Le di el culo a mi jefe por el ascenso
La pandemia nos dejó al borde del abismo. Mi marido, Andrés, se quedó sin trabajo en junio del 2020, y a mí me obligaron a mudarme al home office desde la primera semana de la cuarentena. En mayo me recortaron los bonos de productividad, alimentación y guardería. Me quedé con el básico pelado, la mitad exacta de lo que ganaba antes. Tuve suerte igual: a más de la mitad de mis compañeros los despidieron sin más vueltas.
Hasta diciembre sobrevivimos con la liquidación de Andrés. Alcanzaba para lo básico, ni un peso de más. Desde enero del 2021 dejamos de poder pagar la cuota de la hipoteca, que era nuestro gasto más grande. Los dos andábamos con los nervios rotos. Mis suegros nos taparon la cuota de enero para que no se atrasara.
Andrés hacía entrevistas todos los días y no aparecía nada firme. Yo volví a la oficina a mediados de enero. El ambiente era deprimente: quedábamos menos de la mitad. El 20 de febrero mi jefa se murió de covid. Fue un mazazo, y encima abrió una vacante que nadie sabía cómo llenar.
El gerente del área, Mauricio, asumió las funciones de mi jefa mientras se resolvía el reemplazo. Se lo veía desbordado. Tenía que nombrar a alguien pronto y yo sabía que había por lo menos tres compañeros con más recorrido que yo. Ni me hice ilusiones.
A principios de marzo, Mauricio me llamó a su oficina. Pensé que era una coordinación de rutina. Cuando entré me pidió que cerrara la puerta y casi me pongo a llorar del susto: pensé que me despedían. Me dijo que me sentara. Me habló largo rato de mi desempeño, de mi compromiso, de las horas que le metía. Después soltó la frase: había una posibilidad de ascenderme al puesto de mi jefa.
Le contesté lo obvio: que había gente con más experiencia. Me respondió que sí, probablemente, pero que la empresa reportaba «indicadores ESG» y quedaba mejor promover a una mujer. Repitió que el camino natural era otro de mis compañeros, pero que a mí me daban la opción. Y entonces me miró las tetas sin disimulo y me largó: «¿estás dispuesta a dar todo por la empresa?». No hizo falta que agregara más. Vi el deseo en sus ojos, sentí que me desnudaba por debajo de la ropa. Me quedé muda. Me dijo: «pensalo, Camila. Mañana me respondés».
Salí de esa oficina con las piernas flojas. Me pasé el día dándole vueltas al asunto. Nunca me había hecho una propuesta explícita, pero era imposible malinterpretarla. Aproveché una tarde tranquila para meterme en los reportes internos y encontré la banda salarial del puesto. El sueldo básico oscilaba entre casi tres veces y cuatro veces lo que yo cobraba. Cuando apagué la computadora, ya estaba casi decidida.
Volví a casa y encontré a Andrés hecho una furia. Había estado todo el día en un proceso de selección y estaba convencido de que no iba a quedar. No me contó los detalles y yo no le pregunté. Cenamos en silencio y nos acostamos.
Tirada en la cama no podía dormir. Antes de la pandemia ya le había puesto los cuernos a Andrés un par de veces. Cosas menores, con hombres que me habían gustado, encuentros de una tarde que no cambiaban nada. Mauricio no me atraía nada: era un tipo grande, panzón, casi calvo, con al menos dos décadas más que yo. Pero pensé que, si me había abierto de piernas por puro capricho antes, cómo no iba a hacerlo ahora, cuando triplicar el sueldo nos salvaba la hipoteca, la comida y la paz de mi casa. Me di vuelta y me dormí.
***
Me levanté antes que sonara la alarma. Me duché largo, me depilé entera, me perfumé. Elegí la lencería más provocadora que tenía en el cajón: corpiño de encaje negro y una tanga finita que dejaba las nalgas al aire. Encima me puse un traje sobrio y salí para la oficina.
A las diez fui hasta la oficina de Mauricio. Le pedí que cerrara la puerta. Me miró y me preguntó si había tomado una decisión. Lo miré fijo y le dije que sí, que estaba dispuesta a todo. Se le dibujó una sonrisa. Me propuso que saliéramos a almorzar. Yo dudé: si nos veían salir juntos, iba a haber comentarios por todos lados. Él se dio cuenta y me dio la salida: pedir permiso diciendo que me sentía mal. Me anotó el nombre de una cafetería a unas cuadras y me dijo que lo esperara ahí.
Fui a Recursos Humanos, hice cara de descompuesta y pedí volver a casa. Me autorizaron. Salí a la cafetería y me senté a esperarlo. Me temblaban las manos. Pedí un café que no toqué. Una hora más tarde vi su auto por la vidriera. Me tocó la bocina, salí y me subí. Casi no hablamos. Enfiló directo a un hotel al que evidentemente ya había ido otras veces: sabía dónde estacionar y a qué puerta tocar sin dudar.
Pagó él. Subimos a la habitación. Yo estaba muy nerviosa. Mauricio no me gustaba ni un poquito, ni física ni sexualmente. Era un tipo grande, con la panza colgando por encima del cinturón, casi calvo, con los pelos de las manos canosos. No era nada de lo que a mí me calentaba. Pero acá estábamos, con la puerta cerrada, y ya no había marcha atrás.
Se desnudó primero y se tiró sobre la cama con los brazos abiertos. Me miraba mientras yo empezaba a desabotonarme la camisa. Me la fui sacando despacio, sin mirarlo, y cuando quedé en corpiño y falda, él soltó un silbido bajo.
—Sos hermosa, Camila —me dijo—. No sabés cuánto hace que quería verte así.
Sus palabras me sorprendieron. No esperaba ternura, esperaba un manoseo apurado. Me solté un poco. Me bajé la falda, me quedé en tanga y corpiño frente a él, y le dejé mirar todo lo que quisiera. Después me saqué las bragas, me solté el corpiño y me subí a la cama.
Me pidió que me acostara boca arriba. Se puso encima y empezó a besarme el cuello, los pezones, el ombligo. Tenía barba de dos días que raspaba, pero la boca era sabia, sabía dónde detenerse y cuánto apretar. Fue bajando por el vientre, me abrió las piernas y me hundió la cara entre los muslos. Cuando su lengua me tocó el clítoris solté un gemido que ni yo esperaba.
Me comió el coño despacio, con paciencia, alternando la lengua plana con la lengua en punta, subiendo hasta el clítoris y volviendo a bajar hasta la entrada. Me chupó los labios enteros. Me metió dos dedos y los dobló hacia arriba, buscando el punto exacto. Me revolví debajo de él, agarré la cabeza calva con las dos manos y le apreté la boca contra la concha. Terminé chorreando en pocos minutos. Le empapé la cara. Se limpió con la lengua, me miró desde abajo y sonrió.
—Date vuelta —me pidió con la voz ronca.
Me di vuelta y quedé en cuatro. Soy culona, y a él eso lo enloquecía. Me separó las nalgas con las dos manos y hundió la lengua en el ojete. Me sorprendí: ningún tipo me había comido el culo así antes. Su lengua me recorría el agujero de arriba abajo, me lo mordisqueaba con los labios, me lo penetraba de a poquito. Sentí un cosquilleo distinto, más profundo, que se me trepaba por la espalda. Se me escapó un gemido largo, ronco, y me di cuenta de que estaba a punto de acabar solo con eso. Y acabé. Me temblaron las piernas, apreté las sábanas, tuve un orgasmo anal que me dejó jadeando contra la almohada. Nunca en la vida me había venido así, sin que nadie me tocara el clítoris.
Se acostó boca arriba y me hizo un gesto para que le agarrara la verga. La agarré y me sorprendí del tamaño. Todavía no la tenía dura del todo y ya se sentía enorme entre mis dedos: gruesa, pesada, con las venas marcadas. Bajé la cabeza y me la metí en la boca. Empecé a chupársela despacio, tragando lo que podía, ayudándome con la mano en la base. Se endureció rápido. Cuando estuvo bien parada, era bastante más grande que la de Andrés. Al panzón se le escapaba la respiración por la nariz mientras yo lo mamaba.
—Vení arriba —me pidió con la voz rota.
Me subí a horcajadas. Le apunté la punta hacia mi entrada, me dejé caer despacio, y cuando la sentí adentro casi me atraganto. Era gruesa y larga, me abría entera. Empecé a moverme de arriba abajo, con las manos apoyadas en su panza peluda. Me llenaba de un modo que Andrés jamás me había llenado. Ni siquiera me importó de quién era la polla que tenía adentro. Le clavé las uñas en el pecho y me solté. Me vine otra vez arriba de él, gritando sin acordarme del hotel.
Todavía temblando, me bajé y me acomodé en cuatro sobre la cama. Le miré por encima del hombro.
—Metémela en el culo —le dije—. Quiero que me la metas ahí.
Le brillaron los ojos. Se acomodó detrás. Me pasó saliva sobre el agujero, se escupió la mano y me untó bien la verga. Empujó la cabeza contra el ojete y fue entrando de a poquito. Al principio dolió: era demasiado gruesa. Le pedí que fuera despacio y me hizo caso, empujando por milímetros. Cuando la tuve toda adentro me quedé quieta, respirando.
—Movete —le dije al fin.
Y se movió. Empezó despacio, casi con cuidado, y de a poco fue acelerando. Cada embestida me sacudía entera. Yo iba y venía contra él, empujando la cola para atrás para que me la metiera más adentro. El cuerpo entero me hormigueaba. Sentí que un tercer orgasmo se me armaba desde el fondo, distinto a los otros dos, más profundo, más oscuro. Cuando llegó me tapé la boca con la almohada para no aullar.
Él estaba a punto también. Aceleró, me clavó los dedos en las caderas y me llenó el culo con un ronquido largo. Sentí los chorros calientes por dentro. Se quedó unos segundos encima de mí, jadeando contra mi espalda, hasta que la verga se le fue ablandando sola.
Se dejó caer a mi lado en la cama. Nos quedamos boca arriba, mirando al techo, respirando. Me pasó una mano por el pelo y no dijo nada. Yo tampoco.
***
Dormitamos un rato. Después él se bañó, se vistió y me dijo que tenía que volver a la oficina. Le pregunté si podía quedarme un rato más: no podía volver al trabajo y era demasiado temprano para llegar a casa. Me dijo que sí, que estaba pago hasta la noche. Me quedé viendo televisión en la cama, en bolas, con las piernas todavía blandas. Me bañé cerca de las tres. Salí del hotel a las cinco y agarré un taxi para casa.
Cuando abrí la puerta encontré a Andrés distinto: sonriente, brillante, la cara del que recibió una noticia enorme. Antes de que yo pudiera abrir la boca, me abrazó, me besó en la boca y me dijo que había conseguido el trabajo. Ese mismo que había considerado perdido esa mañana.
Le sonreí y le devolví el beso, pensando en la boca que me había comido la concha dos horas antes. En el fondo lo agradecí: su alegría iba a tapar cualquier gesto raro que se me escapara esa noche. Me abrazó fuerte y me susurró que todo iba a estar bien. Yo apoyé la cabeza en su hombro y cerré los ojos.
Al día siguiente, Mauricio firmó mi ascenso.
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