Fantasias a escondidas tras la cortina del probador
Nunca me ha gustado ir de compras. Me agota la gente, me aburren las colas y me desespera probarme cinco cosas para salir con una sola bolsa. Aun así, aquella tarde entré a unos grandes almacenes después de comer con Adrián, porque en pocos días nos íbamos de viaje y yo necesitaba un par de vestidos ligeros para el calor.
Él me acompañó con esa paciencia suya que siempre me desarma, cargando mi bolso un rato, opinando poco y mirándome mucho. Ese detalle ya me estaba poniendo sensible. No era solo cariño: era esa forma de mirarme cuando cree que no me doy cuenta, como si le gustara todo de mí incluso cuando yo me siento corriente.
Encontré dos vestidos que me llamaron la atención y me metí en la zona de probadores mientras él esperaba a una dependienta para pedir otra talla. Cerré la cortina, colgué el abrigo y dejé las perchas en el banco lateral. El probador era estrecho, con un espejo grande de cuerpo entero y una rendija por abajo por la que se veía el ir y venir de los pies de la gente.
Me quité las zapatillas, luego el jersey, luego la camiseta. Cuando desabroché el pantalón y lo bajé por las piernas, me quedé solo con el tanga negro y el sujetador a juego que me había puesto esa mañana sin pensar en nada especial. O eso me había dicho a mí misma.
Entonces oí su voz al otro lado de la cortina.
—¿Vera?
Asomé solo la cabeza, sujetando la tela contra mi cuerpo.
—Aquí estoy.
Adrián levantó la otra percha como si trajera un trofeo y entró rápido antes de que nadie se fijara. Apenas cerró la cortina detrás de sí, sus ojos fueron al espejo y se quedó quieto. Yo estaba de espaldas a él, en ropa interior, con el pantalón en el banco y el vestido blanco colgado a un lado.
Vi su cara cambiar en el reflejo. Esa media sonrisa idiota, la mandíbula tensa, la respiración un poco más honda. Sus ojos me recorrieron las piernas, el culo medio marcado por el tanga, la curva de la espalda, los hombros desnudos.
Me giré con una percha en la mano.
—¿Qué pasa?
—Nada —dijo, aunque la voz se le notó más grave—. Solo que estás demasiado buena para un sitio con espejos.
Me reí, pero sentí el calor subir por el pecho. Había gente a menos de un metro, separada de nosotros por una cortina fina, y aun así su forma de mirarme me hizo apretar involuntariamente los muslos.
—A ver, experto, ayúdame. Si ya has venido hasta aquí, por lo menos sirve para algo.
Me puse el primer vestido. Era blanco, sencillo, de tela ligera, con tirantes y un escote discreto. Al mirarme en el espejo vi enseguida el problema: el sujetador y el tanga se transparentaban un poco bajo la tela.
—¿Qué tal me queda? —pregunté, girándome despacio.
Adrián me miró como si la pregunta fuera una tortura.
—Te queda bien. Muy bien.
—Eso no vale. A ti todo te parece bien.
Me acerqué al espejo, levanté un poco el pelo y torcí el cuerpo para revisar la caída del vestido. Él seguía detrás de mí, callado, mirándome con tanto descaro que ya no hacía falta fingir inocencia.
—Se nota el sujetador —murmuré.
—Entonces quítatelo.
Lo dijo casi en broma, con una sonrisa ladeada. Pero en cuanto nuestras miradas se cruzaron por el espejo, los dos supimos que la broma ya no era del todo broma.
—¿Sí? —pregunté bajando la voz.
—Sí.
Metí las manos bajo la tela y me solté el sujetador con torpeza deliberada. Lo saqué por un tirante del vestido y lo dejé en el banco. Mis pezones se marcaron enseguida bajo el tejido fino, tiesos, visibles. No hacía frío. El único motivo era él.
—¿Y ahora? —pregunté.
Adrián soltó aire despacio, sin despegar los ojos de mi pecho.
—Ahora el problema de arriba ya no existe.
—Pero abajo sí, ¿no?
Su bulto empezaba a notarse en el pantalón antes incluso de que contestara. Sentí una descarga caliente entre las piernas al verlo así de rápido, así de evidente, solo por verme casi desnuda en un probador.
—Abajo se sigue viendo —dijo al fin.
Sonreí. Ya no estaba jugando solo por divertirlo; estaba cachonda, de verdad. Muy cachonda.
Me subí apenas el vestido y deslicé el tanga por las caderas. La tela negra bajó por mis muslos, por las rodillas, por las pantorrillas, hasta quedar enredada junto a mis tobillos. Lo aparté con un pie. En el espejo pude ver mi cuerpo cubierto apenas por aquella tela blanca translúcida, sin nada debajo, con el coño y el culo insinuándose demasiado.
Adrián murmuró una palabrota en voz baja.
—Joder...
Me volví un poco hacia él, lo suficiente para ver la tensión en su mandíbula y la erección ya totalmente marcada.
—Parece que te gusta.
—No tienes idea de cuánto.
Se acercó. Tan cerca que su aliento me rozó el cuello. Afuera seguían oyéndose pasos, conversaciones, perchas chocando, una niña riendo a lo lejos, una dependienta diciendo tallas y colores. Todo eso debería haberme devuelto la prudencia. En vez de eso, me puso peor.
—Hay gente fuera —susurró él, como si necesitara recordárselo a sí mismo.
—Ya lo sé.
Le besé la base del cuello y sentí cómo se le tensaba el cuerpo. Mis dedos bajaron por su pecho, por su abdomen, hasta posarse sobre la cremallera de su pantalón. El bulto era duro, pesado, impaciente bajo la tela. Lo acaricié con la palma y él cerró los ojos un segundo.
—No me toques así aquí porque voy a perder la cabeza —murmuró.
—Creo que ya la perdiste.
Volví a apretarle por encima del pantalón, lento, disfrutando la forma de su polla dura, el calor que desprendía, el pequeño gesto de sus caderas buscando más presión. Él me agarró el culo por encima del vestido y me lo apretó con fuerza, clavando los dedos. Gemí contra su cuello y tuve que morderme el labio para no hacer más ruido.
Me arrodillé delante de él sin apartar la vista de su cara. El espacio era tan estrecho que casi rocé con la espalda el banco del probador. A esa altura, su erección quedaba justo frente a mí, empujando la tela del bóxer.
—Vera... —dijo, ronco, advirtiéndome y rogándome al mismo tiempo.
No respondí. Le desabroché el cinturón, luego el botón, luego la cremallera. Bajé el pantalón y el bóxer lo justo para liberarle la polla. Saltó hacia fuera dura, gruesa, con el glande brillante. Se me hizo la boca agua al verla así, palpitando delante de mi cara mientras él se apoyaba una mano en la pared para no venirse abajo.
La agarré con una mano y sentí su peso y su calor. Le di un beso en la punta. Luego otro en el lateral. Bajé la lengua despacio por el tronco y volví arriba hasta rodear el glande con la punta, húmeda, insistente. Él soltó un suspiro seco y me metió una mano en el pelo.
—No hagas eso tan despacio, joder...
Sonreí antes de lamerlo otra vez. Me gustaba tenerlo así, temblando por un simple juego de lengua. Me gustaba saber que, a unos pasos de nosotros, nadie imaginaba que yo estaba de rodillas tragándome la excitación como si el mundo terminara detrás de esa cortina.
Lo metí en la boca al fin, primero solo la cabeza, saboreándolo. Luego bajé más, envolviéndolo con los labios, chupando con intención mientras mi mano acompañaba el movimiento en la parte que no me cabía. Su respiración se volvió irregular de inmediato. Miré hacia arriba y lo vi con la boca entreabierta, vigilando el ruido de afuera y mi cara al mismo tiempo.
—Qué buena eres... —me dijo casi sin voz.
Lo mamé con más hambre. Entraba y salía, húmedo, resbaladizo, cada vez más duro. Mi lengua le recorrió la parte de abajo y él dio un pequeño empujón con las caderas. No fue violento; fue instinto. Otro empujón, apenas un poco más firme. Me sujetó el pelo y yo abrí más la boca, dejándolo entrar más hondo.
La sensación me calentó todavía más. Él follándome la boca en un probador, yo con un vestido translúcido y sin ropa interior, oyendo pasos al otro lado. Bajé una mano entre mis piernas y me toqué por debajo de la tela. Estaba empapada. No húmeda: empapada de verdad, con el coño caliente y abierto, el clítoris sensible, latiendo.
Empecé a frotármelo mientras seguía mamándosela. Cada embestida de su polla me llenaba la boca de saliva. El ruido húmedo quedaba medio tapado por el murmullo de la tienda, pero yo lo oía clarísimo. Lo sentía en la garganta, en las mejillas tensas, en el lagrimeo de los ojos cuando él me agarró con las dos manos y me hizo bajar un poco más.
—Así... así... —repetía, conteniéndose para no gemir fuerte.
Me saqué la polla de la boca un instante para respirar. Un hilo de saliva me colgó de los labios a la punta de su verga. Él me miró con una expresión sucia, hambrienta, de las que me derriten por completo.
—Te deseo dentro ya —le susurré.
Me puse de pie y nos besamos con desesperación. Sabía a mí y yo sabía a él. Me metió la lengua hasta el fondo mientras una de sus manos me apretaba un pecho y la otra me sujetaba la cadera. Yo le deslicé el vestido por los hombros y dejé que cayera al suelo. Quedé completamente desnuda frente al espejo.
Adrián se quedó un segundo contemplándome, como si quisiera grabarse la imagen: mis piernas abiertas apenas, el coño brillante, los pezones duros, la piel erizada. Luego bajó la mano y me tocó entre las piernas con dos dedos.
—Estás chorreando.
—Por tu culpa.
Metió un dedo entre mis labios, luego dos. Entraron sin resistencia porque yo estaba tan mojada que casi me corrí solo con sentirlos dentro. Los movió despacio primero, buscando ese punto que me hace arquear la espalda. Lo encontró enseguida. Tuve que agarrarme al espejo con una mano para no doblarme.
—No hagas ruido —me murmuró al oído, y esa orden suave me puso peor.
Me mordió el cuello mientras sus dedos me abrían y me follaban con ritmo corto, húmedo, preciso. Yo abría más las piernas, ofreciéndome, sintiendo el roce del talón de su mano en el clítoris en cada movimiento. Mi respiración ya era un desastre.
—Adrián... métela ya.
Él sacó los dedos y me hizo probar mi propia humedad en sus labios con un beso. Luego me giró de cara al espejo. Me doblé apenas hacia delante, apoyando las manos a los lados del cristal. Él quedó detrás de mí, con el pantalón a medio muslo y la polla dura rozándome las nalgas.
Nos miramos en el reflejo. Esa imagen fue la que terminó de romperme: yo desnuda, abierta, roja de excitación; él detrás, sujetándome la cintura, dispuesto a follarme mientras cualquiera podía pasar a centímetros.
Deslizó la punta de su polla entre mis labios, arriba y abajo, empapándola más con mi propia humedad. El simple roce me hizo temblar las piernas.
—Mírate —me dijo—. Mírate cómo estás.
Le hice caso. Vi mi coño abriéndose cuando me empujó la punta adentro. Entró despacio al principio, con una presión deliciosa que me arrancó un gemido ahogado. Me tapé la boca con una mano, pero no aparté los ojos del espejo. Quería verlo. Quería ver cómo me abría, cómo me llenaba.
Él siguió entrando hasta el fondo. Noté cada centímetro, cada pequeño tirón, cada latido de su polla dentro de mí. Cuando quedó completamente metida, apoyó la frente en mi hombro y soltó aire como si también él estuviera al borde del descontrol.
—Joder, qué coño más rico tienes.
Esa frase sucia, dicha así de simple, me hizo apretar alrededor de él. Respondió con un movimiento de cadera y empezó a follarme lento. Salía casi por completo y volvía a entrar profundo, húmedo, firme, haciendo que se oyera el golpe sordo de su pelvis contra mi culo.
Intentamos guardar silencio durante unos segundos que parecieron eternos. Yo mordía mi mano. Él respiraba contra mi nuca. Pero cada embestida me aflojaba más el cuerpo y me subía más el placer por el vientre.
—Más fuerte —le pedí en un susurro roto.
—¿Así?
Me clavó una embestida más seca. Asentí enseguida.
—Sí. Así. Fóllame así.
Eso bastó. Me agarró de las caderas con fuerza y empezó a darme más duro, sin contemplaciones. Mi culo recibía sus golpes, mis tetas rebotaban, el espejo se empañaba por nuestra respiración. El ruido húmedo de la penetración se volvió imposible de ignorar. Era un chapoteo obsceno, excitante, que me avergonzaría en cualquier otro momento. Ahí solo conseguía mojarme más.
—Estás tragándomela toda —gruñó—. Toda, joder.
Yo apenas podía responder. Tenía la cabeza nublada. Cada vez que me la metía al fondo sentía un latigazo de placer en el coño y otro en el clítoris, que rozaba al llevar una mano abajo para tocarme mientras me follaba. Ver mi propia mano frotándome, verlo a él detrás, sudado, concentrado, perdiendo el control, me empujó aún más cerca.
—No pares... no pares... —repetí.
Él me agarró del pelo y tiró suave hacia atrás para obligarme a levantar la cara. Nuestros ojos se encontraron en el espejo mientras me seguía clavando la polla. Aquello fue demasiado. La obscenidad de la escena, el lugar, el riesgo, su mano en mi pelo, la forma en que me miraba mientras me follaba como si yo fuera lo único que existía.
Empecé a correrme con una sacudida que me dejó las piernas flojas. Se me contrajo el coño alrededor de su polla una y otra vez, apretándolo con violencia. Tuve que cerrar los ojos un instante porque el placer me atravesó entera, desde el clítoris hasta la espalda. Aun así, él no frenó.
—Eso es, córrete —me decía—. Córrete en mi polla.
Mi orgasmo lo volvió loco. Sentí cómo perdió el ritmo medido y empezó a embestir más rápido, más duro, ya sin preocuparse apenas del ruido. El banco golpeó la pared una vez. Afuera pasó alguien y se detuvo un segundo. Los dos nos quedamos tensos, pero él no salió de mí. Esperamos sin respirar. Los pasos siguieron de largo.
Entonces me folló con rabia contenida, como si ese susto lo hubiera excitado todavía más. Yo seguía sensible por el orgasmo, así que cada embestida me arrancaba espasmos nuevos. Tenía el coño tan mojado que su polla entraba y salía con una facilidad obscena, cubierta de mi flujo.
—Me voy a correr —dijo entre dientes—. ¿Dónde la quieres?
La pregunta me atravesó. Miré su cara en el espejo, luego su mano aferrándome la cadera, luego el movimiento brutal de su polla desapareciendo dentro de mí.
—Dentro —contesté sin pensarlo—. Córrete dentro.
Le bastaron tres embestidas más. Se quedó hundido hasta el fondo y se corrió con un gemido ahogado contra mi cuello. Lo sentí palpitar adentro, descargar en oleadas calientes que me hicieron estremecer otra vez. Mi coño volvió a contraerse por puro reflejo, exprimiéndolo mientras él seguía inmóvil, enterrado hasta el fondo, respirando como si acabara de cruzar una meta.
Nos quedamos así unos segundos, pegados, sudados, jadeando en silencio. Yo tenía la frente apoyada en el espejo y las piernas temblándome. Él me besó el hombro y luego la nuca, ya más suave, como si después de romperme a pollazos necesitara volver a cuidarme con la boca.
Cuando salió de mí, sentí de inmediato cómo parte de su corrida se deslizaba por mis muslos. Bajé la vista y vi el hilo blanco resbalando lentamente. La imagen me dio una mezcla de morbo y satisfacción que me hizo morderme el labio.
Adrián siguió la trayectoria con los ojos y soltó una risa baja, incrédula.
—Míranos.
—No pienso olvidar esto en la vida —dije.
Me dio la vuelta y me besó despacio, sin prisa, con la ternura extraña que a veces llega después del sexo más sucio. Yo seguía desnuda, pegajosa, con restos de su semen bajándome por la pierna y el corazón todavía desbocado, y aun así me sentí absurdamente querida.
Nos limpiamos como pudimos con pañuelos y torpeza, conteniendo alguna risa nerviosa. Volví a ponerme el tanga, aunque ya estaba demasiado sensible y notaba aún la humedad caliente atrapada entre las piernas. Luego el sujetador, el pantalón, la camiseta. El vestido blanco quedó arrugado en el suelo hasta que lo recogí.
—No creo que lo compre —dije, mirándolo.
—Sería raro llevarte a casa el escenario del crimen.
Tuve que taparme la boca para no soltar una carcajada demasiado fuerte. Afuera todo seguía igual: la tienda llena, las voces, la música, el ruido de las perchas. Nadie sabía que dentro de ese cubículo acabábamos de cumplir una fantasía que ninguno había planeado al salir de casa.
Antes de abrir la cortina, Adrián me acercó otra vez a él y me dio un último beso, corto pero cargado de esa electricidad que todavía nos sacudía.
—Como vuelvas a entrar conmigo a unos probadores, no respondo.
—Yo tampoco —le dije.
Salimos con la mejor cara de normalidad que pudimos fingir. Él llevaba dos vestidos colgados del dedo. Yo caminaba despacio, notando todavía el recuerdo de su polla y una pequeña humedad persistente entre los muslos. Y aunque intenté parecer tranquila, por dentro iba sonriendo como una mujer a la que le acababan de desordenar el cuerpo entero en mitad de un centro comercial.
La fantasía no estaba en el vestido. La fantasía había sido sentirme observada, deseada y follada donde no debíamos. Y lo peor, o lo mejor, era saber que después de aquella tarde iba a ser imposible volver a entrar en un probador sin recordar exactamente cómo sonó mi respiración cuando me la metió hasta el fondo frente al espejo.
Si este relato te dejó con ganas y estás en Buenos Aires, conocé escorts en Palermo.