La fantasía de masaje que acepté con una pareja
Me llamo Natalia, trabajo por mi cuenta haciendo tratamientos corporales y masajes a domicilio, y desde hace un tiempo también atiendo en un estudio pequeño que monté con mucho esfuerzo en las afueras de la ciudad. Siempre he sido discreta con mis clientes, profesional con mis manos y bastante clara con lo que ofrezco. También soy una mujer curiosa, de esas que no niegan lo que les gusta ni se hacen las santas cuando el deseo aparece de frente.
Lo que voy a contar pasó hace unos meses, cuando una clienta nueva me escribió para agendar varias sesiones reductoras. Se llamaba Lorena, una mujer madura, segura de sí misma, de esas que entran en un lugar y hacen que todos las miren sin pedir permiso. Desde la primera cita entendí que no era una mujer tímida, pero tampoco imaginé hasta dónde iba a llevarme esa historia.
Su casa era amplia, elegante y silenciosa. Me recibió con una bata de seda beige y una copa de agua con hielo en la mano, como si ya me conociera de antes. Durante las primeras sesiones todo fue normal: masajes, crema, aparatología y esa charla ligera que se arma sola cuando una pasa una hora entera tocando el cuerpo de otra persona sin intención sexual, solo profesional.
Pero en la tercera cita algo cambió. Lorena estaba más habladora, más pendiente de mí, más observadora. Me preguntó si trabajaba también con hombres, si había dado masajes relajantes a parejas, si alguna vez me había tocado atender a alguien demasiado sensible al contacto.
Yo respondí con naturalidad. Le dije que sí, que tenía clientes hombres, que ofrecía masaje relajante, descontracturante y una línea más sensorial para quienes lo pedían con anticipación. No le di demasiadas vueltas, porque ese tipo de preguntas a veces salen por simple curiosidad. Aun así, noté en sus ojos una chispa que no había estado ahí los días anteriores.
Cuando terminé su sesión, me dijo que quería regalarle a su esposo un masaje para la semana siguiente. Acepté sin problema. Era un servicio más, una hora extra, buen pago. Nada raro. O eso creí.
La siguiente vez llegué al atardecer. Lorena me abrió la puerta con una sonrisa lenta, como si llevara todo el día esperando ese momento. Me condujo al cuarto donde solía atenderla, pero esa noche la camilla estaba colocada en el centro y había velas encendidas en una repisa. El aire olía a aceite de vainilla y sándalo.
—Mi esposo ya viene —me dijo—. Hoy quiero que él se relaje de verdad.
Un minuto después apareció Mauro. Alto, de hombros anchos, barba recortada, el tipo de hombre que parecía acostumbrado a mandar pero que, en ese cuarto, se movía con una reserva casi tímida. Me saludó con educación y se dejó guiar por su mujer hasta la camilla.
Lorena no salió. Eso ya me pareció distinto.
—Quédate tranquilo —le dijo ella a él—. Natalia sabe exactamente lo que hace.
Él se quitó la bata y quedó completamente desnudo antes de tumbarse boca abajo. Yo seguí con mi rutina de siempre: respiración profunda, aceite tibio en las palmas, presión en cuello y hombros, deslizamientos largos por la espalda. Mauro tenía el cuerpo tenso, duro como una tabla, y poco a poco fui aflojándole la musculatura con movimientos lentos y firmes.
Lorena se quedó sentada en una silla, con las piernas cruzadas, mirando cada detalle. Al principio pensé que solo quería aprender o curiosear. Después vi cómo separaba apenas los muslos bajo la bata y comprendí que su interés era otro.
Seguí trabajando en silencio, bajando por la espalda, los costados, los glúteos, los muslos. Mauro respiraba más hondo cada vez que mis manos apretaban con fuerza cerca de la cintura. Yo sentía la mirada de Lorena clavada en mí y empecé a excitarme, aunque intentaba mantener la cabeza fría.
Cuando le pedí a Mauro que se diera la vuelta, vi que ya estaba medio duro. Nada exagerado todavía, pero sí una reacción evidente. Él pareció avergonzarse.
—Perdón —murmuró.
—No tiene nada que disculpar —dijo Lorena antes que yo, con una calma que me descolocó—. Sigue, Natalia.
Le masajeé el pecho, el abdomen, los brazos. La erección fue creciendo poco a poco, empujando hacia arriba sin que Mauro intentara ocultarla. En ese punto ya no hacía falta fingir que aquello seguía siendo un masaje relajante cualquiera. El aire se había vuelto más espeso. La tensión se podía masticar.
Entonces Lorena se levantó de la silla, se aflojó el cinturón de la bata y la dejó caer al suelo. Debajo no llevaba nada. Tenía un cuerpo espectacular, lleno, firme, con tetas grandes y pezones duros. Su coño, depilado con una línea estrecha de vello, brillaba húmedo entre los muslos.
Se acercó despacio a la camilla, se quedó a mi lado y me habló casi al oído.
—Quiero preguntarte algo, pero prefiero que me respondas con sinceridad.
Tragué saliva.
—Depende de qué sea.
—¿Ofreces masaje tántrico de verdad? No uno decorado con palabras bonitas. Quiero decir uno completo, de esos que excitan, que llevan al límite, que hacen perder el control.
La miré a los ojos antes de contestar.
—Sí. Pero solo cuando todo está claro y todos quieren estar ahí.
Lorena sonrió. Mauro seguía tumbado, completamente duro ya, mirando al techo con la mandíbula tensa.
—Entonces está claro —dijo ella—. Yo quiero verlo. Él lo desea desde que le hablé de ti. Y tú… bueno, tú también estás mojada, se nota en tu cara.
Sentí calor en las mejillas. Me descubrió sin esfuerzo. La verdad era que sí, estaba excitada desde hacía rato. Mi respiración me delataba y mis pezones se marcaban bajo la blusa.
—Si en algún momento alguno quiere parar, paramos —dije.
—No vamos a parar —respondió ella, segura.
***
Fui al baño y regresé con otra toalla y un aceite más denso. Cerré la puerta del cuarto. Esta vez no iba a fingir profesionalidad fría, porque lo que estaba a punto de pasar ya pertenecía a otro terreno.
Me quité la blusa, luego el pantalón, y me quedé solo con una tanga oscura. Lorena me miró de arriba abajo con hambre abierta, sin disimulo. Mauro levantó un poco la cabeza al sentir el cambio en el ambiente, y cuando sus ojos se clavaron en mi cuerpo casi gimió.
Subí a la camilla de rodillas y empecé a deslizarme sobre él con aceite, pecho contra pecho, vientre contra vientre, dejando que mis tetas rozaran su torso y que mis caderas pasaran lentas sobre sus muslos. Su polla estaba dura de verdad, gruesa, tensa, apuntando hacia su abdomen.
—Joder… —se le escapó.
Lorena se puso a su lado y le acarició el pelo.
—Eso, amor. Disfrútalo.
Yo seguí con movimientos largos, usando todo el cuerpo. Mis pechos le rozaban los pezones, mi vientre le calentaba la verga sin tocarla directamente y mis manos recorrían sus costados con la presión justa para hacerlo temblar. No era un masaje relajante. Era una provocación lenta, medida, calculada para ponerlo al borde.
Noté que Lorena se estaba tocando. Miré de reojo y la vi con dos dedos dentro del coño, abriéndose para sí misma mientras observaba cómo me movía sobre su marido. La imagen me encendió todavía más.
—Quiero que lo masturbes —dijo ella, sin apartar los dedos de su cuerpo—. Quiero verlo duro en tus manos. Pero no dejes que se corra.
Asentí y me bajé de la camilla. Me coloqué junto a la cadera de Mauro y envolví su polla con la mano llena de aceite. Soltó un gemido ronco, de esos que salen sin permiso. Empecé despacio, con el pulgar rozando la cabeza húmeda y los dedos apretando el tronco con un ritmo estable.
Su verga latía en mi palma. Era pesada, caliente, cada vez más resbalosa. Le masajeé los huevos, bajé por el perineo, volví arriba y le saqué otro gemido. Mauro abrió las piernas por instinto y respiró por la boca.
—Mírame —le ordenó Lorena.
Él volvió el rostro hacia ella mientras yo seguía masturbándolo. Lorena se arrodilló a su lado y se metió tres dedos en el coño, empapándoselos delante de él. Después me los mostró.
—Así me tienes —dijo—. Sigue.
Apreté un poco más la mano y aceleré. La punta de su polla estaba roja, brillando con aceite y líquido transparente. Se estaba volviendo loco. Lo noté en la manera en que tensó el abdomen y en cómo intentó mover la cadera contra mi mano.
—No te corras —le dije yo, ya respirando agitada también.
—No puedo más…
—Sí puedes —cortó Lorena—. Te corres cuando yo quiera.
Esa frase me terminó de prender. Había algo brutalmente excitante en verlos así: ella mandando, él sometido al borde, y yo en medio, siendo la herramienta y al mismo tiempo disfrutándolo como una fantasía propia.
Me incliné y lamí la punta de su verga. Apenas un roce de lengua. Mauro soltó un espasmo entero. Luego la tomé en la boca, no muy profundo al principio, solo para humedecerla más, rodeando el glande con los labios y chupando con suavidad mientras mi mano seguía trabajando la base.
Lorena gimió al vernos. Se apretó un pezón con fuerza y después se acercó hasta quedar frente a mí.
—Quiero sentir esa boca después en mi coño —me dijo.
Le sostuve la mirada mientras sacaba la polla de mi boca con un hilo de saliva.
—La vas a sentir.
Volví a Mauro, esta vez tragándolo más hondo. Su polla me llenó la boca y parte de la garganta. Me sujetó el borde de la camilla con ambas manos para no agarrarme a mí. Yo chupaba con ritmo, subiendo y bajando mientras mi lengua recorría la vena del tronco. Cada respiración suya era más corta. Cada gemido, más sucio.
—Voy a correrme —dijo con voz rota.
Paré en seco y le apreté la base con la mano. Su cuerpo se arqueó, frustrado y excitado a la vez. Lorena sonrió como si estuviera disfrutando un castigo delicioso.
—Ahora me toca a mí —dijo.
***
Lorena se acostó en la camilla y abrió las piernas sin pudor. Su coño estaba muy mojado, brillante, hinchado de excitación. El olor me golpeó al acercarme: caliente, ácido, vivo. Me arrodillé entre sus muslos mientras Mauro, ya de pie a un lado de la camilla, intentaba recuperar el aire con la polla aún dura, temblando de ganas.
Empecé besándole la cara interna de los muslos. Ella me agarró del pelo desde el primer segundo. No con violencia, pero sí con urgencia.
—No me provoques tanto —dijo—. Cómeme el coño de una vez.
Obedecí. Abrí sus labios con los dedos y le pasé la lengua desde abajo hasta el clítoris, lenta, firme, saboreándola entera. Lorena soltó un gemido grave y levantó la cadera. Repetí el movimiento, luego hundí la lengua dentro mientras frotaba su clítoris con la nariz y el labio superior. Estaba empapada, de verdad empapada. Me mojaba toda la boca.
—Joder… sí… así…
Mauro nos miraba como hipnotizado. Su mano acariciaba su propia polla, apenas, sin llegar a masturbarse de verdad. Lorena lo señaló sin dejar de gemir.
—Acércate. Quiero que veas cómo me la como.
Él se puso junto a mi hombro y vi su verga a centímetros de mi cara mientras yo seguía lamiendo a su mujer. La escena era demasiado para no excitarme más. Metí dos dedos en el coño de Lorena y empecé a abrirlos dentro, sintiendo cómo se le contraían las paredes alrededor. Chupé su clítoris con ganas y ella me apretó la cabeza entre los muslos.
—Me voy a correr…
—Todavía no —dijo Mauro, sorprendiéndome.
Lorena abrió los ojos y sonrió con desafío.
—Entonces haz algo útil.
Mauro rodeó la camilla y se colocó detrás de ella. Yo seguí lamiéndola mientras él le acariciaba las tetas, les apretaba los pezones y después bajaba la mano por el vientre hasta encontrar mis dedos entrando y saliendo de su coño. Durante unos segundos sus manos y las mías se mezclaron entre sus piernas.
La respiración de los tres llenaba el cuarto. Yo ya estaba chorreando dentro de la tanga. El roce contra mis muslos me volvía loca, pero no quería apartarme de Lorena porque tenía un sabor que me estaba enviciando.
Entonces ella me tomó de la muñeca y me obligó a levantar la cara.
—Quítate eso.
Se refería a mi tanga. Me la bajé despacio, sin apartar los ojos de ella. Mauro miró entre mis piernas y dejó escapar un «mierda» apenas susurrado. Yo estaba mojada, con el coño abierto y brillante, las piernas temblándome un poco por la excitación acumulada.
Lorena me llevó una mano entre las piernas y me tocó con dos dedos. Apenas rozó mi clítoris, se los llevó a la boca y los chupó.
—Sabía que estabas así por nosotros —dijo.
Me incliné sobre ella y la besé. Fue un beso de verdad, profundo, con sabor a su propio coño mezclado con mi saliva. Nos movimos una contra la otra, tetas aplastadas, piernas enredadas a medias, mientras Mauro nos observaba con la polla totalmente erecta.
Lorena me empujó suave para que me tumbara a su lado. Luego bajó la cabeza entre mis piernas y me abrió con ambas manos. Cuando sentí su lengua en mi coño casi se me dobló el cuerpo. No empezó suave. Me lamió con hambre, ancha, directa, como una mujer que sabía exactamente dónde y cómo hacer daño del bueno.
—Ah… joder… —gemí sin poder contenerme.
Su lengua trabajaba mi clítoris mientras uno de sus dedos me penetraba hasta el fondo. Después metió dos, curvándolos, y me mordió apenas el interior del muslo. Yo le agarré el pelo igual que ella había hecho conmigo y empecé a moverme contra su boca.
Mauro se acercó más. Lorena levantó la cabeza un segundo y le dijo:
—Ahora sí. Fóllame mientras la hago correrse.
***
La frase me hizo estremecer.
Mauro se colocó detrás de Lorena mientras ella seguía entre mis piernas. La vi arquear la espalda al sentir la punta de la polla en su entrada. Estaba tan mojada que él apenas tuvo que empujar. Entró de una sola vez, lento pero profundo, y los dos soltaron un gemido al mismo tiempo.
Yo tenía la cara a pocos centímetros de la suya. Podía ver cada gesto, cada espasmo, cada pequeño cambio de respiración. Lorena volvió a bajar la boca a mi coño y empezó a chuparme más fuerte al ritmo de las embestidas de su marido.
El sonido de la follada llenó el cuarto enseguida: piel contra piel, respiraciones cortadas, gemidos sucios. Mauro la cogía con fuerza contenida, agarrándole la cadera para hundirse hasta el fondo una y otra vez. Desde donde estaba veía su polla entrar y salir del coño de Lorena, brillante, empapada, estirando sus labios a cada embestida.
Ella se apartó de mi coño solo para decirme, jadeando:
—Ven. Chúpame mientras él me folla.
No hizo falta repetirlo. Me arrodillé entre sus piernas abiertas, ahora al borde de la camilla, y acerqué la boca justo donde la polla de Mauro entraba y salía. Lamí el clítoris de Lorena entre embestida y embestida, chupándolo cuando él salía y apartándome apenas cuando volvía a meterla. Era una locura húmeda, desordenada, deliciosamente animal.
—Así… así, no pares… —decía ella casi sin voz.
Mauro empezó a follarla más rápido. Se le marcaban los músculos del abdomen con cada golpe de cadera. El coño de Lorena sonaba mojado, abierto, ansioso. Yo la sujeté de los muslos y hundí la lengua con insistencia, sintiendo cómo se le tensaba todo el cuerpo.
—Me voy a correr —gimió ella.
—Hazlo —le dije, con la boca pegada a su clítoris.
Lorena se corrió con un grito ahogado, apretando las piernas alrededor de mi cabeza mientras Mauro seguía follándola sin darle respiro. Su coño se contrajo con fuerza sobre la verga de él, y eso casi lo hizo perder el control. Lo vi cerrar los ojos y apretar la mandíbula.
—No te corras todavía —le ordenó ella, aún temblando.
La obedeció. Salió de dentro de ella resoplando y dio un paso atrás. Su polla estaba dura, enrojecida, chorreando. Lorena me agarró del brazo y me atrajo hacia sí.
—Ahora tú.
Me tumbó sobre la camilla y abrió mis piernas. Todavía tenía la respiración agitada por lo que acababa de hacerle, y además seguía al borde por culpa de su lengua anterior. Mauro se puso junto a mi cabeza, acariciándome una teta mientras ella bajaba entre mis muslos.
Lorena me comió el coño sin delicadeza, como si quisiera arrancarme el orgasmo a la fuerza. Chupaba mi clítoris, me metía la lengua, alternaba con dedos profundos y me miraba desde abajo como si estuviera disfrutando de mi rendición. Yo gemía sin ninguna vergüenza ya, abriéndome más para ella.
Mauro me besó el cuello, después la boca, y me dejó probar en los labios el sabor de su mujer. Sentí su mano bajar hasta mi pecho, apretarme el pezón y luego seguir por el vientre hasta apoyarse en mi pubis, justo por encima de donde Lorena me estaba devorando.
—Estás a punto —me susurró.
Asentí, incapaz de hablar.
—Quiero verla correrse —dijo Lorena.
Metió tres dedos y empezó a follarme con ellos mientras me chupaba el clítoris. Fue demasiado. Mi cuerpo se tensó entero y me corrí con una sacudida larga, mojándole la boca, gimiendo sin control. Lorena no se apartó; siguió lamiéndome durante el orgasmo hasta dejarme temblando.
Cuando recuperé un poco el aire, vi a Mauro otra vez al límite. Lorena lo sabía también. Se puso de pie, me tomó de la mano y me hizo girar sobre la camilla hasta dejarme de lado. Luego se arrodilló detrás de mí y me separó las piernas.
—Quiero verte mientras él se corre —me dijo—. Y quiero que tú lo masturbes.
Tomé la polla de Mauro de nuevo. Estaba dura como piedra. Lo acerqué a mi cara y empecé a pajearlo con una mano mientras con la otra acariciaba el muslo de Lorena, que ahora me rozaba el coño por detrás con dos dedos lentos y húmedos. Me estaban usando entre los dos, y lejos de asustarme, esa sensación me hizo volver a excitarme al instante.
Mauro respiraba cada vez más rápido. Yo lo miré mientras subía y bajaba la mano por su verga, apretando más al pasar por la cabeza.
—¿Quieres correrte? —le pregunté.
—Sí… joder, sí…
—Entonces corréte para nosotras.
Lorena me metió dos dedos hasta el fondo y me mordió el hombro justo cuando yo me incliné a lamer la punta de la polla de Mauro. Él perdió el control. Se corrió con un gemido roto, soltando chorros calientes que repartí entre mi mano, mi lengua y parte de mi pecho. Seguí moviendo la mano durante unos segundos, exprimiéndole las últimas sacudidas hasta que se quedó sin fuerza y tuvo que apoyarse en la camilla.
El cuarto quedó lleno de respiraciones agitadas y olor a sexo. Nadie dijo nada durante un momento. Solo nos miramos.
***
Después fuimos al baño, nos limpiamos como pudimos y volvimos al cuarto a vestirnos sin prisas. La tensión sexual se había convertido en una calma extraña, íntima, de esas que llegan después de correrse bien y quedarse vacío por dentro y satisfecho por fuera.
Lorena me abrazó por detrás mientras yo me subía el pantalón.
—No quiero que pienses que esto fue un accidente —me dijo—. Lo planeé desde la segunda vez que viniste.
Me reí, todavía algo mareada.
—Lo sospeché un poco tarde.
Mauro, ya vestido, me miró con una mezcla de gratitud y deseo renovado.
—Yo no sabía si te ibas a animar.
—Yo tampoco —admití—, pero me alegra haberlo hecho.
Lorena me pagó la sesión y, además, me dejó una cantidad extra que me hizo abrir los ojos. Intenté decirle que era demasiado, pero me calló con un gesto.
—No te estamos pagando solo el tiempo —dijo—. Te estamos agradeciendo que nos hayas regalado una noche que llevábamos mucho tiempo deseando.
Guardé el dinero, todavía con la piel sensible y el cuerpo cansado de la mejor manera. Antes de irme, Lorena me besó otra vez, esta vez más corto, pero con la misma intención clara de quien sabe que aquello no termina ahí.
En la puerta, Mauro me sostuvo la mirada un segundo de más. No con vulgaridad, sino con esa clase de hambre tranquila que aparece cuando ya se cruzó una línea y nadie tiene ganas de borrarla.
Salí de la casa con las piernas un poco flojas y una sonrisa difícil de disimular. Durante el camino de regreso pensé en lo fácil que había sido perder la compostura cuando la fantasía correcta se me puso delante. Pensé en la lengua de Lorena, en la polla de Mauro palpitando en mi mano, en el momento exacto en que entendí que ya no era una masajista atendiendo a una pareja, sino una mujer cumpliendo un deseo que llevaba tiempo imaginando.
Desde esa noche miro distinto a ciertas clientas, a ciertas parejas, a ciertas preguntas que parecen inocentes y no lo son. Aprendí que a veces la línea entre trabajo y fantasía se rompe con una sola frase dicha al oído. Y, si soy sincera, también aprendí que hay puertas que una abre con nervios y después ya no quiere volver a cerrar.
Con Lorena y Mauro no fue la última vez. Pero esa ya es otra historia.
Si este relato te dejó con ganas y estás en Buenos Aires, conocé chicas escort en Balvanera.