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Relatos Ardientes

Aquel verano el cocinero me enseñó más que a cocinar

Llegué al pueblo de Cabo Marena con veintisiete años cumplidos, doscientos pesos en el bolsillo y una mochila que olía a colectivo. Venía de Puerto Sabino, tres días arriba de tres buses distintos, y no tenía un plan más allá de comer algo caliente y encontrar dónde dormir. Era el arranque del verano y el aire ya pesaba con sal y aceite frito.

Caminé por la calle principal, que en realidad era la única, hasta que vi el cartel escrito con marcador negro sobre un pedazo de cartón: «Se necesita ayudante de cocina. Preguntar dentro». El restaurante era chico, con dos ventanales al mar y una puerta de madera despintada. Todavía estaba cerrado. Me senté en la placita de enfrente, bajo una tipa que goteaba flores amarillas, y esperé.

Un rato después un Ford Falcon color óxido paró frente al local. Bajó un tipo bajo, macizo, con la remera pegada a la espalda por el sudor. Tendría cuarenta y ocho, cincuenta como mucho. Pelo canoso al ras, cuello ancho, brazos gruesos con vello negro. Cuando se dio vuelta me clavó unos ojos grises que parecían recién lavados. Los labios anchos y los dientes muy blancos.

—¿Y vos quién sos? —me dijo, sin gastar demasiado tono.

—Bruno. Vi el cartel. Vengo por el trabajo.

Abrió la puerta y me hizo un gesto con la barbilla para que pasara. Adentro olía a cloro y a orégano viejo.

—¿Sabés hacer algo?

—Lo básico. Cortar, pelar, freír. Aprendí con mi vieja.

—Con eso me sirve. Yo soy Ramiro. —Me tiró un trapo húmedo—. Empezá por las mesas.

Repasé cada tabla mientras él prendía las hornallas y sacaba dos ollas gigantes. Cuando terminé, me apareció con un café con leche y tres medialunas.

—Comé tranquilo. Después no vas a tener tiempo.

Me clavé el desayuno como si fuera la última comida del mundo. Él me miraba de costado, medio sonriendo, mientras picaba cebolla. Los dedos gruesos se movían rápido, sin pausa. Me di cuenta de que me estaba estudiando.

—¿No estás fugado de nada, no? Porque acá no quiero líos.

—No, Ramiro. Vine a buscar guita, nada más.

—Bueno. Al mediodía se llena. Después te llevo a una pensión que conozco.

El servicio fue una locura. Turistas mojados de la playa, chicos gritando por milanesas, una señora que devolvió el bife tres veces. Yo lavaba, cortaba, servía y volvía a lavar. Ramiro no se despeinaba: manejaba la cocina como si fuera una orquesta y las cacerolas los instrumentos. A las tres cerramos, exhaustos.

Cumplió con la pensión. Me duché, me tiré en un camastro con olor a lavanda barata y dormí como un tronco hasta las siete y media. Cuando volví al restaurante, ya de noche, Ramiro estaba bajando del auto. Lo dejaba una mujer petisa y de rulos que le dio un beso corto y se fue.

—Mi mujer. Vive metida en la casa. No pregunta y no molesta —me dijo mientras abría el candado.

La noche fue todavía peor que el mediodía. Cuando por fin apagamos la última luz de comedor y nos quedamos solos con el ruido del hielo derritiéndose, yo estaba empapado de la nuca a los tobillos. Me apoyé contra la barra de la caja, me saqué el delantal y estiré la espalda. El short flojo que Ramiro me había pedido que trajera para trabajar «cómodo» se me pegó al culo cuando arqueé la cintura.

Ramiro pasó por atrás. La primera vez sentí un roce de cadera, apenas. Pensé que era el pasillo angosto. La segunda vez ya no fue casualidad: me plantó la palma abierta sobre la nalga derecha y apretó.

Me quedé duro. No me di vuelta.

—Quedate quieto, pendejo —murmuró, la voz áspera, muy cerca de la oreja—. Se te nota desde que entraste que sos de los míos.

De un tirón me bajó el short hasta las rodillas. El aire caliente de la cocina me pegó en el culo desnudo. Sentí su mano recorrerme las nalgas, separarlas, y un dedo grueso, húmedo de saliva, apoyarse en el ojete.

—¿Te lo doy?

—Dámelo —susurré.

Me metió el dedo entero de un empujón. Me mordí el labio para no gritar. El tipo tenía manos de albañil y sabía exactamente cuánto empujar. Me trabajó el culo con calma, girando el dedo, abriéndome, mientras con la otra mano me giraba la cabeza y me chupaba el cuello. Después metió el segundo.

—Agarrámela —me ordenó.

Le llevé la mano al bulto del pantalón. Ramiro tenía una verga durísima, gorda, que le levantaba la tela de la bragueta. Le bajé el cierre y la saqué. Era una polla morocha, con el prepucio ya corrido, la cabeza brillante. Se la empecé a pajear despacio mientras él me abría con dos dedos, después con tres. Cada vez que empujaba yo soltaba el aire de golpe.

—Callate, mariposón —me repitió, casi riéndose—. Que si te escuchan gemir así, mañana entran a comer todos con la pija dura.

Me apretaba la polla contra el culo desde afuera. Empezó a mover las caderas contra mi mano, gruñendo bajo. La verga le latía entera, gruesa, caliente. Sentí que el nudo le empezaba en la base y a los pocos segundos me largó todo en la mano y en el mostrador. Un chorro espeso, después otro, después otro más. Me clavó los dientes en el hombro para no aullar.

—Puta madre —dijo, respirando fuerte—. Hacía como diez años que no acababa parado.

Un bocinazo largo sonó en la calle.

—Mi señora. Subite el short, rápido.

Se guardó la verga todavía dura, se lavó la mano en la pileta y salió por adelante. Yo me quedé apoyado en la barra dos minutos largos, con la leche todavía en la palma, tratando de entender qué carajo había pasado. Me lavé, me arreglé el short y salí a la calle. Ramiro ya estaba subiendo al auto, sin mirarme.

Esa noche, en la pensión, me hice dos pajas seguidas pensando en sus dedos.

***

Al día siguiente no dijo una palabra. Ni una mirada rara, ni un chiste, ni un roce. Cocinamos, atendimos, cerramos. Pensé que había sido nada más que un desahogo y que ahí quedaba. Estaba equivocado.

Cuando la última pareja pagó y se fue, Ramiro trabó las dos puertas y bajó las persianas. Volvió del depósito con una mirada distinta.

—Vení, Bruno.

Lo seguí hasta la trastienda, un cuarto sin ventanas con estantes de latas hasta el techo. Sobre las baldosas había tendido dos colchonetas de gomaespuma, de esas que usaban los pescadores para dormir la siesta. Encima, una botella de aceite de oliva ya destapada.

Ramiro se estaba desnudando. Se sacó la camisa, se bajó el pantalón, se sacó la remera de abajo. Quedó de pie, con la verga parada apuntándome al pecho. Se la agarró y se echó un chorro de aceite en la mano.

—Vení a comer, muchacho. Es toda tuya.

Me arrodillé en la colchoneta y le pasé la lengua desde la base hasta la punta. Ramiro soltó un gruñido gutural, de animal grande. Le lamí las bolas peludas, cada arruga, cada centímetro. La verga le brillaba de aceite y de saliva. Cuando me la metí en la boca, me apoyó las dos manos en la nuca y me la empujó hasta el fondo. Me arqueé, tragué saliva, respiré por la nariz y volví a bajar.

—Así, así, mi pendejo. Comé despacio, no tenemos apuro.

Le chupé la pija hasta que se le puso violeta la punta. Le pajeaba con una mano mientras la otra le apretaba los huevos. Ramiro me tironeaba del pelo, me sacaba, me hacía escupir sobre el glande, me la volvía a meter. Le encantaba hacerme llorar los ojos.

Me paró de un tirón, me giró la cara y me besó. Fue un beso largo, con lengua, con saliva colgando entre las bocas cuando nos separamos. Me arrancó la remera, me bajó el short, me tiró boca abajo sobre la colchoneta.

—Ponete en cuatro.

Levanté el culo. Me escupió encima, se echó más aceite en la verga y me la apoyó en el ojete.

—Te la voy a meter entera de una. Aguantá.

Empujó. Me clavé los dientes en el antebrazo para no aullar. La cabeza me entró con un ardor que se me subió hasta la garganta, y después el resto se fue metiendo despacio, centímetro a centímetro, hasta que sentí sus huevos calientes contra los míos.

—Toda adentro. Toda para vos.

Se quedó quieto un segundo, respirando en mi nuca, y después empezó a moverse. Al principio despacio, sacando la verga casi entera y volviéndola a meter con calma. Después más rápido. Me agarró de la cintura con las dos manos y empezó a cogerme como si me estuviera partiendo. La colchoneta chirriaba, mi pija golpeaba contra mi panza, el sudor le caía de la frente y me mojaba la espalda.

—Cogeme, Ramiro, cogeme fuerte —le pedía yo, jadeando—. Rompeme el culo, dale.

—¿Así te gusta, guacho?

—Así, papá, así, no pares.

Me dio una palmada en la nalga que me dejó la mano marcada. Después otra. Me agarró del pelo y me tiró la cabeza para atrás, arqueándome. Me la clavaba hasta el fondo cada vez, sacaba y volvía a meter, sacaba y volvía a meter, mientras me gruñía cosas contra la oreja.

—Sos una puta. Una puta hermosa. Mirá cómo te chupa el culo mi verga. Mirá cómo la querés.

Me giró y me acostó boca arriba, me levantó las piernas al hombro y volvió a entrar. Ahora podía ver la cara: los ojos grises entrecerrados, el pelo canoso pegado a la frente, los labios húmedos. Le agarré la cara y le metí la lengua en la boca mientras él seguía embistiendo.

Me la sacudía yo mismo, rápido, sin mirar. Sentí el nudo subir. Me corrí sobre la panza en cuatro o cinco chorros, apretando el culo alrededor de su verga. Ramiro largó un gruñido largo, se clavó bien adentro y descargó. Sentí los latidos de la pija dentro de mí, uno tras otro, mientras me llenaba de leche caliente. Cuando quiso salir, la leche se le derramó por los costados y me chorreó hasta la colchoneta.

Se dejó caer a mi lado, empapado. Me pasó la mano por el pecho.

—Tengo una cabaña a media hora de acá, a la orilla del mar. Mi mujer se fue a lo de la hermana por diez días. ¿Te venís?

No lo pensé.

—Me voy.

***

Ramiro me cogió esa noche en la cabaña, con la ventana abierta y el ruido del mar tapando los gritos. Me cogió en la arena al amanecer, cuando la playa todavía estaba vacía. Me cogió parado contra el fregadero mientras me hacía cebar mate. Me cogió tirado en la hamaca del patio, con el aceite de oliva escurriéndome por las piernas. Y de vuelta esa noche, después del restaurante, otra vez, y otra.

Diez días duró la cosa. Después volvió la esposa y volví yo a la pensión. Seguimos trabajando juntos hasta el final del verano, con algún encuentro en el depósito de vez en cuando, siempre después de cerrar, siempre con las persianas bajas.

Cuando me subí al bus para volverme a Puerto Sabino, con el bolsillo por fin lleno, Ramiro me esperó en la terminal con un paquete de sándwiches y una sonrisa de costado.

—Volvé el año que viene, pendejo. La cocina te está esperando.

Nunca volví. Pero de todo lo que aprendí aquel verano en Cabo Marena —cortar cebolla en juliana, sacar espinas al pescado, timbear el punto de las milanesas—, lo que mejor se me grabó fue lo que Ramiro me enseñó fuera de la cocina. Y hasta hoy, cuando siento olor a orégano viejo, se me pone dura.

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Comentarios(1)

CristianCBA

increible, se me fue volando. de los mejores que lei aca

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