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Relatos Ardientes

Corridas silenciosas en la casa de la playa

Llevo cuatro noches en la casa de la playa de mis padres y ya siento que voy a explotar. El sol, la piel al aire, el olor a protector solar, los cuerpos morenos que pasean por el paseo marítimo. Todo me tiene en un estado de calentura que no puedo descargar en ningún sitio. Estoy rodeada de familia, de sobrinos, de mi madre asomándose por cada rincón. Las paredes de estas casas son de papel: cualquier ruido cruza al vecino de al lado. Así que ya me he hecho a la idea: estas semanas me toca correrme en silencio, sola, con la mano tapándome la boca.

Esta casa lleva más de veinte años recibiéndome. Cada verano dejo aquí un recuerdo con las piernas abiertas. Un socorrista que se llamaba Nicolás y me arrastró contra la ducha exterior una tarde de agosto. Un vecino que me miraba desde su balcón cuando me tumbaba en el solárium sin bragas debajo del vestido. Una llamada de madrugada con un amigo casado en la que me pajeé para él bajo las estrellas, con el móvil pegado a la oreja y el otro a las once en punto de la noche. Cada época distinta, cada año más descarada. He aprendido a moverme por esta casa como si fuera un territorio mío para el placer.

Ahora, además, tengo a dos hombres esperando al otro lado del teléfono. Andrés e Iván. Los dos saben que estoy sola en la habitación, con el móvil pegado a la oreja y una mano metida bajo la sábana. Los dos me lo van a poner difícil de aguantar.

***

La primera noche me desperté a las tres de la mañana empapada de sudor y de otra cosa. La ventana estaba abierta y entraba el rumor del mar. Abrí las piernas debajo de la sábana y me metí la mano derecha entre los muslos. Lo tenía ya hinchado, palpitando, sin necesidad de calentamiento. Bastó rozar el clítoris con la yema del dedo corazón para soltar un jadeo que corté a tiempo con la otra mano en la boca.

Metí el dedo dentro. Entró de una, sin resistencia. Estaba tan mojada que noté cómo el flujo me chorreaba hacia abajo, hacia el ano, y manchaba la sábana. No me importó. Empecé a masturbarme despacio, con el dedo curvado hacia arriba buscando ese punto que me deja sin aire. Con la otra mano me pellizqué el pezón, con fuerza, hasta hacerme daño. Me gusta ese dolor. Cuando lo hago con la fuerza suficiente parece que es otro el que me lo hace y me pone a mil.

Cerré los ojos y busqué en la memoria. No una fantasía, no esta noche. Repasé lo último que había vivido con Andrés. La follada de culo del hotel, con él sujetándome por la nuca y diciéndome cosas al oído que todavía se me quedan grabadas cuando me toco. La forma en que me la sacó al final, empapada, y me la metió en la boca para que se la limpiara. Repasé también la última vez con Iván, en el coche, con las lunas empañadas y su mano bajo mi falda mientras yo trataba de no gemir demasiado alto.

El calor me subió por dentro y no pude alargarlo más. Aceleré el dedo, círculos rápidos sobre el clítoris, con las caderas subiendo y bajando como si estuviera pidiendo que me la metieran. Me corrí en silencio, con los labios apretados, sintiendo cómo el orgasmo me sacudía todo el estómago. Tumbada, con la mano todavía dentro y el flujo escurriéndose por la muñeca, esperé a que el mar me devolviera a la calma.

***

El primer día de playa, sobre las once de la mañana, sonó el móvil. Andrés. Estaba sentada bajo la sombrilla, con toallas familiares alrededor y mi cuñada leyendo a un metro. Me puse los cascos y me tumbé de costado para que nadie me viera la cara.

—¿Y tú qué haces? —le pregunté, en voz baja.

—Pensando en la follada del otro día. En cómo te corriste con dos dedos en el culo y mi polla dentro del coño. No se me va de la cabeza.

Me atraganté con el flujo que se me disparó al instante. Miré alrededor. Mi cuñada leía. Mi madre dormitaba. Nadie oía. Apreté los muslos y me clavé las uñas en la palma.

—No me digas eso ahora, cabrón —susurré—. Estoy rodeada de gente.

—Mejor. Así se te queda mejor grabado. Sigue escuchándome.

Y siguió. Empezó a describirme una fantasía nueva. Dogging. Que un día, cuando volviera del viaje, me subiría al coche y me llevaría a una zona que conocía a las afueras. Que aparcaríamos en un descampado donde los tíos merodean esperando ver algo. Que me pondría de rodillas en el asiento de atrás, con el culo apoyado en la ventanilla trasera a la vista de quien quisiera mirar, mientras yo le comía la polla a él delante. Y que iría dejando entrar a uno detrás de otro para que me follaran por detrás mientras él decidía si el que se acercaba merecía o no meterse dentro de mí.

Se me disparó la respiración. Notaba el bikini pegándose a un coño que ya no era un coño, era un charco. Cerré los ojos bajo las gafas de sol y me vi allí. Un desconocido con la mano en mi cadera, empujándome desde atrás. La polla de Andrés en mi boca, hasta el fondo de la garganta. Los otros esperando su turno pegados al cristal. La saliva escurriéndose por la barbilla y cayendo entre sus muslos. La primera embestida de un tío al que ni siquiera había visto la cara, metiéndosela entera hasta que noté los huevos golpeándome, mientras Andrés me tiraba del pelo para que no dejara de chupársela.

Me tapé la cara con el brazo y aceleré la respiración.

—Me estoy corriendo —le dije bajito, temblando bajo la sombrilla—. Cabrón, me estoy corriendo aquí en la orilla, delante de todo el mundo.

—Puta —contestó él, con la voz ronca—. La tengo dura como una piedra. Termina.

Terminé. Y detrás vino la segunda. Me corrí dos veces seguidas, en menos de cinco minutos, sin ni siquiera meterme la mano en el bañador, solo con lo que él me decía al oído. Cuando abrí los ojos, mi cuñada seguía leyendo tan tranquila. El rumor de las olas se había tragado los jadeos ahogados y el temblor de mis piernas parecía el reflejo del sol en la toalla.

—Cabronazo —le dije, muerta de risa—. Que estoy en la playa con toda la familia.

—Y por eso me pones aún más. Por hacerlo escondida.

Colgamos porque tenía que atender a un cliente. Me quedé tirada en la toalla, con las bragas del bikini empapadas, sintiendo cómo el flujo se me escapaba por el borde y me manchaba el interior del muslo. Necesité meterme en el mar diez minutos para disimular.

Por la tarde, en la ducha exterior del jardín, me hice otra paja pensando en él. Rápida, con la mano izquierda apoyada en el azulejo, la derecha entre las piernas y el agua fría tapando el ruido. Me corrí en dos minutos, con la boca abierta bajo el chorro para que no se oyera nada.

***

Iván apareció por la tarde. Me escribió cuando yo estaba metida en la piscina, jugando con mi sobrina. Cuando volví al móvil vi tres mensajes seguidos: «Soy todo tuyo, cuando puedas llamas». «¿Hola?». «¿Todo bien?».

Se me subió el corazón a la boca. Iván está casado y las ventanas por las que puede hablar conmigo son estrechísimas. Se me estaba escapando. Le contesté enseguida.

«¿Puedo?».

«Sí. Estoy poniendo la compra en la cinta. Llámame».

Me metí en la habitación, cerré la puerta con pestillo, apoyé la espalda contra la madera y marqué. Cuando oí su voz decir «hola, guapa», noté cómo se me pinzaba algo en el vientre. Solo eso. Solo la voz.

—Cuánto tiempo —susurré—. No te oía.

—Ya. Y encima ahora tengo que hablarte flojito porque estoy en el súper. Pero te aviso: llevo aguantando desde hace dos días. Como me lo digas otra vez con esa voz, me corro yo aquí mismo, con la caja delante.

Me eché en la cama. Levanté el vestido, aparté las bragas y me metí dos dedos. Estaba mojada desde la mañana. Todavía tenía ganas del calentón que me había pegado Andrés en la playa.

—Descríbeme cómo me follarías cuando volviera —le pedí.

Me lo describió. Con detalle. Que me esperaría en la puerta de casa, sin abrir, mientras yo llamaba al timbre. Que me abriría y, antes de dejarme entrar, me subiría la falda contra la pared del rellano. Que me arrancaría las bragas de un tirón y me metería la lengua desde el clítoris hasta el ojal del culo, despacio, con la puerta entornada y el riesgo de que subiera cualquier vecino por la escalera. Que después, ya dentro, me tumbaría boca abajo en el sofá, me pondría un cojín debajo de las caderas y me follaría con una mano en la nuca y la otra en el hombro, embistiendo hasta que la piel del culo se me quedara colorada de los golpes.

Yo movía los dedos despacio, sintiendo cómo el coño se cerraba a su alrededor. Le contesté lo que sabía que le encantaba oír.

—Que me hagas daño —dije, con el aliento cortado—. Que me llames puta bien fuerte al oído. Que no me dejes cerrar las piernas.

—Puta —contestó él, casi sin voz—. Puta. Mía. No quiero que te folles a nadie más que a mí.

Mentí. Le dije que sí. Pero mentí, porque a Andrés me lo había follado esa mañana con la cabeza y me lo volvería a follar mañana. Me corrí callada, mordiendo la almohada, mientras Iván respiraba fuerte al otro lado y decía «me la estoy tocando yo aquí, con la mano en el bolsillo, delante de todo el mundo, no puedo más».

—Me tengo que ir —dijo, agitado—. Ya llevo dos vueltas con el carro por el súper. Voy a llegar tardísimo.

—Me encanta que hagas eso para tenerme al teléfono un rato más. Adiós, guapo.

Colgué y me quedé mirando el techo con las bragas fuera de sitio y el móvil apoyado sobre la tripa. Todavía notaba el pulso latiéndome entre las piernas.

***

Me fui a la piscina otra vez, todavía temblando por dentro. Apoyada en el bordillo, con el agua meciéndome las caderas, pensé en la suerte que tenía. Dos hombres a mil kilómetros de distancia se turnaban para hacer que me corriera al mediodía, en la orilla, y por la tarde, en una habitación cerrada con pestillo. Ninguno de los dos me estaba tocando y aun así me tenían el coño hecho un desastre desde hacía cuatro días.

Andrés me esperaba en cuanto volviera para follarme el primer día en su piso, sin cenar, sin hablar, directamente al colchón. Iván tardaría más, tendría que inventarse una excusa para escaparse de casa un martes por la tarde, pero yo sabía que la buscaría, y que cuando llegara me arrancaría la ropa contra la pared del rellano tal cual me lo había prometido. Hasta entonces, ellos y yo íbamos a seguir corriéndonos por teléfono, con el rumor de las olas tapándome los gemidos y el calor de agosto haciendo el resto.

Y esa noche, cuando toda la casa estuviera dormida, me tocaba una tercera vez. Esta vez, sin ellos. Solo yo, con la mano entre las piernas, la ventana abierta al mar y los ojos cerrados imaginando la ronda de desconocidos que Andrés me había prometido para cuando volviera. Iba a correrme otra vez, pensando en el primer tío de la fila metiéndomela hasta el fondo mientras Andrés miraba y decidía quién era el siguiente.

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Comentarios(7)

LectoraNocturna

Que relato tan bien escrito, me atrapo desde la primera linea!!!

GabriLec87

Me gusto mucho como manejaste la tension, se nota que sabes escribir. Espero el proximo.

Mateo_lector

Por favor continua, quede con ganas de mas

Pablitox2000

buenisimo!!!

SilviaPDQ

Me recordo a unas vacaciones que tuve hace años jaja, esas situaciones existen de verdad. Muy bueno el relato.

Juanchi_Cor

¿Habrá segunda parte? Porque así no se puede dejar esto jaja

Rodrigo_pdp

El ritmo esta muy bien logrado, no se hace largo en ningun momento. Sigue asi

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