Fantasías con la compañera de hospital de mi novio
La alarma del celular me arrancó de una siesta pesada justo cuando empezaba a caer la tarde. En la pantalla había un recordatorio simple: «Cena con Mauro». Sonreí apenas lo leí, porque pasar el fin de semana con él seguía provocándome esa mezcla rara de ganas, ansiedad y hambre de sexo que me hacía arreglarme más de la cuenta aunque llevara meses viéndolo.
Mauro era de esos hombres que parecían cómodos dentro de su cuerpo. Atlético, hombros anchos, manos grandes, barba corta bien cuidada y una seguridad casi insolente para mirar. Trabajaba en una clínica privada, vivía solo y tenía la clase de voz tranquila que se volvía peligrosa cuando hablaba cerca del oído.
Yo todavía cursaba la universidad y, aunque no era ninguna inocente, seguía sintiendo pudor de muchas cosas que me excitaban. Fantasear sí. Decirlas en voz alta, no. Él, en cambio, disfrutaba provocar, preguntar, sacar de mí lo que yo escondía.
Cuando me abrió la puerta me besó sin apuro, una mano en mi cintura y la otra subiéndome por la espalda.
—Qué ganas te tenía —murmuró.
—Solo me viste hace cinco días.
—Cinco días son mucho si me dejás así de caliente.
Entré riéndome, pero mi cuerpo reaccionó al instante. Me miró de arriba abajo con descaro, como si me desnudara con los ojos, y me apretó las caderas.
—Cada vez que venís con ese vestido se me complica pensar con claridad.
—Exagerado.
—No. Estoy siendo amable.
Fuimos a la cocina, abrimos una botella de vino y hablamos de tonterías durante un rato. Yo le conté de mis clases; él, de una guardia agotadora. Sin embargo, había algo en su forma de mirarme que no terminaba de encajar con una noche tranquila. Más de una vez lo sorprendí sonriendo solo, como si guardara un secreto.
Después de cenar nos tiramos en el sofá. Él me pasó un brazo por encima y me acomodó entre sus piernas. Su mano empezó a moverse sola sobre mi muslo.
—Hoy fue un día de mierda —dijo.
—¿Tan malo?
—Malo y largo. Cuando pasa eso llego a casa con la cabeza hecha un desastre y con ganas de descargarme.
Giré un poco para mirarlo.
—¿Descargarte cómo?
Me sostuvo la mirada con una calma que me puso nerviosa.
—A veces me masturbo. A veces veo porno. A veces las dos cosas.
Lo dijo con tanta naturalidad que tardé un segundo en reaccionar. Notó el cambio en mi cara enseguida.
—No me pongas esa expresión.
—No sabía que lo hacías tan seguido.
—No te lo escondía. Solo no había salido el tema.
Me callé, pero por dentro me revolví. No era solo celos. Era una punzada rara, una inseguridad absurda, la imagen de él excitándose con otras mujeres mientras yo estaba lejos. Él me acarició la rodilla.
—Vení. Mirá conmigo. Capaz te gusta.
Debí decir que no. En lugar de eso, asentí.
Abrió la laptop sobre la mesa ratona y puso un sitio de videos. No eligió al azar; fue directo a una categoría de mujeres con mujeres, como si supiera exactamente qué buscaba. Me sentí todavía más desconcertada cuando vi que conocía nombres, escenas, actrices. Señaló a una mujer madura, muy segura de sí misma, con un cuerpo que imponía presencia y una sonrisa descarada.
—Esta me vuelve loco —dijo—. Mirá cómo mira a cámara. Sabe perfectamente lo buena que está.
Yo seguí observando la pantalla, primero incómoda, después hipnotizada. La escena mostraba a dos mujeres adultas besándose con hambre, metiéndose mano sin ninguna timidez, agarrándose el culo, chupándose los pezones y abriéndose las piernas como si tuvieran todo el tiempo del mundo. No había nada inocente en esos cuerpos ni en sus gestos, y eso me fue aflojando la vergüenza hasta convertirla en calor.
Sentí la mano de Mauro en mi abdomen.
—¿Te incomoda?
—No sé.
—Mentime mejor.
Su palma bajó un poco más y se quedó sobre mi entrepierna, por encima del vestido. Yo ya estaba húmeda. Lo supo enseguida y soltó una risa baja.
—Eso sí lo entiendo.
En la pantalla una de las mujeres se arrodilló entre las piernas de la otra y empezó a comerle el coño sin apuro, lamiendo largo, abriendo con los dedos, deteniéndose en el clítoris hasta hacerla temblar. Yo no podía apartar los ojos. Mi respiración se había vuelto más corta. Mauro, sin dejar de mirar, se desabrochó el pantalón y metió la mano dentro del bóxer.
Giré la cabeza hacia él justo cuando sacó la polla. La tenía dura, pesada, el glande brillante. Empezó a pajearse despacio, concentrado, como si hubiera olvidado por completo que yo estaba al lado. Esa imagen me golpeó más que el porno. Verlo así, excitado de verdad, sin filtro, gimiendo apenas mientras se agarraba con firmeza, me removió algo más oscuro.
—Mierda... —murmuró mirando la pantalla—. Qué ganas de follármelas.
Yo debería haberme ofendido. En lugar de eso, sentí un latigazo entre las piernas. Mi mano bajó sola y busqué su muñeca.
—Dejame —le dije.
Le tomé la polla y empecé a masturbarlo yo. Estaba tan dura que apenas cedía en mi mano. Él abrió un poco las piernas, respiró hondo y me dejó hacer mientras seguía mirando. El movimiento de mi mano se volvió más rápido. La escena en la pantalla mostraba un sesenta y nueve, las dos mujeres gimiendo con la cara enterrada entre muslos ajenos, y Mauro empezó a jadear.
—Seguí —ordenó en voz baja.
Lo hice. Me humedecí la mano con saliva y lo agarré mejor, subiendo y bajando con más fuerza. Él empujó apenas la cadera hacia adelante, completamente entregado al impulso, y su excitación me contagió de una manera casi obscena. Verlo correrse por un video habría sido una cosa; hacer que se corriera con mi mano mientras deseaba a otras era otra muy distinta.
Acabó con un gemido ronco, lanzando chorros de semen sobre su abdomen y mi muñeca. Se quedó unos segundos con la respiración rota, la cabeza hacia atrás. Luego me sostuvo del mentón y me besó.
—Ahora vos —susurró—. Tocáte.
Yo seguía mirando la pantalla, pero ya no por simple curiosidad. El vino, los celos y el morbo me habían dejado al rojo vivo. Metí la mano bajo el vestido, corrí la tanga a un lado y deslicé dos dedos entre mis labios. Estaba empapada. Mauro observó mi cara, no mis manos, como si quisiera ver exactamente cuándo dejaba de fingir control.
—Así —dijo—. Más adentro.
Obedecí. Me metí dos dedos y después un tercero. Mi coño los tragó con facilidad, mojado y caliente. Gemí sin querer cuando me froté el clítoris con la base de la palma.
—Mierda, qué húmeda estás.
Él bajó la cabeza y me chupó un pecho por encima del escote del vestido antes de tirar de la tela hacia abajo. Sacó una teta, luego la otra. Me mordió el pezón con suavidad primero y con hambre después. Yo seguía metiéndome los dedos mientras veía los cuerpos en la pantalla y sentía la boca de él en mis tetas. La combinación me desarmó rápido.
—Imaginate que una de ellas te toca —murmuró, chupando más fuerte—. Imaginate esa boca entre tus piernas.
Se me arqueó la espalda. Cerré los ojos un instante y lo hice. Vi a esa mujer madura, segura, dominante, mirándome mientras me abría las piernas y me tragaba entera. Un espasmo me recorrió el vientre.
—No pares —dije, casi sin voz.
Mauro me bajó el vestido hasta la cintura, me quitó la tanga de un tirón y se arrodilló frente a mí. Me separó las rodillas con las manos.
—Quiero ver.
No había ternura en ese momento, y eso me excitó más. Me abrió bien los labios del coño y soltó un silbido corto al ver cómo brillaba de húmeda. Después metió la lengua sin rodeos. Un lamido largo, desde abajo hasta el clítoris, seguido de otro más lento y más firme. Yo me agarré del respaldo del sofá y gemí alto.
—Así me gustás —dijo contra mi piel—. Chorreando.
Su lengua trabajó con una precisión obscena. Lamiendo, chupando, dando pequeños golpes en el clítoris, metiendo dos dedos al mismo tiempo para abrirme y hacerme sentir lo resbaladiza que estaba. Me folló con los dedos mientras me comía el coño, acelerando apenas notaba que yo temblaba.
—Mauro... no jodas... así no aguanto.
—Aguantás lo que yo diga.
Ese tono me atravesó. Me agarró de los muslos y me acercó más a su cara, enterrándose sin pudor, gimiendo él también mientras me chupaba. Yo empecé a mover la cadera contra su boca como una desesperada. Cada vez que rozaba el clítoris con la punta de la lengua me corría un calambre delicioso por las piernas.
Acabé con un grito cortado, apretándole la cabeza entre los muslos. Él no se apartó. Siguió lamiendo mientras me corría, bebiéndose todo, prolongándome el orgasmo hasta hacerme retorcer.
Cuando subió otra vez al sofá, tenía la boca brillante y los ojos más oscuros.
—Ahora sí podemos hablar en serio.
Lo miré todavía temblando.
—¿Hablar de qué?
Apagó el video. Por un segundo pensé que todo iba a volver a la normalidad, pero entonces abrió otra página. Una cuenta privada. Fotos de una mujer adulta, morena, de cuerpo pequeño pero curvas muy marcadas, posando en selfies de baño, en uniforme de trabajo, en ropa ajustada. Nada demasiado explícito a simple vista, pero sí lo bastante íntimo como para que yo entendiera al instante que aquello no era cualquier perfil.
—Ella trabaja conmigo —dijo.
Sentí un vacío corto en el estómago.
—¿Por qué me mostrás esto?
—Porque me la follé.
Se me secó la boca, aunque entre las piernas seguía húmeda. Lo miré esperando una mueca, un «es broma», algo. No llegó.
—Fue hace un tiempo —continuó—. Después de una guardia. En un departamento que alquila cerca de la clínica.
No dije nada. No sabía si abofetearlo o pedirle detalles. Mi cuerpo tomó partido antes que mi orgullo: sentí otra oleada de calor en el coño.
Él lo notó. Siempre lo notaba.
—Estás celosa.
—Sí.
—Y caliente.
Apreté los labios. Mauro sonrió de lado.
—Decilo.
—Sí.
Se acomodó frente a mí y pasó las fotos lentamente. En cada una encontraba algo para remarcar: la boca, el culo, las tetas operadas, la forma en que se marcaban bajo la tela del ambo.
—Cuando se inclinaba en la sala de descanso me ponía esas tetas en la cara. Lo hacía a propósito. Yo aguanté un tiempo, hasta que un día dejó de importarme portarme bien.
Lo escuchaba con el corazón golpeando fuerte. Era cruel. Era indecente. Y me tenía mojada otra vez.
—¿Querés que te cuente cómo fue? —preguntó.
Asentí.
—No escuché.
—Sí. Quiero.
Se acercó hasta que su rodilla quedó entre mis piernas.
—Entonces imaginá que sos ella.
Me agarró la cara con fuerza, no para lastimarme de verdad, sino para imponerse. Ese gesto bastó para que se me erizaran los brazos.
—Así que te gustaba provocarme en la clínica, ¿no? —dijo, mirándome como si de verdad no fuera yo—. Mostrándome ese escote, rozándome en los pasillos, haciéndote la distraída.
La humillación del juego me pegó directo en el vientre. Bajé la mirada, y me la levantó de nuevo.
—Contestá.
—Sí.
—Más fuerte.
—Sí.
Me abrió el vestido del todo, me lo bajó por los brazos y me dejó desnuda salvo por los zapatos. Sus manos se cerraron sobre mis tetas y me las apretó con firmeza. Me dolió un poco. Gemí.
—No sabés las ganas que tenía de chuparte estas tetas.
Bajó la boca y empezó a morderme los pezones, a lamerlos y chuparlos con una voracidad que me hizo jadear. No era un juego tierno: estaba recreando una escena, y esa distancia extraña me encendió más. Su lengua rodeaba el pezón y luego lo metía entero en la boca, chupando fuerte hasta dejarlo duro. Después cambiaba al otro, sin dejarme descansar.
Metí la mano entre nuestras piernas y busqué su polla otra vez. Ya estaba dura de nuevo. La acaricié apenas y él me apartó la mano.
—Todavía no. Primero te quiero bien abierta.
Me recostó en el sofá, me levantó las piernas y me las puso sobre los hombros. La imagen fue brutal: su cara entre mis muslos, sus manos sujetándome fuerte, mi coño hinchado y mojado frente a él. Escupió sobre sus dedos y los metió de golpe. Dos. Luego tres. Entraron fácil por cómo estaba.
—Joder, qué apretada y qué caliente.
Me abrió y cerró con los dedos varias veces, hundiéndolos hasta el fondo y sacándolos despacio para mojarse mejor. Después me frotó el clítoris con el pulgar mientras seguía metiéndome dedos. Yo empecé a moverme desesperada.
—Quedate quieta.
No pude. Él sonrió con malicia, se bajó el pantalón del todo y se colocó la polla en la entrada de mi coño.
—Ahora sí.
Entró de una sola embestida. Sentí la cabeza abrirme, luego el resto, grueso y duro, empujando hasta el fondo. Se me escapó un grito y le clavé las uñas en los antebrazos.
—Eso mismo —dijo entre dientes—. Así gritó también.
Empezó a follarme fuerte desde la primera embestida. No lento, no romántico, no medido. Fuerte. Sacándola casi entera y volviéndola a meter de golpe. El sofá crujía debajo de nosotros y mi cuerpo se desarmaba con cada choque de su pelvis contra mi culo.
—Mirá cómo te entra —murmuró.
Estiró el brazo, giró un espejo de cuerpo entero que había al lado del mueble y lo colocó de frente. Yo pude verme: despeinada, con las tetas rebotando, las piernas abiertas sobre sus hombros y la polla de mi novio entrando y saliendo de mi coño brillante. La imagen me dio un golpe de morbo tan fuerte que gemí más alto.
—No apartes la vista.
Obedecí. Me vi abrir la boca cada vez que me la metía hondo. Me vi mordiéndome el labio, perdiendo el control. Mauro me agarró una teta y me dio un par de palmadas secas sobre ella. Luego otra. El ardor me hizo estremecerme.
—¿Te gusta?
—Sí...
—¿Te gusta que te folle pensando en otra?
La pregunta me humilló y me excitó a la vez.
—Sí.
—Qué puta.
Empujó más rápido. Más hondo. Yo ya no distinguía entre celos, rabia y deseo. Todo se había convertido en una sola corriente sucia y deliciosa que me vaciaba la cabeza. Él seguía hablándome como si yo fuera aquella compañera de la clínica, llamándome con un nombre que no era el mío, describiendo dónde la había puesto, cómo la había doblado, cuánto la había hecho gemir. Y yo, en vez de apartarlo, abría más las piernas.
—Así te quería agarrar otra vez —decía—. Así, abierta y tragándome toda la polla.
Yo solo podía responder con gemidos y frases rotas. Sentía el clítoris rozando con su pubis en cada embestida, sumando una fricción brutal al golpe interno. Estaba al borde de correrme otra vez.
Él lo supo y sacó la polla de golpe.
—No. Todavía no.
Me hizo ponerme de pie y me llevó frente al espejo. Me inclinó sujetándome de la nuca. Me separó las nalgas con una mano y me dio una palmada fuerte en el culo. Después otra. Y otra. El sonido seco llenó la sala.
—Quedate así.
Volvió a entrar desde atrás, más despacio esta vez al principio, como para hacerme sentir cada centímetro. Cuando estuvo adentro del todo se quedó quieto un segundo, apretándome la cadera con fuerza.
—Mierda, qué buen coño tenés.
Entonces empezó a follarme de verdad. Embestidas largas, profundas, con un ritmo constante que me hacía avanzar un paso y volver. Mi reflejo mostraba todo: su mano agarrándome el pelo, mi culo recibiendo sus golpes de pelvis, mis tetas balanceándose, mis labios entreabiertos. Me sentí completamente expuesta y eso me calentó más.
—Decime que querés más.
—Más.
—No te escucho.
—Más, carajo.
Él respondió apretándome más fuerte y acelerando. Me cacheteó el culo otra vez, dejándome la piel ardiendo. Luego metió una mano por delante y empezó a frotarme el clítoris mientras seguía clavándome la polla desde atrás. Casi me desplomo.
—No, no, no... así no... —jadeé.
—Así sí.
Sus dedos trabajaban rápido, húmedos de mis propios fluidos, mientras la polla me golpeaba por dentro sin compasión. La mezcla fue demasiado. Me corrí con un orgasmo largo, desordenado, apretándole la verga con espasmos involuntarios. Temblé tanto que tuve que apoyar ambas manos en el espejo para no caerme.
Mauro no paró. Siguió follándome durante mi orgasmo, usando mi cuerpo todavía convulsionado para buscar el suyo. Se notaba en su respiración, en la rigidez brutal de la polla, en cómo clavaba los dedos en mi cintura.
—Estoy por correrme —dijo con la voz rota.
Se salió a tiempo y me empujó apenas más hacia adelante. Lo vi en el espejo agarrarse la polla y correrse sobre mis nalgas y la parte baja de la espalda, chorreándome con semen caliente en varios latidos intensos. El contraste entre el aire fresco y su corrida espesa sobre la piel me hizo gemir de nuevo.
Nos quedamos quietos unos segundos. Yo jadeando, él inclinado detrás de mí. Luego me giró del mentón para besarme. Tenía el sabor de mi propio coño todavía en la boca.
—No sabés cómo te ves así —dijo.
Me miré al espejo otra vez, llena de marcas rojas en el culo y en las tetas, despeinada, con sus restos corriéndome por las piernas. Lejos de sentir vergüenza, me gustó lo que vi.
Mauro se agachó detrás de mí y pasó la lengua por una de mis nalgas, recogiendo parte de su semen. Después por la otra. El gesto fue tan animal y obsceno que sentí otra punzada de excitación.
—Estás loca —le dije con una risa agotada.
—Vos también. Si no, me habrías frenado hace rato.
Fuimos al baño a limpiarnos y volvimos desnudos a la cama. Pensé que ahí sí se terminaría todo, pero él quedó recostado con una mano bajo la cabeza, mirándome de esa forma pensativa que me ponía alerta.
—Hay algo más que quiero decirte.
—Qué miedo cuando empezás así.
—No te asustes. Solo... después de hoy, creo que quiero dejar de fantasearlo y hacerlo de verdad.
Me enderecé sobre el colchón.
—¿Hacer qué de verdad?
—Un trío.
La palabra quedó suspendida entre nosotros, desnuda y pesada. Yo no respondí enseguida. Mi cuerpo seguía sensible, satisfecho y cansado, pero mi cabeza ya se había disparado en varias direcciones a la vez. Celos. Curiosidad. Miedo. Morbo.
Él me acarició la pierna, despacio.
—No te lo estoy imponiendo. Te lo estoy diciendo porque me excita pensarlo con vos. Y porque por cómo te pusiste esta noche... creo que a vos también.
Lo miré en silencio. Tenía razón, y eso me irritaba casi tanto como me calentaba.
—No sé si quiero verte tocando a otra delante mío.
—Pero sí imaginártelo.
Bajé la vista. Sonrió.
—Eso pensé.
Se acercó y me besó el hombro. Su mano subió por mi vientre, sin prisa, como si supiera que no necesitaba empezar de cero.
—No hace falta decidir hoy —dijo—. Pero contame una cosa.
—¿Cuál?
—Si pasara... ¿la preferirías a ella o a una mujer como la del video?
Me reí, pero era una risa débil, nerviosa. Cerré los ojos un segundo y, para mi desgracia, ambas imágenes me encendieron. La compañera real. La mujer madura de la pantalla. Los celos mezclados con deseo. El asco moral convertido en humedad otra vez.
—No te voy a contestar eso.
—Me lo vas a terminar contestando.
Su mano ya estaba entre mis piernas, comprobando lo que yo no quería admitir. Estaba húmeda otra vez.
—Sos un hijo de puta —murmuré.
—Y vos una fantasiosa preciosa.
Me besó con calma, sin la violencia de antes, pero con la misma seguridad. Yo le devolví el beso mientras sentía que el cuerpo me traicionaba de nuevo. Aquella noche no tomé ninguna decisión, pero me dormí sabiendo algo que antes no me animaba a reconocer: a veces los celos no apagan el deseo; lo ensucian, lo vuelven más peligroso, y por eso mismo cuesta tanto soltarlo.
Antes de quedarme dormida del todo, Mauro me preguntó al oído:
—Cuando estés lista para contestarme, decime si querés que busquemos a una mujer... o si querés que sea ella.
No respondí. Pero la forma en que apreté los muslos le bastó para entender que esa conversación todavía no había terminado.
Si este relato te dejó con ganas y estás en Buenos Aires, conocé acompañantes en Almagro.