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Relatos Ardientes

Lo que mi mujer hizo en la cabina del sex shop

Todo empezó un martes cualquiera, en nuestro dormitorio de Pamplona. Estábamos usando el consolador de siempre, pero el juguete ya no vibraba ni cambiándole las pilas.

—Cariño… —me dijo Marina, observando la pieza de silicona muerta sobre la mesilla—, esto ya no funciona. Necesitamos uno nuevo, algo que parezca más… real.

—Tienes razón —le contesté—, pero como entres tú en el sex shop del centro y te reconozca un paciente de tu clínica, mañana media ciudad sabrá qué tratamientos haces por la noche.

Nos reímos, pero el deseo seguía ahí. No queríamos comprarlo por internet. Marina quería tocarlo, ver el tamaño, sentir el material. Queríamos la experiencia completa, el vicio entero.

—¿Y si nos escapamos el sábado a Valladolid? —propuse—. Allí no nos conoce ni el apuntador. Paseamos, comemos algo por la Plaza Mayor y luego nos metemos en el sex shop más grande que encontremos. Podemos ser quienes queramos.

A Marina se le iluminó la cara. La idea de ser anónimos en una ciudad ajena la puso a mil. Durante toda la semana, el viaje se convirtió en nuestro juego previo. Nos enviábamos mensajes al trabajo imaginando cómo sería el nuevo juguete.

Que sea negro y bien grande, escribía ella. Y con las venas marcadas, respondía yo.

***

El sábado por la mañana enfilamos la autopista. Marina iba guapísima, con una falda corta y esas botas que sabe que me vuelven loco. Al cruzar el límite de la provincia, noté cómo cambiaba su actitud. Ya no era la dentista responsable y discreta de siempre; empezaba a asomar otra mujer, una mucho más desbocada.

Al llegar a Valladolid aparcamos cerca del centro. Tras un par de cañas para entonar el cuerpo, buscamos en el móvil el local. Al entrar, el olor a látex y el aire acondicionado nos recibieron de golpe. Marina iba directa, recorriendo las estanterías con una naturalidad que me sorprendió, hasta que llegamos al fondo, donde un cartel luminoso anunciaba cabinas de cine y zona privada.

—Mira, Andrés… —susurró ella, apretándome el brazo—, hay cabinas. ¿Te imaginas meternos ahí los dos a probar el juguete mientras vemos una peli?

Lo que no sabíamos era que aquellas paredes de madera desgastada guardaban más sorpresas de las que cabían en nuestra imaginación.

Pagamos el consolador en la caja. Era una pieza imponente, de un realismo que hacía que Marina no pudiera dejar de mirarlo a través del plástico transparente. El dependiente, un tipo acostumbrado a todo, nos dio un par de fichas para las cabinas con una sonrisa cómplice.

—La número cuatro es la más amplia para dos —dijo con voz neutra.

***

Caminamos por un pasillo iluminado con luces rojas hasta el fondo del local. Al cerrar la puerta de la cabina, el ruido del sex shop desapareció, sustituido por el sonido de una película que arrancó sola en la pantalla al meter las fichas. El espacio era minúsculo, forrado de un material oscuro, con un banco pequeño y un olor penetrante a desinfectante y excitación.

Marina no esperó. Se subió la falda, se bajó las braguitas y se sentó en el borde del banco, abriendo las piernas mientras la luz de la pantalla le bañaba la piel de destellos azules y blancos. Saqué el juguete nuevo de la caja. Brillaba bajo la luz mortecina.

—Andrés, métemelo… quiero sentir si es tan real como parece —susurró, mientras en la pantalla una escena llenaba el cuarto de gemidos exagerados.

Empecé a jugar con ella, introduciendo el consolador despacio. Marina arqueó la espalda y apoyó las manos en las paredes laterales para no perder el equilibrio. Estaba empapada, excitada por el riesgo de estar en un sitio público de una ciudad extraña, haciendo algo que jamás se atrevería a hacer en casa.

—Dios, cómo llena —gimió, cerrando los ojos.

Fue entonces cuando lo notamos. A ambos lados de la cabina, a la altura de nuestras cinturas, había unos círculos perfectos recortados en la madera. Al principio eran solo sombras. Pero el sonido de una respiración pesada al otro lado de la pared derecha nos hizo congelarnos.

Marina abrió los ojos y miró fijamente el agujero de su derecha. La luz de la cabina contigua dejaba ver algo moviéndose. Sin previo aviso, una verga gruesa y ya en tensión empezó a asomar por el orificio, invadiendo nuestro espacio. Casi al mismo tiempo, por el hueco de la izquierda apareció otra, más oscura y palpitante.

Marina se quedó sin aliento, con el consolador nuevo todavía dentro de ella, mirando cómo esos dos invitados de carne y hueso reclamaban su atención en la penumbra.

—Andrés… ¿esto qué es? —susurró con la voz entrecortada.

—No sé, cariño —le respondí al oído con una sonrisa pícara—, igual son consoladores de última generación, con calefacción y pulso propio, para que los clientes los prueben antes de comprar.

Marina soltó una risita nerviosa, esa que delata que su excitación está por las nubes. Noté cómo un escalofrío le recorría la espalda.

—¿Qué hacemos? —preguntó, aunque su mirada ya estaba clavada en la verga de la derecha.

—A ti qué te apetece… —solté, dejándole todo el poder—. Aquí nadie nos puede ver y en esta ciudad nadie nos conoce. Somos dos extraños en una cabina, nada más.

Ella guardó silencio un segundo, escuchando el roce de la madera contra la piel de aquellos hombres. Luego volvió a mirarme con esa chispa de decisión que tanto me gusta.

—Voy a tocarlas… si me dejas —dijo con un hilo de voz, buscando mi aprobación.

—Adelante. Comprueba si son de silicona o de verdad.

***

Con un movimiento lento y cargado de morbo, Marina extendió ambas manos. Como si fuera una cata a ciegas, cerró los dedos alrededor de los dos miembros a la vez. El calor lo sintió de golpe. No eran juguetes. Sus manos, pequeñas y cuidadas, apenas podían rodear el grosor del de la izquierda. Al notar su tacto, los dos hombres soltaron gemidos ahogados que vibraron a través de los tabiques.

—Dios, Andrés —exclamó ella, empezando a deslizar las manos con ritmo—. Están ardiendo… y durísimas.

En la pantalla, la película seguía a todo volumen, pero el verdadero espectáculo ocurría allí mismo. Marina, sentada entre dos desconocidos a los que no podía ver, empezó a masturbarlos con una avidez que nunca le había visto, mientras yo la sujetaba de la cintura, disfrutando de cómo mi mujer se adueñaba de la situación.

Se dejó deslizar del banco hasta quedar de rodillas en el suelo, justo en medio de los dos orificios. El consolador rodó por el suelo, olvidado. Ahora solo importaba la carne caliente.

—Están impacientes, Andrés… ¿puedo chuparlas? —susurró antes de lanzarse.

—Tú misma —le dije—. No se lo voy a contar a nadie. Soy tu marido.

Primero se entregó a la de la derecha. Abrió los labios y la envolvió con una decisión que hizo que el desconocido golpeara la madera con el puño. El sonido de la succión se mezclaba con el audio de la película, creando una atmósfera de puro pecado.

Pero Marina no se conformaba con una. Tras unos segundos de entrega total, se apartó con un chasquido y giró la cabeza hacia la izquierda. Repitió la operación, devorando la otra verga con la misma hambre, mientras sus manos seguían trabajando a ciegas con la que acababa de soltar.

—Mira cómo vibran, cariño —me decía entre una boca llena y otra.

Yo me quedé sentado en el banco, con las piernas abiertas, viendo cómo mi mujer, la dentista discreta y respetable, se convertía en la reina de aquel pasillo. Su cabeza iba de izquierda a derecha, de un agujero a otro, con un ritmo frenético. La luz de la pantalla iluminaba el brillo de su saliva en cada miembro que asomaba por las paredes.

***

Los dos hombres, separados por tabiques pero unidos por la boca de Marina, empezaron a jadear al unísono. La cabina entera vibraba. Ella estaba desbocada, disfrutando de ese anonimato total, sabiendo que para esos tipos era solo una boca milagrosa que había aparecido de la nada y que para mí era la mujer más valiente y viciosa del mundo.

En medio del frenesí, me miró con los ojos empañados por el deseo y me hizo un gesto con la mano.

—Andrés, acércate… pon la tuya aquí, pegada a esta —dijo señalando la verga de la derecha, que palpitaba con fuerza.

Me bajé los pantalones y me arrodillé junto a ella, pegando mi miembro al del desconocido. La sensación de la piel de un extraño rozando la mía, ambos compartiendo la misma boca, era un chute de morbo puro. Marina abrió la boca lo suficiente para envolvernos a los dos. Sentir cómo mi glande rozaba el del otro hombre dentro de su boca era una locura que jamás habríamos imaginado en casa.

De repente, el tipo de la derecha no aguantó más. Soltó un gemido que atravesó el tabique y se vació entero. Buena parte de la descarga cayó directamente sobre mi glande, bañándolo por completo.

Marina, lejos de apartarse, disfrutó del momento. Se separó del agujero y, con una lentitud provocadora, fijó la mirada en mi verga empapada por el semen del desconocido.

—Mira qué festín, cariño… —susurró, antes de lanzarse a relamerme con devoción, tragando cada gota mientras me limpiaba con la lengua caliente.

—Ahora la otra —ordené con la voz rota.

Nos desplazamos al hueco de la izquierda. Repetí la operación, pegando mi miembro al del segundo desconocido. Marina volvió a la tarea, alternando la lengua entre la piel del extraño y la mía, saboreando el contraste. La cabina se hacía cada vez más pequeña, cargada del olor del sexo. Ella nos chupaba a la vez, moviendo la cabeza con un ritmo frenético, hasta que el segundo hombre también estalló sobre mi glande.

Marina volvió a limpiarme con su lengua, saboreando a ese segundo extraño mientras yo la agarraba del pelo, alucinado con la escena que estábamos protagonizando.

***

Se giró aún con un rastro blanquecino en la comisura de los labios y se quedó petrificada. Por el primer agujero, el que acabábamos de dejar vacío, ya no estaba la misma verga de antes. Ahora asomaba otra distinta: más clara, con las venas muy marcadas y un glande imponente que buscaba aire en nuestra cabina.

—¿Otra? —exclamó Marina dando un salto hacia atrás, chocando contra mi pecho—. ¿Pero esto qué es, Andrés? ¡Parece que hay cola ahí fuera!

Me eché a reír, contagiado por la adrenalina del momento. La estrechez de la cabina, el calor y el olor a sexo nos tenían ya en otra dimensión.

—Te lo he dicho, cariño… —le susurré, sujetándola por los hombros—, aquí saben reconocer a una buena profesional. Han corrido la voz por el pasillo y ahora todos quieren que les hagas una revisión a fondo.

Marina miró al nuevo intruso. La verga palpitaba, exigiendo su turno con una arrogancia que en otro momento la habría asustado, pero que ahora, con las cañas y la película de fondo, la ponía a mil.

—Es increíble —dijo, soltando una carcajada nerviosa mientras se pasaba la mano por el pelo—. ¿Te das cuenta, Andrés? Si estuviéramos en casa estaría muerta de vergüenza, pero aquí y ahora me da igual.

—Pues tú dirás —la piqué—. ¿Cerramos el chiringuito o atendemos al siguiente?

Marina miró el consolador que yacía en el suelo, una pieza inerte comparada con lo que vibraba a través de la madera. Se giró hacia mí con los ojos encendidos, agarrándose a mis brazos.

—Andrés… al final el juguete se ha quedado ahí tirado —susurró—. Pero tengo el coño ardiendo y esa verga parece justo lo que necesito. ¿Puedo… puedo metérmela?

Me quedé de piedra un segundo, pero la excitación me recorrió la columna como una descarga. Ver a mi mujer, la profesional respetada, pidiéndome permiso para que un extraño de una cabina la poseyera, era el clímax de toda nuestra aventura.

—Hazlo, Marina —le dije con voz ronca—. Olvida el juguete. Prueba la de verdad.

***

No esperó. Se colocó de espaldas al agujero, apoyando las manos en la pared opuesta. Agachó un poco el cuerpo y, con una mano, guio el glande del desconocido hacia su entrada, que ya estaba empapada por todo lo anterior.

En cuanto sintió el primer contacto, soltó un gemido que debió oírse en todo el sex shop. Se empujó hacia atrás con decisión, clavándosela entera de un solo movimiento. El tipo al otro lado soltó un rugido de sorpresa y placer, mientras sus manos aparecían por el borde del agujero para agarrar con fuerza las caderas de Marina.

—¡Dios, Andrés! ¡Cómo me llena… está durísima! —gritó ella, empezando a moverse con un ritmo salvaje contra la madera.

Me puse frente a ella, viendo cómo le botaban los pechos y cómo su cara se transformaba por el placer de lo prohibido. El tabique crujía bajo el empuje del desconocido, que la embestía con rabia animal desde el anonimato del otro lado. Marina me miraba fijamente, buscando mi complicidad en cada embestida, mientras yo la animaba, consciente de que en esa pequeña cabina estábamos rompiendo todos los récords de nuestro propio vicio.

Se agachó de nuevo con una sonrisa de vicio absoluto, esa que solo pone cuando sabe que está rompiendo todas sus reglas.

—Andrés… métemela en la boca. Quiero tu verga mientras este me llena por detrás —jadeó, con la voz rota por el esfuerzo.

Me coloqué frente a ella y, mientras sentía el impacto rítmico de la carne contra la madera, Marina abrió los labios para chupármela. La imagen era de un morbo absoluto: mi mujer, poseída por un extraño a través de una pared mientras devoraba a su marido. El sonido de las embestidas se mezclaba con su succión desesperada.

De repente, el tipo del otro lado soltó un rugido sordo. Sentí cómo sus manos apretaban las caderas de Marina con una presión final y, tras un espasmo violento, se descargó dentro de ella. Marina arqueó la espalda, soltando mi miembro un segundo para gritar de placer, sintiendo cómo el calor del desconocido la inundaba por dentro.

Ese fue mi detonante. Aproveché su boca abierta y me vacié con la misma fuerza, llenándola por completo. Nos quedamos un momento en silencio, roto solo por el audio de la película y nuestros jadeos. Marina se separó del agujero, y vi cómo el semen del extraño empezaba a desbordarse, recorriéndole los muslos. Con una sonrisa de victoria, me miró mientras yo le esparcía con la mano todo ese exceso por el vientre y el sexo.

***

—Vaya estreno… —susurró ella, limpiándose la comisura—. Andrés, este consolador nuevo lo va a tener muy difícil.

Se agachó, recogió el juguete del suelo y lo guardó en la caja como si nada hubiera pasado. Nos vestimos rápido, recomponiendo nuestra imagen de pareja normal, y salimos del sex shop directos al aire fresco de la calle.

Caminamos hacia la Plaza Mayor, con Marina andando un poco más despacio, sintiendo todavía el peso y el calor de lo que llevaba dentro. Nos sentamos a tomar unas tapas y unos vinos, brindando con la mirada por nuestro secreto. Al caer la noche subimos al coche de vuelta a casa, cansados pero con la satisfacción de saber que volvíamos con el mejor recuerdo posible… y con un juguete que, esta vez, iba a quedarse mucho tiempo en el cajón.

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Comentarios (5)

Ruben_cba21

tremendo!! uno de los mejores que lei aca en mucho tiempo

LectorVeloz

necesito saber que paso con el consolador jajaja, por favor una segunda parte

NocturnaBA_77

Me encanto como esta escrito. Se siente real, no forzado. Ese final dice todo sin decir nada, impresionante

DiegoNight

jajaja el juguete olvidado en el piso... tremendo detalle, me mato

CuriosaRio

Esto me recuerda a una vez que fuimos a uno de esos locales con mi pareja... terminamos igual de distraidos jaja. Muy bueno el relato

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