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Relatos Ardientes

Mi vecino me hizo gay a fuerza de apuestas

Pasaron más de treinta años y todavía vuelvo a aquellas primeras incursiones en el sexo como quien hurga en una herida que ya no duele. A veces me pregunto si todo pudo haber sido distinto, si yo habría llegado a ser otro hombre de no haberme cruzado con él aquel mediodía. No me arrepiento. Solo recuerdo, y al recordar todavía se me acelera algo por dentro.

Me llamo Mateo. En aquella época era un tipo tímido, callado, de los que prefieren el último banco del aula. Tenía veintidós años recién cumplidos y, por increíble que suene, nunca había estado con nadie. Me acababa de mudar a una ciudad donde no conocía a un alma. Mis únicos vínculos eran los compañeros del instituto nocturno al que asistía, y ni siquiera con ellos hablaba demasiado.

Volvía a casa una tarde de calor cuando vi a un chico que iba en mi misma dirección. Lo había visto antes en el instituto, en uno de los cursos más jóvenes. Empezamos a hablar y resultó que vivía a dos cuadras de mi casa. Así, sin proponérnoslo, se volvió costumbre: nos esperábamos a la salida y caminábamos juntos.

Se llamaba Iván y tenía diecinueve. Era curioso hasta lo indiscreto. Me preguntó por mi vida entera, y yo, halagado de que alguien se interesara por mí, le fui contando todo. Esa diferencia de tres años no significaba nada; al contrario, él parecía el mayor por la manera de hablar, por ese desparpajo que a mí me faltaba.

Vivía con su madre y con su hermana Lucía, una chica de veintitrés, alta y bonita, pero seria. Con ella apenas cruzaba un saludo. Iván quedaba solo en casa hasta que las dos volvían del trabajo, cerca de las ocho. Empecé a ir seguido por las tardes.

Era un tipo interesante, pero también posesivo, atrevido, de esos que parecen un ángel hasta que se les enciende algo en la mirada y se vuelven otra cosa. Me hacía sentir infantil sin proponérselo, y lo curioso es que no me molestaba. Todo eso lo fui descubriendo de a poco, mientras nuestra amistad se afianzaba.

Con el sexo no fue algo inmediato. Tardamos. Y cuando por fin apareció, lo hizo de una manera que me dejó no solo impactado, sino desconcertado durante días.

***

Empezó una tarde sofocante. Iván, para aguantar el calor, se quitó la ropa y se quedó en calzoncillos. Miré su piel blanca, tersa, y algo se me removió. No fue que me subyugara, pero sentí una atracción rara, específica, que en ese momento no pasó de ahí.

Días después se repitió la escena. Esta vez me invitó a hacer lo mismo. Me negué por pura vergüenza, hasta que tanto insistió que terminé cediendo.

No recuerdo bien cómo, pero en algún momento empezamos a forcejear, a luchar en el suelo como dos críos. Yo lo superaba enseguida, así que, para emparejar, me até el brazo izquierdo contra el cuerpo. El contacto de nuestra piel, húmeda de sudor, tenía algo turbio y seductor. Sin decirlo, nos rozábamos los miembros, tanteándonos.

—Hagámoslo desnudos —soltó de repente.

Me opuse, cohibido. No soy puritano, pero la timidez pudo más. Después me arrepentí de haber dicho que no, aunque nunca me animé a proponérselo yo.

Como era de esperar, volvió a la carga al día siguiente, y esa vez acepté. Cuando nos desnudamos y nos miramos, sentí de nuevo aquella seducción extraña. No sabía si era por estar desnudo frente a otro por primera vez o por ver su sexo medio erguido, exhibido sin pudor, como un símbolo de poder. Yo intentaba no mirarlo. Él se aseguraba de que lo viera.

Volví a atarme el brazo, pero igual terminé venciéndolo. Había algo implícito en aquella lucha: los culos rozándose, las vergas chocando, una y otra ya bastante duras.

Tirados en el suelo, recuperando el aliento, me lanzó la propuesta:

—Otra lucha. El que pierde se la masturba al que gana.

Me pareció una idea entretenida y descarada a la vez. Esta vez me até el brazo derecho. Lo hicimos, pero a mitad del segundo round oímos llegar a su hermana y tuvimos que cortar todo de golpe.

Me fastidió, y a él también. Quedó pendiente para otro día. Esa noche tuve fantasías que no me dejaban dormir, hasta que aplaqué la calentura con la mano.

***

Al día siguiente retomamos donde lo habíamos dejado. Empezó la lucha y yo ya no sabía si quería ganar o perder. Lo que me atraía era tocarnos, calmar ese hervor; no estaba seguro de querer más, al menos desde mi lado.

—¿Sigue en pie la apuesta de ayer? —preguntó.

—Por supuesto.

Nos desnudamos y empezamos. En un momento me apretó los testículos y solté un grito; perdí la pelea de la forma más tonta. Protesté, pero en el fondo me gustaba haber sido vencido.

Se acostó en la cama y me arrodillé a su lado. Empecé los movimientos torpes de quien nunca lo había hecho, tomando su verga, agitándola despacio, mirando cómo su vientre se contraía. Aceleré cuando lo sentí cerca, hasta que se vino sobre su propio pecho. Algo en esa imagen me alteró más de lo que esperaba. Por un instante tuve ganas de llevármela a la boca, todavía húmeda.

Me hizo recostarme a su lado y me dio un beso leve en los labios.

—Te tocaba a vos —dijo en voz baja, y en su tono había una orden disfrazada de juego.

***

Lo que vino después lo acepté casi sin discutir. Me puso boca abajo, me separó las piernas y se acomodó encima. Sentí su glande tantear mi entrada. Era como una ceremonia, lento, pausado, hasta que empezó a empujar y a ganar terreno palmo a palmo. Mis gemidos crecían a medida que ese peso me abría por dentro.

Parecía que me partía. Esa mezcla de dolor y placer es difícil de explicar. Me mordisqueaba el cuello mientras avanzaba sin pausa, y de un último impulso quedó entero dentro de mí, mis nalgas pegadas a su pelvis.

—Sos mío —me susurró al oído—. Creí que nunca me animaría.

No dije nada. Me dejé llevar, disfrutando de algo que no había imaginado que me gustaría. Sentía su dominación en cada movimiento, en cómo cada uno de nosotros jugaba su papel sin haberlo hablado.

Empezó a embestir, de un ritmo lento a uno casi salvaje, marcando su ventaja, saliendo del todo para volver a clavarla. La fricción contra las sábanas y aquel bombeo encarnizado me llevaron a acabar sin tocarme apenas. Pocos minutos después él se vació dentro de mí, temblando, apretándome el pecho, hasta desplomarse sobre mi espalda, exhausto y sudado, sin retirarse.

—Gracias. Estuvo increíble —dijo.

Por dentro me alegré, aunque la calentura no se me iba. Entonces, con esa sonrisa de siempre, propuso otra apuesta.

—Nos masturbamos los dos. El que aguanta más, gana.

—¿Y qué gana? —pregunté, casi inocente.

—Se coge al otro.

Me reí, sorprendido, pero también encendido. Perdí, claro: mi excitación intacta no tenía nada que hacer contra la de Iván, que recién había acabado. Protesté, intenté anular la apuesta, miré la hora.

—En menos de una hora llega tu madre. Prefiero hacerlo tranquilo, sin que nos apure el reloj.

—¿Y si lo extendemos a toda la tarde de mañana?

—Eso no estaba pactado.

—¿A la carta más alta, entonces? Si ganás, se anula. Si perdés, sos mío.

—Sos terrible —le dije—. Pero está bien. Mañana.

Volví a casa pensando en esa apuesta toda la noche.

***

Al día siguiente, después de almorzar, fui a su casa. Nos habíamos visto en el instituto, pero sin decir nada. Abrió la puerta solo en calzoncillos y me reí.

—No hay tiempo que perder —dijo.

Fuimos a su pieza, donde ya estaban las cartas que decidirían al ganador. Para darle emoción, sacaríamos tres veces. La primera la gané yo; la segunda y la tercera, él.

No me dio pena perder. Me desnudé despacio.

—¿Qué querés que haga? —pregunté.

—Tirate en la cama.

Me acosté boca abajo, con la verga dura a pesar de mi papel. Se montó sin perder un segundo, me puso lubricante y me separó las nalgas hasta dejar todo a la vista. Empezó a rondar mi entrada con la punta, golpeándola, jugando, alterándome más a cada segundo. Cuando su dedo entró, lento, luego dos, oprimiendo, supe que ya no había marcha atrás y, para mi propia sorpresa, no quería que la hubiera.

Me colocó una almohada bajo el vientre y apoyó el glande. Sentí esa mezcla de molestia y placer mientras me relajaba a la espera. Cuando empujó, lo hizo de golpe, y solté un grito agarrándome del borde del colchón, los dedos de los pies contraídos.

Al segundo envión sentí casi como ganas de defecar, la presión de algo enorme abriéndose paso. Con el último quedó dentro del todo. Cada vez que salía parecía succionarme las entrañas; cada vez que entraba me empujaba por dentro. A partir de ahí se convirtió en mi dominador, o pretendió serlo hasta lograrlo, y yo terminé aceptando ser su sumiso por un buen tiempo.

Sus embestidas se volvieron más fuertes, más violentas. Después de una serie de envites rápidos sentí cómo se vaciaba dentro de mí, temblando, mordiéndome el hombro. Se derrumbó sobre mi espalda, abrazándome, empapado, sin retirarse. La habitación entera olía a calor y a sexo.

Esa tarde lo hicimos otra vez. Después, hambrientos, fuimos desnudos a la cocina a devorar unos sándwiches. Hablamos poco; solo nos mirábamos. Cuando noté que Iván estaba otra vez duro, no dije nada. Se levantó, me sentó en el borde de la mesa, me elevó las piernas y volvió a penetrarme.

Regresé a casa con sentimientos cruzados. Me había gustado, pero también me sentí usado. Quería experimentar, no llegar a ese extremo, aunque la culpa de haberlo permitido era solo mía. Me bañé, cené y me acosté sin poder borrar nada de la cabeza.

***

A la salida del instituto, al otro día, me preguntó si iría por la tarde. Le dije que tenía deberes.

—¿O es que no te gustó lo de ayer? —tanteó.

—Nada de eso. Es que quisiera que cambiáramos los roles.

—Ah, por ahí viene la cosa. Lástima que hoy no puedas.

—Si me apuro, podría ir.

—No te preocupes, lo dejamos para otro día.

—No. A las cinco voy —le contesté, impaciente conmigo mismo.

Llegué pasadas las cinco, decidido a imponerme aunque no sabía si lo lograría. Pero Iván empezó distinto: me fue desvistiendo despacio, como si el tiempo se detuviera. Me apresó la verga con la mano, llevó sus labios a los míos, besó mis tetillas hasta succionarlas, se arrodilló y me lamió el vientre, la pelvis, en un acto puro de erotismo.

Siguió por el tronco de mi falo, llevándoselo a la boca con una succión alternada que me arrastró a un estado que no podía contener. Me tiró en la cama, me chupó los dedos de los pies, me hizo girar y separó mis nalgas para lamerme la entrada. No pude reprimir un gemido de puro gozo.

—Seguí, seguí —le pedí.

No tardó en meterme la verga. Mi "no" salió tarde y sin convicción. Me tomó de la cintura y, en un ritmo frenético, volvió a follarme mientras yo me masturbaba. Apenas acabó, me llevé su miembro húmedo a la boca, y ese sabor me encendió todavía más.

Volví a casa satisfecho y confundido a la vez. Empezaba a atraerme ser el pasivo, por más que tratara de negarlo. El cuerpo no miente. Por otro lado, había vuelto a caer en la astucia de Iván.

***

No sabía si tenía algo de homosexual; las chicas me seguían gustando. Pero con él había algo distinto. Tenía siempre un artilugio para hacerme caer en sus redes. Una vez me mostró una foto de su hermana desnuda a cambio de dejarme penetrar de nuevo. No se le veía bien la cara, pero me quedaron grabados sus pechos y un lunar cerca del pezón derecho.

Un día le dije que, si me dejaba estar con su hermana, sería su esclavo fiel durante un mes.

—Yo te dejo. Habrá que ver si ella quiere —respondió—. Además, Mateo, te gusta que te coja.

—No estés tan seguro.

—¿No?

Mientras lo decía me desabrochó la camisa, me acarició el pecho y me chupó las tetillas. Bastó para que me desnudara, me inclinara sobre la mesa de la cocina y volviera a tomarme sin resistencia.

Así pasó más de un mes. Iba casi todos los días. Se volvió rutina, con alguna variante de escenario que él proponía: el bosque, la playa, alguna casa vacía. Aunque saliéramos, siempre terminábamos en su pieza. Lo de meter a alguien más nunca me gustó, ni lo de vestirme con la ropa de su hermana. Pero todo eso quedó en pausa cuando una enfermedad lo dejó imposibilitado por un tiempo.

De todos modos seguí visitándolo. La medicación lo adormecía y hablábamos poco. La convalecencia fue larga; su madre pidió licencia para cuidarlo, y yo iba a diario.

***

Una de esas tardes apareció en la casa un muchacho alto, de piel oscura y pelo corto enrulado, de unos veintidós años. Se llamaba Rodrigo. Estuvimos un rato y después nos fuimos juntos. Lo crucé dos o tres veces más; no llegamos a ser amigos, pero hablábamos.

Un día que me acompañó unas cuadras, me soltó:

—¿Sos el novio de Iván?

Me puse rojo.

—No. ¿De dónde sacaste eso?

—Por cómo lo mirabas, cómo lo tocabas. ¿Y qué tiene de malo?

El color de la cara me delató. Terminé contándole que lo habíamos hecho una vez, sin dar más detalles.

—¿De dónde lo conocés? —le pregunté.

—Estudiaba con la hermana. Después fuimos novios. Y una tarde también estuve con Iván.

Me quedé helado.

—No te creo —dije, irritado.

Como respuesta, me describió un lunar que la hermana tenía cerca del pezón derecho. El mismo de la foto. Tal vez la había visto, pero igual algo me revolvió por dentro.

—Mirá —dijo con calma—, ¿qué gano mintiéndote? No estoy juzgando a nadie. Cada cual hace lo que puede y lo que quiere. Si un día venís a mi casa, te cuento en detalle.

Caminé de regreso pensando en él. Llevaba más de veinte días en abstinencia obligada, e Iván seguía sin reponerse. Lo descarté de inmediato. Y, sin embargo, unos días después terminé yendo.

***

Vivía solo, a unas veinte cuadras, en una casa modesta y muy ordenada. Abrió en short, y enseguida intentó tocarme. Lo rechacé, aunque noté cómo se le marcaba el bulto. Empezó a contarme con lujo de detalles cómo había sido con Iván, sin saber si me interesaba o no.

Volvió a intentarlo y me resistí, hasta que se cansó del rodeo.

—Mirá, pibe, te invité para una cosa. No me gusta dar tantas vueltas. O lo hacemos, o te vas —dijo, bajándose el pantalón y mostrando una verga voluminosa que me dejó sin aire.

Una excitación me invadió entera, sin que supiera del todo qué hacer. Y esa duda, esa tensión de no decidir, fue exactamente lo que él esperaba para dar el primer paso.

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Comentarios (5)

DiegoMar92

increible, me engancho desde la primera linea hasta el final!!!

RamiroK

Tremendo relato. Me recordó a una situacion parecida con un compañero de depto hace años, esas apuestas inocentes que de repente te cambian la perspectiva de todo.

Torino_lect

La dinámica de poder entre los dos esta muy bien lograda. Se siente autentico, sin forzar nada.

CristianRdP

Jajaja la parte de la apuesta me mato, que tension tan bien descrita

lecto_ra_sf

Me gusto mucho como contaste ese momento de darse cuenta, sin drama innecesario y muy real. Seguí escribiendo por favor!

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