Mi primera vez gay en un hotel con su amigo
Todo empezó por una conversación que llevaba demasiado tiempo rondándome la cabeza. Durante meses había fantaseado con estar con otro hombre, no como un juego dicho a media voz ni como una idea para excitarme a solas, sino como una posibilidad real. Se lo confesé a Mara, una amiga de confianza con la que siempre hablaba sin filtros, y ella no se sorprendió en absoluto.
—Si de verdad quieres hacerlo, yo te ayudo —me dijo aquella noche por teléfono—. Pero bien, con alguien que te haga sentir cómodo y no con cualquier imbécil.
Su seguridad me dio la valentía que a mí me faltaba. Yo no buscaba una aventura atropellada ni una historia turbia; quería descubrir qué se sentía al besar a un hombre, chupar una polla por primera vez, abrirme para alguien con ganas de enseñarme sin prisas. Quería vivirlo de verdad.
Pasaron varias semanas hasta que coincidimos en la misma ciudad por temas de trabajo. Yo reservé una habitación en un hotel del centro y le escribí para avisarle. Ella ya tenía todo hablado con un amigo suyo, un tipo que, según me dijo, era discreto, atractivo y paciente.
—Te va a gustar —me prometió—. Y si no te gusta, no pasa nada. Pero me juego lo que quieras a que sales del hotel temblando.
Llegué esa tarde con una mezcla rara de nervios y calentura. Bajé antes de la hora a la cafetería del hotel, pedí una copa de vino y me senté cerca de la entrada para verlos llegar. Cada vez que se abría la puerta me latía más fuerte el pecho.
Cuando por fin aparecieron, supe enseguida quién era él. Venía junto a Mara, tranquilo, con una sonrisa fácil y una presencia limpia, segura. No era exageradamente musculoso ni tenía pose de depredador; justamente por eso me relajó. Llevaba una camisa oscura, olía bien y me miró como si ya supiera que yo estaba muerto de ganas y aun así quisiera darme tiempo.
—Tú debes de ser Iván —dijo, estrechándome la mano.
—Y tú Leo —respondí.
—Encantado.
Nos sentamos los tres y la primera ronda fue casi inocente. Hablamos de trabajo, de viajes, de tonterías para romper el hielo. Mara llevaba la conversación con esa habilidad suya para hacer parecer natural lo que en realidad estaba cargado de tensión. Yo notaba a Leo observándome sin invadirme, dejándome espacio para respirar.
A mitad de la segunda cerveza, cuando Mara fue al baño y él se quedó conmigo, me miró por encima del vaso.
—Si en algún momento te incomodas, me lo dices y punto —murmuró.
—No estoy incómodo —admití—. Estoy nervioso.
Él sonrió.
—Eso sí se te nota.
—¿Es muy evidente?
—Un poco. Pero también se te nota que tienes ganas.
Sentí calor en la cara al escucharlo decirlo con esa naturalidad. No sonaba burlón ni presumido; sonaba excitado. Y eso me desarmó todavía más.
Cuando Mara regresó, nos encontró mirándonos de una forma que ya no dejaba demasiadas dudas. Terminamos las cervezas y ella dejó su vaso sobre la mesa con una media sonrisa.
—Bueno, chicos, creo que mi trabajo aquí ya está hecho.
—No jodas —dije, riéndome por puro nervio.
—Claro que sí. Para eso organicé la cita. Ahora os toca a vosotros decidir si hay tercera ronda o no.
Se levantó, me besó en la mejilla y le guiñó un ojo a Leo.
—Cuídamelo. Y no me contéis mentiras luego, que os conozco.
La vimos salir de la cafetería y, cuando se perdió tras la puerta giratoria, se hizo un silencio corto, espeso. Fui yo quien lo rompió.
—Bueno… ¿te apetece esa tercera ronda?
—Sí —dijo sin rodeos—. Pero prefiero tomarla arriba.
Asentí y me puse de pie.
Caminamos hasta el ascensor sin hablarnos mucho. No hacía falta. Bastaba con el roce accidental de nuestros brazos y con la tensión contenida en la mandíbula. Entramos solos, pulsé el número de mi planta y, en cuanto se cerraron las puertas, Leo me tomó de la mano.
—Tenía ganas de verte sin testigos —susurró.
Antes de que pudiera contestar, me besó.
Fue un beso breve porque el ascensor subía rápido, pero me sacudió entero. Su boca era firme, caliente, directa. No hubo duda ni tanteo: me abrió los labios con la lengua y me hizo responderle al instante. Cuando las puertas se abrieron, nos separamos con la respiración más pesada y salimos al pasillo como si todavía controláramos la situación.
En cuanto entramos en la habitación y cerré con pestillo, ese control se fue a la mierda. Leo me agarró por la cintura, me llevó contra la pared y volvió a besarme con mucha más hambre. Esta vez le respondí metiéndole las manos por la espalda, pegándomelo al cuerpo, sintiendo ya el bulto duro bajo su pantalón apretado contra mi muslo.
—Joder —se le escapó entre beso y beso—. Llevas toda la tarde poniéndome duro.
Me reí, nervioso y excitado a la vez.
—Tú tampoco ayudas.
Su mano bajó hasta mi culo y me lo apretó sin delicadeza, arrancándome un gemido. Notar esa seguridad me encendió aún más. Yo nunca había estado así con un hombre y, sin embargo, mi cuerpo estaba respondiendo como si llevara años deseándolo.
Nos soltamos apenas unos segundos para mirarnos. Había deseo claro, sin disimulo, y también una pregunta silenciosa. La contesté yo.
—Quiero seguir.
—Bien —dijo él—. Pero vamos a hacerlo como te apetezca a ti.
Le pedí un minuto para pasar por el baño. Necesitaba comprobar que estaba listo, respirar y asumir que aquello iba en serio. Me duché rápido, me limpié una vez más y me preparé con el cuidado obsesivo que había tenido desde que subí a la habitación. Cuando salí con solo el calzoncillo puesto, lo encontré tumbado sobre la cama, también en ropa interior, acariciándose por encima de la tela mientras me observaba entrar.
—Ahora sí pareces todavía más nervioso —dijo.
—Y más caliente.
—Eso también.
Me acerqué a la cama y me recosté a su lado. Él me rodeó con un brazo, me atrajo hacia su cuerpo y me besó otra vez, ahora más despacio, como si quisiera que memorizara la sensación. Su mano me acariciaba el pecho, bajaba por mi abdomen y se detenía en la cintura, mientras yo recorría la suya por debajo del elástico de su ropa interior.
Noté su polla dura antes de verla del todo. Grande, caliente, tensa bajo la tela. La apreté por encima del calzoncillo y él soltó aire por la nariz.
—¿Quieres verla? —preguntó.
—Sí.
Le bajé el elástico con lentitud, saboreando la escena, y su polla saltó libre frente a mí. No me dio tiempo a pensar mucho; me incliné y la besé en la punta por puro impulso. Sentí un estremecimiento en sus piernas.
—Hostia… —murmuró—. Así me gusta.
Seguí bajando con la boca por el tronco, lamiéndolo despacio, probando su sabor. Luego me arrodillé junto a la cama y empecé a chupársela de verdad. Al principio fui torpe, más pendiente de hacerlo bien que de disfrutar, pero él me ayudó sin prisas, acariciándome el pelo, guiándome apenas con la mano.
—Relaja la garganta —me dijo con voz baja—. Eso es… así.
Tomé más de su polla entre los labios, la cubrí de saliva, pasé la lengua por la parte inferior y oí su gemido, ronco y sincero. Ese sonido me desató. Empecé a mover la cabeza con más decisión, alternando chupadas profundas con lamidas lentas en la punta y en los huevos. Su mano se cerró con más fuerza en mi nuca, no para obligarme, sino para sostenerme mientras yo lo tragaba cada vez un poco más.
—Joder, qué boca —dijo—. Para ser tu primera vez, no te cortas nada.
Lo miré desde abajo sin sacármela del todo y seguí chupando. Notar cómo se endurecía más dentro de mi boca me puso la polla tiesa. Me la palpé por encima del calzoncillo y él se fijó.
—Enséñamela.
Me bajó la prenda y dejó mi polla al aire. La acarició un par de veces, solo lo justo para hacerme jadear, mientras yo seguía mamándosela. Aquella mezcla me volvió loco: mi boca llena de su polla y su mano pajeándome a ritmo suave.
—Mírate —dijo—. Tienes cara de puta hambrienta.
La frase, en vez de cortarme, me encendió más. Apreté los muslos, le chupé con más ganas y me atreví a llevármela hasta donde pude, tragando saliva para relajarme. Eso le arrancó un gemido más fuerte.
Su mano bajó entonces a mi culo. Metió los dedos por la cintura del calzoncillo, palpó y encontró lo que yo ya había preparado. Se rió por lo bajo.
—Así que venías listo de verdad.
—No quería echarme atrás.
—Ni yo dejarte con las ganas.
Me hizo incorporarme y me quitó el calzoncillo por completo. Al descubrir que ya estaba dilatado, me dio una palmada seca en una nalga.
—Muy bien. Me gusta un hombre que sabe a lo que viene.
Volví a su polla y esta vez él sí marcó el ritmo con más claridad. Me sostuvo de la nuca y me hizo chuparle más rápido, entrando y saliendo de mi boca con empujes medidos. Sentí alguna arcada, pero lejos de molestarme me excitó notar lo llena que la tenía. La saliva me corría por la barbilla y él la recogió con el pulgar antes de metérmelo en la boca.
—Traga —ordenó.
Lo obedecí sin pensar.
La escena se volvió más intensa. Mis labios resbalaban por su polla empapada, mis manos le amasaban los muslos y los huevos, y él ya respiraba entrecortado. Noté el temblor previo en su cuerpo.
—Me voy a correr si sigues así.
Levanté la vista.
—Córrete.
No necesitó que se lo repitiera. Me sujetó del pelo con firmeza, me mantuvo la polla bien metida y empezó a correrse dentro de mi boca con espasmos cortos y calientes. Tragué toda su corrida sin apartarme, sintiendo cómo me llenaba la lengua y la garganta. Seguí chupándosela mientras se vaciaba, hasta que su respiración fue aflojando y me apartó con una sonrisa de puro alivio.
—Qué buena mamada, joder.
Subí a la cama y nos besamos. Podía saborearlo todavía en mi boca y eso me excitó de una forma casi obscena. Él me acarició la cara, me miró con complicidad y me dio un beso más tranquilo.
—¿Cómo estás?
—Con ganas de más.
—Eso quería oír.
Nos tomamos unas cervezas del minibar entre caricias y besos, casi riéndonos de la absurda idea de la «tercera ronda». El alcohol ya era lo de menos; la verdadera continuación estaba en nuestras manos. Leo me besó el cuello, bajó la mano otra vez hacia mi culo y empezó a mover el plug con suavidad.
—Ponte a cuatro patas para mí.
Obedecí sin dudar. Me coloqué en la cama y sentí la vulnerabilidad desnuda de ofrecerle el culo a otro hombre por primera vez. Lejos de asustarme, me calentó. Él me apartó las nalgas y soltó un silbido bajo.
—Así, muy bien. Relájate.
Me quitó el plug despacio y el contraste del aire me hizo estremecer. Acto seguido escupió sobre mi entrada y empezó a meter un dedo, luego dos, abriéndome con paciencia. Yo gemía contra la sábana, agarrado a ella, mientras su otra mano me acariciaba los testículos y me daba palmadas suaves en el culo.
Después su boca sustituyó a los dedos. La primera pasada de su lengua por mi culo me hizo arquear la espalda. No me esperaba que un beso negro pudiera desarmarme así. Me comió el culo con ganas, separándome bien, lamiendo en círculos, entrando con la punta de la lengua y volviendo a sacarla mientras yo temblaba.
—Joder… —se me escapó—. Sigue.
—Te gusta mucho, ¿eh?
—Sí… sí, me encanta.
Su respuesta fue meterme otra vez dos dedos, ya bien lubricados, y follarme con ellos mientras seguía lamiéndome. La mezcla de humedad, presión y vergüenza excitada me tenía fuera de mí. Mi polla colgaba dura debajo del cuerpo, sin que nadie la tocara, y aun así estaba a punto de explotar.
Me dio la vuelta para dejarme al borde de la cama con la cabeza cerca de su cintura. Su polla ya volvía a estar tiesa. La tomé en la boca otra vez, ahora con más soltura, mientras detrás de mí sus dedos seguían preparándome. Era una posición indecente y perfecta: yo mamándosela y él abriéndome el culo al mismo tiempo, llevándome de un placer a otro sin dejarme descansar.
—Creo que ya estás listo —dijo al cabo de un rato—. Pero quiero oírtelo decir.
Solté su polla con un hilo de saliva uniendo la punta con mis labios.
—Fóllame.
—Más claro.
Lo miré, ardiendo de vergüenza y deseo.
—Fóllame de una vez. Quiero que me metas la polla.
Él sonrió con una satisfacción que me estremeció. Cogió un preservativo, se lo puso sin prisa y echó lubricante tanto sobre el condón como sobre mi culo. Luego me hizo tumbarme boca arriba y me sujetó una pierna, abriéndome.
—Respira y no te tensas. Voy a entrar despacio.
Noté la punta presionando y mi cuerpo reaccionó con un nudo de anticipación. Cuando empezó a metérmela, centímetro a centímetro, me aferré a sus antebrazos. Había presión, ardor, una sensación llena de volumen que nunca había experimentado. Él se detuvo varias veces para dejar que mi culo lo aceptara.
—Eso es… muy bien —murmuró—. Lo estás haciendo de puta madre.
Cuando por fin la tuvo entera dentro, soltó un gemido más grave y apoyó la frente en la mía. Yo jadeaba, con la sensación brutal de estar completamente ocupado, lleno hasta el fondo.
—Joder —dije—. La tengo toda dentro.
—Toda —confirmó—. Y te queda de maravilla.
Empezó a sacarla y meterla despacio, con embestidas largas y cuidadas. Cada una me abría un poco más y convertía la molestia inicial en un placer más claro, más profundo. Mis gemidos dejaron de sonar tensos y se volvieron abiertos. Le pasé una mano por la nuca y tiré de él para besarlo mientras me follaba.
Poco a poco aumentó el ritmo. Ya no entraba con cautela, sino con hambre contenida. El chasquido de sus caderas contra mis muslos empezó a repetirse con fuerza, y yo levanté más las piernas para darle mejor acceso.
—Así me gusta —dijo—. Ábrete bien para mí.
Sentía cada embestida recorriéndome entero. Mi polla rebotaba contra el abdomen, dura y abandonada, y aun sin tocarla yo estaba al borde. Él se dio cuenta.
—Te voy a correr solo follándote el culo, ¿verdad?
—Sí… joder, sí.
Me puso de lado, luego boca abajo, y finalmente me llevó otra vez a cuatro patas al borde de la cama. Desde ahí cambió por completo. La primera embestida desde atrás fue más profunda, más sucia, más animal. Solté un grito ahogado y él me agarró de la cadera para marcar el ritmo sin contemplaciones.
—Ahora sí —dijo entre dientes—. Ahora te voy a dar como estabas pidiendo.
Y me dio. Me folló con empujes firmes, cada vez más rápidos, mientras me sujetaba por la cintura y me abría el culo con el ángulo perfecto para entrar hasta el fondo. A ratos me soltaba una nalga para azotarme y el escozor del golpe se mezclaba con el placer de la siguiente embestida. Yo solo podía gemir, decir su nombre y echar el culo hacia atrás para recibirlo mejor.
—Más —le pedí—. No pares.
—Mira qué vicioso saliste.
Me agarró del pelo, tiró de mi cabeza hacia atrás y me folló todavía más fuerte. El sonido húmedo del lubricante, nuestros jadeos y el golpe de la cama contra la pared llenaban la habitación. Me sentía completamente entregado y, al mismo tiempo, poderosamente excitado por haber cruzado por fin ese límite que llevaba tanto tiempo imaginando.
Una mano suya bajó hasta mi polla y empezó a pajearme al ritmo de sus embestidas. No duré mucho con esa combinación. Tenía el culo abierto alrededor de su polla, su pecho pegado a mi espalda y su mano exprimiéndome. Cada movimiento me lanzaba más cerca del borde.
—Me voy a correr —avisé con la voz rota.
—Espérame.
Lo intenté, pero ya estaba temblando. Él también. Sus caderas se volvieron más violentas, más urgentes. Me dio dos, tres, cuatro empujones profundos que me dejaron sin aire.
—Córrete —me ordenó al oído—. Córrete mientras te follo.
Eso bastó. Me corrí con un gemido largo, manchando la sábana mientras su mano me apretaba la polla y su verga seguía entrando y saliendo de mi culo. Sentir el orgasmo así, siendo penetrado, me descolocó por completo. Todo mi cuerpo se sacudió y mi culo se cerró alrededor de él con espasmos.
—Joder, aprietas muchísimo —gruñó.
Unas cuantas embestidas más y él también alcanzó el límite. Se quedó clavado hasta el fondo, apretándome contra su cuerpo, y se corrió dentro del preservativo con un gemido ronco, largo, descargando mientras yo seguía temblando debajo de él.
Nos quedamos así unos segundos, respirando como animales cansados. Luego salió despacio y yo me dejé caer sobre la cama con las piernas flojas, aún sintiendo el eco de cada embestida en el culo.
Leo se quitó el condón, lo anudó y fue al baño. Cuando volvió, me encontró boca arriba, desnudo, sudado y con una sonrisa idiota.
—Creo que Mara tenía razón —dije.
—¿Sobre qué?
—Sobre que iba a salir temblando.
Se echó a reír y se tumbó a mi lado. Me besó sin prisa, acariciándome el pecho, y luego apoyó la mano sobre mi vientre.
—¿Te arrepientes de algo?
Negué con la cabeza.
—De no haberlo hecho antes, quizá.
Nos quedamos un rato más entre besos suaves y caricias perezosas, sin necesidad de fingir romanticismos raros ni de restarle crudeza a lo que acababa de pasar. Me había chupado, me había comido el culo y me había follado como yo quería. Justo eso. Y yo había disfrutado cada segundo.
***
Cuando él terminó de ducharse y empezó a vestirse, yo seguía tumbado en la cama, sintiendo el cansancio agradable en los muslos y en el culo. Lo observé abrocharse la camisa con la calma de alguien que sabe que ha dejado huella.
Antes de irse, se acercó a la cama, me besó otra vez y me rozó la mandíbula con los dedos.
—Si quieres repetir, no hace falta que tu amiga vuelva a hacer de intermediaria.
—¿Eso es una invitación?
—Es una certeza.
Lo vi salir por la puerta y me quedé solo en la habitación con una mezcla extraña de paz, calentura y orgullo. Cogí el móvil enseguida y le escribí a Mara.
—Tenías razón. Ha sido brutal.
Su respuesta llegó casi instantánea.
—Sabía que ibas a disfrutar, zorra.
Me reí solo. Después dejé el teléfono a un lado, cerré los ojos y repasé cada momento: el beso en el ascensor, su polla llenándome la boca, su lengua en mi culo, el instante exacto en que me abrió por primera vez y luego la forma en que me folló hasta hacerme correrme sin apenas tocarme.
Volví a ponerme duro solo de recordarlo. Me acaricié despacio, todavía sensible, recreando en la cabeza aquella tarde entera, y no tardé en correrme otra vez sobre mi vientre. Mientras recuperaba el aliento, supe que ya no se trataba de curiosidad. Lo había probado, sí, pero sobre todo lo había disfrutado.
Y esa fue la parte más clara de toda la experiencia: no me hizo falta ninguna etiqueta nueva ni ninguna explicación complicada. Solo me hizo falta aceptar lo evidente. Me había gustado chuparle la polla. Me había gustado que me hablara sucio. Me había gustado abrirme para él y sentirlo follándome sin prisa primero y sin compasión después.
Mi primera vez con un hombre no fue una duda resuelta. Fue una puerta abierta. Y cuando apagué la luz del cuarto aquella noche, lo único que tenía claro era que no iba a ser la última.