La fantasía de lluvia que no pude seguir negando
La lluvia empezó de golpe, espesa, violenta, de esas que vacían una calle en menos de un minuto y te obligan a correr aunque sepas que ya estás empapada. Yo iba apretando el bolso contra el pecho, con el cabello pegado a la cara y los zapatos resbalando sobre la acera, cuando escuché el motor detrás de mí.
No necesité girarme para saber que eras tú. Reconocí el sonido de tu moto y esa forma tuya de frenar cerca, sin invadir, como si incluso tu manera de acercarte respetara una distancia que entre los dos llevaba demasiado tiempo temblando.
—Súbete —me dijiste, alzando la voz por encima de la lluvia.
Te miré un segundo. Llevabas la camisa mojada bajo la chaqueta abierta, el agua corriéndote por la mandíbula, y esa expresión tranquila que me desarmaba más que cualquier atrevimiento. Asentí y me subí detrás de ti, pegando las palmas a tu cintura.
El trayecto fue corto, pero a mí me pareció una provocación entera. Sentía el calor de tu espalda bajo la tela mojada, el movimiento firme de tu cuerpo al controlar la moto, el olor a lluvia mezclado con tu colonia. Cada bache me hacía rozarte más, y yo no estaba segura de qué deseaba con más fuerza: llegar a casa o no llegar nunca.
Cuando paraste frente a mi puerta, el agua nos caía a chorros desde el techo del porche. Bajé despacio, sin querer romper la tensión. Tú te quitaste el casco, te pasaste una mano por el cabello oscuro y sonreíste con esa calma que parecía no enterarse de nada.
—Gracias —dije, buscando las llaves con dedos torpes.
—No fue nada. Menos mal te vi.
Podías haberte ido en ese momento. Tu casa quedaba cerca. Bastaba con un gesto, una despedida rápida, y todo habría seguido guardado en el mismo lugar donde lo había escondido durante meses: mis pensamientos de madrugada, mis manos entre las piernas imaginándote, mis ganas cada vez que te veía demasiado cerca.
Pero yo ya no quería seguir escondiéndolo.
—Si quieres, espera a que baje la lluvia —te dije, tratando de sonar casual—. Estás empapado.
Me miraste apenas un segundo más de lo normal. Ese segundo me bastó para entender que no era la única sintiendo el peso de ese momento.
—Está bien —respondiste al final—. Solo un rato.
Entramos con el sonido del agua golpeando el techo y las ventanas. Mi casa estaba casi a oscuras, salvo por una lámpara pequeña en la sala que dejaba rincones en sombra y le daba a todo un aire íntimo, peligroso. Cerré la puerta detrás de nosotros y mi pulso se disparó con un simple clic.
—Voy por una toalla —murmuré.
Fui al baño, respiré hondo frente al espejo y traté de ordenarme la cara. Compórtate, pensé. O no te comportes, pero al menos deja de temblar. Cuando volví, te encontré de pie junto al sofá, escurriendo agua de la chaqueta.
Te alargué la toalla y señalé tu torso con una sonrisa nerviosa.
—Será mejor que te quites la camisa o te vas a enfermar.
No respondiste enseguida. Me miraste primero a mí, luego la toalla, y finalmente empezaste a desabotonarte. Despacio. Sin prisa. Como si supieras exactamente lo que cada botón soltaba también dentro de mí.
Tu pecho apareció húmedo bajo la luz tenue, marcado, adulto, real. No era una fantasía lejana ni una imagen robada. Estabas ahí, en mi sala, con la camisa abierta, secándote la piel mientras yo intentaba no tragar saliva como una idiota.
—También deberías cambiarte —dijiste.
Asentí. Me fui a la habitación con la toalla en la mano y cerré a medias. Podía haberme vestido rápido. Podía haber salido con un pantalón largo y una camiseta vieja. En lugar de eso, me quité la ropa mojada y me envolví apenas con una toalla corta que me cubría lo justo.
Lo hice sabiendo lo que hacía.
Salí fingiendo que iba a buscar un vestido que había dejado en una silla cercana. La luz lateral de la sala me rozó el cuerpo y dejó claro que debajo de la toalla no llevaba nada. Te pusiste de pie casi al instante, como si el gesto hubiera sido involuntario. Tus ojos bajaron, subieron, y en tu garganta vi el movimiento seco de un trago contenido.
—Mejor me voy —dijiste, pero tu voz salió más grave, menos segura.
Ahí entendí que si te ibas esa noche, me iba a pasar semanas odiándome.
Me acerqué dos pasos y sonreí, con el corazón desbocado.
—No muerdo —te dije.
Tu boca se curvó apenas.
—No es eso.
—Entonces quédate. Cinco minutos. Déjame vestirme y hablamos mientras deja de llover.
Hubo un silencio corto, lleno de respiraciones medidas y de todo lo que ninguno decía. Luego miraste la toalla, mis piernas desnudas, mi cara otra vez.
—Quédate así —murmuraste.
Fue una orden suave, pero me golpeó en el centro del cuerpo. Sentí un calor directo entre las piernas, inmediato, casi doloroso. Me acerqué sin pensar demasiado y me senté sobre tus muslos, de lado primero, tanteando la distancia que quedaba entre nosotros.
Tus manos tardaron solo un segundo en posarse en mi cintura. Grandes, calientes, firmes. A través de la toalla sentí el bulto duro de tu erección empujando contra mi cadera y se me escapó el aire en una exhalación que no pude disimular.
—¿Cinco minutos así? —preguntaste junto a mi oído.
—Tal vez un poco más.
Te reíste por lo bajo, y esa risa fue el final de mi prudencia. Me giré para quedar de frente sobre tus piernas y al hacerlo mi toalla se abrió apenas sobre el muslo. Vi cómo tus ojos siguieron el movimiento. Bajé las manos a tus hombros y acerqué la boca a la tuya.
El primer beso fue lento. El segundo no. En el tercero ya me estabas agarrando el culo por debajo de la toalla y yo te mordía el labio mientras abrías las piernas para acomodarme mejor sobre la dureza de tu polla atrapada en el pantalón.
—Joder —susurraste—. Llevo mucho tiempo queriendo hacer esto.
—Entonces hazlo.
Tu boca bajó a mi cuello mientras tus dedos apretaban la carne de mis nalgas. Empecé a moverme sobre ti, rozándome contra tu erección con movimientos cortos, lentos al principio, y luego más necesitados. La toalla se fue soltando del todo. Sentí el aire fresco sobre los pechos y enseguida tu mano subió a atraparme uno, pesado, húmedo todavía por la ducha de lluvia y el sudor de mis nervios.
Me apretaste el pezón entre los dedos y gemí contra tu boca. No un gemido bonito ni contenido: uno ronco, claro, de mujer excitada de verdad. La reacción en tu cara me encendió más. Me inclinaste hacia atrás lo justo para mirarme desnuda sobre ti, con el pecho subiendo rápido y la toalla hecha un nudo inútil en mi cintura.
—Mírate —dijiste, pasando el pulgar por mi pezón endurecido—. Me estabas provocando a propósito.
—Sí.
Te gustó que no lo negara. Lo vi en tus ojos. Lo sentí en la fuerza con que me agarraste la cadera para hacerme frotar otra vez sobre tu polla. Mi coño ya estaba húmedo, y el roce sobre la tela áspera de tu pantalón me arrancó otro gemido más agudo.
—¿Así de mojada estás solo por sentarte encima de mí? —preguntaste.
—Estoy así por ti desde antes de entrar a la casa.
Tu respiración cambió. Me besaste con hambre, metiéndome la lengua, y yo respondí igual de sucia, igual de abierta. Mis manos fueron a tu cinturón. No me detuviste. Desabroché el botón, bajé la cremallera y metí la mano dentro del pantalón para agarrarte por encima del bóxer.
Estabas duro de verdad. Grueso. Tenso bajo mi palma.
—Mierda —soltaste, cerrando los ojos un instante.
Te acaricié despacio, disfrutando la reacción inmediata de tus caderas. Luego aparté la tela y saqué tu polla. Se me aceleró el pulso al verla, pesada, completamente erecta, húmeda en la punta. La rodeé con los dedos y la moví una vez, dos, sintiendo el calor de tu piel y la tensión de tus muslos debajo de mí.
—Tanto querías irte —te provoqué.
—Todavía puedo hacerlo.
Te apreté un poco más fuerte.
—No quieres.
—No, no quiero.
Me levantaste de golpe del sofá y me dejaste de pie frente a ti. La toalla cayó al suelo. Nos miramos sin ropa entre uno y otro, con la lluvia golpeando las ventanas y la respiración llenando la sala. Tu mirada recorrió mi cuerpo sin esconder nada: pechos, vientre, muslos, el brillo evidente entre mis piernas.
—Ven aquí.
Di un paso y me agarraste por la nuca para besarme otra vez. Tu otra mano bajó entre mis piernas y metiste dos dedos por mis pliegues mojados, apenas rozando al principio. Arqueé la espalda al contacto. Cuando encontraste mi clítoris, me aferré a tus hombros con un jadeo.
—Estás empapada —dijiste cerca de mi boca.
—Tócame más.
No me hiciste repetirlo. Tus dedos se hundieron dentro de mi coño de una sola vez, lentos pero profundos. Solté un gemido abierto y moví las caderas para recibirlos mejor. Me follabas con la mano mientras me mirabas a la cara, atento a cada gesto, a cada espasmo de mis muslos.
—Así —murmuré—. Así, no pares.
Aumentaste el ritmo, sacándolos y metiéndolos con un sonido húmedo que me avergonzó y me excitó al mismo tiempo. Yo tenía una mano aferrada a tu antebrazo y la otra bajó a tu polla para pajearte mientras me abrías con los dedos. El contraste de tocarte y sentirte dentro me estaba volviendo loca.
—Quiero chupártela —dije de pronto, con la voz rota.
Tus ojos brillaron.
—Arrodíllate, entonces.
Lo hice sin apartar la vista. Me coloqué entre tus piernas, desnuda en el suelo de mi sala, mientras tú me apartabas el cabello mojado de la cara. Besé la base de tu polla primero, luego la recorrí con la lengua hasta la punta y te escuché soltar el aire despacio, como si estuvieras peleando por controlarte.
Me la metí en la boca poco a poco. Caliente, dura, pesada sobre la lengua. Cerré los labios y empecé a subir y bajar la cabeza, tomando cada vez más. Tú me acariciabas el pelo al principio, suave, pero pronto la mano se te tensó en la nuca.
—Joder, qué bien la chupas.
El elogio me hizo gemir con la boca llena. La vibración te sacó un gruñido. Te agarré el culo con ambas manos y te acerqué más, tragando saliva cuando tu punta tocó el fondo de mi garganta. Me aparté un segundo para respirar y te lamí los huevos, lentos, húmedos, antes de volver a encerrarte entre los labios.
—Mírame —dijiste.
Levanté los ojos mientras seguía mamándotela y tu expresión me empapó todavía más. Me estabas mirando como si por fin estuvieras agarrando algo que llevabas demasiado tiempo imaginando. Tus caderas empezaron a moverse apenas, cortas, contenidas, rozándome la boca con más insistencia.
—Si sigues así, me voy a correr.
Saqué la polla de la boca con un hilo de saliva.
—Todavía no. Quiero sentirte dentro.
Me levantaste de inmediato. Me besaste con mi propia humedad en los labios y me empujaste despacio hasta la pared. La frescura de la superficie contra mi espalda desnuda me hizo estremecer. Abriste más mis piernas con la rodilla y deslizaste la punta de tu polla entre mis pliegues, arriba y abajo, embarrándote con lo mojada que estaba.
—Dime que lo quieres.
—Métemela.
—Dímelo bien.
Te miré directo, sin fingir pudor.
—Quiero que me folles.
Entraste de una embestida contenida, firme, hasta el fondo. El grito se me escapó sin remedio. No de dolor, sino del golpe brutal de sentirte llenándome de repente después de tanta tensión acumulada. Te quedaste quieto un segundo, respirando fuerte, con la frente apoyada en la mía.
—Mierda... —susurré—. Sí. Sí.
Entonces empezaste a moverte. Primero despacio, marcando cada salida y cada entrada. Luego más fuerte. Tus manos me agarraban de los muslos para mantenerme abierta mientras tu polla me golpeaba por dentro con un ritmo cada vez más duro. La pared retumbaba detrás de mí. Yo apenas podía hacer otra cosa que recibirte y gemir.
—Así te imaginaba —dijiste entre dientes—. Abierta para mí. Pidiéndomelo.
—No me hagas hablar si vas a follarme así.
Te reíste con una mezcla de deseo y soberbia que me encendió más. Bajaste una mano a mi clítoris y lo frotaste con el pulgar mientras seguías penetrándome. Ahí perdí el poco control que me quedaba. Me apreté a tus hombros y empecé a moverme contra ti con hambre, buscando más, más fuerte, más hondo.
—Eso es —dijiste—. Fóllame tú también.
Lo hice. Subí una pierna a tu cintura para abrirme más y dejé que tus embestidas me partieran el aire. Cada choque sacaba un sonido húmedo, sucio, deliciosamente indecente. Sentía tu respiración caliente en el cuello, tus dedos clavados en mi piel, la dureza de tu cuerpo manteniéndome contra la pared mientras me follabas como si de verdad llevaras meses tragándote las ganas.
El orgasmo me subió rápido, tenso, con esa punzada conocida en el vientre que me obliga a apretar las piernas y luego me las desarma por completo.
—Voy a correrme —avisé, casi sin voz.
—Hazlo.
Frotaste mi clítoris con más presión y embestiste dos veces, tres, profundo, y me corrí temblando contra ti. No fue un gemido; fue un quejido largo y roto que se me quedó vibrando en el pecho mientras mi coño te apretaba. Sentí cómo maldecías contra mi cuello al notar los espasmos.
Pero no paraste.
Me llevaste otra vez al sofá y me inclinaste sobre el respaldo. Yo todavía estaba sacudiéndome del orgasmo cuando me separaste las piernas desde atrás y volviste a entrar. Esta vez fue aún más fácil, porque estaba abierta y chorreando. Tu polla resbaló dentro de mí entera y me hizo arquear la espalda con un gemido ronco.
—Quería verte así —dijiste, agarrándome de la cadera—. Mojada y temblando mientras te sigo follando.
Empezaste a embestir desde atrás con un ritmo brutal, seco, sin cuidado inútil pero sin dejar de medir mis reacciones. Cada golpe me hacía apretar las manos en el sofá. El sonido de tu pelvis contra mi culo se mezclaba con la lluvia y con mis gemidos cada vez más descarados.
—Más duro —te pedí.
Me diste exactamente eso. Tus dedos se hundieron en mi cadera y la otra mano me agarró del pelo para arquearme más. No tiraste para hacer daño, sino para abrirme la garganta y que se me escaparan mejor los gemidos. Sentía tus huevos golpeándome con cada embestida, la fricción húmeda, el calor subiéndome otra vez por el vientre.
—Mira cómo me recibes —gruñiste—. Tu coño me traga completo.
Esa vulgaridad dicha así, con la respiración rota y el cuerpo pegado al mío, me hizo volver a apretarme alrededor de ti. Metí una mano entre mis piernas y empecé a tocarme el clítoris mientras me follabas. Los dos sonidos, tu polla entrando y mis dedos frotando, me empujaron al borde otra vez en cuestión de segundos.
—No pares, por favor, no pares.
—Ni se me ocurre.
Te sentí crecer aún más dentro de mí, duro, tenso, al límite. Te inclinaste sobre mi espalda, pegando el pecho a mi piel, y me mordiste el hombro justo cuando empecé a correrme por segunda vez. Esta fue peor, más intensa, más profunda. Las piernas me fallaron y caí sobre el sofá mientras el orgasmo me sacudía completa.
Seguiste empujando un par de veces más, desordenado ya, y entonces te saliste. Me giraste apenas para que te mirara y empezaste a pajearte con fuerza, rápido, con la mandíbula apretada.
—¿Dónde? —preguntaste.
Te miré la polla brillante en tu mano, tu pecho agitado, la tensión en tus muslos.
—Encima de mí.
Te corriste sobre mi vientre y mis pechos con un gemido ronco que se mezcló con mi nombre. Chorros espesos, calientes, cayendo sobre mi piel mientras tú seguías apretando la base de la polla para vaciarte del todo. Verlo me dio un último estremecimiento entre las piernas.
Te dejaste caer de rodillas frente al sofá, todavía respirando fuerte. Por un momento ninguno dijo nada. Solo estaba el sonido de la lluvia y el de nuestros cuerpos recuperándose poco a poco.
Luego pasaste los dedos por mi vientre, recogiendo parte de tu corrida, y me besaste despacio, con mucha menos urgencia y mucha más verdad.
—Así que no mordías —murmuraste.
Sonreí, todavía jadeando.
—Tú tampoco parecías tener tanta prisa por irte.
Te reíste y apoyaste la frente en mi muslo. Yo te acaricié el cabello húmedo, sintiendo una calma rara después de tanta tensión. No era incomodidad. No era arrepentimiento. Era esa sensación peligrosa de haber cruzado una línea que llevaba demasiado tiempo dibujada entre los dos.
La lluvia empezó a aflojar, pero ninguno se movió enseguida.
—¿Sabes qué fue lo peor? —dije al cabo de un rato.
Alzaste la mirada.
—¿Qué?
—Que yo llevaba meses soñando con esto... y la realidad fue más sucia, más fuerte y mucho mejor.
Tu sonrisa se volvió lenta, satisfecha.
—Entonces vas a tener que invitarme otra vez cuando llueva.
Negué con la cabeza y te tomé del mentón para besarte una vez más.
—No voy a esperar a la próxima tormenta.
Porque esa noche entendí algo simple y brutal: a veces una fantasía no se rompe al hacerse real. A veces toma cuerpo, te arranca la ropa, te abre las piernas y te deja temblando en tu propia sala, con el olor a lluvia todavía en el aire y la certeza de que ya no hay forma de seguir fingiendo.
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