Aquel extraño llegó la noche que ella me dejó
El maíz reventaba dentro de la sartén con un ritmo nervioso, idéntico al que Esteban llevaba en el pecho desde la madrugada. Cada grano tostado golpeaba la tapa de cristal y le recordaba que Camila Rocío se había marchado, y que el desconocido que removía rodajas de salchichón en la otra hornilla era todo lo que tenía a mano para no derrumbarse.
No era amistad. Federico había llegado a la puerta dos horas antes, con un saludo educado y un nombre que no figuraba en ninguna agenda. Dijo ser amigo de Camila, de los antiguos del colegio, de aquellos que reaparecen cuando ya nadie se acuerda de ellos. Esteban lo dejó pasar porque la soledad pesaba más que la prudencia, y porque algo en su tono prometía respuestas que él no sabría buscar por su cuenta.
Mientras Federico vigilaba la sartén, Esteban aprovechó para repasar las pocas certezas que le quedaban. La infidelidad de su mujer no le había dado tiempo a reaccionar. La había confesado en plena cena de cumpleaños, frente a invitados que disimularon mirando el mantel, y media hora después se largó con dos maletas y un perdón mal pronunciado. Cumplía treinta y seis años aquella noche. No era la edad que uno desea recordar.
—¿Le sirvo una Coca-Cola, Federico? —preguntó desde el refrigerador.
—Una bien fría me caería de maravilla, Esteban. Muchas gracias.
Al agacharse, escuchó el crujido del bulto de papel en el bolsillo trasero. Eran las hojas que Camila había arrancado de su diario antes de marcharse. Las dejó sobre la almohada, dobladas en cuatro, con una nota corta: «léelas cuando estés solo». No estaba solo, pero ya no aguantaba la curiosidad. Las desplegó allí mismo, en cuclillas, escondido por la puerta abierta del refrigerador.
—¿Necesita ayuda con algo? —dijo Federico desde la otra esquina.
—Estoy revisando los vencimientos —mintió, y deslizó el primer pliegue para alcanzar al menos un fragmento.
«Mayo, doce, dos mil veinticinco. Querido diario: ya casi es medianoche en Cartagena. Mañana volamos a Medellín y mi marido me va a recibir con globos y torta y todo el cariño de siempre. No he podido dormir. Cuando se apaguen las velas voy a decirle lo que vengo callando hace meses. Espero no romperme antes».
Esteban sintió frío en la nuca. Federico tarareaba un bolero al fondo, ajeno —o aparentando estarlo— al pequeño temblor de sus manos. Pasó al segundo párrafo.
«Dime, papel mío, ¿por dónde empiezo? ¿Por la otra persona que también parece quererme? ¿Por mi traición de los últimos meses? ¿Por todos los años en los que fui la esposa perfecta de un hombre perfecto? Esteban no se merece nada de esto, y aun así soy incapaz de quedarme. Tengo que hacerlo. Tengo que irme. El miedo me come las piernas».
Dobló los papeles con la misma prisa con la que se esconde un cuchillo. Cuando se irguió, Federico ya estaba en el umbral de la cocina, con el delantal florido de Camila atado por encima de la camisa y una sonrisa que no terminaba de decidir si era cordial o socarrona.
—Listo el salchichón. ¿Le ayudo a servir o prefiere que arme la mesa?
—Sírvalo usted —respondió Esteban—. Yo llevo las bebidas.
***
Picaron en silencio aquel snack improvisado, sentados en diagonal, como dos jugadores de ajedrez que no quieren mostrar el primer movimiento. Fue Federico el que rompió el aire.
—Disculpe la indiscreción, hombre, pero ¿qué leía usted antes? Lo vi esconder algo en el bolsillo.
Esteban respondió sin pestañear, con la calma del que se sabe observado y se inventa una verdad parcial.
—El regalo de cumpleaños de su amiga. Unas páginas de su diario. Las voy a leer después, en privado, si no le molesta.
—Por supuesto, ni más faltaba —repuso Federico, y se llevó a la boca una rodaja con la calma del que ya consiguió la información que vino a buscar.
Terminaron el plato sin volver al tema. Cuando Esteban insistió en lavar la vajilla, Federico se levantó y caminó hasta la sala de estar, atraído por el viejo tocadiscos de roble. Era una pieza heredada del padre de Esteban, de las que ya no se fabrican, y junto a ella se acumulaban los vinilos que Camila no había alcanzado a llevarse: los de él, los que ella siempre despreció por ruidosos o por melancólicos.
Federico extrajo un disco doble con la portada en blanco y dorado.
—¿Le molesta si pongo música?
—Adelante. La que quiera.
Eligió un álbum de Michael Jackson. Cuando la aguja tocó el surco, una balada empezó a llenar la sala con un ritmo lento, casi de despedida. Federico cerró los ojos un segundo, como si la canción tuviera para él un significado privado, y solo entonces volvió a mirar al anfitrión.
—¿Tiene rancheras también?
—Algunas. A mi padre le encantaban. ¿Le suenan Marco Antonio Solís, José Alfredo?
—Cualquiera de los dos. Aunque, si tuviera de casualidad un álbum de Los Bukis…
—Hummm. Creo que sí, ahí abajo, a su izquierda.
Federico se agachó. Esteban aprovechó para servir dos copas: aguardiente para sí mismo, vodka con hielo para el invitado. Le había aprendido la preferencia en quince minutos, lo cual le pareció extraño porque normalmente la gente no anuncia lo que toma sin que se lo pregunten. Federico lo había soltado en cuanto entró. «Vodka, si tiene». Como quien repite una orden ya gastada.
Cambió el vinilo y eligió una canción que Esteban reconoció antes de que terminara la primera frase. «Y si ya no te vuelvo a ver», de Los Bukis. Una de las que Camila ponía cuando tenían pelea y quería pedir tregua sin decirlo. La coincidencia parecía demasiado precisa para ser azar.
—Espero que no le incomode —dijo Federico, sirviéndose más vodka—. La canción la elegí por mí. Una persona muy especial me la dedicó hace años.
—Curioso. A mí también me la dedicaron una vez.
Esteban lo dijo sin levantar la vista, removiendo el hielo de su copa, y notó de reojo que Federico bajó un segundo el mentón. No fue mucho. Un parpadeo demasiado largo. Lo suficiente para confirmarle la sospecha que llevaba rondándole desde que el otro abrió la boca.
***
Encendió la pipa. Federico aceptó un cigarrillo. La conversación se desvió hacia ella, como siempre que dos hombres beben en una casa donde acaba de pasar una mujer.
—¿Y qué espera encontrar en esos papeles, Esteban? ¿Posibilidad de reconciliación?
—No sé. Tal vez el nombre del tipo con el que se fue. Tal vez una despedida en condiciones. Tal vez nada.
—Sería ingenuo que ella dejara escrito el nombre del aman… del otro —se corrigió a sí mismo, y la corrección llegó tarde, igual que un disparo que ya rebotó en el techo.
—Yo pienso lo mismo. Camila no es descuidada. Pero a veces, cuando una mujer escribe a las tres de la mañana, se le escapan detalles que no querría dar. La caligrafía cambia, los apodos se cuelan, los lugares aparecen. Es cuestión de leer despacio.
Federico bebió. Le costó tragar el vodka. Buscó refugio en el cigarrillo y, cuando exhaló, intentó devolverle la pelota.
—Hábleme de ella, hombre. ¿Cómo era cuando la conoció? Si quiere, claro. Capaz le sirve para sacarlo afuera.
—No mucho. Pero se lo cuento. Era insoportable. Bella e insoportable, las dos cosas en proporciones iguales. Me ofendía por costumbre. Yo le respondía con la misma moneda. Tardamos casi dos años en admitir que nos queríamos. Y otros doce en aprender a ser felices.
—¿Y después?
—Después es la parte que usted ya conoce. ¿O no?
Esteban lo miró con la calma que le daba la segunda copa de aguardiente. Federico desvió la vista hacia el cuadro de la pared, donde Antonia, la hija de la casa, sonreía a los ocho años con un disfraz de pirata. Tomó aire, sopesó si seguir mintiendo o cambiar de canción.
—Yo me separé hace tres años de Lorena —dijo finalmente—. Sé un poco de lo que está atravesando.
—Curioso. Camila nunca lo mencionó. Y eso que mi mujer hablaba de todos sus amigos como si fueran familia.
Federico se mordió el interior del cachete. Apuró el vaso y se levantó como si necesitara un pretexto para huir de la mirada azul de Esteban. Cambió el vinilo. Esa vez eligió un álbum de Wham!, «Make It Big», y entonces sí Esteban supo que aquel tipo no era ningún viejo amigo del colegio.
Ese disco lo había comprado Camila para el cumpleaños veintitrés de Esteban. Tenía una dedicatoria escrita con su letra redondeada en la contraportada: «de parte de tu atadito de canela, con todo el amor». Solamente dos personas en el mundo sabían de ese apodo. Esteban y ella. Y ahora, por lo visto, una tercera.
—¿Le gusta este álbum? —preguntó, dejándolo girar sin tocarlo—. ¿Conoce las canciones?
—De memoria —contestó Federico, distraído, mientras leía la contraportada—. «Wake Me Up Before You Go-Go», «Everything She Wants», «Careless Whisper»…
—Mi mujer me lo regaló cuando éramos novios. Me dijo que quería que me dejara crecer el pelo, como el cantante. Lo conservo en perfecto estado. Mire la dedicatoria, atrás.
Esteban lo vio girar el cartón. Lo vio pasar el pulgar sobre la tinta. Lo vio sostener la respiración medio segundo más de lo prudente. Federico levantó la cabeza con una sonrisa nueva, ya sin máscara, casi de derrota deportiva.
—Bonita letra.
—Sí. Bonita. Y única.
***
El teléfono de Federico empezó a sonar en la mesita de la terraza con una melodía personalizada, una balada cursi que Esteban reconoció de inmediato: era la que había sonado en su boda. Camila la había elegido. Federico se quedó quieto.
—¿No piensa contestar? —preguntó Esteban, sirviéndose otro aguardiente—. Puede ser importante.
—Imagino quién es.
—Vaya, conteste. Mientras tanto, yo pongo otra cosa. Algo más acorde con la conversación pendiente.
Sacó de la pila un viejo álbum de Louis Armstrong y dejó caer la aguja sobre el lado dos. «Someday You'll Be Sorry» empezó a sonar mientras Federico salía a la terraza con el teléfono pegado a la oreja, evitando la mirada de su anfitrión. Esteban lo siguió con disimulo hasta la puerta. Alcanzó a escuchar dos palabras suyas y una voz al otro lado, contenida, suplicante. No supo si era ella. Quiso creer que no. Sabía que sí.
Aprovechó la pausa para encerrarse en el cuarto de ropas, donde Mishka, la gata de Camila, llevaba toda la tarde maullando contra la puerta del jardín. Se agachó para acariciarla. Ronroneó un segundo y regresó a su plato, donde olfateó sin probar nada. Esteban desdobló los papeles del bolsillo, dio vuelta a la primera hoja ya leída y dejó que sus ojos cayeran sobre la segunda, fechada un día después.
Lo que decía la primera línea le hizo soltar el papel sobre la lavadora.
Federico. Por supuesto que tenía que ser Federico.
Afuera, la voz seguía hablando bajito en la terraza. La gata, indiferente, se enroscó en sus pies. Y Louis Armstrong, sin saber lo que estaba narrando, anunciaba que algún día aquel tipo se iba a arrepentir.