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Relatos Ardientes

Volví al hotel donde ella me humilló

Cuando abrí los ojos, el techo del hotel me pesaba encima y no sentía las manos.

Tardé unos segundos en entender que estaba desnudo, boca arriba, con las muñecas y los tobillos amarrados a los cuatro postes de la cama, y una mordaza de cuero apretándome la mandíbula. Un hilo de saliva me caía por la mejilla. La cabeza me pesaba como si me hubieran vertido plomo en la nuca. Lucía me había puesto algo en la copa de vino, esa era la única explicación. La puta de Lucía, la mujer con la que iba a casarme en marzo.

Estaba sentada al borde de la cama, mirándome, con un conjunto de encaje negro que no le conocía. Tenía la cara marcada por el sol del Caribe. Diez días atrás la había mandado sola a esa isla porque una amiga le había regalado el pasaje. Diez días para que se relajara antes de la boda. Yo había llegado esa misma tarde para el reencuentro, y ella me había reservado la suite del último piso del hotel más caro de la ciudad.

—Cariño, no te enfades —me dijo con una voz que quería ser dulce—. Necesito que veas algo antes de que grites.

Traté de romper las cuerdas. Solo conseguí sentir que la piel de las muñecas se me abría. Ella siguió hablando con esa cadencia de abogada que le había ganado tantos juicios.

—Estos días aprendí a diferenciar el sexo del amor. Estuve con hombres, con mujeres, con parejas enteras. Fue un curso intensivo, mi vida. Y en cada polvo pensé en vos. En cada corrida ajena, pensé en vos.

La puerta se abrió sin que la tocaran. Entró Damián, el fotógrafo del yate, el mismo que aparecía en las fotos que Lucía había mandado «por error» un domingo. Traía el torso desnudo y una toalla en la cintura. Detrás de él, una mujer alta, morena, en tanga y con una copa en la mano.

—Ella es Camila —dijo Lucía—. Fue mi maestra en el barco. Ahora va a ser tuya. Quiero que sientas lo mismo que sentí yo. Que entiendas.

Grité contra la mordaza. Sonó a un mugido de animal. Camila se rió con ganas, se subió a la cama, se sacó la tanga con dos dedos y se sentó a horcajadas sobre mis muslos. Me pasó la mano por la verga con una precisión clínica, sabiendo dónde apretar y cuánto. Se la llevó a la boca sin dejar de mirarme, me la escupió, me la masturbó con la saliva. En dos minutos la tenía dura contra mi voluntad, contra mi asco, mientras las lágrimas se me escapaban por las sienes hasta la almohada.

—Mirá qué rico —le decía Camila a Lucía—. Mirá cómo se le pone. Este cabrón te ama, pero la verga es la verga.

Lucía se acercó a besarme la boca amordazada. Le sentí en la piel el olor del otro tipo, un perfume caro, un rastro de sudor ajeno. En el otro extremo de la habitación, Damián le había arrancado el sostén y le mordía un pezón con la mano metida entre las piernas. Ella gemía. Gemía como no había gemido conmigo en cinco años.

Camila se restregó el coño empapado contra mi verga, sin metérsela, montándome como una potra. Cerré los ojos. Sentí un dedo entrando en mi ano, con crema, buscándome la próstata con la precisión de una enfermera. Mi cuerpo respondió. Mi cuerpo me traicionó, empalmándome más todavía, mientras del otro lado de la cama escuchaba las embestidas de Damián contra mi novia, el chapoteo de la penetración, el «así, más fuerte» de Lucía, los gemidos ahogados que reconocía de memoria.

Empecé a llorar. Fuerte. Con hipo. Un sollozo animal que le llegó hasta a Camila, porque paró en seco. Se bajó de mí y me sacó la mordaza.

—Hija de la gran puta —le escupí a Lucía. Tenía la voz rota y el pecho subiéndome como un fuelle—. Enfermos de mierda. Desátenme. Ya.

Camila miró a Lucía y le dijo, casi con lástima:

—Te dije que este no era de los tuyos. Vamos, Damián.

Se vistieron sin mirarme. Damián se acomodó la camisa como si volviera de una reunión de trabajo. Cuando la puerta se cerró, Lucía se acercó llorando y me deshizo los nudos con los dedos temblorosos.

—Perdón —repetía—. Perdón, perdón.

Me vestí sin hablarle. Antes de cerrar la puerta la miré por última vez. Estaba tirada en la cama, desnuda, con el maquillaje corrido, agarrándose la cabeza.

—No te quiero ver nunca más —le dije—. Si me cruzás en la calle, escondete. En el estudio te ocupás de anular el alquiler antes de que llegue mañana. Chau, Lucía. Gracias por nada.

***

Nueve meses después, un correo de un tal Ernesto de la Fuente me sacó del trabajo a mitad de la tarde. Era el padre de Camila. Su hija había muerto ayer en la sala de parto, dando a luz a una nena que se llamaba Amelia y que, según los cálculos, podía ser mía. Damián se había hecho una vasectomía diez años antes. En la isla, con Camila, solo dos hombres se habían acostado sin condón. Uno era él. El otro había sido yo, en la primera borrachera del yate, antes de saber quién era esa mujer y qué relación tenía con Lucía.

El resultado del ADN llegó el viernes. Noventa y nueve coma noventa y nueve.

Firmé todos los papeles en el sanatorio. Ernesto me puso a la beba en los brazos, me pidió que respetara el nombre elegido por su hija, y me dijo, con la voz de un moribundo, que le habían diagnosticado un cáncer terminal y no le quedaba mucho. Me pidió una sola cosa: que no le hiciera a Amelia lo que Lucía me había hecho a mí. Cerré los ojos y se lo prometí.

Salí del sanatorio con una cunita portátil en la mano y una bronca eléctrica en el pecho.

Lucía y yo seguíamos compartiendo el estudio jurídico. La había perdonado en lo formal, para poder trabajar. En lo real, ni de casualidad. Vivíamos en el mismo departamento como dos fantasmas. Cuando entré con la beba, ella soltó la taza de té sobre la mesa y me miró con la boca abierta.

—¿Es tuya? —susurró.

—Sí. Y de Camila. Camila murió en el parto.

Se puso a llorar. Se acercó despacio, me pidió permiso con los ojos, y le sacó la cuna de las manos. La levantó, la olió, la besó en la coronilla, y me miró como no me miraba desde hacía un año y medio.

—Me quedo —dijo—. Te ayudo. Hasta que crezca. Hasta que me eches.

Yo no dije nada. Asentí con la cabeza y me fui a la cocina a servirme un whisky.

***

Amelia fue la reparación. No hay otra palabra. Esa criatura de ojos verdes y pelo oscuro le devolvió a Lucía la ternura que yo creía que había fingido siempre. La bañaba, la dormía, le cantaba en voz baja, le pedía perdón sin que nadie la escuchara. Yo la observaba desde el marco de la puerta y se me caían las viejas certezas. Empecé a mirarla otra vez como se mira a una mujer. Ella se dio cuenta. No forzó nada. Volvimos a dormir en el mismo cuarto, primero por comodidad, después por costumbre, después porque yo la necesitaba al lado a las tres de la mañana cuando la nena lloraba.

Tres meses así. Sin sexo, sin besos, sin promesas. Solo la nena entre los dos y el aire cargado de todo lo que no nos decíamos.

Hasta que una tarde, pasando por la puerta de su oficina para ver dormir a Amelia, la escuché al teléfono.

—Damián… claro que quiero volver a verlo. Lo extraño… Daría lo que fuera para que volviera a pasar…

Cerré la puerta del departamento con tanta fuerza que el vidrio de la entrada estalló en el piso. Caminé cuatro horas por la ciudad, decidiendo cómo cerrar el ciclo. Cuando volví, hice el equipaje mío y de la beba. Le dije a Lucía que necesitábamos unos días de playa para probar si esto podía funcionar y que quería llevarla al mismo hotel donde todo había reventado. Me miró rara. Aceptó.

***

La drogué en la copa de bienvenida, la misma marca de vino que ella había usado conmigo. La desvestí con cuidado y la até desnuda a los cuatro postes de la misma suite del último piso, dos años exactos después. Amelia dormía en la cuna, ajena a todo. Y esperé.

Cuando abrió los ojos, tardó en entender. Cuando entendió, empezó a sacudirse.

—Tranquila —le dije, con una calma que no era mía—. Es la misma habitación, ¿te acordás? Y afuera espera Damián. Tu Damián. Yo me voy. Te libero. Disfrutá la vida que elegiste. Yo me quedo con Amelia.

Salí al pasillo mirándole la cara desencajada. Damián estaba abajo, en el lobby, con el traje puesto. Le había pagado por venir hasta acá y por no tocarla. Solo quería que ella viera la puerta abrirse. Le hice un gesto para que subiera. Él sonrió, incómodo. Volví a mi cuarto con la beba, encendí el televisor y me sequé los ojos.

Diez minutos después Lucía golpeó mi puerta desnuda, envuelta en una sábana, presa de un ataque de nervios. Damián no había cruzado el umbral: al ver la escena se había ido, tan asustado como asqueado. Ella me pegó en el pecho, me insultó, gritó tan fuerte que subió personal del hotel y tuve que inventarles una discusión de pareja. Solo se calmó cuando Amelia lloró.

Después, con la beba dormida otra vez, hablamos. Le conté la llamada que había escuchado. Ella se rió con odio y con tristeza al mismo tiempo.

—Damián es también el nombre de mi abuelo —me dijo—. Yo hablaba con mi prima Sonia, que estaba con él en el campo. Ella me invitaba a un fin de semana de mujeres en la casa vieja. Yo le decía que no podía, que te lo debía. Que soñaba con que vuelva a pasar. A pasar lo nuestro. No lo otro. Pelotudo. Pedazo de pelotudo.

Me quedé mirándola. La sábana caída, el pelo revuelto, los ojos rojos. Diecisiete meses de infierno reducidos a un malentendido que se podía haber deshecho con una pregunta.

—Perdoname —le dije.

—No —contestó ella, y me estaba sonriendo—. No merecés perdón. Merecés que te desate y que te la meta. Vení.

Le corté las cuerdas de un tirón. Ella se me subió encima antes de que terminara de guardar el cuchillo. Me besó con la boca abierta, con hambre, con lengua, con dientes. Le arranqué la sábana. Le apreté las tetas con las dos manos, las mismas tetas que había visto masajear a otro tipo hacía dos años y que no había vuelto a tocar. Le mordí un pezón, se lo chupé hasta escucharla soltar el aire. Ella me sacó el cinturón, me bajó el pantalón, me agarró la verga con la mano y me la metió en la boca de un solo movimiento.

La miré chuparme desde arriba, con los ojos húmedos y el pelo cayéndole sobre mi vientre. Me la sacaba entera, me la volvía a meter hasta la garganta, me lamía los huevos, me miraba a los ojos entre chupada y chupada. Sentí que se me venían tres años de rabia juntos.

—Esperá —le dije con la voz raspada—. Así no.

La tumbé de espaldas en la misma cama donde me habían atado. Le abrí las piernas y le pasé la lengua por el coño de arriba abajo, despacio, marcando cada pliegue. Estaba empapada. Le metí dos dedos hasta el nudillo y le lamí el clítoris con la punta de la lengua, cambiando el ritmo, chupando, volviendo a lamer, hasta sentirla temblar bajo mis manos. Le agarré los muslos y se los abrí más, me la comí sin respirar, hasta escucharla gemir mi nombre como un ruego. Cuando se corrió, me apretó la cabeza con las piernas y gritó mordiendo la almohada para no despertar a la nena.

La di vuelta. La puse en cuatro. Le agarré las caderas con las dos manos y le mordí una nalga. Me pasé la verga por su raja mojada, arriba y abajo, sin metérsela, para hacerla rogar.

—Metémela, hijo de puta —jadeó ella—. Metémela toda.

La penetré de una sola embestida, hasta el fondo, hasta arrancarle un grito que se tragó la almohada. Cogí con toda la bronca acumulada, con la venganza deshecha, con el amor que no había podido matar. Le agarré el pelo, se lo tiré hacia atrás, le hablé al oído todo lo que había querido decirle en esos meses. Que la había odiado. Que la había extrañado. Que era mía. Que era la madre de mi hija. Que no iba a soltarla nunca más. Ella me contestaba con gemidos, con «sí, sí», con el culo apretado contra mi pelvis, con la espalda arqueada.

La cambié de posición otra vez. La tumbé boca arriba y le puse las piernas sobre mis hombros. Se la metí despacio esta vez, mirándola a la cara, deteniéndome cuando le veía los ojos cerrarse. Ella se agarraba de las sábanas, se agarraba de mi cuello, me pedía más fuerte, más profundo. Le chupé un pezón mientras la penetraba, le lamí el sudor del cuello, le mordí el hombro.

Se corrió otra vez debajo mío, apretándome la verga con el coño, contrayéndose entera, con un gemido largo que le vino de las tripas. Yo aguanté unos segundos más y me vine adentro, hasta la última gota, con la frente pegada a su nuca. Nos quedamos así, respirando fuerte, mientras Amelia hacía un ruidito en la cuna y volvía a dormirse.

—Casate conmigo —me dijo Lucía, sin darse vuelta.

—Estás loca —le contesté.

—Sí.

***

Nos casamos en primavera. Lucía está embarazada de cinco meses, va a ser un varón. Amelia la llama mamá y a ella se le cae la baba. A mí, la primera vez que la escuché decirlo, se me cayeron las lágrimas en el desayuno.

No me voy a sacar de la cabeza la habitación de aquel hotel. Ni el conjunto negro de encaje. Ni la sonrisa de Camila. Ni las cuerdas en las muñecas. Marcas dejaron. Marcas quedan. Pero cada noche me acuesto al lado de Lucía y ella me busca la mano abajo de la sábana, y me duermo pensando que la vida es una hija de puta con más humor del que uno se imagina.

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Comentarios(1)

RoccoLector

que arranque tan brutal, no pude parar de leer hasta el final. de lo mejor que lei en mucho tiempo

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