El vapor del mercado me reventó el culo esa tarde
Me llamo Rubén y soy de Monterrey. Desde los veintiuno tengo bien claro que me gustan tanto las mujeres como los hombres, aunque un montón de pendejos todavía crea que eso no existe. Ahora tengo veintiséis, le meto duro al gimnasio seis días a la semana, tengo el pecho tatuado y los brazos marcados. Cuando me ven en la calle nadie se imagina que, cuando me pongo caliente de verdad, lo único que quiero es una verga gorda partiéndome el culo.
Ese viernes salí más temprano del trabajo. Soy entrenador personal en un gym del centro y el dueño me avisó que cerraba a las doce por una reunión con proveedores. Yo llevaba toda la semana con las ganas trepándome por la espalda, sin haber podido cogerme a nadie desde el domingo. En cuanto pisé la banqueta, ya sabía a dónde iba.
Un compañero del gym me había hablado del Vapor del Mercado, un lugar en pleno centro, a un par de cuadras de la central de abastos. Yo ya conocía otros dos vapores de la ciudad, pero este todavía no. Y ese día andaba tan caliente que pensé: mínimo dos vergas me tienen que reventar el culo antes de la cena.
Llegué con la adrenalina al cien. Me quedé un momento en la esquina, mirando la puerta anodina de metal, con el estómago hecho un nudo por los nervios de estrenar lugar nuevo. Pero las ganas de que me abrieran a golpes le ganaron a la timidez y entré casi corriendo.
Apenas cruzando el umbral bajaban unas escaleras estrechas hacia el sótano. Bajar te da una sensación buena, como si dejaras la calle atrás y entraras a un mundo aparte donde nadie te ve. En la caja pagué mis doscientos pesos. Al güey de la ventanilla le valía madres quién entraba: ni me miró la cara. Me pasó unas chanclas desechables, una toalla, un pareo blanco para amarrarme a la cintura y la llave del locker.
Mientras me quitaba la ropa y guardaba las cosas, revisé el ambiente. Había un mostrador antes de las regaderas, con un chavo doblando toallas, delgado y afeminado, metido en lo suyo. Ojalá no esté lleno de jotitas, pensé. No es que tenga nada contra ellos, pero yo busco machos, machos cabrones, prietos, panzones, con la verga dura y la boca sucia.
Ya desnudo me amarré el pareo, me puse las chanclas y caminé al área de regaderas. De un lado había cinco cabinas abiertas, sin puertas, con divisiones bajas. Del otro extremo, un jacuzzi grande. En el borde estaba sentado un señor de unos sesenta, panzón sin exagerar, prietote, pelón, sin vello facial pero con el pecho lleno de pelos ya canosos. Cara de amargado. Justo mi tipo de cabrón.
Me metí a una regadera que quedaba a la vista del jacuzzi. Me quité el pareo y me puse a enjabonarme despacio, dejando que el agua tibia me corriera por los hombros tatuados hasta las nalgas. Volteaba de reojo. El señor me miraba fijo, sin mover un músculo de la cara, como si estuviera evaluando una pieza de carne. Ni sonrisa ni gesto, nada. Se me endurecieron los pezones nomás de sentir esos ojos encima.
Me pasé el jabón entre las nalgas con lentitud, arqueando un poco la espalda, dándole vista limpia. El pinche señor seguía impávido. Me puse nervioso y decidí meterme al vapor oscuro para calmarme.
Empujé la puerta de vidrio y entré. Adentro estaba prácticamente a oscuras, con la única luz filtrándose por el cristal de la puerta. Me senté en el banco de mosaico, ancho como una cama corrida, y respiré hondo. El aire hervía. La humedad me pegó de golpe en los pulmones. Estuve unos diez minutos ahí, con el corazón todavía acelerado, pensando que me había tocado un mal día.
Entonces se abrió la puerta.
El señor del jacuzzi entró, cerró detrás de él y se quedó parado esperando a que sus ojos se acostumbraran. Yo no respiraba. Cuando por fin me vio al fondo, caminó directo, sin apuro, como si el vapor fuera su casa. Le sonreí. Él, sin cambiar la cara de amargado, se paró frente a mí y de un tirón se quitó el pareo, aventándolo a un lado.
Ahí vi mi premio. Una verga prietona, gorda, venuda, ya casi al cien de dura. Le calculé unos dieciocho centímetros. Una mata de pelos grises en la base y unos huevotes de toro colgando. Se la agarró por el tronco, se corrió el prepucio hacia atrás y liberó una cabezota morada, brillante, apuntándola directo a mi boca.
—Chúpamela, cabrón —me ordenó, con la voz ronca.
Me le pegué como becerro hambriento. Primero le lamí la cabeza con la lengua plana, saboreando el gusto salado del sudor. Después me la fui metiendo despacio, tragándola hasta donde me daba, ahogándome un par de veces cuando la punta me tocaba la garganta. Él me tomó del pelo con las dos manos y empezó a dirigirme el ritmo, cogiéndome la cara sin piedad.
Yo lo miraba desde abajo con los ojos llorosos, buscando su cara. El cabrón seguía impasible, respirando fuerte por la nariz, viéndome como si fuera un juguete. Subió una pierna al banco, a mi lado, y me embistió más hondo, haciéndome tragar todo su tronco de una. Se me llenó la boca de baba y de gusto.
Después de varios minutos así, me jaló para atrás y me sacó la verga de un tirón.
—Párate, párate. Me vas a sacar los mecos antes de tiempo —gruñó, con esa voz plana que no revelaba nada.
Yo tenía la mandíbula floja y los labios hinchados. No dejé de mirarle la vergota babeada, tiesa contra su panza. Él me dijo:
—¿O ya me los quieres sacar?
Le sonreí. Me recosté sobre el banco de mosaico, alcé las piernas y me acomodé el culo justo en el borde. Me agarré los muslos por detrás de las rodillas y las abrí lo más que pude, dejándole el ano expuesto, ya palpitando, ansioso.
—Sí, papi, pero me los vas a sacar con el culo —le dije, mordiéndome el labio.
Por primera vez la cara del señor cambió una pizca. Se le movió una comisura de la boca.
—Hijo de tu puta madre —murmuró, mirándome el hoyo—. Mira nomás ese pinche culito. Te voy a dejar escurriendo, cabrón.
Acomodó la cabeza morada en mi entrada. Yo empujé desde adentro para abrirme lo más que pudiera, y él, sin ceremonia, se dejó ir de una embestida larga y firme. Sentí cómo su tronco caliente me estiraba el ano y se me deslizaba hacia adentro sin frenar, hasta que me la enterró toda. Solté un grito ronco, mezclado con gemido, y le puse la mano en la panza por reflejo, como si quisiera detenerlo.
Ya me la tenía ensartada hasta la mata de pelos grises. Se quedó un par de segundos quieto, dejando que me acostumbrara al tamaño. Me clavó los ojos en los ojos y dijo:
—Ya valiste madre, pendejo. No la voy a sacar hasta que te llene de leche.
Y empezó a metérmela con ritmo constante, sacándola casi entera y volviéndomela a enterrar hasta el fondo. Al cuarto o quinto embiste ya había abierto mucho los ojos y le grité:
—¡A su puta madre, no mames!
Me venían oleadas de placer bien cabronas cada vez que me tocaba el fondo con la punta. Nunca una verga me había convertido tan rápido el culo en pura miel. No iba rápido, pero se aseguraba de que cada metida fuera hasta la última costura.
—Eso, papá, dámela hasta el fondo —le gemí, con la voz de puta que le sale a uno cuando ya está bien picado.
Me complació con una embestida más fuerte que las anteriores, que me arrancó otro grito. Y siguió, jadeando cada vez más ronco, con la cara todavía seria, mirándome como si estuviera haciendo un trabajo. Yo, en cambio, ya no podía disimular. Ponía cara de perra en celo, gemía como puta barata y le apretaba el ano con cada embestida para que sintiera que le estaba ordeñando la verga.
Estuvimos así unos minutos largos hasta que me hundió la verga hasta más adentro de lo que había llegado y se puso a gruñir bajito, entre jadeos, mientras sentía cómo su vergota me palpitaba adentro. Chorro por chorro, me fue vaciando toda la leche caliente en el fondo del culo. Yo apretaba el ano rítmicamente para exprimirlo, para no dejarle una gota.
Cuando terminó, me la sacó despacio. Se quedó un momento parado frente a mí, con la respiración agitada, admirando el desastre que había dejado. Sin decir palabra, agarró el pareo, se lo amarró y salió del vapor.
Yo me quedé con las piernas todavía en alto, el culo suelto, escurriendo. No pasó ni un minuto cuando la puerta se abrió otra vez.
Entró otro señor. Este de unos cuarenta y tantos, bajito, delgado, moreno, con un par de tatuajes viejos en el pecho y bigote espeso. Se acercó sonriéndome.
—¿Qué pedo, morro? ¿Ya te cogió el otro güey?
Le dije que sí sin cambiar la postura. Se relamió el bigote.
—¿Me dejas ver cómo te dejó el culito? Eso me gusta.
Me abrí las piernas para él y le enseñé el ano recién cogido, todavía enrojecido, brillante de leche. Se acercó, me lo acarició con el pulgar y de repente me lo metió sin avisar.
—¿Te duele? —preguntó con burla, moviéndolo adentro.
—No —le dije, apretando alrededor del pulgar.
—Cómo te va a doler si te lo dejó bien flojito el cabrón.
Antes de que yo dijera algo más, me sacó el dedo, se levantó el pareo, se agarró la verga —más corta que la del anterior pero gorda, con la cabezota encapuchada— y me la enterró de golpe hasta el fondo. Solté un gemido fuerte que rebotó en las paredes del vapor. Se sentía distinto. Menos larga, pero más ancha. Me estiraba de otra manera.
—A este culo le falta más verga, ¿o no, morrito? —dijo, mientras empezaba a moverse rápido, sin darme tregua.
Yo solo gemía. Él se soltó a hablarme sucio.
—Ahí andas mostrando el culo a cualquiera. Eres bien zorrita, ¿verdad? ¿Quieres más lechita?
—Ay, sí, papi —le respondí entre gemidos—. Quiero más lechita rica, ay.
Se prendió más. Me tomó de las caderas y aceleró. El vapor le hacía sudar a chorros; le veía las gotas cayéndole del bigote sobre mi pecho.
—Ah, cómo me gustan las zorritas —jadeaba—. Me encanta usar zorritas como tú.
—Cógeme como tu zorra, papi, ay —le contesté, apretándole la verga con el ano.
Estuvimos trenzados varios minutos. Me daba embestidas cortas y rápidas, todas hasta el fondo, con el pubis chocándome fuerte contra las nalgas. En un momento se hundió hasta el tronco y se quedó ahí, quieto.
—Toma, zorra, toma toda mi leche —gruñó, palpitando adentro de mí.
Sentí los chorros calientes, uno tras otro, sumándose a los del primero. Yo le apretaba el culo para ordeñarlo bien. Cuando terminó, se me quedó pegado un rato más, jadeando. Al sacarla, me dio un par de palmaditas en el muslo.
—Qué hermosa zorrita eres. Gracias, morro.
—Gracias por la leche, papi.
Se salió. Yo me quedé un momento tumbado, agarrando aire. El calor del vapor y la doble cogida me tenían al borde del desmayo. Me arrastré fuera y me metí bajo un chorro de agua fría en las regaderas.
***
Ya recuperado, me metí al otro cuarto de vapor, el iluminado. Ahí adentro había un güey de treinta y tantos recibiendo una mamada de un chavo delgado. El que recibía estaba bueno: panzoncillo, moreno claro, pecho peludo, la verga gordita, morada, unos dieciséis centímetros. Me quedé viéndolos un rato, pero como no me pelaron, mejor volví al vapor oscuro.
No había nadie. Me senté, subí los pies al banco y empecé a jugarme el culo con dos dedos, imaginando otra verga. Estuve así unos minutos hasta que se abrió la puerta. Bajé las piernas rápido, sacándome los dedos.
Era el treintañero del otro cuarto. Se sentó al lado mío, sonriendo.
—¿Qué onda, mijo? ¿Todo bien?
—Todo bien, jefe.
—Fíjate el pinche joto que me estaba mamando —soltó, medio molesto—. Ahí andaba diciendo que quería verga y no sé qué, y ya que se la iba a meter, salió con que no le gustaba coger. Puta madre. Lo mandé a la chingada.
Me reí bajito. Él siguió:
—¿Y tú a qué vienes? Te vi jugándote el culito, ¿o no?
—Pues un poquito, jajaja.
Se paró y se quitó el pareo. Verga gruesa, curveada hacia arriba, ya dura.
—A ver, ponte en cuatro. Traigo un chingo de ganas.
Yo ya andaba como perra en celo. Me tomó dos segundos ponerme en el piso de mosaico caliente, con los codos apoyados y el culo bien parado. Él se acomodó atrás, se escupió en la mano, se lubricó la verga, escupió otra vez directo a mi ano y me la clavó de una hasta el fondo.
—¡Ay, cabrón, ya tienes el culo bien cogido! —dijo entre dientes—. Te entró como si nada.
Empezó a metérmela rápido, con embestidas duras que me sacudían todo el cuerpo. Yo apoyé la cara contra el mosaico frío y me solté a gemir sin control.
—¿Cuántos te cogieron ya? —me preguntó, dándome una nalgada seca.
—Van dos, papi —jadeé.
—¡Ah, cabrón, eres una puta! Una pinche puta traga vergas.
—Pero tú tienes la mejor verga, papi —le mentí, gimiendo—. Ay, dámela duro.
Se la creyó. Aceleró el ritmo, agarrándome de la cintura con las dos manos para clavarme la verga hasta el fondo con cada empuje. Le paré la colita, curveando la espalda como gato, y me dejé llevar. Sentía el culo en el cielo. Los brazos me temblaban.
—¡Dame leche, papito! —le grité, ya sin importarme si me oían afuera—. ¡Dame toda tu lechita!
—¡Ahí te va, puta! ¡Ahí te va toda!
Se pegó hasta el fondo y me descargó todo adentro. Sentí las palpitaciones fuertes de su verga, chorro tras chorro, sumándose a la leche que ya cargaba de los otros dos. Yo apretaba el ano rítmicamente, ordeñándolo. Cuando terminó, me abrió las nalgas con las manos y contempló su obra.
—Pinche culito tragón, no mames. —Me dio una nalgada más y salió.
Yo me quedé unos segundos en cuatro, con las piernas temblando, jadeando contra el piso. Cuando me levanté, sentí la leche escurriéndome por la parte interna de los muslos.
Salí a las regaderas a refrescarme. Estaba parado bajo el chorro frío, con los ojos cerrados, cuando sentí unas manos agarrándome de la cintura por detrás. Volteé. Era el bigotón, el segundo, otra vez con la verga parada.
—Ando bien caliente, putita. Quiero sacar la leche otra vez.
Yo, sin dudar, cerré la regadera, apoyé el pecho y la cara contra los mosaicos y le alcé el culo. Me penetró de golpe, ahí a la vista de quien pasara, y me embistió con hambre, dándome nalgadas fuertes que resonaban en el pasillo mojado.
—Ay, pinche zorra, ya estás toda cogida, qué rico.
Me cansé de estar doblado de pie y me puse en cuatro sobre el mosaico frío, fuera de la regadera, en pleno pasillo. Bajé la cabeza hasta apoyarla en los brazos, dejando solo el culo parado, ofrecido. Él, desesperado, no perdió ni un segundo y me la volvió a enterrar hasta el fondo.
—Ay, qué buena zorrita eres —jadeaba, dándome duro.
Estuvo varios minutos así hasta que se pegó y me descargó por segunda vez, con menos volumen que la primera pero con las mismas ganas. Me tuvo bien ensartado hasta que se le fue la última gota. Cuando terminó, se rió y me dijo, mirando por encima de su hombro:
—Ira, pues también métesela, güey.
Volteé y vi al treintañero acercándose desde la regadera de al lado, con la verga ya dura otra vez. Se me acomodó atrás. Sentí su verga curveada abrirse paso por mi ano ya bien flojo y lubricado. Se me dio con hambre. Yo apoyé la cabeza en los brazos y me dediqué a gozar, cerrando los ojos.
Después de unos minutos, se hundió una última vez y me descargó adentro. Tres corridas en el culo en menos de dos horas. Se levantó, se acomodó el pareo y me dio una palmada en la nalga como despedida.
Me quedé un momento tirado en el mosaico, con la sonrisa de idiota que se te queda cuando ya no puedes más. Después me arrastré a la regadera, me lavé todo lo que me escurría, me vestí y salí a la calle. Todavía sentía cada centímetro que había recibido esa tarde.
Caminé las tres cuadras hasta la parada del camión con las piernas flojas y una sonrisa que no me la quitaba nadie. Al Vapor del Mercado, definitivamente, iba a volver.
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