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Relatos Ardientes

Lo que pasó con mi jefa en la oficina

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La sede de la empresa era enorme, con varias plantas, departamentos separados y esa costumbre absurda de que todo el mundo fingiera profesionalidad impecable hasta que se cerraba una puerta. Aquella tarde bajé al office del fondo a servirme un café con leche, más por despejarme que por ganas reales de cafeína. Había sido un día largo, de correos, reuniones y silencios incómodos cada vez que ella entraba en una sala.

Ella se llamaba Nadia, coordinadora de otra división, morena, delgada, seca cuando quería y peligrosamente elegante sin esfuerzo. No era una mujer escandalosa ni coqueta; precisamente por eso me ponía peor. Yo llevaba meses fantaseando con ella en secreto, imaginándola con esa misma mirada fría convertida en otra cosa, y después castigándome en casa con pajas torpes y repetidas en las que siempre terminaba viéndole la cara.

Me quedé en la cocinita pequeña, apoyado junto al fregadero, dando sorbos lentos. Entonces oí entrar al comedor grande a un grupo de compañeras. Reconocí varias voces. Se rieron, dejaron recipientes sobre la mesa y enseguida derivaron a ese tipo de conversación que los hombres rara vez oyen de verdad y que, cuando oyen, les prende fuego por dentro.

Empezaron hablando de citas, de vacaciones y de cremas. Luego una soltó que se había hecho depilación láser el día anterior y que se había quedado completamente lisa. Otra respondió que a su pareja le gustaba que se dejara una franja estrecha de vello. Hubo carcajadas, detalles, comparaciones, comentarios descarados sobre coños suaves, piel sensible y lo mucho que cambiaba el sexo cuando se sentían más seguras con su cuerpo.

Yo me quedé inmóvil, con la taza entre las manos y la respiración cada vez más corta. Podría haber salido de la cocina en ese mismo momento, toser, hacer ruido, anunciar mi presencia. No lo hice. La vergüenza me clavó al suelo, pero no fue solo eso. La verdad era más sucia: no quería perderme una palabra.

Cuanto más hablaban, más me ardía la entrepierna. Sentí la polla endurecerse dentro del pantalón hasta ponerse incómoda, gruesa, evidente. Bajé la taza a la encimera y traté de recolocármela con discreción, maldiciéndome por ser tan imbécil, cuando escuché pasos acercándose a la puerta de la cocinita.

Entró Nadia.

Se detuvo en seco al verme. Yo también me quedé congelado, con la mano todavía cerca de la bragueta y la cara seguramente roja como un adolescente. Desde fuera, una voz preguntó si pasaba algo. Nadia ni siquiera apartó los ojos de mí.

—Nada —respondió con calma.

Esperó a que la conversación del comedor siguiera su curso y entonces avanzó un paso. Su perfume me llegó limpio y serio, mezclado con café y aire acondicionado. Bajó la vista, vio el bulto que apenas podía disimular y levantó apenas una ceja.

—No sabía que eras tan cotilla —susurró, inclinándose hacia mí—. Y menos que te gustara esconderte para escuchar conversaciones ajenas.

No me salió voz. Tenía la garganta seca y la polla tan dura que dolía.

—Qué pena que no fuera una charla más sucia —añadió, aún más bajo—. Aunque, por tu cara, parece que te bastó.

Sus ojos volvieron a mi entrepierna. Yo intenté cubrirme mejor, pero fue inútil.

—Acomódatela o te vas a hacer daño —murmuró—. A menos que prefieras que lo haga yo.

Sentí una descarga en todo el cuerpo. Quise contestar algo, cualquier cosa, pero solo abrí la boca como un idiota. Nadia sonrió apenas, una sonrisa mínima y cruel.

—En un rato sales —dijo—. Y cuando terminemos la jornada, vienes a mi despacho. Tenemos que hablar seriamente, cotilla pervertido.

Me puso un dedo sobre los labios antes de que reaccionara, luego se apartó y salió de la cocina con la misma compostura con la que entró. Escuché de nuevo risas, pasos, sillas arrastrándose. Esperé un par de minutos eternos antes de salir.

El resto de la tarde fue una tortura. Cada vez que pasaba cerca de mi mesa me saludaba con una frialdad impecable que solo conseguía apretarme más el estómago. Yo no podía concentrarme. Releí el mismo informe tres veces sin entender una línea. Tenía miedo de haberla ofendido de verdad, miedo de una denuncia interna, miedo de quedar como un enfermo. Y, por debajo de todo eso, una excitación tan bruta que apenas podía respirar hondo.

A última hora la oficina se fue vaciando. Luces que se apagaban, ascensores sonando, despedidas rápidas. Yo esperé a propósito, fingiendo terminar unas tareas. Cuando por fin el silencio se adueñó de la planta, caminé hasta el despacho de Nadia con las piernas tensas y la boca seca.

La puerta estaba entreabierta. Toqué.

—Pasa —dijo ella desde dentro.

Entré. Nadia estaba de pie junto a su escritorio, sin chaqueta, con la blusa ajustada y el cabello oscuro cayéndole sobre un hombro. Cerré la puerta detrás de mí. El clic de la cerradura me sonó demasiado fuerte.

—Parece que eres un cotilla pervertido —dijo, mirándome de arriba abajo—. Y yo que pensaba que eras un tipo correcto.

—Perdón —solté al fin—. No supe qué hacer. Cuando me di cuenta de lo que estaban hablando, me dio vergüenza salir. Y sí... me gustó escucharlo. No voy a mentirte.

Ella cruzó los brazos, aunque la dureza de su expresión tenía algo de juego.

—No sé si debería informar de esto —dijo, acercándose despacio—. Quizá tendría que hacerlo.

—No hice nada. Solo me quedé quieto. Fue una estupidez, lo sé.

—Te puso cachondo —me cortó—. Dilo bien.

Bajé la mirada un instante.

—Sí.

—¿Y qué parte te excitó más? —preguntó—. ¿Imaginar nuestros coños depilados? ¿Preguntarte cuál era el mío? ¿Pensarme abierta de piernas mientras tú escuchabas escondido?

La forma tan directa en que lo dijo me golpeó en el pecho. La polla empezó a endurecerse otra vez.

—Te imaginé a ti —admití.

Nadia se humedeció el labio inferior con la punta de la lengua.

—¿Ibas a irte a casa a hacerte una paja pensando en mí?

—Nadia...

—Contesta.

Tragué saliva. Ya no había dignidad que salvar.

—Sí. Iba a masturbarme pensando en ti.

Ella sonrió, esta vez sin ocultarlo.

—Eso está mejor. ¿Y te has hecho muchas pajas pensando en mí, o la de hoy iba a ser la primera?

Respiré hondo. Ya estás hundido. Di la verdad.

—Más de una —dije—. Bastantes más.

—Mira qué sincero se ha puesto el caballero. ¿Tanto te gusto?

—Sí.

—¿Y qué haces en esas fantasías? —preguntó, a menos de un metro de mí—. Quiero oírlo.

La miré a la cara y luego a su cuello. Tenía un lunar pequeño junto a la clavícula. Siempre me había fijado en él.

—Te imagino mandándome —dije con voz ronca—. Haciéndome hablar. Haciéndome enseñar la polla. A veces te imagino en tu despacho. Otras veces en un hotel. Siempre eres tú la que decide.

Sus pupilas se agrandaron un poco.

—Interesante. —Se sentó en el borde del escritorio—. Entonces voy a ahorrarte trabajo. Sácate la polla. Quiero verla.

La frase me dejó clavado.

—Estamos en la oficina.

—Ya lo sé. También sé que no queda nadie. Comprobé la planta antes de llamarte. La puerta exterior está cerrada y aquí dentro no hay cámaras. Así que no repitas obviedades y haz lo que te digo.

No me moví. Nadia desabrochó lentamente dos botones de la blusa. No se abrió del todo, solo lo suficiente para mostrar la curva superior de sus pechos y el borde del sujetador.

—O lo haces tú —dijo—, o empiezo a gritar y a romperme la ropa. Y entonces sí vas a tener un problema serio.

Me temblaron las manos al abrirme el cinturón. Bajé la cremallera y saqué la polla por la bragueta, dura, tensa, ya palpitando.

Nadia negó con la cabeza.

—No así. Bájate el pantalón y los calzoncillos. Quiero verla bien.

Obedecí. Me deslicé la ropa hasta medio muslo y me quedé frente a ella, expuesto, caliente de vergüenza y excitación. Su mirada recorrió mi polla despacio, sin disimulo. Luego alargó una mano y me la agarró por la base.

El contacto me hizo soltar aire de golpe. Tenía la mano fresca, firme, segura. Me acarició con lentitud, una sola pasada desde la raíz hasta la punta, y mi polla se puso completamente dura, gruesa, viva entre sus dedos.

—Vaya —murmuró—. Sí que estabas necesitado.

Me dio un par de bombeos suaves, solo para sentir cómo reaccionaba. El glande asomó brillante. Yo apreté los dientes para no gemir.

—¿Cuánto tiempo llevas sin follar de verdad? —preguntó.

—Demasiado.

—No te he pedido una cifra. Te he pedido la verdad.

—Mucho tiempo —repetí—. Años.

Su mano no se detuvo.

—¿Y desde entonces solo pajas? ¿Y muchas con mi cara metida en esa cabeza tuya?

—Sí.

—Pobre hombre. —Apretó un poco más, arrancándome un jadeo—. Tan hambriento y tan obediente.

Se quitó los zapatos con un movimiento práctico, se bajó los pantalones oscuros y luego la tanga. Lo hizo sin teatro, sin fingida timidez, como si desnudarse delante de mí fuera una decisión tomada y punto. Se sentó otra vez en el borde del escritorio y abrió las piernas.

Mi respiración se cortó.

Tenía el coño depilado casi por completo, suave, limpio, con una línea estrecha de vello perfectamente cuidada sobre el pubis. Los labios brillaban de humedad. No era una fantasía nebulosa: estaba ahí, a un paso de mí, abierta para que la mirara.

—¿Te gusta lo que ves? —preguntó.

—Joder... sí.

—Acércate.

Subí el pantalón lo justo para no tropezar y di dos pasos. Ella seguía masturbándome despacio, mirándome a la cara para ver cómo me deshacía. Le tomé el mentón con una mano, temiendo que se apartara. No lo hizo. Acerqué mi boca a la suya y la besé.

Fue un beso seco al principio, de prueba. Luego ella abrió la boca, me metió la lengua y me devolvió el beso con una intensidad que me borró cualquier duda. Su mano seguía en mi polla mientras la mía subía a su cuello, a su pelo, a su mejilla. El sonido húmedo de nuestras bocas llenó el despacho.

Le abrí la blusa del todo y aparté el sujetador. Sus tetas eran pequeñas, firmes, con pezones duros que se levantaron aún más cuando los rocé con los pulgares. Nadia soltó un gemido bajo y me tiró un poco de la polla, como si me premiara por tocarla bien.

—Chúpamelas —ordenó, con la boca pegada a la mía.

Agaché la cabeza y atrapè un pezón entre los labios. Lo lamí, lo chupé, lo mordí apenas. Ella arqueó la espalda y me sujetó del pelo para mantenerme ahí. Pasé de una teta a la otra, alternando la boca y las manos, sintiendo cómo su respiración se aceleraba y cómo el muslo se le tensaba junto a mi cadera.

—Así —dijo entre dientes—. No tan suave ahora.

Obedecí. Succioné más fuerte, pellizqué el pezón libre entre dos dedos, y Nadia soltó un jadeo abierto que me mandó sangre directa a la polla. La tenía dura hasta doler. Quise metérsela en ese instante, pero ella me empujó el hombro para hacerme bajar.

—Si llevas tanto tiempo soñando con esto, empieza por comerme el coño como corresponde.

Me arrodillé entre sus piernas. El olor a su excitación me golpeó enseguida, caliente y limpio, intenso. Le separé los labios con los pulgares y vi el clítoris asomar, húmedo, sensible. Saqué la lengua y pasé una primera lamida larga desde abajo hasta arriba. Nadia tembló.

—Joder... otra vez.

Volví a lamerla, esta vez más despacio, hundiendo la lengua entre sus labios antes de subir hasta el clítoris. La oí respirar por la boca. Empecé a comerle el coño de verdad: lamidas amplias, luego más precisas, chupándole el clítoris con los labios, alternando presión y pausa para sentir cómo se iba abriendo más.

Sus manos fueron a mi cabeza. No me apartaban; me guiaban. Me apretaba contra ella cuando acertaba el ritmo.

—Sí, ahí. No pares. Cómemelo bien, que para escuchar sí eras valiente.

Le metí un dedo despacio mientras seguía lamiéndola. Estaba tan mojada que entró sin resistencia. Lo moví dentro, curvándolo hacia arriba. Ella abrió más las piernas.

—Dos.

Metí un segundo dedo y empecé a follármela con ellos mientras mi lengua se ocupaba del clítoris. Su coño se contrajo alrededor de mis dedos. Estaba empapada, caliente, cada vez más blanda y más necesitada.

—Así me gusta —dijo, jadeando—. No hagas solo el numerito. Métemelos bien.

Se los hundí hasta el fondo y aceleré, entrando y saliendo con firmeza mientras chupaba su clítoris. Nadia empezó a gemir ya sin intentar bajar el volumen. Los tacones abandonados en el suelo, los papeles a un lado, la mesa firme bajo su culo: todo aquello tenía algo obscenamente real que me puso todavía más bruto.

Le metí un tercer dedo y supe que estaba lista por la forma en que me apretó la cabeza entre los muslos.

—Me voy a correr —avisó con un hilo de voz—. Sigue, sigue, no pares ni se te ocurra parar.

No paré. Le chupé el clítoris con fuerza, manteniendo los dedos dentro, rozándole ese punto que la hacía retorcerse. Su orgasmo le llegó de golpe. Se arqueó sobre la mesa, cerró las piernas contra mis hombros y se corrió gimiendo con la boca abierta, sacudiéndose mientras su coño me mojaba más los dedos y la barbilla.

Seguí lamiéndola a través de las contracciones, más despacio ahora, saboreando su humedad, hasta que me empujó apenas.

—Sube —dijo, aún jadeando—. Quiero esa polla dentro ya.

Me incorporé con la cara húmeda y la polla tan dura que parecía de piedra. Ella me agarró la nuca, me besó con hambre y probó su propio sabor en mi boca. Luego bajó la mano, me agarró el tronco y guió el glande hasta la entrada de su coño.

—No me hagas esperar más.

Le empujé la punta entre los labios y soltó un gemido corto. Estaba resbaladiza, caliente, apretada. Entré despacio los primeros centímetros solo para sentirla, para sentir cómo me tragaba. Ella me clavó las uñas en los antebrazos.

—Ahora de una vez —ordenó—. Fóllame.

Le di una embestida entera, hasta el fondo. Mi cadera chocó contra la suya y los dos gemimos al mismo tiempo. Tuve que agarrarme al borde del escritorio para no correrme en el acto. Nadia abrió más las piernas y me recibió la siguiente igual de profunda.

—Joder —murmuré.

—Sí, joder —repitió ella—. Así. Otra. Más fuerte.

Empecé a follármela con un ritmo duro, directo, aprovechando lo mojada que estaba. Cada entrada sonaba húmeda. Mi polla salía casi por completo y volvía a hundirse en ese coño caliente que parecía apretarme más con cada golpe. Sus tetas rebotaban, sus pezones seguían duros, y ella se tocaba uno mientras con la otra mano me agarraba la nuca o el brazo.

—Llevabas meses imaginándome —jadeó—. Pues mírame ahora. Mírame mientras me follas.

La miré. Tenía la cara encendida, el labio entreabierto, el gesto de control roto por el placer. Me acerqué y le mordí suavemente el cuello sin dejar de embestir. Ella respondió cerrando las piernas en torno a mi cintura para pegarme más a su cuerpo.

—No aflojes —me dijo al oído—. Quiero sentirte bien adentro.

Le agarré las caderas y aumenté la fuerza. El escritorio crujía levemente con cada golpe. Mi polla entraba hasta el fondo una y otra vez, empapada, y yo ya no pensaba en nada más que en seguir. Nadia empezó a frotarse el clítoris con dos dedos mientras yo la penetraba.

—Eso, sí —decía—. Dame polla y déjame correrme otra vez. Así, cabrón, así.

Oírla hablarme así me volvió más animal. La saqué solo para cambiar el ángulo, levantándole una pierna sobre mi hombro. Desde ahí entré de nuevo y ella soltó un grito ronco. El ángulo era aún mejor: la sentía más honda, más apretada, y cada embestida le arrancaba espasmos visibles en el vientre.

—Ahí, ahí, no cambies —dijo—. Me estás reventando de gusto.

Seguí golpeándola con ese ritmo, sudando ya, respirando por la boca, notando cómo los testículos le pegaban contra el culo con cada empuje. Ella se corría hacia otro orgasmo a ojos vista: muslos tensos, mano temblando entre sus piernas, gemidos cada vez menos contenidos.

—Voy, voy... no pares, no pares, no pares...

Se corrió con mi polla dentro. Su coño se cerró alrededor de mí en oleadas calientes, apretándome tanto que casi perdí el control. Tuve que sacar la polla un instante para no vaciarme en ese momento. Nadia me miró con una mezcla de desafío y hambre.

—¿Qué haces? —dijo, aún jadeando—. No te he dado permiso para parar.

La agarré por la cintura, la giré sobre el escritorio y la incliné hacia delante. Ella apoyó las manos entre carpetas y cables, separó las piernas sin que se lo pidiera y volvió la cara lo justo para mirarme por encima del hombro.

—Entonces no pares tú —dije.

Le acaricié el coño con la punta, empapándome más, y se la metí otra vez de una embestida. Nadia soltó un gemido grave y empujó el culo hacia atrás para recibirme. Desde esa postura pude follarla más fuerte, más bestia, agarrándole la cadera con una mano y el pelo con la otra.

El sonido cambió: palmadas húmedas, respiraciones rotas, la base de mi polla golpeando contra sus nalgas. Ella arqueó la espalda y empezó a decir obscenidades con una voz que jamás le había oído en una reunión.

—Sí, así. Fóllame como si fueras a vaciarte todo. —Otro golpe—. Joder. —Otro—. Eso querías, ¿no? Mi coño. Pues tómalo.

Le metí la mano por delante y empecé a frotarle el clítoris mientras la seguía penetrando. Nadia perdió cualquier resto de compostura. Se le quebró la voz, se le tensaron los muslos, y su coño empezó a latir otra vez alrededor de mi polla.

—No aguanto más —dijo—. Si sigues así me corro otra vez.

—Córrete.

—Haz que me corra.

La follé aún más rápido, sin técnica ya, solo con hambre, metiéndosela hasta el fondo y frotándole el clítoris en círculos firmes. Nadia se corrió de nuevo con un gemido largo y sucio, sacudiéndose contra la mesa mientras yo la sujetaba para que no se desarmara del todo.

Su tercer orgasmo me arrastró detrás. Sentí la corrida subir pesada desde el vientre y supe que no iba a poder aguantar nada más.

—Me voy a correr —avisé, con la voz rota.

—Hazlo donde yo te diga —respondió ella, todavía temblando—. Sácala.

Salí de su coño a tiempo, con la polla latiendo. Nadia se giró medio incorporada, abrió más las piernas y me la agarró con la mano. Se masturbó con mi polla un par de veces, apretando lo justo para exprimirla, y me apuntó hacia su pubis y su vientre bajo.

Me corrí con un gruñido, soltando chorros espesos sobre su coño, el monte liso y la parte baja del abdomen. La corrida me salió abundante, desordenada, salpicándole también la mano. Nadia no apartó la mirada. Siguió acariciándome hasta que la última sacudida me dejó sin fuerza en las rodillas.

Durante unos segundos solo se oyó nuestra respiración. El despacho olía a sexo sin ningún disimulo: sudor, piel caliente, coño mojado y semen fresco. Nadia miró hacia abajo, vio cómo el blanco de mi corrida brillaba sobre su piel y sonrió satisfecha.

—Definitivamente mejor que una paja —dijo.

Solté una risa nerviosa y agotada. Me acerqué a besarla. Esta vez el beso fue lento, húmedo, más íntimo después de toda la violencia del polvo. Ella me dejó hacerlo y luego me apartó apenas para respirar.

Saqué pañuelos del cajón superior de su escritorio y empecé a limpiarla con cuidado. Le pasé uno entre los muslos, otro por el vientre, otro por la mano. Nadia me observaba en silencio, todavía desnuda de cintura para abajo, el pelo algo revuelto, los pezones aún duros.

—Nunca te imaginé tan obediente —murmuró.

—Nunca te imaginé de verdad —respondí—. Esto supera cualquier cosa que pensé.

Ella se bajó de la mesa y se vistió sin prisa. Yo hice lo mismo, todavía aturdido. Al abrocharme el cinturón la vi recomponerse la blusa, el gesto firme, recuperando esa fachada de mujer impecable que dominaba los pasillos durante el día.

Cuando terminamos, Nadia se acercó, me agarró de la corbata y me besó otra vez, breve pero posesiva.

—Escúchame bien —dijo—. Esto no sale de aquí. En el trabajo seguimos siendo lo que somos delante de los demás. Nada de miraditas idiotas, nada de mensajes torpes, nada de comportarte como un adolescente al que le regalaron el primer polvo de su vida.

—Entendido.

—Y otra cosa —añadió, con una media sonrisa—. Esto ha sido solo el primero. La próxima vez quizá te haga hablar todavía más antes de dejarte tocarme.

Sentí otro latigazo en la entrepierna, absurdo después de cómo había acabado.

—Entonces habrá próxima vez.

—Si yo quiero, sí.

Recogimos los papeles movidos, alineamos la silla, abrimos un poco la ventana para ventilar y borramos cualquier rastro visible de lo que había pasado. Nadia salió primero del despacho como si nada. Yo esperé unos minutos, tratando de recuperar una respiración normal y una expresión creíble.

Al bajar a la calle, la noche ya estaba cerrada y el aire fresco me golpeó la cara. Caminé sin prisa hasta el bar de la esquina, todavía con el cuerpo caliente y la cabeza llena de imágenes imposibles de borrar.

Nadia estaba en una mesa del fondo, con una copa delante y el móvil en la mano, completamente vestida, completamente serena, como si no me hubiera hecho comerle el coño y vaciarme sobre ella media hora antes.

Levantó la vista, me sostuvo la mirada y señaló la silla vacía frente a ella.

—Siéntate —dijo—. Quiero que me cuentes exactamente cuántas veces te has masturbado pensando en mí.

Y en cuanto sonrió de esa manera, supe que aquella fantasía no había terminado: apenas acababa de empezar.

Para quienes leen desde zona sur: chicas escort en Lomas de Zamora, con fotos reales.

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Comentarios(4)

GastonLect

genial!!! muy buen relato

AndresMZA

Por favor continualo, quede con ganas de saber como siguio todo

PabloNocturno

Muy bien escrito, se nota que sabes crear tension. Me mantuvo pegado hasta el final

RobertoSur

Me recordo a una situacion parecida que tuve hace tiempo en el trabajo... esos momentos donde no sabes que va a pasar son los mejores. Muy realista

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