Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Volví al cine gay y ya no pude parar

Volví una semana después, y durante todos esos días no pensé en otra cosa. Desde aquella primera vez en ese cine de ambiente, cuando un desconocido me abrió el culo y me dejó con una mezcla de vergüenza, dolor y un morbo insoportable, algo dentro de mí se había soltado. Soy un hombre casado, con una vida ordenada de puertas para afuera, pero desde aquella tarde empecé a mirar mi propio deseo sin hacerme más trampas.

El miércoles llegué al final de la tarde. Esperé a que anocheciera un poco, como si la penumbra fuera a tapar mejor lo que iba a buscar allí. El cine estaba en una calle discreta, medio olvidada, con un letrero viejo y una taquilla donde nadie hacía preguntas. Entré con la garganta seca y el pulso acelerado.

Dentro olía a desinfectante, tela húmeda y ambientador barato. El vestíbulo parecía detenido en otra época, con carteles gastados y una moqueta que había conocido demasiadas suelas. Crucé las cortinas pesadas de la entrada y me recibió la oscuridad de la sala, rota solo por los fogonazos azulados de la pantalla y el sonido obsceno de una película porno a todo volumen.

Me quedé quieto unos segundos para acostumbrar los ojos. Apenas distinguía las filas, los pasillos y algunas siluetas repartidas por la sala, pero enseguida sentí una presencia demasiado cerca. Una mano me palpó una nalga sin pedir permiso, apretándome con descaro por encima del pantalón.

Me aparté con un sobresalto y le retiré la mano. Todavía no había entrado del todo en calor para dejarme manosear así por el primero que pasara. Sin decir nada avancé por el pasillo derecho y me senté en una butaca cerca del borde, donde podía ver sin sentirme encerrado.

Desde allí la pantalla era lo de menos. Lo de verdad ocurría entre las butacas, en los huecos, junto a las columnas, en los rincones oscuros donde los hombres se acercaban, se tocaban y se usaban con una naturalidad que a mí me seguía descolocando y excitando a la vez. Oía jadeos reales mezclados con los gemidos de la película, el roce de cremalleras, susurros roncos y algún «sigue» dicho entre dientes.

En un lateral distinguí a un hombre de pie, medio oculto, mientras otro se la mamaba inclinado delante de él. La cabeza subía y bajaba con ritmo, y cada vez que la luz de la pantalla les daba de lleno se veía el brillo húmedo de la polla entrando y saliendo de aquella boca. Más cerca, en un hueco entre filas, otro tipo tenía a uno doblado sobre un respaldo y le estaba dando por el culo con embestidas secas y rápidas. Dos mirones se masturbaban a pocos pasos, con la verga fuera y la respiración alterada.

Me quedé mirando demasiado tiempo. Noté cómo se me ponía dura dentro del pantalón hasta volverse incómoda. El hombre que estaba follando soltó un gemido más grave, frenó de golpe y se quedó pegado al otro, claramente corriéndose dentro o sobre él. Después se separaron, se acomodaron la ropa y salieron de la sala como si nada.

Yo había vuelto por esto.

Cuando el espectáculo terminó, me levanté. Ya no quería limitarme a mirar. Caminé por el pasillo central con cuidado, fingiendo buscar un sitio mejor, hasta que la luz de la pantalla me dejó ver a un hombre sentado unas filas más abajo. Tenía la polla fuera del pantalón y se la estaba sobando despacio, sin ninguna prisa, con la tranquilidad de quien sabe perfectamente para qué ha ido allí.

Me detuve a mirarlo y él levantó la cara. Debía rondar los treinta largos, de piel clara, bien afeitado, camisa abierta en el cuello y una expresión relajada, casi burlona. Me hizo una seña con la mano para que me acercara.

No lo dudé. Entré en la fila y me senté a su lado.

—Hola —me dijo en voz baja—. ¿Te gusta lo que ves?

—Sí —contesté, notando el calor subir a mi cara—. Mucho.

Él sonrió y se acarició la polla con dos dedos, despacio, dejándomela mirar.

—Entonces tócala. No muerde.

Le puse la mano encima con más delicadeza de la que esperaba de mí mismo. Estaba muy dura, caliente, bien lisa por la humedad que él mismo se había sacado. En cuanto la agarré, la mía se tensó tanto dentro del pantalón que tuve que abrirme el botón para aliviar la presión.

Él dejó que la moviera a mi gusto. Empecé con un sube y baja suave, sintiendo cómo el capullo se deslizaba por mi palma y cómo la carne se iba poniendo todavía más firme. Me mojé los dedos con saliva y seguí masturbándolo con más seguridad, apretando lo justo. El hombre apoyó una mano en mi hombro y me acarició la nuca, animándome sin hablar demasiado.

—Así —susurró—. Muy bien. Se nota que te gusta.

Yo ya respiraba más fuerte. Saqué mi polla y la dejé libre dentro de la sombra de la butaca, tensa, caliente y palpitando sola mientras seguía ocupándome de la suya. No me toqué al principio. Quería concentrarme en esa sensación nueva de tener a un desconocido en la mano, de provocar su placer con mis dedos en un cine lleno de hombres haciendo lo mismo a unos metros.

Noté entonces una presión suave en la nuca. No era brusca, pero el mensaje estaba claro. Quería que bajara.

Me incliné hacia él despacio. Antes de ir a la polla, le abrí un poco más la camisa y le lamí un pezón por encima de la piel caliente. Reaccionó enseguida, arqueando el pecho y soltando un gemido corto. Le pasé la lengua al otro, mordisqueándolo apenas, y su mano volvió a mi cabeza, esta vez con más decisión.

Bajé hasta su entrepierna. El olor era limpio, masculino, excitante de una forma muy simple. Le di una pasada con la lengua por la punta, solo para probarlo, y sentí cómo se estremecía. Entonces cerré los labios alrededor del capullo y empecé a chupárselo despacio mientras seguía pajeándolo por abajo.

Su polla me llenaba bien la boca. La saqué y la metí otra vez, más hondo, usando la lengua en cada subida. Llevé la saliva hasta la base, repasando el tronco con lentitud, y después bajé a lamerle los huevos, uno por uno, húmedos y tensos, mientras él abría las piernas para darme mejor acceso. El ruido de la película seguía de fondo, pero a esa distancia ya solo oía su respiración y el leve chasquido húmedo de mi boca trabajando.

—Joder... —murmuró—. Qué bien la chupas.

Eso me puso todavía más guarro. Volví al capullo y aceleré un poco, sacando y metiendo la punta, chupando con más fuerza, alternando la boca con la mano para no perder el ritmo. Mientras lo hacía, dejé que mis dedos se deslizaran por debajo de sus huevos, buscando la línea blanda entre ellos y el culo. Lo toqué por encima del pantalón al principio, masajeando con cuidado.

Él abrió más las piernas.

Ese gesto me animó. Seguí mamándosela y le apreté el culo por la tela, justo donde intuía el agujero. La combinación lo desordenó. Empezó a moverse en la butaca, a empujar la cadera hacia mi boca y a jadear sin ocultarse ya demasiado. Entonces me agarró de la cabeza con firmeza.

—Me corro —avisó.

Saqué la polla de mi boca justo a tiempo. Se corrió con varios chorros espesos que cayeron al suelo y a la parte baja de su camisa. Se quedó temblando, con la cabeza echada hacia atrás y la boca entreabierta, mientras yo seguía sujetándole la base y viendo cómo le latía la verga entre espasmos.

Cuando terminó, soltó el aire como si se vaciara de verdad. Sacó unos pañuelos del bolsillo, me dio uno y se limpió sin drama. Yo me quité el semen de los dedos, todavía con la mía durísima, abandonada y suplicando atención.

—Gracias —dijo él con media sonrisa, acomodándose la ropa.

Y se fue, dejándome caliente, empalmado y con una frustración deliciosa.

Me quedé sentado unos segundos, todavía recuperando el aliento, cuando vi a una silueta conocida de pie en el pasillo. Era el hombre que me había estrenado el culo la semana anterior. No hacía falta mucha luz para reconocer su postura tranquila, segura, como si la sala fuera su territorio natural.

Le hice una seña. Me vio, sonrió y me indicó con la mano que fuera hacia él.

Me guardé la polla como pude y caminé hasta donde estaba. Nada más llegar me recibió con un beso rápido en la boca y una palmada en la espalda.

—Así que has vuelto —me dijo riéndose por lo bajo—. Y ya te veo entretenido. Qué deprisa te soltaste.

—Tenías razón —le confesé—. Me moría de ganas de repetir.

Me llevó hasta la primera fila, al costado, donde la oscuridad era más densa y el paso de gente molestaba menos. Desde allí apenas nos alcanzaba el reflejo de la pantalla. Se apoyó en el respaldo de una butaca y me miró con descaro.

—Te vi mamándosela al otro —dijo—. No sabía que ibas a aprender tan rápido.

—Era la primera vez que le chupaba la polla a un hombre —admití, todavía con la excitación a flor de piel—. Y me gustó demasiado.

—Se nota.

Le bajé la mano al paquete por pura inercia, buscando su verga por encima del pantalón. Estaba floja. Él me detuvo la muñeca con una sonrisa cansada.

—Hoy no. Ya me vaciaron antes y necesito un respiro. Pero te voy a dejar un regalo.

—¿Qué regalo?

—Espérame quieto.

Se alejó entre las filas y yo me quedé allí, con la respiración cargada de anticipación. Miré la pantalla sin ver nada, escuché unos gemidos más atrás y sentí otra vez esa mezcla de pudor y hambre que me había llevado hasta ese lugar. Pasaron apenas unos minutos cuando lo vi volver acompañado.

A su lado venía una mujer trans de aspecto impecable, claramente adulta, segura de sí misma, con el pelo bien arreglado, maquillaje discreto y una blusa ajustada que marcaba un pecho generoso. Caminaba con calma, como si supiera exactamente el efecto que causaba. Mi acompañante me la presentó con naturalidad y ella se sentó a mi lado, pegando su muslo al mío.

—Relájate —me dijo al oído—. Vamos a hacer que disfrutes.

Su mano fue directa a mi entrepierna y apretó mi polla por encima del pantalón con experiencia. Yo solté el aire de golpe. Al otro lado, mi conocido sonreía como quien observa un experimento que sabe que va a salir bien.

—Mírale esas tetas —me dijo—. No seas tímido. Tócalas.

Obedecí sin pensarlo. Ella misma me ayudó a apartar la tela lo justo para que pudiera meter la boca. No llevaba sostén. Sus pechos eran grandes, firmes, pesados en la mano, y los pezones se le endurecieron en cuanto empecé a lamerlos. Los chupé con ganas, alternando uno y otro, mientras ella me acariciaba el bulto ya durísimo.

—Así, cariño —susurró—. Sigue.

Me abrió el pantalón y sacó mi polla con una habilidad que me hizo estremecer. La acarició entera, desde la base hasta el capullo, retirando la piel despacio y extendiendo con el pulgar la humedad que ya me salía. Después se llevó ese dedo a la boca y lo chupó mirándome a los ojos.

—Qué rica la tienes.

Se inclinó entre mis piernas y me la metió en la boca de golpe, sin titubeos. La sensación me atravesó el cuerpo entero. Sabía usar la lengua, la presión y el ritmo de una forma insultantemente efectiva. Me la chupaba hasta la base y volvía arriba despacio, apretando justo en el capullo, mientras una mano me amasaba los huevos y la otra me sujetaba la cadera para marcarme el compás.

Yo me agarré al respaldo de delante y eché la cabeza hacia atrás. No me había sentido tan invadido de placer en mucho tiempo. Me miré el vientre subiendo y bajando, mi polla entrando y saliendo de aquella boca experta, y casi no podía creer que aquello me estuviera pasando en la primera fila de un cine, con una porno sonando de fondo y hombres desconocidos follando a unos metros.

Ella no tenía ninguna prisa. Me lamió por debajo, me chupó los huevos, volvió al tronco y alternó tragadas profundas con mamadas cortas y rápidas en la punta. Cada vez que yo tensaba las piernas, aflojaba el ritmo solo para volver a llevarme al borde otra vez.

—No te corras todavía —me ordenó, apartándose un segundo para hablar—. Quiero sentirte dentro.

Esas palabras me terminaron de desarmar. Miré a mi acompañante, que seguía observando con una sonrisa tranquila, disfrutando del espectáculo. Ella rebuscó en su bolso, sacó un preservativo y me lo puso con manos rápidas, sin dejar de acariciarme.

Luego se incorporó, me besó en la boca y pude notar en su lengua el sabor mezclado de mi propia polla y su saliva. Ese beso me excitó casi tanto como la mamada. Se giró en la butaca, se colocó de rodillas sobre el asiento y levantó la cadera para ofrecerse.

La postura me dejó el culo a la altura exacta. Se subió la ropa lo suficiente y pude verle las nalgas abiertas, el agujero preparado y brillante, ya relajado, invitándome sin rodeos. Se volvió apenas para mirarme por encima del hombro.

—Fóllame fuerte —dijo—. No te cortes.

No me lo repitió dos veces. Me acomodé detrás, sujeté mi polla enfundada y la apoyé en su entrada. Empujé. Entró con facilidad, caliente y apretada al mismo tiempo, tragándose la punta primero y luego el resto a medida que yo avanzaba. Ella soltó un gemido ronco, largo, de esos que salen de la barriga.

—Sí... así. Toda.

Cuando la tuve dentro hasta el fondo, me quedé un segundo quieto solo para sentirla. El culo me ceñía la polla con una presión deliciosa, húmeda y firme, y cada pequeña contracción me arrancaba electricidad de la base a la nuca. Entonces empecé a moverme.

Al principio marqué un ritmo corto, tanteando, saliendo media verga y entrando otra vez, escuchando sus reacciones. Ella empujó la cadera hacia atrás, pidiéndome más. Le agarré las nalgas con las dos manos y empecé a embestirla de verdad, más fuerte, con un golpe seco que hacía crujir la butaca.

Los gemidos de la película se mezclaron con los suyos. Cada vez que le clavaba la polla hasta el fondo, abría la boca y soltaba un jadeo sucio que me encendía todavía más. Yo ya no estaba pensando en nada. Solo en el culo que se abría para mí, en la sensación de mi pelvis golpeando su carne, en el morbo brutal de estar follándomela allí delante de cualquiera que mirara hacia la primera fila.

—Joder, qué bien me coges —le dije entre dientes.

—No pares —respondió—. Dame más. Más fuerte.

Le obedecí. Saqué casi toda la polla y se la volví a meter de una embestida larga, hasta hacerla arquear la espalda. Repetí el movimiento una y otra vez, encontrando un ritmo rápido que nos dejó a los dos jadeando. Ella se agarraba al respaldo de delante y movía el culo hacia mí, recibiéndome con hambre, mientras yo la sujetaba por las caderas y se la metía sin delicadeza.

Noté que se corría o que al menos estaba cerca por cómo empezó a temblarle el cuerpo. Me pidió más con una voz rota, casi desesperada, y yo seguí dándoselo, ya completamente tomado por la excitación. El látex rozando por dentro, su culo tragándome y expulsándome, el calor de la sala, el miedo a que alguien pasara demasiado cerca... todo se juntó y me disparó hacia el final.

—Me voy a correr —avisé, aunque mi cuerpo ya lo había decidido.

—Córrete dentro, cariño. Córrete follándome.

Le di tres, cuatro embestidas más, profundas y torpes, y me corrí con una sacudida que me dejó sin aire. El orgasmo me golpeó fuerte, vaciándome dentro del preservativo mientras seguía hundido en su culo, apretándole las nalgas con tanta fuerza que casi las marqué. Ella gimió conmigo, empujando atrás para sentir hasta el último espasmo.

Me quedé inmóvil unos segundos, sudando y jadeando, con la frente apoyada entre los omóplatos de ella. Cuando pude moverme, salí despacio. Me temblaban las piernas.

Ella se recompuso con una calma envidiable, se acomodó la ropa y me dio un beso lento, húmedo, con una sonrisa satisfecha. Yo me dejé caer en la butaca contigua, completamente vaciado, viendo todavía puntos de luz flotar frente a mis ojos.

—Esta vez fue un regalo —me dijo—. Pero suelo venir por aquí. Ya sabes dónde encontrarme.

—Gracias —alcancé a responder, todavía sin recuperar del todo la voz.

Se levantó y se marchó entre las filas con un andar seguro, sin mirar atrás. Mi conocido la siguió con los ojos unos segundos y luego me miró a mí, divertido por mi estado.

—Te dejé en buenas manos —dijo.

Asentí, todavía respirando hondo.

—No sabía que me iba a gustar tanto todo esto.

Él se inclinó hacia mí y me habló al oído.

—Eso es porque apenas estás empezando. Y tu culo, créeme, todavía me debe otra noche.

Sentí un escalofrío instantáneo entre las piernas. Volvía a tener miedo, sí, pero un miedo excitante, de ese que no te hace huir sino volver. Lo miré en la oscuridad, con la sala respirando sexo a nuestro alrededor, y entendí que ya no había dado solo un paso: había cruzado una puerta que llevaba demasiado tiempo cerrada.

Nos quedamos un rato más allí, sin hacer gran cosa, mirando a otros hombres tocarse, mamarse y follar entre las sombras. Yo seguía agotado, pero por dentro estaba encendido de una manera nueva. Había vuelto pensando en repetir una experiencia, y terminé descubriendo que mi deseo no se conformaba con tan poco.

Cuando salí del cine, el aire de la calle me dio de lleno en la cara. Caminé despacio, con la sensación pegada al cuerpo, el sabor todavía en la boca y el culo latiéndome por pura memoria. Iba sucio por dentro de pensamientos y limpio por fuera, como cualquiera que regresa a casa después de una tarde normal.

Pero no había sido una tarde normal.

Y supe, antes incluso de llegar a la esquina, que iba a volver.

¿Vivís en Córdoba o vas de visita? Hay travestis en Villa María esperando tu mensaje.

Ver todos los relatos de Confesiones

Valora este relato

Comentarios(2)

LuigiBA

buenísimo!! de los mejores que lei en este estilo

CinemaFan_SP

Necesito saber como termino esa noche! por favor seguí contando

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.