Su cuñado seguía en la cama al amanecer
La luz del amanecer se colaba por las rendijas de la persiana y dibujaba franjas doradas sobre las sábanas. Lucía se removió despacio, todavía a medio dormir, y alargó la mano por inercia hacia el otro lado del colchón. Esperaba encontrar la espalda tibia de su marido.
—Mario… —murmuró con la voz pastosa.
El brazo que rozó el suyo era más grueso, más caliente. Abrió los ojos de golpe, y la respiración se le cortó. Apoyado en un codo, con la sábana cubriéndole apenas la cintura, Damián la miraba con una serenidad que rozaba lo insultante. Debajo del embozo, ella podía adivinar el bulto de una polla todavía a medio hinchar, como si su cuerpo aún estuviera terminando de bajar del calor de la noche.
—¿Qué haces tú aquí? —Lucía se incorporó de un salto, arrastrando la sábana hasta el cuello—. Dios mío, Damián, ¿qué hemos hecho?
Él no se movió. Tenía el pelo revuelto y la barba de tres días le marcaba la mandíbula de un modo que ella ya había visto demasiado cerca durante la noche.
—Nada que tú no quisieras —contestó despacio.
—No me digas eso. —Le temblaba la voz, entre la rabia y el pánico—. No puede haber pasado. No puede.
Damián la observó en silencio. Sin reproche y sin prisa, dejó que ella mirara a su alrededor: la habitación de matrimonio, las cortinas que su madre les había regalado en la boda, el retrato del viaje a Cádiz sobre la cómoda. Su casa. Su cama.
—¿Qué hora es? —preguntó, llevándose una mano a la sien—. Me estalla la cabeza.
—Las ocho menos cuarto. —Damián señaló la mesilla—. Te dejé agua y un ibuprofeno por si te despertabas mal. Anoche dijiste que te encontrabas regular.
Lucía cogió la pastilla con dedos temblorosos y bebió casi medio vaso de un trago. El cuarto olía a perfume gastado, a vino dulce y a piel. A su propia piel. Y a semen, también, con esa nota inconfundible de sexo terminado a medianoche que no se iba ni abriendo la ventana.
—No recuerdo nada —susurró, sin levantar la mirada—. Solo… que tomamos algo después de la cena. Y luego ya no sé.
—Jugamos a las cartas —dijo él, con media sonrisa—. Tú estabas muy alegre.
Las imágenes empezaron a llegar de repente, sin orden, como una baraja desparramada por el suelo. Las risas tontas. Las manos torpes barajando. El anillo dorado deslizándose por su dedo y cayendo dentro de una copa de Baileys porque «así no hago trampas, Damián, así no te puedo engañar». Y después la boca, la suya y la de él, y la lengua de ella recorriéndole un cuerpo que no debía conocer.
Se acordó, con una nitidez que le quemó las mejillas, del momento en que se había arrodillado en la alfombra del salón, con la falda subida hasta las caderas y las bragas colgando de un tobillo. De cómo le había desabrochado los vaqueros y le había sacado la polla con las dos manos, sorprendida de lo dura y de lo gruesa que la tenía Damián comparada con la de Mario. Se acordaba de habérsela metido entera en la boca, hasta atragantarse, y de cómo él le había cogido la nuca para hundirle más la cara y follársela despacio contra el paladar. De la baba corriéndole por la barbilla. Del sabor salado del glande cada vez que ella lo soltaba para respirar. De su propia voz, ronca y sucia, diciéndole «así, dámela toda, no pares».
—Dios… —Lucía se llevó la mano a la boca.
Vinieron más imágenes, demasiado nítidas para ser inventadas. Sus piernas abiertas en el sofá, la molestia en la cadera que llevaba operada desde el año pasado. Damián arrodillado entre sus muslos, comiéndole el coño con una calma que a ella le había reventado los nervios: la lengua plana contra el clítoris, los dedos separándole los labios mayores, después dos dedos entrando y saliendo despacio hasta encontrarle un punto que le había hecho arquear la espalda. Se acordaba de haberse corrido en su boca gritando su nombre, con las piernas temblándole y las manos agarradas a su pelo. Y después, cuando él se había levantado con la barba brillante de sus jugos, se acordaba de haberle rogado que se la metiera de una vez.
La sensación punzante, leve, en otro sitio en el que jamás había dejado entrar a nadie y donde él había estado tres veces porque ella misma se lo había pedido. Se acordaba de haberse puesto a cuatro patas en la cama, de la mano de Damián escupiéndose en los dedos para lubricarle el culo, de la primera embestida despacio, muy despacio, y del ardor que la había hecho gemir contra la almohada. De cómo él le había ido metiendo la polla centímetro a centímetro, agarrándola de las caderas, hasta llenarla por completo. «Aguanta, mi cerdita, aguanta», le había susurrado. Y ella había aguantado. Y al final, cuando le dolía demasiado, el cambio de orificio: la polla saliéndole del culo con un ruido húmedo y volviendo al coño de una sola estocada. Y dentro, sin nada que lo frenara, hasta notar el chorro caliente descargándose contra su vientre por dentro.
Se le saltaron las lágrimas sin avisar.
Damián se incorporó, le rodeó los hombros con un brazo y la atrajo despacio. Ella resistió dos segundos. Después se dejó.
—Tranquila —murmuró él, junto a su oído—. Respira.
Lucía cerró los ojos y apoyó la frente contra su clavícula. El pulso se le fue estabilizando con una lentitud que la asustaba más que el resto, porque demostraba que ese cuerpo le resultaba familiar. Que no era la primera vez que se apoyaba ahí. Notaba, además, algo mucho más concreto: el semen de él escurriéndosele todavía por la cara interna del muslo, tibio, pegajoso, mientras se abrazaban.
—Solo me acuerdo a trozos —dijo, sin separarse.
—No fuerces nada. Ya volverá solo.
Se quedaron así un rato largo, hasta que la luz empezó a dorar también la pared del fondo y los pájaros del patio interior se pusieron pesados con su escándalo. Entonces ella se separó, buscó una camiseta vieja en la silla y se la pasó por la cabeza.
***
En cuanto apoyó el pie en el suelo, una punzada en la cadera la obligó a contener un gemido. Cerró los dientes y se llevó la mano al costado mientras avanzaba hacia el baño. Sentía el coño hinchado, el culo escocido, los pezones irritados de tanto haber sido chupados y mordidos durante la noche.
El espejo no tuvo piedad con ella. Lucía se vio reflejada como otra mujer: el rímel corrido, el carmín de la noche anterior aún pegado a la comisura del labio, el pelo encrespado en mechones rebeldes, la piel del cuello marcada por un mordisco que tendría que tapar como pudiera, y las tetas surcadas por chupetones morados y por marcas rojas de dedos. Frunció los labios. Aquella no era ella.
Se levantó la camiseta delante del espejo y se miró de abajo hacia arriba. En la cara interna de los muslos tenía rastros secos y brillantes. Se metió dos dedos entre las piernas, con miedo, y los sacó pringosos. Se los llevó a la nariz sin poder evitarlo: olían a él. Se le encogió el estómago y al mismo tiempo se le apretó algo entre las piernas que no supo cómo nombrar.
Abrió la ducha y se metió debajo del chorro tibio. El agua le resbaló por los hombros, por las clavículas, por los pechos pequeños y por las caderas que tantos años de gimnasio habían moldeado a su gusto. Se enjabonó con saña, como si pudiera frotarse a Damián hasta hacerlo desaparecer. Se abrió el coño con los dedos y dejó correr el agua caliente dentro, notando cómo iba saliendo lo que él había dejado allí a chorros la noche anterior. Se lavó el culo despacio, casi con respeto, porque le ardía. Cuando salió, las marcas del cuello seguían ahí.
Se secó, se recogió el pelo con paciencia, se maquilló sin excesos y se vistió con una blusa blanca y unos vaqueros claros. Unas gotas de su perfume habitual —jazmín y almizcle— terminaron de devolverle la versión de sí misma que sabía sostener: la mujer que jamás perdía el control.
Bajó las escaleras.
El salón la esperaba con su desastre: dos copas de cristal pegajosas, una botella de Baileys a medio terminar, las cartas esparcidas sobre la alfombra y el sofá deshecho como si encima hubiera dormido un terremoto. En un cojín, una mancha oscura que Lucía identificó sin necesidad de acercarse: sus propios flujos, mezclados con los de él. Apretó los labios y empezó a recoger sin decir nada.
El olor del café recién hecho la trajo de vuelta. Damián la observaba desde el marco de la cocina, descalzo, con unos vaqueros mal abrochados y una taza en cada mano. Por la bragueta entreabierta se le adivinaba la mata de vello y el nacimiento de la polla, y ella tuvo que apartar la vista rápido.
—Buenos días —dijo, ofreciéndole una—. Pensé que te vendría bien algo fuerte.
Ella dudó un segundo. Después cruzó la estancia, aceptó la taza y se sentó en uno de los taburetes de la isla. Damián se acomodó frente a ella.
El silencio entre los dos no era tenso, era denso. Como si cada palabra estuviera haciendo cola en la puerta. Damián tenía esa media sonrisa que ella ya empezaba a temer, esa que no decía nada y lo insinuaba todo.
Lucía habló primero, sin mirarle:
—No encuentro mi anillo.
—¿Ah, no? —Damián fingió sorpresa entre sorbo y sorbo—. Igual decidió tomarse unas vacaciones.
—No tiene gracia.
—Depende de cómo lo mires. Un anillo de boda que desaparece justo después de una tarde así parece más bien una metáfora.
Ella dejó la taza sobre la encimera con un golpecito seco.
—Eres idiota.
—Lo sé. —Se encogió de hombros—. Pero soy un idiota con buena memoria. Recuerdo perfectamente dónde lo vi por última vez.
—¿Dónde?
—En una copa de Baileys. Muy simbólico, si lo piensas.
Lucía endureció el gesto durante medio segundo. Después, sin poder evitarlo, una sonrisa le escapó por la comisura. Giró la cabeza para esconderla.
—Eres imposible.
—Y tú demasiado orgullosa para reconocer que te gusta cómo pienso —contestó él, acercándose apenas un dedo—. Y cómo follo.
—No me gustas tanto.
—Mientes fatal, Lucía. Anoche me pediste que no parara. Con esas palabras.
—No miento.
—Entonces mírame a los ojos cuando lo digas.
Ella lo hizo, alzando la barbilla. Pero la mirada de Damián, demasiado tranquila, la desarmó. Sintió el pulso en las sienes, en el cuello, en sitios que prefería no nombrar a las ocho y media de la mañana: en los pezones que se le habían puesto duros bajo la blusa, en el coño que había vuelto a humedecerse a pesar del ardor.
—Damián… —empezó, sin terminar la frase.
Él no esperó. Se inclinó despacio y le rozó los labios. Solo el tiempo justo para probar el café y el resto del perfume. Ella no se apartó. Cerró los ojos, abrió un poco la boca, y aceptó la rendición sin saber a qué la estaba firmando.
El beso, que había empezado leve, se hizo más profundo. Damián le metió la lengua hasta el fondo y ella se la chupó como si le estuviera chupando otra cosa. Lucía dejó la taza a un lado y le tiró del cuello de la camisa para acercarlo más. Él le abrió las piernas por debajo de la barra, se metió entre sus rodillas y le apretó el coño por encima del vaquero con la palma de la mano entera. Lucía gimió contra su boca sin poder evitarlo. No pensó en anillos ni en excusas. Pensó en que el mundo, por un momento, había vuelto a girar a la velocidad correcta.
—Nótalo —le susurró él al oído, mientras le frotaba con dos dedos la costura de la entrepierna—. Ya lo tienes empapado y todavía no te he tocado por dentro.
—Cállate…
—¿Te acuerdas de anoche, cerdita? ¿De cómo te la mamaste en la alfombra?
—Cállate, joder —repitió, con la boca abierta y los ojos cerrados.
Él le desabrochó el botón del vaquero y le bajó la cremallera. Le metió la mano dentro de las bragas y encontró exactamente lo que se esperaba. Le pasó el dedo corazón entre los labios del coño de arriba abajo, sin apretar. Lucía echó la cabeza atrás y se agarró al borde del taburete.
—Mírate —murmuró él—. Otra vez chorreando.
Le hundió el dedo despacio, hasta el nudillo. Ella dio un respingo y separó más las rodillas. Damián le metió otro. Empezó a moverlos dentro con un ritmo lento, curvándolos hacia arriba, buscando el punto que la había vuelto loca en el sofá horas antes. Lucía se mordió el labio para no gritar. Con la otra mano él le levantó la blusa y le atrapó un pezón entre el pulgar y el índice, retorciéndoselo despacio.
—Damián, por favor…
—¿Por favor qué?
—Por favor…
Cuando se separaron, ella respiraba con la boca abierta y las mejillas rojas.
—Eres un imbécil —susurró, pero la sonrisa ya no quería esconderse.
—Sí. Pero parece que te gustan los imbéciles.
Volvieron a besarse, esta vez con más prisa. Las manos de ella se metieron por debajo de la camisa de él, las de él bajaron por la espalda hasta agarrarle la cintura y apretarla contra el taburete. Lucía sintió el bulto contra su muslo y supo que, si no paraba en ese instante, iba a volver a ceder. Le desabrochó ella misma la bragueta y le sacó la polla dura del calzoncillo con una torpeza urgente. Se la agarró con la mano y empezó a masturbársela despacio, notando la vena hinchada latiéndole contra la palma. Damián soltó el aire de golpe. Ella pensó, muy fugazmente, en agacharse otra vez y metérsela en la boca en plena cocina. Y entonces se acordó del móvil.
Lo había dejado apagado desde la tarde anterior, encima del aparador. Se separó de Damián con un esfuerzo casi físico, le sacó la mano de las bragas ella misma, cruzó el salón subiéndose el vaquero, conectó el cargador y pulsó el botón. La pantalla parpadeó dos veces antes de encenderse.
***
Ocho llamadas perdidas. Todas de Mario.
A Lucía se le secó la garganta. Marcó el número con dedos torpes y se llevó el aparato a la oreja, todavía con el sabor de Damián entre los dientes y el olor a coño en la punta de los dedos.
—Mario, cariño —dijo, en un tono más dulce de lo necesario.
—¡Por fin! —La voz de su marido sonaba más cansada que enfadada—. Llevo desde anoche intentando hablar contigo. ¿Dónde te habías metido?
—No sé qué le pasó al móvil —improvisó ella, dándose la vuelta para no ver a Damián—. Se debió de apagar solo. Te juro que no me había dado cuenta.
—Bueno, da igual. Ya puedes ir cargándolo, porque estoy de camino.
Lucía se quedó muy quieta.
—¿Cómo que de camino?
—Al final he conseguido adelantar el regreso. Estaré en casa en media hora.
El aire se espesó. Miró el salón a medio recoger, las copas pegajosas, el sofá vencido, la botella de Baileys sobre la alfombra. El olor del café se mezclaba con el de un perfume que no era el suyo y con el de un macho que había pasado la noche follándola.
—Perfecto, te espero —contestó, con una sonrisa que él no podía ver y a la que aun así le salieron grietas.
Colgó. Se quedó dos segundos paralizada. Después se giró hacia Damián, que seguía con la polla fuera, brillante todavía por sus jugos.
—Tienes media hora —dijo, casi en un susurro—. Vístete y vete. Y guárdate eso, joder.
Él levantó una ceja, sin inmutarse. Se guardó la polla con calma, como si no acabara de tenerla dentro de su mujer.
—No deja mucho margen.
—Ni para bromas ni para nada. Ayúdame, por favor.
Damián sonrió despacio, disfrutando claramente del pánico ajeno. Pero se levantó y se acercó a ella. Antes de moverse, levantó la copa pegajosa del salón y la inclinó. En el fondo, atrapado entre los restos del licor, se asomó el aro dorado.
—Igual antes deberías ponerte esto.
Lucía lo miró con una mezcla de irritación y alivio. Cogió el anillo, lo enjuagó bajo el grifo y se lo deslizó en el dedo con la misma rapidez con la que se lo había quitado horas antes. La piel, debajo, estaba blanca y un poco hundida, como si hubiera dormido sin él más tiempo del que confesaba.
***
Recogieron juntos a toda prisa. Damián fregó los vasos del desayuno y los secó. Ella sacudió los cojines del sofá, dio la vuelta al que tenía la mancha, recogió las cartas, tiró la botella casi vacía al cubo del cristal. En el suelo, junto al sillón, su mano tropezó con un envoltorio que reconoció al instante. Lo recogió con dos dedos.
Y en el momento en el que lo tuvo entre los dedos, otra escena le volvió de golpe: el preservativo puesto al principio, resbalando dentro de ella cuando él le había dado la vuelta para follársela por detrás, y él arrancándoselo con los dientes y tirándolo al suelo con un «así te la noto mejor». Se acordaba del segundo exacto en que había sentido la polla desnuda entrando en su coño por primera vez en años que no fuera la de Mario. Del calor. Del arañazo de placer culpable. De cómo se había apoyado en los codos, con el culo levantado, para pedirle sin palabras que siguiera. Y del final, de él pegado a su espalda, agarrándole las tetas por debajo, corriéndose dentro con dos, tres estocadas profundas mientras le gruñía en el oído «toda para ti, cerdita, toda». Del chorro caliente subiéndole hasta el fondo del vientre. De ella corriéndose otra vez, ordeñándole la polla con el coño, sin darse cuenta.
Lucía notó cómo el rubor le subía por el cuello. Lo envolvió en un papel y lo escondió en el fondo del cubo de la basura, debajo de los posos del café.
Damián la llamó desde el recibidor. Ya estaba calzado, con la chaqueta de cuero puesta y el casco en la mano.
—Me voy.
Lucía dejó el cubo en su sitio y se acercó. Él la rodeó con los brazos, le posó las manos en la base de la espalda y, en un descenso muy lento, las dejó cerrar sobre sus caderas. Después le bajó una hasta el culo por encima del vaquero y se lo apretó hasta hacerla ponerse de puntillas. Ella se acurrucó contra su pecho.
Por un instante pensó si le daría tiempo a despedirlo con la boca, allí mismo, en el pasillo. Se imaginó arrodillándose sobre el felpudo, sacándole otra vez la polla del pantalón, mamándosela deprisa y tragándose lo que él le dejara. No se atrevió. El riesgo era demasiado evidente, y la imagen de Mario abriendo la puerta justo entonces le bastó para frenarse.
Se separaron lo justo para mirarse. Damián apoyó la frente contra la suya y le metió dos dedos por dentro de la cinturilla del vaquero, por detrás, hasta rozarle el nacimiento del culo.
—No te olvides —murmuró ella—. Necesito que esto siga.
—Tranquila, mi cerdita bonita —contestó él, en voz muy baja—. Este coño ya es mío también. Y ese culito. Y cuida esa cadera mientras tanto, que la próxima vez te la voy a machacar entera.
La besó suavemente, sin prisa, y le mordió el labio inferior justo antes de soltarla. Después se puso el casco, abrió la puerta y bajó las escaleras de dos en dos.
Lucía se quedó en el descansillo, con la espalda apoyada en la pared y las piernas cerrándose por instinto sobre el latido que le seguía entre los muslos. Oyó el motor de la moto arrancar y alejarse calle abajo. Sonrió sin querer.
***
Mario llegó veinte minutos más tarde, con la maleta a medio cerrar y la cara cansada del viaje. Apenas oyó la puerta, ella se acercó con esa mezcla de cariño y coquetería que llevaba años funcionando.
—Hola, cariño. —Le rodeó el cuello con los brazos—. Me alegro de que hayas vuelto antes.
—Yo también, fíjate —dijo él, dejándose abrazar—. La reunión se canceló a primera hora y cogí el primer tren.
Lucía le ayudó con la chaqueta, le dio un beso largo y le acompañó hasta el salón, que ya parecía el salón de siempre. Mario se dejó caer en el sofá, suspiró y la atrajo hacia sí. Ella se sentó a horcajadas y apoyó la frente contra la suya, notando bajo su culo la polla de su marido empezando a espabilarse dentro del pantalón.
—Te he echado de menos —dijo a medias, porque no era del todo mentira.
Él se rió, le metió las manos por debajo de la blusa y la besó en el cuello, justo encima de la marca que Lucía había tapado con corrector hacía menos de una hora. Mario no la vio. Ella respiró hondo y le devolvió el beso, moviendo las caderas contra su bulto con una descaro que a él le arrancó un gemido de sorpresa.
La cosa derivó hacia el dormitorio sin que ninguno de los dos lo decidiera del todo. Lucía le desnudó despacio, arrodillada al pie de la cama, y le comió la polla con una técnica nueva que Mario no le había visto en años: el fondo de la garganta, la lengua trabajándole el frenillo, los ojos hacia arriba. Él le enredó los dedos en el pelo, sin atreverse a empujar, y le soltó un «joder, Lucía» que sonaba a agradecimiento y a susto a partes iguales.
Después se subió a horcajadas encima de él y se empaló despacio, notando la polla de su marido entrando en un coño que aún estaba rojo y sensible del anterior. Se movió arriba y abajo con las manos apoyadas en su pecho, apretando el sexo alrededor de él, follándoselo ella con un ritmo que Mario no había marcado nunca. Le pidió que le diera un cachete en el culo, cosa que jamás le había pedido antes. Mario, torpe y encantado, obedeció. Ella se corrió montada encima, con la boca abierta y los ojos cerrados, pensando en unos dedos y un aliento que no eran los que tenía dentro.
Cuando él se durmió contra su hombro, agotado de viaje y de placer, con su semen todavía escurriéndole entre las piernas mezclado con lo que aún le quedaba de Damián dentro, Lucía se quedó mirando al techo un rato largo.
En los días siguientes, Mario notaría algo nuevo en ella. La encontraría más complaciente, más atenta, menos quisquillosa. Más cerda en la cama, también. Bromearía con sus amigos diciendo que su mujer había vuelto cariñosa de su fin de semana sola. Y ella sonreiría sin contestar.
Lo que Mario no sabía era que ese cambio no era para él.