me deshizo por dentro lo saqué a medias y me metí un pedazo en la boca. Sabía a fruta y a mí, dulce y salado a la vez, y la mezcla me puso todavía peor.
Me limpié con la toalla y agarré los limones. Uno por uno los fui metiendo en mi coño, apretándolo alrededor para retenerlos, y después haciendo fuerza para expulsarlos como si estuviera pariéndolos. Salían rodando por la manta, brillantes de mis flujos, y yo los volvía a meter, uno tras otro, riéndome sola de lo sucia que me sentía. Agarré uno y me lo pasé por los pezones, apretándomelo hasta que salieron unas gotas ácidas que me hicieron gritar cuando llegaron al clítoris. Ese ardor, mezclado con el placer, me hizo hundir un dedo en la boca y morderlo para no venirme antes de tiempo.
Entonces tocaba el pepino. Frío, largo, duro. Me arrodillé sobre la manta con el culo en el aire y me lo metí de una sola vez, sin lubricante extra —ya no lo necesitaba, chorreaba por todos lados—. El pepino entró hasta el fondo y me arrancó un grito que rebotó contra los árboles. Empecé a moverlo con las dos manos, cogiéndome tan fuerte que las hojas debajo de mí crujían. Con la mano libre me frotaba el clítoris a una velocidad demente.
Me pellizcaba las tetas, me lamía los dedos, me estaba masturbando como una loca, gimiendo palabras sueltas que ni yo entendía. —Más, más, más —me escuchaba decir, sola, en el bosque. Cuando llegó el primer orgasmo saqué el pepino de un tirón y me arqueé sobre la manta mientras un chorro me salía disparado y me mojaba los muslos, la manta y hasta las hojas alrededor.
Me quedé unos segundos temblando, con los ojos cerrados, escuchándome respirar. Después abrí los ojos y miré la berenjena.
Esa iba a ser la difícil.
La lubriqué toda, la calenté con las manos y me puse en cuclillas sobre la manta, con las rodillas bien abiertas. Apoyé la punta de la berenjena en mi culo, respiré hondo y empecé a bajar. Al principio dolió. Mucho. Pero era un dolor que me encendía, que me hacía apretar los dientes y seguir bajando. La berenjena se abría paso adentro mío y yo sentía que me destrozaba de la mejor manera.
Cuando entró hasta la mitad me agarré de las rodillas y empecé a rebotar despacio, subiendo y bajando sobre ella. Cada rebote me arrancaba un gemido más agudo. Estaba en cuclillas, en un bosque, dando saltitos sobre una berenjena metida en el culo, y solo pensarlo me volvía loca de excitación.
Con una mano me apretaba las tetas y con la otra me frotaba el clítoris. Rebotaba cada vez más rápido, sintiendo la berenjena entera dentro, y en algún momento perdí la cuenta de cuánto tiempo pasé así. El segundo orgasmo me pegó de golpe y me sacudió entera, las piernas me flaquearon, me caí de rodillas sobre la manta con la berenjena todavía metida. Me tomó un rato sacármela.
***
No había terminado. Ni cerca.
Me acosté de nuevo de espaldas, con las piernas hacia arriba y bien abiertas, y agarré la zanahoria con una mano y el plátano deshecho con la otra. Me metí el plátano en el coño y la zanahoria en el culo al mismo tiempo. Con las dos manos empecé a mover las dos cosas a la vez, cogiéndome doblemente, gritando cada vez más fuerte. La zanahoria entró tan profundo que solo las hojas quedaron afuera. El plátano me salpicaba por dentro. Me sentía sucia, cochina, absolutamente perdida, y me encantaba.
Cuando saqué el plátano me lo llevé a la boca y le pegué un mordisco. Sabía a mí, a mis flujos, a la fruta pisada. Lo comí entero mientras seguía moviendo la zanahoria en el culo con la otra mano. Nunca me había sentido tan cochina, tan animal, tan libre.
Después vinieron los pepinos, uno en cada agujero. Grité al sentirlos a los dos entrar juntos. Estaba con las piernas apuntando al cielo, la boca abierta, gimiendo palabras sin sentido, mordiéndome el labio hasta hacerme sangre. Me cogí un rato así, con los dos pepinos, hasta que los saqué de golpe y me los pasé por los labios, chupándome mis propios jugos.
Terminé como empecé: sola, con la mano, frotándome el clítoris a toda velocidad y con los limones metidos en el culo uno tras otro. Cuando llegué al tercer orgasmo me arqueé, grité, y me quedé un largo rato tirada sobre la manta, temblando, con los ojos cerrados y una sonrisa idiota.
Cuando volví en mí, me arrodillé y expulsé todo lo que tenía dentro. Los limones cayeron rodando sobre las hojas, brillantes y calientes. Metí todos los restos —las frutas, las verduras, la manta manchada, la toalla— en una bolsa negra.
Antes de vestirme saqué de la mochila el plug con forma de corazón, le puse lubricante y me lo metí en el culo. Cerré los ojos al sentirlo entrar entero. Después me vestí despacio: la bombacha, el sostén, el jean, la remera, la campera, las medias, los zapatos.
Caminé de vuelta al auto con el plug adentro y una sonrisa que no me podía sacar de la cara. Tiré la bolsa en el primer contenedor que encontré camino a la ruta y manejé de regreso a casa con la radio bajita, sintiéndome nueva.
Esa fantasía la venía imaginando desde hacía meses. La realidad, como casi siempre, fue todavía mejor.
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