Mi mujer cumplió su fantasía con mi amigo esa noche
El aire que entraba por las ventanillas todavía olía a las fiestas de Ejea. Atrás dejábamos las peñas, las charangas y ese sabor traicionero del kalimotxo que habíamos bebido hasta perder la cuenta. Lorena iba detrás, riéndose por nada, con las mejillas encendidas y ese brillo de chica traviesa que yo conocía tan bien.
Diego conducía relajado, comentando cosas de la empresa, hasta que en mitad de la oscuridad de la nacional unas luces de neón rosa y azul empezaron a teñir el asfalto. Era uno de esos clubes de carretera, un oasis de pecado plantado entre los campos aragoneses.
—¿A que no te atreves a entrar? —soltó de broma, mirando por el retrovisor.
Lorena se incorporó, apoyando los codos en nuestros asientos. El escote de su camiseta blanca, húmedo por el calor de la verbena, se entreabrió dejando ver el inicio de sus pechos.
—¿Yo? ¿En un sitio de esos? Jamás he pisado uno —dijo con una sonrisilla desafiante.
—Venga, Lorena —la piqué yo, girándome para verla—. Con tu marido y un amigo de confianza, ¿qué te va a pasar? Es pura curiosidad… o a lo mejor te da miedo lo que puedas ver ahí dentro.
Esa fue la palabra mágica: miedo. Lorena no le teme a nada cuando el alcohol le corre por las venas y yo estoy a su lado.
—¡Para el coche, Diego! —exclamó entre carcajadas—. Vamos a ver qué se cuece.
Diego frenó con un chirrido y metió el coche en el aparcamiento de grava. Mientras caminábamos hacia la puerta, yo sentía una presión excitante en el pecho. Sabía que ese ambiente de sexo pagado y mujeres exuberantes iba a disparar el deseo de mi mujer. Ella, la esposa educada, la chica corriente, iba a cruzar el umbral del vicio de la mano de dos hombres.
Dentro, el olor a tabaco, perfume barato y whisky nos golpeó de lleno. La luz era escasa, apenas rota por los destellos de la pista. Lorena se pegó a mí, intimidada al principio, pero noté cómo sus dedos apretaban mi brazo. Estaba excitada. Muy excitada.
Pedimos unas copas y nos sentamos en unos sofás de escay desgastado. Diego y yo flanqueábamos a Lorena, que observaba cada detalle con los ojos como platos. Algunas de las chicas nos miraron de reojo, pero al ver a mi mujer entre nosotros, con su frescura de mujer normal, prefirieron mantener la distancia.
En un momento dado se levantó para ir a los aseos. Diego y yo seguimos con la mirada el vaivén de sus caderas. Él dio un trago seco a su whisky, sin decir palabra, pero su respiración se había vuelto más pesada. Cuando volvió, no venía sola: salía charlando con una de las chicas del club, una morena de curvas generosas y mirada cansada.
—Le he dicho que tú eres mi marido —me dijo— y que Diego es un compañero tuyo de la empresa.
La chica, ni corta ni perezosa, se inclinó hacia Diego dejando que su escote le rozara el hombro.
—¿Y el compañero no querrá subir un rato conmigo mientras los casados terminan sus copas? —soltó con voz melosa.
Diego la miró de arriba abajo, pero sus ojos volvieron enseguida a Lorena, que lo observaba con una curiosidad morbosa, relamiéndose los labios. El rechazo fue inmediato.
—No, gracias —dijo con la voz un poco seca—. Nos vamos ya.
Lorena parecía encantada: la chica del club no había podido competir con ella. Salimos al aparcamiento y subimos al coche para retomar la carretera hacia Zaragoza.
***
El aire fresco no sirvió para enfriar lo que se había encendido allí dentro. El silencio del habitáculo no era incómodo: era un silencio cargado, espeso como el humo del local que dejábamos atrás.
—Diego… —dijo ella rompiéndolo, con esa voz más grave por el alcohol y la excitación—. ¿Por qué le has dicho que no a esa chica? Era guapísima.
Diego apretó el volante. Yo lo miraba de reojo desde el copiloto: tenía los nudillos blancos.
—No me apetecía una desconocida cualquiera —respondió sin apartar la vista de la carretera—. Prefiero a las mujeres de verdad.
Yo sonreí en la oscuridad. El juego había empezado. La apuesta había servido para que Diego dejara de ver a mi mujer solo como la pareja de su compañero. Ahora se había convertido en su objetivo.
—¿Ah, sí? —replicó ella, echándose hacia delante, invadiendo el espacio entre los asientos—. Cariño, ¿te pongo más yo que las del club? —me dijo a mí.
El coche dio un pequeño bandazo. Diego estaba perdiendo la compostura. En lugar de seguir recto hacia Zaragoza, giró el volante con decisión y tomó una salida secundaria. El asfalto perfecto dio paso a una carretera estrecha, flanqueada por viñedos que parecían sombras. Cruzamos uno o dos pueblos dormidos, pero no se detuvo.
—¿A dónde nos llevas? —pregunté, aunque sabía que nos conducía directos al corazón de la fantasía.
—A Valdecuevas —respondió, con la vista fija en la carretera que se empinaba—. Es un pueblo abandonado. Quiero enseñaros una cosa.
—¿Un pueblo abandonado? —repitió ella con un hilo de voz—. Allí no habrá nadie, ¿verdad?
—Nadie, Lorena. Solo nosotros tres —dijo él, y esta vez la voz no le tembló.
***
El coche traqueteó por un camino de tierra. Las luces largas iluminaban fachadas de piedra derruidas, ventanas como cuencas vacías y calles invadidas por la maleza. El silencio de Valdecuevas era sepulcral. Diego paró el motor cerca de la vieja plaza y la oscuridad se tragó el coche de golpe.
Me giré para mirar a Lorena. En la penumbra, su camiseta blanca parecía brillar. Se había soltado el pelo y respiraba rápido, entrecortado. La idea de estar en un sitio muerto, donde nadie podía oírnos, la estaba volviendo loca.
La miré y vi en sus ojos que pensábamos en lo mismo: esa fantasía de nuestra intimidad, esas noches en las que yo le hablaba al oído de otro hombre tomándola con mi permiso. Y ahora la fantasía tenía nombre. Se llamaba Diego.
—Sé en qué estás pensando, cariño —le dije muy bajo, casi un susurro que Diego también podía oír—. En lo que te decía al oído… en que esta noche no haría falta imaginar nada.
Lorena soltó un gemido ahogado y se mordió el labio, clavando los ojos en la nuca de Diego. Él seguía inmóvil, pero supe que escuchaba cada palabra.
—Diego —dije, apoyando una mano en su hombro—, te voy a hacer una confidencia, pero que no salga de aquí. A Lorena le encanta que le cuente fantasías en las que otro hombre la disfruta. A veces jugamos a que tú, o cualquiera de la oficina, entra en nuestra cama y la hace suya mientras yo miro.
Diego tragó saliva. El sonido fue nítido en el silencio del pueblo. Despacio, soltó el volante y se giró hacia atrás, hacia donde mi mujer esperaba con las piernas ligeramente abiertas y la respiración desbocada.
—¿Es eso verdad, Lorena? —preguntó, con una voz que era puro instinto.
—Me da un poco de corte ahora mismo… —respondió, alargando la mano para coger la mía—. Pero a veces no quiero solo imaginarlo. A veces quiero probarlo.
Y entonces se echó hacia atrás, subiéndose la camiseta hasta dejar los pechos al aire, desafiándolo en la penumbra.
—También tengo mucho calor —dijo con voz ronca—. Me voy a quedar en topless, como en la playa. ¿Te gustan mis tetas, Diego?
Yo me acomodé en el copiloto, sintiendo cómo mi excitación se disparaba. Estaba a punto de ver cómo mi mujer se entregaba a mi compañero en el rincón más desolado del mundo.
Diego se quedó petrificado, la mirada clavada en la piel morena de Lorena. Estiró una mano, dudando un segundo, hasta que sus dedos rozaron casi con miedo el borde del asiento.
—Son… son preciosas —logró decir, mientras su mirada bajaba de los ojos al pecho.
Ella soltó una risita nerviosa, esa que mezcla vergüenza y excitación pura. Me apretó la mano buscando mi aprobación, y yo se la devolví dándole vía libre.
—No te cortes, Diego —dije con una calma que contrastaba con mi pulso—. Tócalas. Comprueba si son tan suaves como parecen.
No necesitó que se lo dijera dos veces. Su mano envolvió uno de los pechos de Lorena. Ella arqueó la espalda y dejó escapar un suspiro largo mientras los pezones se le erizaban bajo el tacto ansioso de mi compañero.
—Dios, Diego —exclamó—. Tienes las manos ardiendo.
En ese instante ya no era la maestra educada de Zaragoza ni la esposa perfecta; era la mujer de nuestras fantasías. Se desabrochó el botón del pantalón corto y lo miró con un desafío total.
—¿Sabes qué más me imagino? —susurró, mientras su mano libre bajaba por su vientre—. Que esta noche no vas a ser un caballero. Que me vas a tratar como a una de esas chicas del club, pero con la confianza de un amigo… y que nada de lo que pase aquí saldrá de tu boca. Será nuestro secreto.
Diego soltó el volante y, con un movimiento ágil, se pasó al asiento de atrás. El coche se balanceó bajo su peso. Yo me giré por completo en el copiloto, dispuesto a no perderme un solo detalle.
***
El espacio trasero se volvió pequeño, asfixiante, cargado de un deseo que llevaba meses gestándose en la oficina. Diego no perdió el tiempo: una mano bajó con urgencia hacia la cremallera abierta del pantalón de Lorena; la otra se enterró en su pelo para atraer su boca hacia la suya. Yo era el espectador de honor, y aquello superaba cualquier cosa que hubiéramos imaginado en casa.
—Oh, sí… Diego —gimió ella cuando la mano de él se hundió bajo su ropa interior—. Así… no pares.
Lorena se retorcía buscando el contacto de esa piel ajena, disfrutando de la rudeza de un hombre que no era su marido pero que tenía mi permiso total. Diego le besó el cuello mientras ella buscaba mi mirada.
—Mira cómo me pone, Marcos —susurró—. Mira lo que me está haciendo tu amigo.
—¿Seguro que no te importa, tío? —preguntó él, jadeando, aunque su mano seguía trabajando con ritmo frenético entre las piernas de mi mujer.
—No solo no me importa —respondí, acomodándome para ver mejor—. Me encanta. Quiero que la pongas a mil. Quiero que llegue a casa bien satisfecha.
Aquello disparó la acción. Diego le quitó los pantalones con un tirón decidido y la dejó completamente expuesta. Ella separó las piernas al máximo, ofreciéndose sin reservas mientras el silencio del pueblo se llenaba con el aroma de nuestros cuerpos.
Con una determinación que me dejó atónito, Lorena le hizo una seña para que saliera del coche. Él obedeció y se quedó de pie junto a la puerta abierta. Ella se deslizó hasta el borde del asiento, sacó las piernas hacia fuera y, sin dudarlo, lo agarró. Lo tenía firme, palpitante. Vi cómo se inclinaba hacia delante y abría los labios para recibirlo, y el sonido rompió el silencio sepulcral de Valdecuevas.
—Dios, Lorena —exclamó Diego, echando la cabeza atrás y apoyando las manos en el techo del coche para no desplomarse.
Ella se deleitaba con cada centímetro, entregada con un hambre que yo nunca le había visto. Ver a mi mujer, la de la mirada dulce, convertida en esa amante insaciable a pocos centímetros de mí era el mejor regalo que esas fiestas nos podían haber dado. Levantó la vista un segundo, con los ojos vidriosos, sin soltarlo, como si me dijera sin palabras: mira lo que estoy haciendo, mira cómo disfruto.
Diego estaba al límite. Sus dedos se hundieron en su pelo, guiando el ritmo de su boca, mientras las caderas le daban sacudidas involuntarias.
—Me corro, Lorena… ¡me corro ya! —gimió, con la voz rota y las piernas temblándole.
Ella, lejos de apartarse, le clavó las manos y succionó con más fuerza, decidida a no dejar escapar nada. Vi cómo su cuerpo se tensaba en un último espasmo y, tras un gruñido gutural, se vaciaba. Lorena lo recibió todo con una naturalidad que me dejó mudo, saboreando el premio de aquella apuesta que había empezado entre risas en Ejea.
Cuando él se separó, jadeando contra el marco de la puerta, ella se relamió los labios con una lentitud provocadora y me miró a través del cristal.
—¿Te ha gustado, cariño? —preguntó con un hilo de voz—. Porque yo todavía no he terminado… y Diego aún tiene fuerzas.
***
Me bajé del coche. El aire de la noche era puro, pero el olor a sexo que salía por la puerta abierta resultaba mucho más embriagador. Diego me miró, recuperando el aliento, con un respeto nuevo en los ojos.
—Tío… no sé qué decir —balbuceó mientras se subía a medias los pantalones.
—No digas nada. Vuelve atrás con ella —le dije, mientras rodeaba el coche para ocupar el asiento del conductor—. Vamos a terminar lo que empezamos. Ella aún no ha llegado.
Diego se sentó en el asiento trasero, la espalda apoyada en el respaldo y las piernas abiertas, los pies sobre la grava. Lorena, todavía en topless, se quitó del todo el pantalón corto y, con la respiración entrecortada, se colocó de espaldas a él. Con una agilidad que el alcohol había vuelto más fluida, se sentó encima, guiándolo hasta sentirlo dentro de golpe.
—Así, Diego… —susurró mientras lo recibía hasta el fondo. Se dejó caer con un gemido que resonó en todo el valle dormido.
Fue entonces cuando entré yo en escena. En lugar de mirar desde fuera, me coloqué de pie en el hueco de la puerta abierta, justo frente a su cara. Ella, montada sobre Diego, quedaba a la altura perfecta, inclinándose un poco hacia mí.
La imagen era brutal: yo de pie, sintiendo el aire fresco en la piel, mientras mi mujer subía y bajaba rítmicamente sobre mi compañero y me miraba de frente. Los tres formábamos un único bloque de carne y deseo. Diego, al fondo, la agarraba por la cintura y empujaba hacia arriba con fuerza; Lorena, en medio, lo cabalgaba mientras buscaba con la boca lo que yo le ofrecía a escasos centímetros.
—Joder, Marcos… qué mujer tienes —jadeó Diego desde el fondo, con los ojos en blanco—. No la dejes escapar nunca.
Enterré los dedos en su pelo, guiando su cara hacia mí. Ella alternaba la mirada entre Diego y yo, disfrutando de ser el nexo entre su marido y su amante de una noche. El sonido de los cuerpos chocando se mezclaba con el de su entrega, una sinfonía que solo las ruinas de Valdecuevas podían escuchar.
Justo cuando yo sentía mi descarga a punto de llegar y Diego gruñía detrás de ella, Lorena soltó un gemido que no se parecía a ninguno de los anteriores. Sus manos se clavaron en mis muslos, las uñas hundiéndose en mi piel.
—¡Me corro… me corro ya, Marcos! —gritó, apartando un segundo la boca para tomar aire—. ¡Diego, no pares, sigue… sí, así, así!
Empezó a tener una serie de espasmos violentos. Su espalda se arqueó como un arco tenso bajo la luz de la luna y todo su cuerpo se sacudió sobre el regazo de mi compañero. Fue un orgasmo largo, de esos que la dejan temblando.
Aquella vibración fue definitiva. Diego, sintiéndola estremecerse en pleno clímax, soltó un gruñido gutural y se vació en su interior. Casi al mismo tiempo exploté yo, descargando entre sus labios y su pecho. Ella se quedó unos segundos paralizada, vibrando entre los dos, mientras los tres jadeábamos, unidos por el sudor y el silencio de las ruinas.
Lorena se dejó caer sobre el pecho de Diego, con una sonrisa de absoluta victoria, y me miró con picardía.
—Ahora sí… —susurró con la voz rota—. Ahora sí que podemos volver a casa.
***
Enfilamos la carretera de vuelta. El silencio del coche era ahora de paz y deseo cumplido, y mientras las luces de Zaragoza aparecían en el horizonte yo conducía con una sonrisa. La ciudad dormía cuando paramos frente a nuestro portal. Nos despedimos de Diego con un apretón de manos cargado de un secreto, de esa complicidad silenciosa de quienes han compartido algo prohibido en las sombras.
En cuanto cruzamos el umbral del dormitorio, Lorena, sin decir palabra, se desvistió por completo y se tendió boca arriba en nuestra cama, abriendo las piernas con una naturalidad que me aceleró el pulso de nuevo.
—Marcos… —susurró, mirándome con esos ojos que aún brillaban—. Ven aquí. Quiero que termines tú lo que él empezó.
Me arrodillé entre sus piernas. Allí estaba el rastro de la noche, mezclado con su propia humedad: el trofeo de todo lo vivido. Me acerqué despacio y la recorrí con la lengua, reclamando mi territorio de la forma más dulce y viciosa posible, mientras ella arqueaba la espalda y gemía suave. Cuando terminé, me atrajo hacia sí, rodeándome con los brazos y las piernas.
—Gracias, cariño —me dijo al oído antes de quedarse profundamente dormida—. Siempre pensé que te enfadarías si hacíamos realidad nuestra fantasía. El año que viene… volvemos a Ejea.
Y mientras la abrazaba, supe que ese final —ella satisfecha por dentro y por fuera, los tres atados por un secreto— era el broche perfecto para una noche que ningún fuego artificial podría haber superado.