Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El vibrador que llevé a la biblioteca por él

Otro martes muerto en la biblioteca del barrio. Camila llevaba tres horas frente al mismo capítulo y ya no distinguía una línea de otra. Las estanterías respiraban ese silencio pegajoso de las tardes de invierno, ese que hace que cualquier ruido sea un escándalo. Ella no estaba leyendo. Estaba esperando un mensaje.

Cuando la pantalla se le encendió sobre el regazo, tardó menos de un segundo en girar el teléfono.

—¿Estás en la biblio? —escribió Mateo.

—Sí. Aburrida.

—Bien. Espero que hayas traído el juguete.

Camila sintió el calor bajarle hasta la bombacha antes de terminar de leer el mensaje. Con Mateo era así desde el primer día: cinco palabras y ya estaba mojada. No eran nada oficial. Eran, exactamente, esto: horas de charla sucia por chat, videollamadas al filo de la madrugada, promesas de lo que se harían cuando por fin coincidieran en la misma ciudad. Y ahora esto.

Ella había cometido el error, unas semanas atrás, de contarle que le habían regalado un satisfyer. Un juguete pequeño, discreto, que succionaba en vez de vibrar. Mateo se puso a mil solo con imaginárselo. Le describió durante media hora, con lujo de detalles, cómo la usaría él si estuviera ahí, cómo la haría acabar dos, tres veces seguidas hasta arrancarle un ruego para parar. Y de todo aquel intercambio había salido este reto: la próxima vez que vayas a la biblioteca, llévalo. Vamos a usarlo allí.

Y ahí estaba ella. Con el vibrador en el bolso, la boca seca y las yemas de los dedos temblándole encima del libro.

—Ya lo tengo —escribió.

—Perfecto. Ahora escuchá bien. Mirá alrededor. ¿Hay gente cerca?

Camila levantó los ojos. Dos mesas más allá, un chico con auriculares subrayaba un manual. A su izquierda, una mujer dormitaba sobre un cuaderno abierto. Nadie prestaba atención.

—Cerca no, pero se ve todo.

—Ponete la campera aunque tengas calor. La necesitás.

Ella obedeció. Descolgó la campera negra del respaldo y se la puso sobre la camiseta fina, dejándola abierta.

—Ahora apoyá el brazo izquierdo en la mesa como si estudiaras. El derecho lo metés por debajo de la campera y te agarrás una teta. Fuerte. Como si fuera yo.

Camila tragó saliva. Deslizó la mano por dentro de la campera, por debajo de la camiseta, y se apretó el pecho izquierdo con todos los dedos. La goma del sostén no estaba: nunca lo usaba cuando salía sola, y él lo sabía perfectamente. El pezón se le puso duro contra la palma en cuestión de segundos.

—Hecho —escribió con la mano libre, temblorosa.

—Bien. Ahora silenciá el teléfono, ponete los auriculares y aceptá la videollamada.

La pantalla vibró casi enseguida. Camila miró a un lado y a otro, se hundió un poco más en la silla y aceptó. La cara de Mateo apareció en primer plano, iluminada por la luz azul del escritorio, la mandíbula tensa, los ojos negros clavados en la cámara.

—No hables —le dijo apenas la vio—. Solo asentí o negá. ¿Hay mucha gente? —Ella asintió—. ¿Alguno mirando? —Ella negó—. ¿Seguís con la mano en la teta? —Ella negó también, había sacado la mano para aceptar la llamada—. Volvé a meterla. Y esta vez tocate directo, sin camiseta de por medio.

Camila sintió cómo el aire de la biblioteca se le condensaba en la garganta. Se pasó el pulgar por los labios para humedecerlo, volvió a meter la mano por debajo de la campera, esta vez por dentro de la camiseta, contra la piel. Se pellizcó apenas la areola con dos dedos. La punta le quemaba.

—Bordealo —le dijo Mateo, y la voz le raspaba—. Dale vueltas alrededor sin tocarlo. Que se te ponga tan duro que te duela.

Ella cerró los ojos un segundo, y cuando los abrió, sacó apenas la lengua entre los dientes sin darse cuenta. Mateo se rió por lo bajo del otro lado.

—Eso me gusta. Así. Ahora agarralo entre dos dedos, como si fueran las pinzas que te dije que íbamos a usar la próxima vez. Apretá. Sin soltar. Cuando te duela, aguantás cinco segundos más.

Un pinchazo eléctrico le atravesó todo el pecho y le bajó directo al clítoris. Se le entreabrió la boca. En la pantalla, Mateo se estaba pasando la mano por debajo del pantalón sin dejar de mirarla.

—¿Estás empapada, no? —Ella asintió con los ojos cerrados—. Bajá la mano. Metetela en el pantalón. Quiero ver lo mojada que estás.

Camila miró rápido por encima del monitor. Nadie. Pasó la mano por debajo de la mesa, se abrió el botón del jean con dos dedos, se bajó apenas el elástico de la bombacha. Cuando se rozó el clítoris con la yema del dedo mayor, los ojos se le pusieron en blanco un segundo. Estaba chorreada. Recogió la humedad con el dedo, sacó la mano y se la mostró a la cámara. El dedo brillaba, cubierto de un hilo espeso.

—Chupátelo —le dijo Mateo, con la voz ronca.

Ella negó con la cabeza, sonriendo apenas, mordiéndose el labio.

—No, ¿eh? ¿Por qué? ¿No te gusta cómo sabés?

Ella volvió a negar.

—Ah, ya entiendo. Preferís que te lo saque yo con la lengua. O que te lo baje de mi verga después de metértela. —Camila asintió, despacio, sin dejar de mirarlo—. Bueno. Pero acá no lo tenés. Así que recogé tus cosas y andá al baño. Ya.

***

Camila cerró el libro con una lentitud que no era suya. Guardó todo en el bolso, la campera puesta, el bolso apretado contra la entrepierna para disimular. Caminó los treinta metros hasta el baño de la planta baja como quien vadea un río. Le temblaban las rodillas.

—¿Estás? —le llegó el mensaje.

—Sí.

—Metete en un cubículo. Cerrá con pestillo. Y quitate todo de cintura para abajo.

Ella se encerró en el último cubículo. El baño estaba vacío, salvo el zumbido de un secador de manos lejano. Se bajó el pantalón hasta los tobillos, la bombacha con él. Se quedó con la camiseta y la campera abierta encima. Apoyó el teléfono sobre el dispenser de papel, en un ángulo que le enfocaba desde el pecho para abajo, y aceptó la nueva videollamada.

—Sacá el satisfyer —le dijo Mateo, apenas la vio.

Camila lo sacó del bolso. Lo encendió en el nivel más bajo. El zumbido era discreto, casi un susurro.

—Ahora escupite en el pezón izquierdo. En el mismo con el que empezamos.

Ella se levantó la camiseta hasta el mentón, se llevó dos dedos a la boca, y se dejó caer un hilo de saliva sobre el pezón. La punta se le encogió con el contacto del aire.

—Ponete el vibrador ahí. Sobre el pezón. Sí, así.

Camila apoyó la boca del juguete sobre el pezón mojado. La succión le arrancó un jadeo que ahogó contra su propio brazo. Nunca lo había usado ahí. La sensación era eléctrica, hueca, como si la boca de él estuviera comiéndosela desde la distancia.

—Ahora metete dos dedos en el coño y sacátelos.

Ella se apoyó una nalga contra la pared fría del cubículo. Bajó la mano libre entre las piernas y se abrió paso con el dedo mayor y el índice. Estaba tan mojada que entraron enteros de una. Los movió despacio adentro, arqueando la yema, buscándose ese punto que ya conocía. Los sacó, brillantes.

—Chupátelos ahora sí. Enfrente de mí.

Ella se metió los dos dedos en la boca hasta los nudillos, cerró los ojos y los chupó como si fueran otra cosa. En la pantalla, Mateo tenía la mandíbula apretada y el brazo derecho fuera de encuadre, moviéndose rítmico.

—Buena. Ahora el vibrador al otro pezón. Y los dos dedos otra vez adentro. Y esta vez no los sacás hasta que yo te diga.

Camila movió la boca del satisfyer al pezón derecho. Volvió a metérselos en el coño, esta vez más adentro. Empezó a bombear despacio, con los ojos cerrados, la cabeza apoyada contra la pared. Mordía el interior del labio para no gemir. Cada succión del juguete la hacía apretar los dedos dentro suyo, y cada apretón le sacaba una gota más de flujo por la muñeca.

—Bajá el vibrador al clítoris. Máxima potencia. Ya.

Ella obedeció con la mano temblándole. La boca del satisfyer se cerró contra el clítoris y la succionó con una fuerza que le arqueó la espalda entera contra la pared. Los dedos, adentro, no dejaban de moverse. En cuestión de segundos, un calambre profundo empezó a subirle desde las corvas.

—No pares. No te contengas. Corréte para mí. Y no saques los dedos.

Camila se mordió el brazo hasta hacerse marca. El orgasmo la agarró con todo, sin aviso, sin permiso: se le contrajo el coño alrededor de los dedos con espasmos que no podía frenar, el jugo le corría por el interior de los muslos y goteaba sobre la baldosa. Un gemido ronco se le escapó por debajo del brazo y lo tragó contra el pliegue del codo. Los ojos se le llenaron de lágrimas de puro placer.

Mateo, del otro lado, se estaba masturbando sin disimulo. Ella vio cómo se descargaba en su propia mano segundos después, la cabeza echada hacia atrás, la respiración entrecortada, imaginando —ella lo sabía, se lo había dicho mil veces— que era su boca la que se lo tragaba.

Se quedaron en silencio unos segundos largos, respirando fuerte los dos. Camila sacó los dedos, se los miró chorreados, y despacio, mirándolo, se los metió en la boca uno por uno. Los lamió enteros, hasta los nudillos. Sí sabía.

—Gracias —susurró al fin, con la voz rota—. Pero esto era un anticipo. La próxima nos vemos en persona. Y quiero probar todo lo que me venís prometiendo.

Mateo se rió, todavía con la respiración entrecortada.

—Todo. Empezando por comerte hasta el último jugo. Ya lo sabés.

Camila colgó, se limpió con papel, se subió la ropa. Se lavó las manos con el pulso todavía disparado. En el espejo se vio las mejillas rojas, el pelo pegado en la sien, los labios hinchados de mordérselos. Se sonrió a sí misma en el reflejo, guardó el juguete en el fondo del bolso y salió del baño caminando como si nada hubiera pasado.

Volvió a su mesa, abrió el libro por la misma página en la que lo había dejado, y no leyó ni una línea más en toda la tarde. Ya estaba pensando en la próxima biblioteca. Y en la próxima orden.

Si este relato te dejó con ganas y estás en Córdoba, conocé acompañantes en Villa María.

Ver todos los relatos de Fantasías

Valora este relato

Comentarios(4)

TaniaQuilmes

Dios mio, que fantasía tan bien narrada!! Me quede pegada leyendo desde el primer párrafo.

GabyNocturna

excelente!!! sigue subiendo cosas así

NocheMediterranea

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber como termina todo esto jaja. Tremendo relato.

SoleBsAs

Me recordó muchísimo a una situación parecida que tuve... la tensión de tener que disimular es lo mas adictivo, lo captaste perfectamente.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.