Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La fantasía que empezó con una venda

Era viernes, el último fin de semana del verano, y salí del trabajo con esa sensación de cansancio suave que solo aparece cuando sabes que por delante te esperan dos días contigo. Me despedí de mis compañeras entre abrazos, bromas y los típicos planes improvisados que al final casi nunca se cumplen. Yo dije que no tenía nada cerrado, pero por dentro solo pensaba en llegar a casa y encontrarte.

Siempre me pasa lo mismo al final del verano. El calor sigue pegado a la piel, la ciudad todavía huele a terrazas y a noches largas, y me entra una necesidad casi infantil de estirar esos días un poco más. Me gusta cómo cambia todo cuando hace calor: la ropa más ligera, la piel más expuesta, la gente más abierta, como si todos llevaran el deseo un poco más cerca de la superficie.

Y contigo eso se multiplica.

Mientras conducía de vuelta, me sorprendí pensando en la playa, en la máscara de buceo que siempre te hace reír, en los paseos al atardecer y en esa forma tuya de mirarme cuando me veías salir del agua con el pelo empapado pegado al cuello. Me di cuenta de que había llegado a casa casi sin registrar el trayecto. Mi cabeza iba por delante, imaginando que estarías esperándome.

Y así fue.

Escuchaste el coche y saliste antes de que me bajara. Te vi apoyado en la puerta, con esa media sonrisa tuya que no anuncia nada inocente. Me hiciste un gesto con la mano para que no siguiera avanzando, y solo por la manera en que lo hiciste ya sentí un cosquilleo bajo el vientre.

—Quieta —dijiste cuando me acerqué.

Obedecí.

Te acercaste sin prisa, me giraste suavemente y noté una tela deslizarse sobre mis ojos. La apretaste bien por detrás de mi cabeza hasta dejarme completamente a oscuras. Mi respiración cambió al instante. No ver me descoloca, pero contigo también me enciende. Me inclinaste un poco la cabeza hacia un lado y tu voz me rozó el oído.

—¿Quieres una aventura de verdad?

Tragué saliva y asentí con una sonrisa tonta que seguramente notaste aunque yo no pudiera verte.

—Entonces obedeces. No te quitas la venda. No preguntas. Y haces exactamente lo que te diga.

—Sí.

La palabra me salió casi demasiado rápido. Eso te gustó. Lo sentí en el pequeño silencio satisfecho que hiciste antes de guiarme hasta el coche.

Me ayudaste a entrar en el asiento del copiloto. Luego escuché el maletero abrirse y cerrarse. Algo llevabas preparado, y el simple hecho de no saber qué era me puso más nerviosa. Oí tu puerta, el clic del cinturón, el motor arrancando. El coche empezó a moverse y yo me quedé inmóvil, con las manos sobre los muslos, sintiendo cada curva, cada semáforo, cada segundo como si el cuerpo entero se me hubiese convertido en una sola terminación nerviosa.

—Qué buena estás cuando obedeces —murmuraste.

Tu mano cayó sobre mi muslo izquierdo. La caricia fue lenta, pesada, deliberada. Subiste por mi piel desnuda hasta encontrar el borde de la falda y la empujaste hacia arriba. Abrí las piernas por puro reflejo y oí tu breve risa.

—Eso. Así.

Me acariciaste por dentro de los muslos, todavía sin tocarme donde más lo necesitaba, y esa espera me hizo jadear. El hecho de no ver nada amplificaba todo: el roce de tus dedos, el sonido del motor, el aire entrando por la ventanilla entreabierta, la idea de que cualquier coche pudiera acercarse y encontrarnos así.

—Quítate el tanga.

Lo hice de inmediato. Moví las caderas, lo bajé como pude, lo saqué por los tobillos y lo dejé en el suelo del coche. El gesto me hizo sentir obscenamente expuesta. No veía si estábamos parados en un semáforo, si alguien podía mirar desde otro coche, si tú me estabas observando con esa calma hambrienta que usas cuando sabes que ya me tienes.

Tu mano regresó y esta vez sí. Abriste mis labios con dos dedos y soltaste un resoplido corto al encontrarme mojada.

—Mierda. Ya estás chorreando.

Metiste un dedo de golpe y luego un segundo. Mi espalda se arqueó contra el asiento. Apreté las piernas, pero tú las empujaste otra vez hacia afuera con autoridad. Entrabas y salías con fuerza, hundiendo los dedos y frotando al mismo tiempo con la palma. Yo soltaba gemidos cortos, mordiéndome el labio, sin saber si me oía alguien desde fuera, sin saber siquiera por dónde íbamos.

—Así me gusta. Que te pongas húmeda solo con obedecer.

Cuando retiraste la mano sentí un vacío brusco, un fastidio casi doloroso. Pero enseguida escuché un movimiento distinto, el sonido de una cremallera pequeña, algo de plástico. Luego noté entre mis piernas una punta fría y dura.

—No te muevas.

Me introdujiste la bala vibradora muy despacio. El contraste me hizo estremecer. Entró primero la punta, luego el resto, ajustándose dentro de mí hasta que quedé llena de ese objeto liso, invasivo, delicioso. Solté un gemido más largo, abierto, y tú me acariciaste la rodilla como premio.

El primer impulso de vibración me arrancó un temblor entero.

—Joder... —susurré.

Subiste la intensidad y el zumbido empezó a golpearme por dentro de una forma precisa, cruel. Notaba cada vibración clavarse en mi coño, expandirse por el vientre, treparme por la espalda. Mientras conducías, seguías rozándome con la otra mano, separándome más las piernas, tocándome el clítoris por encima, apenas lo justo para volverme loca.

—Quieta —ordenaste cuando empecé a retorcerme.

Intenté obedecer, pero me era imposible. Mi respiración ya era un jadeo continuo. La venda me mantenía suspendida en un vacío caliente donde solo existía tu voz, tu mano y ese puto juguete vibrando dentro de mí.

—Dime qué sientes.

—Que... me voy a correr.

—Todavía no. Aguanta.

Bajaste la intensidad justo cuando estaba a punto de romperme y me quejé con un sonido casi desesperado. Te reíste. Luego me agarraste una teta por encima de la blusa, apretando el pezón entre los dedos, y al mismo tiempo volviste a subir la vibración al máximo.

El orgasmo me golpeó sin elegancia ninguna. Se me cerraron los muslos, la espalda se me arqueó, y me corrí temblando, con la cabeza caída hacia atrás y la boca abierta. No sé cuánto duró. Solo recuerdo tu voz baja, satisfecha.

—Buena chica.

Fuiste bajando poco a poco la intensidad de la bala hasta dejarla quieta. Yo seguía temblando y sentía las piernas flojas, el coño latiéndome alrededor del juguete. Escuché el intermitente. Giraste. Frenaste. El motor quedó al ralentí un segundo y luego se apagó.

—No te quites la venda.

Tu puerta se abrió. La mía después. Me cogiste de la mano y me ayudaste a bajar. El aire de fuera estaba tibio, aunque ya corría esa brisa del anochecer que refresca la piel sudada. Olía a tierra caliente y a vegetación. No tenía idea de dónde estábamos, y justo eso me disparó más el morbo.

Me giraste hasta apoyarme contra el coche. La chapa aún conservaba el calor del día. Me llevaste las muñecas a la espalda y las sujetaste con una sola mano. Con la otra te bajaste la cremallera. El sonido fue suficiente para hacerme abrir más las piernas.

—No te muevas —dijiste otra vez.

Me apartaste la tela de la falda, echaste a un lado la humedad que me corría por los muslos y me empujaste la polla de una sola embestida. Entraste hasta el fondo. No poco a poco, no tanteando. De golpe. Dura. Completa.

Se me escapó un grito ahogado.

Te quedaste dentro, inmóvil, hundido hasta donde no podías más. Esa pausa me mató. Sentía cada centímetro de tu polla llenándome mientras mi coño seguía sensible por el orgasmo del coche y por la bala todavía dentro, desplazada contra una pared interna.

—Así te quería —me dijiste al oído—. Abierta y desesperada.

Entonces empezaste a moverte.

Las primeras embestidas fueron profundas y lentas, chocando con una firmeza que me hacía tragar aire en seco. Después aceleraste. El coche se movía con cada golpe. Yo intentaba mantenerme de pie, con las manos atrapadas detrás de la espalda, la mejilla pegada al techo, sintiendo cómo me follabas al aire libre sin que yo pudiera ver si alguien podía aparecer en cualquier momento.

—Más —te oí decirte casi a ti mismo, como si también te estuvieras cebando con la escena.

Me agarraste mejor por las muñecas y empezaste a darme embestidas cortas y violentas, sacando casi toda la polla para volver a metérmela dura, una y otra vez. El sonido húmedo entre mis piernas era obsceno. Cada golpe me hacía chocar contra el coche, cada golpe me arrancaba un gemido más alto que el anterior.

—Fóllame... —acabé pidiendo, ya sin poder pensar en nada más.

—Eso hago. Y te encanta.

La bala vibradora se activó otra vez dentro de mí. Pegué un respingo tan fuerte que casi se me doblaron las piernas. Tú aprovechaste y me taladraste con más ritmo, mezclando la vibración interna con tu polla y con tu voz sucia pegada a mi oído.

—Mira cómo te corres con cualquier cosa que te meta. Mi polla, mis dedos, un juguete... Siempre lista.

No podía discutir ni aunque hubiera querido. El placer me estaba dejando vacía la cabeza. Sentía el clítoris palpitando, el coño apretándote, las rodillas flojas. Me corrí otra vez apoyada sobre el coche, con el cuerpo entero sacudido por pequeñas convulsiones. Tú no paraste. Seguiste follándome mientras el orgasmo me atravesaba, aprovechando cómo me contraía para entrar más duro.

Cuando saliste de dentro de mí tuve apenas un segundo para lamentarlo. Entonces me ordenaste:

—Ponte de rodillas.

Busqué el suelo a ciegas y obedecí. La grava raspó un poco mis rodillas a través de la falda recogida. El aire nocturno me golpeó la cara, y luego sentí tu polla rozándome los labios.

La agarré con la mano y me sorprendió lo dura que seguía, gruesa, caliente, húmeda con mi propia lubricación. La guié a mi boca y empecé lamiendo el glande despacio, rodeándolo con la lengua, saboreándote. Te oí soltar el aire entre dientes.

—Eso. Chúpala.

Metí más. Fui bajando hasta donde pude, sintiendo el peso de tu polla en la lengua, el sabor salado, el esfuerzo de la garganta al recibirte. Saqué, volví a meter, ayudándome con la mano en la base, dejando saliva correr por el tronco para que deslizara mejor. Tu mano se enredó en mi pelo y empezó a marcarme el ritmo.

No me estabas forzando. Me estabas usando justo como a mí me gusta: guiándome, empujando lo necesario, haciendo que mi boca trabajara para tu placer. Cada vez que me hundías un poco más, yo soltaba un gemido con la polla dentro y la vibración te hacía gruñir.

—Qué buena boca tienes —dijiste—. Mírate. De rodillas, vendada, tragándome la polla en mitad de ninguna parte.

La frase me calentó todavía más. Seguí chupándotela con ganas, alternando succiones profundas con lamidas largas desde la base hasta la punta. Notaba tus huevos tensos, la respiración acelerada, el tirón en mi pelo cada vez más urgente.

—No pares. Me voy a correr.

Apreté más la boca, más fuerte, más húmedo. Te la saqué casi hasta la punta y volví a tragármela de golpe. Hiciste un sonido ronco, gutural, y me retiraste apenas un instante después para correrte sobre mi cara.

La primera descarga me cayó caliente en la mejilla y en los labios. Luego otra sobre la barbilla, otra más sobre el escote. Seguí sujetándote mientras terminabas, lamiendo la punta sensible y tragando lo que pude recoger con la lengua. Tú respirabas agitado encima de mí, aún con los dedos metidos en mi pelo.

—Joder —dijiste al fin—. Qué puto espectáculo.

Yo sonreí debajo de la venda, excitada por la suciedad de la escena, por la posibilidad de haber sido vistas, por la sensación pegajosa en la piel. Intenté levantarme para limpiarme y tocarme la cara, pero me detuviste enseguida.

—Quieta. Todavía no he terminado contigo.

Me pasó por la cara una toallita húmeda. El contraste fresco me hizo reír entre jadeos. Esa mezcla tuya de brutalidad y cuidado siempre me desarma. Me limpiaste despacio, con una delicadeza absurda después de haberme hecho tragar tu polla de rodillas junto al coche.

—Ya puedes subir otra vez.

Regresamos al coche. Seguí con la venda puesta, las piernas abiertas por pura inercia, la bala aún dentro de mí, recordándome a cada movimiento que aquello no había acabado. Arrancaste y retomamos la carretera. Yo seguía deshecha, caliente, con el cuerpo blando después de dos corridas y de haberte dejado correr en mi cara.

—¿Te gusta no saber a dónde vas? —preguntaste.

—Sí.

—¿Te gusta no poder controlar nada?

—Contigo, sí.

Me acariciaste la nuca. Luego me contaste, casi como quien comparte una travesura, que habías grabado parte de lo que pasó fuera del coche. Sentí otra oleada de excitación. Imaginarnos viéndolo después, en privado, oyendo mis gemidos y viendo mi cuerpo doblado contra el coche, me apretó de nuevo el vientre.

—Otro vídeo para la colección —dijiste.

—Me vas a volver adicta.

—Ya lo eres.

Seguimos hablando a ratos. Me preguntaste si imaginaba qué había en el maletero, cuánto tiempo pensaba que estaríamos fuera, si creía que la noche terminaría pronto. Tus preguntas no buscaban respuestas. Buscaban mantenerme encendida. Funcionó.

Cuando el coche se detuvo por segunda vez, ya era completamente de noche. Bajaste, abriste mi puerta y volviste a tomarme de la mano. Oí otra vez el maletero. Luego tus pasos acercándose y tu voz serena.

—Camina.

Avancé despacio, tanteando el suelo con cuidado. Todo estaba muy silencioso. Solo se oía agua correr cerca, un murmullo suave y constante. El aire era más fresco allí, limpio, con olor a madera húmeda. Entonces te colocaste detrás de mí y desataste la venda.

Parpadeé varias veces.

Y me quedé sin palabras.

Delante de nosotros estaba aquella cabaña acristalada que meses atrás habíamos visto por internet y guardado como un sueño lejano. Apartada de todo, junto a un riachuelo estrecho y brillante bajo la luna, rodeada de árboles y con la montaña oscura al fondo. Era incluso más bonita de lo que recordaba.

Me llevé las manos a la boca y te miré con una mezcla de emoción y calentura todavía palpitando bajo la piel.

—No puede ser.

—Sí puede.

Te abracé con fuerza, todavía con las piernas débiles. Al entrar, la cabaña parecía sacada de una fantasía hecha a medida: madera clara, luces cálidas, una cama grande frente a los ventanales, el río visible desde casi cualquier rincón y el cielo abierto sobre nosotros, lleno de estrellas.

Fui hasta la pequeña cocina y abrí la nevera. Había una botella de vino blanco enfriándose. Encima, una nota doblada con tu letra.

«¿Preparada para la segunda etapa?»

Me giré hacia ti sonriendo, pero tu expresión ya había cambiado. Había ternura, sí, pero también esa firmeza que me había mantenido obediente todo el camino. Vi entonces lo que habías sacado del maletero: una bolsa con cuerdas suaves, otra venda, lubricante, el cargador de la bala, y una cámara pequeña.

—No me digas que todo esto era solo para el trayecto.

—No. El trayecto era el calentamiento.

Se me secó la boca de golpe.

Te acercaste despacio, me quitaste la blusa y la dejaste caer junto al sofá. Luego bajaste los tirantes del sujetador hasta dejar mis tetas al aire. Tus manos las cubrieron de inmediato, amasándolas con calma, apretando los pezones ya duros entre los dedos. Gemí al sentir otra vez tu boca en mi cuello, tu aliento caliente, tu lengua recorriéndome una zona que siempre me vuelve débil.

—Quiero verte obedecer también aquí —dijiste—. Y quiero oírte pedir.

Me besaste de verdad entonces. Un beso profundo, húmedo, con hambre. Nuestras lenguas se buscaron con esa familiaridad sucia de las parejas que ya se conocen cada rincón pero todavía saben hacerse perder la cabeza. Tus manos bajaron a mi cintura, me giraste y me inclinaste sobre la mesa de madera frente al ventanal.

Desde allí podía verse el reflejo oscuro del agua bajo la luna.

Me subiste la falda y encontraste la bala todavía dentro. La sacaste despacio y un hilillo de humedad corrió por mi muslo. La miraste un segundo, empapada, y me la acercaste a los labios.

—Límpiala.

La tomé y la lamí sin apartar la vista de ti. Luego sonreí al devolvértela.

—Muy bien.

Me abriste más las piernas y metiste dos dedos dentro de mí sin aviso. Entraron fácil, resbalando en toda la humedad acumulada. Empezaste a follarme con la mano mientras con la otra me sujetabas por la nuca, obligándome a mirar mi reflejo tenue en el cristal.

—Mírate —me dijiste—. Mira cómo te abres para mí.

Metiste un tercer dedo y tuve que apoyar ambas manos sobre la mesa para sostenerme. Tus dedos entraban y salían con un ruido húmedo cada vez más claro en el silencio de la cabaña. Luego los sacaste y me los pasaste por el clítoris, apretando en círculos precisos hasta hacerme jadear de nuevo.

—Quiero tu boca otra vez, pero esta vez aquí dentro.

Me arrodillé sobre una alfombra junto a la cama. Te bajé el pantalón y la polla volvió a quedar delante de mí, dura otra vez, como si la carretera y el polvo junto al coche no hubieran sido suficientes. La chupé con más calma que antes, disfrutando del lujo de poder verte la cara mientras lo hacía. Tus labios entreabiertos, la mandíbula tensa, esa mirada fija en mí que consigue que me sienta usada y adorada al mismo tiempo.

Te masturbé mientras te lamía los huevos, mientras subía por la base, mientras te tragaba hasta donde pude. Entonces me apartaste y me empujaste suavemente sobre la cama.

—Ahora me toca.

Te colocaste entre mis piernas y me abriste del todo. Sentí tus pulgares separándome y, un segundo después, tu lengua hundiéndose entre mis labios. Gemí alto, sin contenerme ya. Lamiendo de abajo arriba, chupando el clítoris, metiendo la lengua dentro de mí y luego volviendo arriba para hacerme estremecer, me fuiste deshaciendo centímetro a centímetro.

No estabas jugando a calentarme. Estabas comiéndome con intención de hacerme correr otra vez antes de follarme. Y lo lograste. Me sujetaste los muslos abiertos mientras tu boca me trabajaba con esa paciencia cruel que solo se tiene cuando se conoce el cuerpo de la otra persona de memoria. Acabé temblando, empujando la cadera contra tu cara, gimiendo tu nombre mientras me corría en tu lengua.

Te incorporaste limpiándote la boca con el dorso de la mano y sonreíste.

—Ahora sí.

Me giraste boca abajo y me hundiste la polla de una sola vez. La cama crujió debajo de nosotros. Empezaste con un ritmo firme, regular, dejando que sintiera el grosor completo de cada entrada. Yo clavé las manos en la sábana y eché la cabeza hacia atrás, notando cómo me llenabas una y otra vez.

Luego me agarraste del pelo y me levantaste un poco la cabeza.

—Dime qué quieres.

—Que me folles más fuerte.

No tuve que repetirlo.

Me diste exactamente eso. Tus caderas empezaron a golpearme con más dureza, más seguidas, más profundas. Cada embestida me hacía subir por el colchón. Me sujetabas por la cintura, me abrías más con las piernas, me follabas sin ninguna suavidad y yo solo podía recibirte, empujar hacia atrás y gemir como una perra en celo.

—Así, joder, así —murmurabas—. Toma toda mi polla.

Me volteaste de nuevo y seguiste de frente, mirándome. Ver tu cara mientras me penetrabas cambió el aire de la escena. Ya no era solo crudeza. Era también esa intimidad animal que da saber exactamente cómo hacer enloquecer a la otra persona. Me levantaste una pierna, la apoyaste sobre tu hombro y entraste todavía más hondo. Solté un grito y me agarré a tus brazos.

—¿Te gusta mi fantasía? —preguntaste, jadeando.

—Sí.

—No te oigo.

—Sí, me encanta. Me encanta cómo me follas.

Eso te empujó al límite. Empezaste a darme embestidas rápidas, húmedas, brutales. Noté que se acercaba otro orgasmo por la forma en que el placer me tensaba el vientre y me cerraba las piernas alrededor de tu cintura. Me tocaste el clítoris con el pulgar justo a tiempo y todo explotó.

Me corrí apretándote dentro, con un gemido largo y roto. Tú aguantaste apenas unas cuantas embestidas más. Luego te saliste, te masturbaste sobre mi vientre y te corriste en chorros calientes sobre la piel, respirando con la frente apoyada en mi hombro.

Nos quedamos así un momento, sudados, desnudos, con el río sonando detrás del cristal y las estrellas abiertas sobre la cama. Después te tumbaste a mi lado y me atrajiste contra tu pecho.

Yo todavía tenía el cuerpo temblando.

—Si esta era la segunda etapa —te dije, todavía sin recuperar del todo la voz—, no quiero imaginar la tercera.

Te reíste y me besaste en la frente.

—La tercera no se imagina. Se vive.

Miré la cabaña, la noche, la botella de vino aún cerrada, la cámara sobre la mesa y la venda descansando como una promesa. Y pensé que tenías razón. Hay personas que acompañan la vida. Y hay personas que la incendian. Tú eras de las dos clases al mismo tiempo.

Apreté el muslo contra el tuyo y sonreí.

Estaba preparada para todo contigo.

Si este relato te dejó con ganas y estás en Buenos Aires, conocé escorts VIP en Puerto Madero.

Ver todos los relatos de Fantasías

Valora este relato

Comentarios(9)

CaroLectora

Tremendo... lo leí de un tirón. Gracias por compartirlo!

NochesBaires

Por favor seguí con este, quedó muy corto para lo bueno que estaba siendo

LucaViajero

Que bien narrado, se siente que lo viviste de verdad. Ese comienzo desde la puerta lo cambió todo. Sigue asi

BrunaMdp

me recordó a algo que pase con mi ex jajaja, esa sensacion de no saber que viene es unica. Muy bueno

PatriciaFan

Tengo curiosidad, es real o es ficcion? se siente muy autentico

PilarSur

increible!!!

Alejandra_mdq

Me gusto mucho ese primer momento, te atrapa enseguida y ya no podés soltar. Espero más relatos así

CrisFN

jajaja leí la primera frase y ya supe que iba a ser bueno

DelilahRR

Uno de los mejores que leí en esta categoría. Sin duda.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.