La milf casada que me citó en su hotel
Viajé a la capital por trabajo, con la cabeza puesta en reuniones, números y un acuerdo que podía cambiar muchas cosas para mi empresa. Iba a pasar dos días encerrado entre salas de juntas, cafés tibios y gente fingiendo seguridad mientras todos medían a todos. Mi plan era simple: cerrar el trato, comer con quien tocara y volver al hotel a dormir.
Lo que no estaba en mis planes era ella.
Nos habíamos conocido unos días antes, en un vuelo largo. Se presentó como Elena, una mujer casada, elegante, de esas que no levantan la voz pero consiguen que todos miren cuando cruzan una sala. Hablamos durante horas entre el despegue y el aterrizaje, con esa facilidad extraña que a veces surge entre desconocidos cuando saben que no se deben nada.
Me dio su número antes de despedirnos, más como provocación que como promesa. Yo pensé que quedaría ahí, en una fantasía de aeropuerto. Un cruce breve, una sonrisa buena, un recuerdo para masturbarme alguna noche.
Al día siguiente, mientras estaba metido en una reunión eterna, el teléfono no dejó de vibrar. Varias llamadas seguidas, mensajes, un número que no tenía guardado. Lo ignoré hasta una pausa para fumar de otros, cuando por fin pude mirar la pantalla.
Había un mensaje suyo.
—Mucho parecer un hombre serio y luego desaparecer así. Qué decepción. En el avión dabas otra impresión.
La llamé de inmediato. Me contestó riéndose, con una voz cálida y afilada a la vez, como si ya supiera que me tenía enganchado.
—Vaya, apareció el desaparecido.
—Estaba reunido. No podía atender.
—Los hombres y sus reuniones... siempre tan ocupados.
Le seguí el juego unos minutos, hasta que me soltó que estaba en la ciudad, alojada con su marido en un hotel del centro. Lo dijo con una naturalidad que me descolocó. Más todavía cuando añadió que la mañana siguiente la tendría libre, que supuestamente iría de compras, y que si me apetecía podíamos vernos para tomar algo.
—En la cafetería de tu hotel o del mío, me da igual —dijo—. Y no pienses mal.
—Nunca pienso mal.
Mentí. Desde el momento en que colgamos, no pensé en otra cosa que en follármela.
El resto del día lo llevé con una mezcla de ansiedad y calentura. Inventé una molestia para librarme de parte de la agenda de la mañana siguiente y me pasé la noche imaginando cada detalle de ella. Alta, morena, ojos claros, tetas grandes, cintura estrecha, culo lleno. Una mujer de esas que saben que provocan y además disfrutan viéndote esforzarte por disimularlo.
A las nueve menos cinco ya estaba en la cafetería de mi hotel, frente a un ventanal enorme. Cuando el taxi se detuvo afuera y la vi bajar, sentí un tirón seco en la entrepierna. Llevaba un vestido negro ceñido, una chaqueta clara y tacones discretos. Nada escandaloso. Justo por eso era peor. Todo en ella decía control, clase, y debajo de eso una mala intención muy clara.
Me vio antes de entrar y me regaló una sonrisa lenta, consciente del efecto que causaba. Cuando se acercó para darme dos besos, su perfume me golpeó directo a la nuca.
Nos sentamos. Pedimos café. Hablamos de tonterías durante unos minutos, como si de verdad hubiéramos quedado para eso. Yo apenas podía concentrarme en lo que decía porque no dejaba de mirar su escote, la forma en que cruzaba las piernas, cómo se humedecía apenas los labios antes de cada frase.
Fue ella quien cortó la farsa.
—Voy a decirte algo y prefiero que no pongas cara de santo —dijo.
La miré en silencio.
—Mi marido sabe que estoy aquí contigo. No solo lo sabe. Le gusta.
Esperó mi reacción. No le di la satisfacción de verla llegar.
—Si es algo que hacen los dos, no tengo nada que opinar.
Sonrió con media boca.
—Qué correcto. ¿Ni siquiera te preguntas por qué?
—No hace falta. Te he visto desde que nos conocimos. Eres de las que necesitan más de lo que suelen darles.
Se inclinó un poco hacia mí.
—Sigue.
Le sostuve la mirada.
—Creo que tu marido es listo. Porque una mujer como tú no debe de ser fácil de saciar. Y si quieres que te lo diga sin adornos, no son tus ojos lo que más me pone. Llevo desde el avión pensando en abrirte de piernas y en reventarte ese culo a folladas.
No se ofendió. No se escandalizó. Al contrario. Sus pupilas se ensancharon y la punta de la lengua asomó un segundo entre sus labios.
—Entonces será mejor que subamos ya —dijo.
Fuimos a mi habitación sin tocarnos, pero el aire entre los dos iba cargado. En el ascensor no hablamos. Solo nos miramos. Ella respiraba hondo, contenida, y yo sentía la polla dura contra el pantalón, pesada, incómoda.
Al entrar, colgué el cartel de no molestar en la puerta. Apenas me di la vuelta, me agarró de la camisa y me besó con hambre. No fue un beso tímido ni de tanteo. Metió la lengua, me mordió el labio, me pegó las tetas al pecho. La apreté contra la pared y le metí una mano en el culo por encima del vestido, sintiendo la firmeza redonda de esas nalgas que ya me traían loco.
—Joder, sí que tenías prisa —le dije.
—Llevo con prisa desde el avión —respondió.
La besé otra vez, más brusco. Le apreté una teta con toda la mano, arrancándole un gemido corto. Ella se separó apenas.
—Voy al baño un segundo. Quiero que me veas bien.
Salió un minuto después con un conjunto negro que le quedaba como una amenaza. Sujetador, braguita mínima, medias. Nada más. La visión me dejó quieto un segundo, no por pudor sino por el golpe de deseo. Tenía un cuerpo de mujer hecha y segura, de las que no necesitan posar porque saben que con estar ya hacen daño.
—¿A qué esperas para desnudarte? —me dijo, sentándose en la cama.
Me quité la ropa sin apartar la vista de ella. Cuando el bóxer cayó y la polla saltó libre, soltó una carcajada incredula, luego se mordió el labio.
—Joder... sí que es de verdad.
Se arrodilló frente a mí y me acarició por encima con la yema de los dedos, despacio, como probando el grosor. Luego me pasó la lengua por la punta y me miró desde abajo, desafiante. Esa mirada por sí sola ya excitaba. Pero cuando abrió la boca y empezó a tragársela, tuve que contener un gemido.
La mamaba de maravilla. Sin prisas al principio, mojándola bien, recorriéndola con la lengua por abajo, apretando la base con una mano mientras con la otra me apartaba un poco para mirarme. Sabía exactamente cómo usar la boca, cuándo aflojar, cuándo hundirse más, cuándo hacer ese ruido húmedo y obsceno que pone la cabeza en blanco.
Le solté el sujetador y los pechos quedaron libres, grandes, pesados, moviéndose levemente con cada vaivén. Le agarré uno, luego el otro, amasándolos mientras ella seguía tragándome media polla con una naturalidad indecente.
—Qué puta boca tienes —le dije.
Se la sacó apenas para responder.
—No me hables. Fóllame.
La empujé con suavidad hasta tumbarla boca arriba. Bajé besándole el cuello, el escote, las tetas. Le chupé los pezones con fuerza, alternando succiones con mordidas suaves que la hacían retorcerse. Sus manos ya iban a mi pelo, guiándome hacia abajo con una impaciencia deliciosa.
Cuando le aparté la braguita, vi que llevaba el coño muy húmedo. Conservaba vello en el pubis, arreglado, abundante, y los labios hinchados brillaban de deseo. Le pasé la lengua por dentro del muslo, rozándola sin darle donde lo pedía. Quise hacerla esperar.
—No juegues conmigo —murmuró.
La ignoré. Le di una lamida larga por todo el coño y subí hasta el clítoris solo para apartarme otra vez. Su respiración se rompió. Volví a hacerlo, más lento, abriéndola con los dedos, mirando cómo temblaba.
—Come, hijo de puta. Cómeme el coño de una vez.
Ahí sí me hundí. Le metí la lengua de lleno, lamiendo con hambre, alternando el clítoris con la entrada, metiéndole dos dedos mientras su pelvis subía sola a buscarme. Era de esas mujeres que no se guardan nada cuando gozan. Gemía fuerte, insultaba, pedía más, me apretaba la cabeza entre los muslos. Sentí cómo se iba tensando hasta correrse en mi boca con un espasmo largo, húmedo, sacudiendo las piernas.
Se quedó unos segundos jadeando, con los ojos cerrados. Luego abrió uno y sonrió.
—Ahora viene la parte divertida —dijo.
Cogió el móvil de la mesita y me lo enseñó.
—Mi marido quiere escuchar. A veces también mirar lo que pueda.
No me sorprendió tanto como debería. Quizá porque a esas alturas ya estaba demasiado caliente para moralinas.
—Haz lo que quieras —le dije.
Lo llamó. Se puso unos auriculares y activó el micrófono. Yo oía algunas frases sueltas por cómo subía la voz ella, lo justo para entender el juego. Mientras hablaba, volvió a arrodillarse y me tomó la polla con ambas manos.
—Sí, amor, ya me he corrido una vez —decía con una voz más dulce, casi doméstica, que contrastaba con el modo en que me chupaba la punta—. Y todavía no ha hecho ni la mitad.
Me hizo una seña para que le sacara una foto con su móvil. La encuadré de manera que no se me viera la cara, solo su boca llena de polla, la mano agarrando mis huevos, sus ojos levantados hacia mí. Luego otra con su escote abierto y la polla apoyada entre sus tetas. Ella quería que el otro imaginara. Y yo quería seguir.
Le quité los auriculares de una oreja para hablar cerca.
—Dile que su mujer chupa como una profesional.
Se rió y lo dijo casi palabra por palabra, disfrutando de la humillación compartida. Después me pasó el móvil un momento y oí una voz masculina filtrada, nerviosa, excitada. No contesté. Se lo devolví a ella y la agarré de la nuca.
—Ponte a cuatro.
Obedeció enseguida. Se apoyó en la cama, arqueando la espalda, ofreciéndome ese culo duro y redondo que parecía hecho para las manos. Le pasé la polla por el coño empapado, jugando un poco con la entrada.
—Se la está frotando —le dijo al marido, jadeando—. Y sí, la tiene enorme. No estoy exagerando.
La penetré de una embestida larga, hasta el fondo. Soltó un grito seco, más de placer que de sorpresa, y clavó los dedos en la colcha.
—Joder... sí... así...
Empecé a follarla con ritmo duro, agarrándole las caderas. Sonaba húmedo, sucio, delicioso. Cada vez que salía casi por completo y volvía a metérsela, ella se sacudía entera. Los auriculares se le habían medio corrido, pero seguía hablándole al marido entre jadeos, describiéndole cómo se la metía, cómo le golpeaban las embestidas, cómo le ardía por dentro.
Le di una palmada fuerte en una nalga. Luego otra. El culo se le puso rojo poco a poco y ella lejos de apartarse se empujó más hacia mí.
—Más fuerte, cabrón.
La agarré del pelo y tiré hacia atrás para verle la cara de perfil, la boca abierta, los ojos brillantes.
—Mira lo puta que te pones sabiendo que te escucha.
—Sí... sí... me encanta...
La puse boca arriba y le subí las piernas a los hombros. En esa postura entraba todavía más hondo. Le agarré las tetas mientras la follaba y empecé a pellizcarle los pezones con la presión justa para mezclar placer con dolor. Ella respondía con gemidos cada vez más rotos, cada vez más sinceros. Se corrió otra vez así, tragándose un grito y luego soltándolo de golpe, con el coño apretándome como una mano.
Cuando pasó el orgasmo, me miró sin vergüenza.
—Quiero que me folles el culo.
Eso era lo que llevaba esperando desde el café.
Fui al baño por un poco de aceite corporal del neceser. Cuando volví, ya estaba otra vez a cuatro, separándose las nalgas con una mano. Le unté primero un dedo, luego dos, trabajándola despacio. Su culo era apretado, mucho más de lo que imaginaba. Cada vez que entraba un poco más, ella gemía grave, como si el dolor le encendiera todavía más el coño.
—Mi culo es tuyo —murmuró—. Pero métela bien.
Le abrí las nalgas con ambas manos y apoyé la punta, empujando muy despacio al principio. Noté la resistencia, la presión brutal alrededor. Ella se quejó, respiró hondo y movió las caderas hacia atrás, pidiéndolo de verdad. Seguí entrando milímetro a milímetro, hasta hundírsela toda y quedarme quieto un segundo, jadeando los dos por la intensidad.
—Joder, qué estrecha estás.
—Muévete.
Empecé con embestidas cortas, dejando que se acostumbrara. Luego más largas. Luego ya sin miramientos. El contraste entre la dureza de su culo y el modo en que me rogaba que siguiera me volvió animal. Le tiraba del pelo, le azotaba las nalgas, le decía guarradas al oído mientras la clavaba una y otra vez.
—Mira qué puta eres. Tu marido escuchando y tú dejándote romper el culo por otro.
—Sí... sí... soy una perra... no pares...
Acabó quitándose los auriculares. Ya no necesitaba narrar nada. El marido había oído suficiente o tal vez demasiado. Ella solo quería correrse más.
La saqué de la cama y la llevé hasta el espejo grande del cuarto, haciéndola apoyarse en el escritorio. Desde ahí se veía todo: mi mano abriéndole las nalgas, la polla entrando y saliendo, su cara desencajada de placer. Volví a metérsela por el culo, esta vez viendo el reflejo de cómo le temblaban las piernas. Una imagen obscena y perfecta.
Se corrió tocándose el clítoris con dos dedos mientras yo la seguía penetrando por detrás. El orgasmo le llegó en oleadas. Apretó la frente contra el espejo y dejó un vaho en el cristal mientras repetía mi nombre como una orden y un agradecimiento.
Yo estaba ya al límite, pero todavía no quería acabar.
***
Al mediodía tuve que cortarlo. Los dos íbamos tarde. Ella me vació la polla en la boca de rodillas, con la misma voracidad con la que había empezado, tragando parte y dejando que el resto le manchara la barbilla y el pecho. Se sacó una foto sola, divertida, para mandársela al marido. Después se arregló frente al espejo como si nada hubiera pasado.
Antes de irse, me señaló con un dedo.
—No hagas planes esta noche. Aún no hemos terminado.
Yo fui a comer con la gente del trabajo con cara de cansancio fingido y el cuerpo todavía vibrándome. Lo que no esperaba era el golpe real de la tarde. Uno de los socios, un tipo seguro de sí mismo llamado Rubén, apareció más tarde acompañado de su esposa. Cuando la vi entrar del brazo de él, casi se me congela la sonrisa.
Era ella.
Ni Elena se llamaba Elena ni aquello era una aventura aislada de una señora aburrida. Su nombre real era Luciana, y estaba casada con uno de los hombres con los que yo debía cerrar un acuerdo importante. Ella mantuvo la compostura mejor que yo. Él nos presentó, viéndonos con demasiada atención.
Más tarde, al terminar la comida, los tres encontramos un momento a solas. Rubén no tardó en hablar.
—Parece que hoy todos hemos tenido una mañana más movida de lo previsto.
Yo no me hice el idiota. No merecía la pena.
—Podría ser un problema —dije— o podríamos comportarnos como adultos.
Luciana sonrió, cruzándose de brazos.
—Yo voto por comportarnos como adultos y terminar lo que empezamos.
Rubén resopló, tenso, excitado, dividido. Se notaba que el juego le ponía, pero tenerlo tan cerca de su vida real le removía más de la cuenta. Aun así no dijo que no. Y con eso bastó.
Esa noche salimos los tres en su coche. Yo conduje. Ella se sentó a mi lado. Él atrás. La tensión dentro del vehículo era tan espesa que parecía otra presencia. Apenas arrancamos, Luciana me puso una mano en el muslo. Fue subiendo despacio hasta agarrarme por encima del pantalón. Yo me la quedé mirando de reojo mientras frenaba en un semáforo.
La besé ahí mismo, de golpe. Un beso sucio, hambriento. Detrás, su marido fingió una tos, pero en el espejo lo vi claramente: estaba colorado, respirando más rápido, con una excitación que ya no podía ocultar.
—Sácala —me susurró ella.
Me bajé la cremallera y liberé la polla. Luciana miró hacia atrás un segundo, como dedicándole la escena al marido, y luego se inclinó sobre mí. En el coche la mamaba todavía más cerda, más desatada. La cabeza me golpeaba con su lengua húmeda antes de tragársela, y el vaivén de su pelo sobre mi abdomen me estaba volviendo loco.
—Joder —dije, mirando por el retrovisor—. Tu mujer es una viciosa de mierda.
Rubén no respondió. Solo se tocó por encima del pantalón, mirándonos fijamente.
Ella siguió hasta hacerme correrme en su boca. No me dio tiempo ni a avisar. Se tragó casi todo y luego, con un hilo blanco todavía en la comisura, se giró hacia su marido, lo agarró de la corbata y lo besó. Se besaron con mi sabor entre los dos. A él eso terminó de romperle la poca resistencia que le quedaba.
Fuimos directos a su hotel.
Subimos cuidando las cámaras, los pasillos, las apariencias. Él iba tenso. Ella iba encendida. En cuanto la puerta se cerró, ya no hubo modales. Rubén murmuró que iba al baño. Luciana fue hacia un tocador con un espejo enorme y se retocó el pelo moviendo las caderas de un modo que era pura provocación.
Me acerqué por detrás, le levanté el vestido y le bajé la ropa interior de un tirón. Se apoyó en el mueble sin pedírmelo. Le metí la polla en el coño de una vez, duro, directo, y los dos vimos en el reflejo cómo aparecía Rubén en la puerta del baño, mirándonos en silencio.
—Míranos bien —dijo ella sin dejar de gemir—. Mira cómo me la mete.
La follé contra el espejo con golpes secos. El sonido rebotaba en la habitación. Sus pechos se balanceaban, sus manos buscaban apoyo donde podían, y su marido terminó sentándose a mirar, sacándose la polla con una mezcla de vergüenza y fascinación.
—Nunca había sentido una así —le decía ella a él mientras yo la embestía—. Mira cómo me abre... joder... mira...
La saqué un momento, la hice arrodillarse en la alfombra y la penetré otra vez por detrás. Rubén se acercó más. Yo le hablé sin dejar de moverme.
—Si quieres participar, sirve para algo. Tráeme aceite.
Obedeció.
Luciana se tendió boca abajo, separando las piernas. Él le preparó el culo con dedos temblorosos, untándola, obedeciendo indicaciones de ella y mías. Luego me lubricó la polla. Fue una escena extraña y brutal: el marido dejándome lista a su mujer para que yo la follara por el culo delante de él.
—Ábrele las nalgas —le ordené.
Lo hizo.
Entré despacio al principio, sintiendo ese anillo duro cerrarse sobre mí otra vez. Ella soltó un quejido largo, mezcla de dolor y placer, y movió la cadera hacia atrás pidiendo más. Cuando estuve entero dentro, empecé a follármela de verdad. Rubén no apartaba la vista. Tenía una mano sujetándole las nalgas y la otra en su propia polla.
—Eso es —gimió ella—. Fóllame como quieras. Soy tu puta.
Le tiré del pelo para hacerle alzar la cabeza y que se mirara al espejo.
—Mira cómo te contempla tu marido mientras te reviento el culo.
Rubén se acercó entonces al frente de ella y, guiado por la propia Luciana, empezó a chuparle el clítoris mientras yo seguía entrando y saliendo por detrás. Esa combinación la destrozó. Se corrió con una violencia preciosa, temblando entera, apretándome tanto por dentro que casi me arranca la corrida en ese momento.
Me aguanté unos segundos más, embistiendo sin ritmo ya, medio ciego de placer. Cuando vi que Rubén seguía lamiéndola y ella apenas podía sostenerse, me saqué la polla del culo y me puse delante de su cara.
—Ábreme la boca.
La abrió. Se la metí hasta el fondo, sujetándole la cabeza, y follé su garganta unas cuantas veces antes de correrme. Me vacié dentro y sobre sus labios, con una corrida espesa que ella recibió sin apartarse. Parte le cayó por la barbilla y parte al pecho. Rubén se quedó mirándolo como si no supiera si besarla o hundirse.
Luciana sonrió, agotada y satisfecha.
Yo fui el primero en vestirme. Ya sabía leer esas situaciones. El morbo de él había llegado a un límite. El de ella no, pero eso daba igual. Había un momento en que el invitado tiene que irse antes de convertirse en problema.
Rubén me pidió hablar un segundo cuando ella entró al baño.
—Necesito quedarme a solas con mi mujer —me dijo—. Y necesito que esto se quede aquí.
—No hace falta que me lo expliques.
Cuando ella salió y me vio vestido, frunció el ceño.
—No hace falta que te vayas todavía.
—Sí hace falta.
Me acerqué, la besé una última vez y le hablé bajo.
—Lo mejor de ciertas fantasías es no estropearlas repitiéndolas demasiado.
Ella me sostuvo la mirada, contrariada pero lo bastante inteligente para entenderlo. Rubén no dijo nada más. Yo salí de la habitación con la sensación extraña de haber entrado en una vida ajena y haber dejado una marca demasiado profunda como para fingir que no ocurrió.
No volví a verla.
Pero durante semanas, cada vez que cerraba los ojos, seguía viendo el reflejo de aquella milf casada en el espejo, abierta de piernas, mirándome mientras su marido la observaba romperse de placer.
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