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Relatos Ardientes

La confesión del baño en aquella casa de playa

Si alguien me pidiera una confesión de verdad, de esas que no se cuentan en una cena ni delante de la novia de nadie, seguramente empezaría por aquella casa alquilada cerca del mar. Éramos cuatro amigos de toda la vida, todos ya bastante crecidos como para saber meternos en problemas sin necesidad de que nadie nos empujara.

No voy a usar los nombres reales. Diré que yo era Bruno, y que mis amigos eran Teo, Mauro y Nico. Habíamos salido de la ciudad con la idea más simple y más estúpida del mundo: beber, reírnos, dormir poco y follar todo lo que se dejara.

La casa era una barbaridad. Piscina, porche enorme, parrilla, habitaciones de sobra y dos baños que acabarían viendo más de lo que debería ver cualquier baño decente. Llevábamos ropa cara, botellas, preservativos y esa mezcla de soberbia y hambre sexual que se te pega cuando llevas demasiado tiempo fantaseando y poco tiempo tocando carne de verdad.

Ni siquiera habíamos terminado de abrir las bolsas cuando Teo ya estaba llamando a unas conocidas para que se pasaran a comer. Él siempre ha sido así: el tipo que conoce a todo el mundo, el que arma el plan, el que promete más de lo que luego se folla. Aun así, cuando el timbre sonó tan pronto, hasta yo me sorprendí.

Fui a abrir con el torso desnudo, una cerveza en la mano y el pelo todavía húmedo del viaje. Esperaba ver a dos mujeres. Entraron cuatro.

Las cuatro iban arregladas como si el calor les diera igual, con ese aire de seguridad de quien sabe que va a llamar la atención apenas pisa un sitio nuevo. Una morena de sonrisa rápida, una pelirroja con pecas, una rubia de piernas interminables y otra castaña que, en cuanto me miró, hizo que notara el tirón inmediato en la entrepierna.

Era la que más me gustó desde el primer segundo. No porque fuera la más escandalosa, sino por cómo me sostuvo la mirada sin bajar los ojos. Tenía una forma de sonreír que no parecía educada, sino peligrosa.

La comida se convirtió en lo que suelen ser estas cosas: vasos llenándose solos, chistes, comentarios con doble intención y pequeños roces que nadie quería reconocer en voz alta. Nico desapareció con la morena un rato. Teo intentaba impresionar a la rubia. Mauro fingía que no iba a entrarle a ninguna y por eso mismo se le notaba más.

Yo me quedé en el porche hablando con la castaña. La llamaré Vera. Me dijo que trabajaba en diseño, que había venido por insistencia de las otras y que tenía novio. Lo dijo sin cambiar el gesto, como una advertencia que en realidad no era una advertencia, sino parte del juego.

—Entonces me voy portando bien —le dije.

—No te pega mucho —respondió ella, mirándome la boca antes de volver a los ojos.

En un momento entré a servirme otra copa y, al pasar por la cocina, entendí que la tarde ya había tomado un rumbo concreto. Nico tenía a una de ellas sentada en la encimera, con la falda subida y la boca enterrada entre sus pechos, mordiéndolos con la ansiedad de un animal hambriento. Ella jadeaba y se reía a la vez, sujetándole el pelo.

—Sigue, no pares por mí —le solté a Nico.

—Ni se me ocurre —contestó sin despegar la cara de aquellas tetas.

Me estaba sirviendo hielo cuando sentí unos dedos cerrarse alrededor de mi muñeca. Vera. No dijo nada. Solo tiró de mí con una seguridad que me dejó claro que ya no estaba sugiriendo nada.

Me llevó por el pasillo, abrió la puerta del baño del fondo, me metió dentro y cerró. El clic de la cerradura sonó más fuerte de lo normal. Era un baño amplio, con dos lavabos, espejo entero y una encimera blanca que parecía puesta allí para que alguien acabara encima.

—Hace mucho calor —dijo, apoyándose de espaldas contra el mármol.

—Sí, pero no creo que el problema sea el clima.

Ella me quitó la copa de la mano, bebió un sorbo y dejó que parte del líquido resbalara adrede por su cuello y entre sus pechos. El vestido corto que llevaba ya insinuaba bastante, pero ver ese hilo de alcohol bajar por su piel me puso la polla tan dura que empecé a notarla empujando el bañador.

—Tienes cara de poca vergüenza —murmuró.

—Y tú cara de que te gusta provocarme.

—Solo estoy jugando.

Me acerqué por detrás cuando ella giró un poco hacia el espejo. Le aparté el pelo del cuello y le hablé pegado a la oreja.

—Pues ten cuidado, porque como sigas jugando, te voy a follar aquí mismo.

Vera soltó una risa bajísima, casi un suspiro. Entonces se dio la vuelta, me agarró de la nuca y me pasó la punta de la lengua por el labio inferior.

—¿Sí? ¿Y te atreverías aunque tenga novio?

—Eso depende de ti, no de él.

—Qué conveniente.

—Qué caliente estás —le dije sin rodeos.

—Tú también.

Le metí los dedos en la cintura del vestido y tiré hacia arriba. Ella me ayudó. Debajo no llevaba más que la parte de abajo del bikini, húmeda todavía por la piscina. Le desaté los lazos de las caderas y la prenda cayó al suelo.

No apartó la mirada en ningún momento. Eso fue lo que más me calentó: ni pudor, ni duda, ni teatro. Solo ganas. Se sentó en la encimera y abrió las piernas despacio, como si quisiera que yo viera exactamente lo que me estaba ofreciendo.

Tenía el coño depilado y brillante, mojado de deseo. Me quedé mirándolo un segundo de más y ella se mordió el labio.

—¿Te vas a quedar mirando o vas a hacer algo? —preguntó.

—Voy a hacer de todo.

Me desaté el bañador y me lo bajé de un tirón. La polla salió dura, pesada, ya con la punta húmeda. Vera la miró como si la estuviera evaluando, y luego extendió un pie hasta apoyarlo en el bulto de tela que había quedado enredado en mis tobillos. Empezó a frotar la planta con lentitud contra la base de mi verga, solo para hacerme jadear.

—Joder —se le escapó—. Sí que estabas apretado ahí dentro.

—Y tú llevas rato buscándolo.

Me acerqué para besarla. No fue un beso tierno ni medido. Le agarré la mandíbula, le abrí la boca con la lengua y enseguida estábamos respirándonos dentro, mordiéndonos, metiendo saliva como dos desconocidos con hambre. Ella me agarró el culo con una mano y con la otra me apretó la polla, llevándosela entre sus muslos para sentirla rozar su entrada mojada.

El contacto me arrancó un gemido seco. Tenerla tan resbaladiza antes de penetrarla me puso fuera de mí. Me restregué un par de veces entre sus labios y ella echó la cabeza hacia atrás.

—No me calientes así y pares —dijo.

—Entonces arrodíllate.

Lo hizo sin protestar. Bajó de la encimera, recogió una liga del pelo de su muñeca y se hizo una coleta alta frente a mí. Ese gesto tan simple me dio un golpe directo al cerebro y a la polla. Luego se arrodilló entre mis piernas y me sostuvo la verga con una mano, pesada y dura, mientras con la otra me acariciaba los huevos.

Antes de chuparla, la acercó a su cara y respiró sobre la punta. Después sacó la lengua y la pasó despacio por el glande, recogiendo el líquido que ya se acumulaba allí. No tuve que decirle nada. Sabía exactamente lo que hacía y disfrutaba haciéndolo.

Me chupó primero con lentitud, envolviendo la punta y bajando cada vez más. Luego abrió la garganta y se la tragó casi entera de una sola vez. Sentí el calor de su boca, el apretón húmedo de sus labios, el roce de la garganta en el glande y se me doblaron un poco las rodillas.

—Mierda, sí… así —jadeé.

Vera me miró desde abajo sin soltarme. La imagen era una locura: su boca llena de polla, los ojos clavados en mí, una mano subiendo y bajando por el tronco mientras la otra me amasaba los huevos con descaro. Empezó a marcar ritmo, tragando y sacando, húmeda, ruidosa, guarra. La saliva le corría por la barbilla y salpicaba la base de mi polla.

Se detuvo solo para escupirse en la mano y pajearme con más facilidad. Luego me lamió desde los huevos hasta la punta y volvió a metérsela. Cada vez que descendía hasta el fondo, su nariz me golpeaba el pubis y yo sentía un latigazo de placer que me subía por el abdomen.

—Tienes una boca de puta —le dije, agarrándole la coleta.

Ella sonrió alrededor de la polla y aceleró. Me chupaba con hambre de verdad, cerrando más la garganta, haciendo ruido, dejando que la mezcla de saliva y preseminal me empapara la verga entera. Cuando me notó tensarme, soltó la polla un momento y me habló con la voz ronca.

—No te corras todavía. Quiero sentirte dentro.

La hice levantarse de una mano. Volví a sentarla en la encimera, le separé más las piernas y me arrodillé yo. El olor de su coño me pegó de lleno. Era un olor limpio, caliente, excitado. Le besé la parte interna de los muslos y ella me agarró del pelo, ya anticipando lo que venía.

No quise marearla más. Le escupí sobre el clítoris y pasé la lengua por encima. Su reacción fue inmediata: se estremeció entera y dejó escapar un gemido ronco, largo, sin vergüenza. Abrí bien sus labios con los pulgares y empecé a comerle el coño despacio, hundiendo la lengua entre sus pliegues mojados.

Sabía dulce y salada a la vez, y cuanto más la lamía más se me llenaba la boca de su humedad. Le metí dos dedos de golpe mientras seguía chupándole el clítoris y ella me clavó las uñas en el hombro.

—Joder, cabrón…

Moví los dedos dentro, abriéndola, entrando y saliendo con ritmo mientras la lengua se concentraba en su clítoris. La oía jadear arriba, notaba cómo movía la cadera buscando más presión y cómo su coño se cerraba cada vez que acertaba con el punto. La estaba poniendo muy cerca y me encantaba.

Metí un tercer dedo y ella soltó un «sí» ahogado. Su respiración se volvió corta, entrecortada. Entonces le mordí suavemente el clítoris y tembló tanto que casi me empujó con los muslos.

—No pares, no pares… —repetía.

La lamí con más insistencia, alternando lengua y dedos, hasta que la sentí apretarse de golpe. Se corrió en mi boca con una sacudida seca, empapándome los labios y la barbilla. No fue un orgasmo silencioso ni bonito. Fue crudo, desordenado y muy húmedo, justo como me gustan.

Me puse de pie limpiándome apenas con el antebrazo. Ella me miró con la boca abierta y el pecho subiendo y bajando deprisa.

—Ahora fóllame —dijo—. Y no me trates suave solo porque tenga novio.

—Eso no se me había pasado por la cabeza.

Le agarré una pierna y la acomodé mejor en el borde. Me pajeé un par de veces frente a su entrada y le froté la punta por el coño, untándome con todo lo que ya estaba chorreando. Verla así, abierta y esperando, me puso casi agresivo.

—Avísame si te molesta —le dije, más por costumbre que por otra cosa.

—Métela ya.

Empujé despacio al principio. Su coño estaba caliente y apretado, y aun estando bien mojado se notaba cómo me iba tragando centímetro a centímetro. Los dos soltamos aire al mismo tiempo cuando entré hasta el fondo. Me quedé quieto un segundo solo para sentirla: el pulso en mis huevos, su carne apretándome la polla, sus dedos clavados en mis antebrazos.

—Joder… —murmuró ella—. Sí, así.

Empecé a moverme. Primero corto, dejando que se acostumbrara al tamaño, luego más amplio, más hondo. Cada embestida sacaba un sonido húmedo y claro del baño, una mezcla de coño mojado y piel chocando que no tardó en volverse obscena. La encimera golpeaba contra su espalda y ella lo recibía con las piernas abiertas alrededor de mi cintura.

—Mírate —le ordené, girándole la cara hacia el espejo.

Le gustó. Se vio con la polla metida hasta el fondo y soltó una sonrisa sucia. Yo también nos miré: mi mano apretándole un pecho por encima del vestido subido, la otra en su cadera, mi polla entrando y saliendo de su coño brillante.

—Dime que esto no lo haces con él —le dije.

—No —jadeó.

—Dime que no te folla así.

—No me folla así.

Eso me encendió más de la cuenta. Apreté el ritmo y empecé a darle duro de verdad, sacando casi toda la verga y metiéndola de golpe otra vez. Vera se agarró a mis hombros y dejó de intentar controlar los gemidos. Cada embestida le arrancaba uno.

—Más… no pares… joder, más fuerte…

Le levanté ambas piernas, dejándola casi recostada sobre el mármol, y así pude entrar todavía más hondo. Mi polla golpeaba dentro con un sonido espeso y ella apretaba el vientre, gimiendo como una guarra feliz. Se llevó una mano entre las piernas para tocarse el clítoris mientras yo la seguía taladrando.

—Eso, tócatele —le dije—. Quiero verte correrte con mi polla dentro.

Vera obedeció. Se frotaba rápido, desesperada, mientras yo mantenía un ritmo fuerte y sostenido. La encimera crujía un poco. El espejo devolvía una imagen indecente. Yo ya iba pasado de vueltas, sudado, con la mandíbula tensa y los huevos golpeándole el culo en cada envión.

Cuando vi que estaba cerca, la saqué de golpe. Ella abrió los ojos, frustrada un segundo, pero no le di tiempo a protestar. La giré, la incliné sobre la encimera y le separé el culo con una mano.

—Apóyate bien.

Me obedeció al instante. Volví a entrarle desde atrás y los dos soltamos un gemido al mismo tiempo. Así estaba todavía más estrecha. Le agarré la cintura y empecé a embestirla con ganas, viendo en el espejo cómo le rebotaban los pechos y cómo su boca quedaba entreabierta cada vez que se la metía hasta el fondo.

—Mierda, sí… así, así… —repetía ella.

—Qué coño más rico tienes.

—Y es tuyo ahora mismo, fóllamelo.

Le di más fuerte. Ya no había tanteo ni cuidado, solo sexo directo. Sonaban los golpes de la piel, su respiración rota, mis jadeos cada vez más graves. Le metí una mano por delante, le agarré el cuello sin apretar y la obligué a sostenerme la mirada en el espejo.

—¿Tu novio sabe que eres tan puta?

Vera negó con la cabeza, mordiéndose el labio.

—No.

—Pues debería verte ahora, con mi polla metida hasta el fondo.

La oí gemir más fuerte. Con la otra mano le busqué el clítoris y empecé a frotárselo al mismo tiempo que seguía penetrándola. Eso la desarmó. Su cuerpo perdió rigidez y pasó a temblar. Sentí cómo su coño empezaba a apretarme en pulsos rápidos.

—Me corro… me corro… no pares…

No paré. Al contrario. Le di todavía más duro, dos, tres, cuatro embestidas profundas mientras le rozaba el clítoris, hasta que se corrió de nuevo. Esta vez fue más violento. Se sacudió entera, empapándome la polla y la base del pubis, y dejó una mancha húmeda resbalando por sus muslos.

Seguí unos segundos más, aprovechando cómo se contraía alrededor de mi verga. Yo ya estaba al límite. La saqué otra vez y me senté en la tapa del inodoro, tirando de ella para que se colocara encima de mí.

Vera entendió lo que quería sin necesidad de hablar. Se subió a horcajadas, se agarró la polla con la mano y se la puso sola a la entrada. Luego se dejó caer despacio, tragándomela otra vez completa. Los dos gemimos casi con alivio.

Empezó a cabalgarme con una cadencia sucia, húmeda, levantándose y bajando hasta meterme la polla entera cada vez. Yo le chupé un pezón a través de la tela recogida del vestido, después se lo saqué y se lo mordí directamente. Ella dejó caer sudor por el pecho, me apoyó una mano en el abdomen y siguió moviendo las caderas.

—Mírame —dijo.

La miré. Tenía la boca brillante, el pelo algo deshecho a pesar de la coleta y una expresión de puro vicio.

—Quiero que te corras en mi boca.

—Como sigas así, va a ser ya.

Vera apretó el ritmo. Yo la ayudé agarrándole el culo y hundiéndola más fuerte sobre mi polla. El baño entero parecía oler a sexo: saliva, sudor, su coño abierto, mi verga empapada. Era una escena sucia y perfecta.

Cuando noté el primer tirón serio en los huevos, la aparté un poco. Ella se arrodilló enseguida entre mis piernas, volvió a tragarse la polla con ansia y empezó a chuparme con una velocidad que me acabó de romper. Su lengua pasaba por el glande, su mano bombeaba la base y, entre una chupada y otra, me lamía los huevos.

—Trágate esto —alcancé a decir.

No necesité repetirlo. Me corrí en su boca con una sacudida fuerte, soltando varias cargas espesas. Ella no retiró la cara. Recibió la corrida, tragó parte y dejó que el resto le manchara los labios y el pecho. Me siguió chupando suave mientras terminaba de vaciarme, sacándome hasta la última gota.

Se quedó ahí unos segundos, respirando con la frente apoyada en mi muslo. Yo tenía el pecho subiendo y bajando como si acabara de salir de una pelea. Cuando levantó la cara, sonrió de una forma descarada que me hizo reír.

—Ahora sí me has quitado el calor —dijo.

—Y yo pensando que solo querías refrescarte.

Me puse de pie y la besé de nuevo, saboreando en su lengua el resto de mi corrida. Ella no se echó atrás. Al contrario: me abrazó del cuello y me dio un beso lento, largo, como si quisiera alargar unos segundos más la guarrada.

Luego cogió su móvil de la repisa, miró la pantalla y soltó una carcajada.

—Tenemos que salir antes de que sospechen.

—Con este olor, van a sospechar seguro.

Nos limpiamos como pudimos con toallas pequeñas. Yo me até de nuevo el bañador. Ella se colocó el bikini y el vestido sin demasiada prisa. Todavía tenía las mejillas encendidas y las piernas un poco flojas. Antes de abrir, me agarró de la mano.

—Esto no ha pasado —dijo.

—Claro.

—Y si vuelve a pasar, tampoco.

Sonreí.

—Eso suena mejor.

En ese momento golpearon la puerta.

—¿Van a vivir ahí dentro? —era la voz de Teo, riéndose—. Dejen baño para los demás, cabrones.

Vera y yo nos miramos y se nos escapó la risa. Abrí unos centímetros.

—Ya salimos.

—Pues dense prisa —dijo él—. Y abran una ventana, que desde aquí huele a que alguien ha estado pecando fuerte.

Cuando salimos al porche, la tarde seguía igual de luminosa que antes, pero yo ya no era exactamente el mismo. Vera se fue directa a la piscina, se lanzó al agua y, al sacar la cabeza, me buscó con la mirada. Solo fueron dos segundos, pero bastaron para entender que aquello no había sido un accidente.

Me serví otra copa y me senté intentando parecer tranquilo. Nico seguía tocándole el muslo a la morena bajo la mesa. Mauro hablaba con la pelirroja demasiado cerca de su boca. Teo hacía el payaso en el borde de la piscina. Y yo tenía todavía el sabor del coño de una desconocida y el eco de sus gemidos rebotándome en la cabeza.

Aquel viaje apenas estaba empezando. Pero si me preguntan cuál fue la primera escena que supe que no iba a olvidar, no dudaría. Fue la del baño. La de la puerta cerrándose. La de esa mujer con novio llevándome de la mano como si ya me hubiera elegido antes incluso de entrar en la casa.

Y sí, fue una guarrada.

Por eso mismo la recuerdo tan bien.

Para quienes leen desde Buenos Aires: escorts VIP en Recoleta, con fotos reales.

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Comentarios(5)

Vero_Parana

Dios mio que tension en el momento del espejo... me lo lei dos veces seguidas. Gracias por compartirlo!!

Marito77

excelente!!! sigue escribiendo por favor

PatoLect

Las confesiones bien contadas son las que mas me gustan, sin vueltas y directo al punto. Muy bueno esto.

luciaLP

Me recorde de algo parecido que me paso en unas vacaciones, estas cosas quedan grabadas en la memoria jaja

SofiaN_lect

Esa imagen del espejo la voy a tener en la cabeza un rato largo. Que buena descripcion, se siente real.

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