Mi suegro y su novio me invitaron a un trío
Me llamo Iker y crecí en Valencia. Nunca fui de los que necesitan una etiqueta encima: durante años salí solo con chicas, hasta que a los veintipocos me di cuenta de que también me gustaban los hombres. Sobre todo un tipo concreto de hombre: los maduros, esos que ya saben lo que quieren y no pierden el tiempo. Me pone el morbo de lo prohibido, la seguridad, las canas, la voz de alguien que ha follado mucho. Vivo de eso.
Conocí a Camila por un grupo de amigos que se iba abriendo cada semana. Había llegado hacía poco de Bogotá para estudiar, tenía veinticuatro años, ojos verdes y una manera de mirar de reojo que se me quedaba grabada. Al principio apenas hablaba. Yo me acerqué, la hice reír, la acompañé un par de veces a casa. En un mes ya salíamos.
Camila era tranquila, dulce, y llevaba las cosas con calma. No teníamos prisa por meternos en la cama, y a mí me parecía bien. Yo, mientras tanto, tenía la cabeza en otra parte, aunque todavía no me lo confesaba.
Una noche, después de un par de cañas, me contó la historia de su familia. Sus padres se habían separado años atrás, cuando su padre reunió a las tres en la mesa y les dijo que era gay. Su hermana y ella se habían venido con él a Valencia, junto a Andrés, la pareja de su padre desde hacía casi una década. Camila lo contaba sin drama, con una sonrisa suave. Estaba orgullosa de su padre.
—Los vas a conocer pronto —me dijo—. Te van a caer bien.
Yo asentí, y por dentro se me disparó una película que no debería haber empezado.
Porque la verdad es que llevaba semanas fantaseando con el suegro que aún no conocía. Camila me había enseñado alguna foto: un hombre alto, moreno, con una barba corta muy cuidada y ese aire de tío que se cuida. Andrés, según ella, era más ancho, más callado, arquitecto. En mi cabeza los dos ya me tenían contra una pared. Me hacía pajas pensándolo.
Conocí a Rafael, mi suegro, un mes después. Nos abrió él la puerta, en camisa blanca por fuera del pantalón, descalzo. Me tendió la mano, me miró a los ojos y me sostuvo la mirada un segundo de más. Andrés apareció detrás con un delantal, saludándome con dos besos que se me quedaron pegados en la mejilla. Cenamos los cuatro. Yo hablaba con Camila, pero el radar lo tenía en ellos: en cómo se pasaban las cosas por debajo de la mesa, en cómo Rafael me llenaba la copa cada vez que se acababa, en cómo Andrés se reía con una boca que daba ganas de morder.
Al final Camila se cayó de sueño en el sofá y yo me quedé un rato más con ellos, tomando gintonics junto a la chimenea. La conversación fue derivando: relaciones, aperturas, curiosidades. Yo, al tercer gin, solté con toda la naturalidad del mundo que era bisexual, que había estado con tíos alguna vez y que me había gustado. Rafael me sonrió con calma.
—Se te nota que sabes lo que quieres —dijo.
Andrés me miró y no dijo nada. Se quedaron los dos mirándome, con las copas a medio camino de la boca. Yo respiré hondo, sonreí y cambié de tema. Todavía había una raya que nadie iba a cruzar esa noche.
Pero la raya ya estaba pintada.
***
Tres semanas después llegó el sábado. Camila se había ido con su hermana a un pueblo de la costa a pasar el fin de semana. Yo estaba solo en casa, tirado en el sofá, con la segunda copa de whisky ya empezada y una calentura que me subía por dentro. El alcohol siempre me pone caliente, y esa noche no tenía a nadie en quien descargar.
Cogí el móvil y les escribí al grupo pequeño que teníamos los tres. Un «hola, ¿qué tal la noche?» inocente. Contestó Andrés al momento. Estaban en casa, con la chimenea encendida, tomando algo. Y añadió, entre risa y risa: «Estamos aburridos, mirando Grindr a ver si encontramos con quién jugar».
Se me heló la mano en el móvil. Solté una risa nerviosa contra la pantalla y contesté rápido, antes de pensarlo:
—Pues ya me podríais invitar a mí, que estoy solo bebiendo.
Pasaron unos segundos que se me hicieron eternos. Después vibró.
—Dice Rafael que te vengas.
Me vestí en tres minutos. Cogí el coche y conduje despacio, con el corazón golpeándome las costillas. Era esa ansiedad rara de justo antes de acostarse con alguien nuevo, cuando el cuerpo ya sabe lo que va a hacer y la cabeza todavía intenta convencerse de que no. Aparqué en la puerta y subí en el ascensor mirándome al espejo. Estaba empalmado antes de llamar al timbre.
Me abrió Andrés en pantalón corto de pijama y camiseta blanca. Me miró de arriba abajo sin disimular.
—Pasa, guapo —me dijo, y me dio un beso en la comisura que me dejó los labios cosquilleando.
Rafael estaba en el salón, en el sillón de siempre, con una copa en la mano y esa sonrisa tranquila de tío que sabe. Me senté frente a la chimenea, sobre un puf, y Andrés me sirvió un gin. Hablamos cinco minutos de lo que en realidad no importaba. Todos sabíamos a qué había ido. Cada palabra era una excusa para retrasar el momento en el que alguien tuviera que dar el primer paso.
Fue Andrés. Se quejó del calor, se levantó y se quitó el pantalón sin más. Se quedó en calzoncillo blanco, apretado, con la polla marcándose ya dura por encima de la tela. Volvió al sofá como si nada, con la copa en la mano.
Yo miré a Rafael. Rafael me miró a mí. Y me dejé caer del puf al suelo.
Me arrastré de rodillas hasta Andrés y le puse la mano en la entrepierna, encima del calzoncillo. Su polla saltó bajo la tela. Levanté la vista con una sonrisa.
—¿Y esto? —dije.
—Sácala tú si quieres —me contestó, ronco.
Le bajé el calzoncillo hasta los muslos y le saqué una polla gorda, con el prepucio recogido y la punta ya brillando. Antes de metérmela en la boca me giré hacia Rafael.
—¿Puedo? —le pregunté.
Rafael se acercó, se agachó a mi lado y me besó con lengua, despacio, apretándome la nuca con la mano. Fue un beso de tío que lleva mucho besando. Cuando me soltó, yo tenía la lengua caliente y las manos temblándome. Volví a Andrés y me tragué su polla entera, hasta que se me clavó en la garganta y tosí. Me la saqué, respiré y me la volví a meter.
Se la chupé despacio, jugándomela con la lengua. Le lamí toda la superficie, los huevos, se los ensalivé bien, se los metí en la boca uno por uno. Andrés apoyaba la cabeza en el respaldo del sofá y respiraba como si le doliera. Rafael, a mi lado, se estaba desabrochando los pantalones.
Se los bajó él mismo y me sacó una polla más larga y más fina que la de Andrés, muy recta, muy dura. La tenía a la altura de la cara. La agarré con la otra mano y empecé a alternar: dos chupadas a Andrés, tres a Rafael, un lametón en los huevos de uno, una pasada por el glande del otro. Me estaba corriendo por dentro sin tocarme.
Los junté. Los puse a los dos de pie delante de mí y les metí las dos pollas en la boca a la vez. Cabían justas. Pasaba de una a otra, se las juntaba, las lamía por los lados, les besaba las puntas. Nunca había tenido dos pollas al mismo tiempo y me sentía como si me hubieran regalado algo que llevaba años pidiendo sin decirlo.
Rafael me levantó del suelo tirándome de las axilas.
—A la alfombra —dijo.
Nos desnudamos los tres delante de la chimenea. La alfombra era gorda y el fuego calentaba de un lado. Rafael se tumbó boca arriba y yo me puse encima, en sesenta y nueve, para chupársela mientras él me comía la polla. Andrés se puso a un lado, arrodillado, y me abría el culo con las manos para meterme la lengua. Cerré los ojos y solté un gemido contra la polla de Rafael. Tener una boca en el culo y otra en la polla al mismo tiempo me estaba volviendo loco.
Andrés me escupió en el agujero y empezó a jugar con el dedo. Yo tenía poca experiencia por detrás, y se lo dije con la boca llena. Rafael se rió por debajo de mí.
—Tranquilo, guapo. Vamos despacio.
Andrés me metió un dedo hasta el fondo, muy lento. Después dos. Me abría con paciencia, escupiendo, entrando y saliendo. Yo seguía mamando a Rafael como podía, sin poder concentrarme, dándole babas y jadeos contra los huevos. Cuando pensó que estaba listo, se colocó detrás de mí, se puso condón y me apoyó la punta de la polla. Empujó y me quemó. Paró. Volvió a empujar y me dolió más. Le dije que no, que así no.
—Vale, cariño, sin problema —dijo, y se apartó.
Cambiamos de postura. Rafael se sentó en el borde del sofá con la polla apuntando al techo y yo me arrodillé entre sus piernas para seguir chupándosela. Andrés se puso detrás de mí, esta vez tumbado, y me comió el culo hasta dejármelo hecho una piscina. Con la lengua metida hasta la raíz y las manos en mi cintura, empecé a mover el culo contra su cara como si me lo estuviera follando.
Rafael me agarró del pelo y me marcó el ritmo en la boca. Le noté los muslos tensarse. Me apretó la nuca hacia abajo.
—Voy —me avisó, ronco.
No me la saqué de la boca. Se corrió con la polla dentro y sentí el primer chorro golpearme el paladar. Me la saqué a tiempo para el segundo, que me cayó en la mejilla, y para el tercero, que me embadurnó los labios. Le limpié hasta la última gota con la lengua, chupando la polla mientras seguía escupiendo. Se dejó caer contra el respaldo, agotado, con la mano todavía en mi pelo. Me acarició la mejilla, embadurnándome con su propia leche, y sonrió.
—Yo me voy a la cama —dijo al rato, medio en broma medio en serio—. Vosotros seguid, que estáis empezando.
Me besó en la boca, sin asco por su propia corrida, y se marchó al pasillo desnudo, con la polla todavía a medio bajar. Nos quedamos Andrés y yo en el salón. Yo, con la cara pringada y todavía duro. Él, mirándome como si fuera la cena.
—Ven —me dijo—. A la habitación de al lado.
***
Fuimos al dormitorio de invitados. Me tumbé boca arriba en el centro de la cama y le pedí que probáramos así, que de esa forma yo aguantaba mejor. Andrés se puso otro condón, me levantó las piernas y me puso los tobillos sobre sus hombros. Me escupió otra vez encima, se untó la polla y empujó despacio.
Esta vez entró. Al principio me tensé, pero él paró, esperó y siguió entrando de a poco. Cuando lo tuve entero dentro, respiré profundo y me relajé. Me miró a los ojos y me sonrió.
—Ya está, cariño. Ahora dime tú.
Empezó a moverse suave. Yo lo agarré del cuello y lo tumbé sobre mí. Me gustó sentir su cuerpo grande y ancho encima, aplastándome contra el colchón. Me follaba despacio, con embestidas largas, besándome la boca y el cuello, mordiéndome la oreja. Le noté el sudor en la espalda cuando le pasé las manos por encima. Se movía como alguien que sabe follar sin prisa.
Al rato me pidió que me pusiera encima.
—Cabálgame, guapo. Quiero verte.
Me monté sobre él. Bajé despacio, sintiendo cómo su polla se abría paso otra vez, y cuando lo tuve todo dentro me puse las manos en su pecho para apoyarme. Empecé a subir y bajar. Al principio despacio, después más rápido, dejándome caer entero. Andrés me agarraba las caderas y guiaba el ritmo. Me miraba desde abajo con la boca abierta.
Yo tenía la polla dura contra mi propio estómago, moviéndose sola con cada bote. Nunca había disfrutado tanto por detrás. Cada bajada me tocaba un sitio dentro que no sabía que tenía. Empecé a gemir sin poder controlarlo, a soltar guarradas que ni yo mismo entendía. Y en un momento, sin haberme tocado la polla ni una vez, se me disparó un chorro de leche que le cayó a Andrés desde el pecho hasta el cuello.
Me corrí solo con su polla dentro, cabalgándole. Fue la corrida más larga y más fuerte de mi vida. Sentí el orgasmo bajar desde las cervicales hasta las plantas de los pies, y me quedé sin aire encima de él, apretándole el pecho con las dos manos.
Antes de que se me pasara el temblor, Andrés me tumbó de espaldas otra vez, se sacó la polla con el condón puesto, se lo quitó de un tirón y se acabó de correr a mano encima de mí. Le apunté a la cara con los ojos: quería tragármela. Abrí la boca, saqué la lengua, y él se corrió apuntando entre mis labios. Me cayó toda dentro. Nunca antes había sido capaz de tragarme una corrida entera, pero esta noche no dejé escapar nada. Le escurrí hasta la última gota con la punta de la lengua y me la pasé por la garganta.
Se dejó caer a mi lado, jadeando. Me pasó el brazo por encima. Yo miraba el techo, con la corrida del suegro todavía seca en la cara y la del novio todavía dentro por el sabor, y pensé que había cruzado una raya que no iba a saber cómo desandar.
Y pensé, sin decirlo en voz alta, que estaba deseando repetir.
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